LAS REDUCCIONES GUARANÍTICAS (1609)

Las Reducciones, también conocidas como las Misiones jesuíticas,  eran poblaciones de indígenas organizadas y gobernadas por sacerdotes de la Compañía de Jesús. Existieron en Canadá, California, México, Ecuador, Brasil, el Río de la Plata y Paraguay.

En estas últimas regiones, se caracterizaron  como un régimen especial que durante la colonización de América, se aplicó con los pueblos guaraníes, guaycurúes  y afines,  con la intención de evangelizarlos y aunque si bien,  ésta fue la idea para su establecimiento, los jesuitas se aprovecharon de ella, para aislarlos de su medio natural, de sus privaciones y vulnerabilidad, con el objeto de impedir posibles abusos contra ellos, como lo eran las “encomiendas”, la “la mita” y “el yanaconazgo”.

En 1605, el Superior General de la Compañía de Jesús, CLAUDIO ACQUAVIVA (19/02/1581- 31/01/1615), dispuso la creación de la Provincia del Paraguay de la orden,  nombrando a DIEGO DE TORRES como primer provincial. Éste obtuvo con confirmación real, la prohibición del servicio personal en los pueblos que se convirtieran y fue luego, en 1609, el responsable de poner en ejecución el sistema de las Reducciones guaraníes (1), creadas en cumplimiento de las disposiciones  establecidas en las Leyes de Indias.

En ellas se garantizaba la propiedad de las tierras a los indios y disponía que en el caso de que las tierras que se hubieren repartído, perteneciesen a un español, se lo compensaraa a éste y que los pleitos que de ello se originara, eran apelables ante el Consejo de Indias.

En la práctica, el sistema consistía en el asentamiento de los aborígenes en lugares aptos y previamente acondicionados para que vivieran, se educaran y desarrollaran allí sus actividades. Les estaba prohibido a los españoles vivir en las misiones para evitar los abusos, la corrupción y el lógico recelo del nativo. Tambiés les estaba prohibido alojarse allí a los mulatos y mestizos y sólo en casos especiales, se autorizaban residencias temporarias a españoles transeúntes y mercaderes.

Se asignaba un Jefe de la Reducción,  que era siempre el padre superior, dependiente del provincial de la orden y se disponía luego la instalación de un Cabildo y el nombramiento de indígenas para que ocuparan cargos como Alcaldes y Regidores, por lo que el  gobierno civil del pueblo,  estaba en manos de los indígenas, con funciones y sistemas de elección análogos a los cabildos españoles, aunque la justicia estaba casi siempre, administrada por los sacerdotes.

Los españoles sólo podían ejercer en ellas, el cargo de “cura doctrinero”, encargado de la educación, o de “corregidor”, que era el encargado de recaudar los tributos.

La tierra se dividía en parcelas, que se adjudicaban al indio en propiedad, pero además se debía trabajar una tierra común. Los productos se guardaban en depósitos y se iban entregando en la medida de las necesidades de cada uno, quedando una parte para socorrer a los indios en circunstancias especiales.

Los excedentes comerciales, que por lo general estaban ligados a la venta de yerba mate y -en menor medida- al algodón y tabaco, estaban controlados por los misioneros, quienes eran intermediarios entre la sociedad hispano-criolla y las reducciones.

Aunque  las Reducciones, en cuanto a su organización, funcionamiento y administración,  debían atenerse a lo establecido en las Leyes de Indias impuestas por España, tuvieron  luego que  adaptarse continuamente a las circunstancias que se les presentaban, por lo que finalmente, se fueron transformando en “Repúblicas de aborígenes”, muchas veces ejemplares, debido a que los jesuitas tomaban del espíritu de su fundador, IGNACIO DE LOYOLA, el ideario al que consagrara su vida.

Y fue por eso que el grado de desarrollo alcanzado en el orden artístico y cultural, fue muy grande y las ruinas existentes en Paraguay y en la provincia argentina de Misiones, son un elocuente testimonio de ello. Se enseñó a los indios pintura, platería, decoración, grabado, carpintería, tejeduría, fundición, y hasta se fabricó una prensa tipográfica con la que fue posible publicar en 1700 un “Martirologio Romano”.

A mediados del siglo XVII, a consecuencia de los ataques paulistas, se proveyó a las misiones de armas de fuego, y los indios fueron instruidos por los militares españoles. Los indios de las misiones prestaron valiosos servicios a la corona de España durante la larga guerra que mantuvo con Portugal por la posesión de la Colonia de Sacramento.

En 1767, al ser expulsados los jesuitas, las misiones fueron divididas en dos jurisdicciones: una oriental y otra occidental. Paulatinamente, con la nueva administración civil y religiosa, decreció la importancia y la población de ellas.

La actividad de los misioneros se manifiesta en el hecho de que para 1652, se habían fundado 48 pueblos, obra de 100 sacerdotes aproximadamente.

A mediados del siglo XVIII la población de las misiones pasaba de 100.000 indios, a los que se logró hacer vivir en armonía y prosperidad, éxito que finalmente provocó la expulsión de los jesuitas en 1767, cuando la presencia de las misiones, afectó los intereses de muchos poderosos que lograron hacerlos echar de América, para eliminar esa molesta competencia para sus negocios (ver Los jesuitas en el Río de la Plata).

«Es imposible comprender la originalidad  y la envergadura de la obra a la que se comprometieron DIEGO DE TORRES y los jesuitas,  sin tener en cuenta el contexto político, económico y social que debieron enfrentar» durante toda la existencia de las “Reducciones”.

«En el plano político, la firma del Tratado de Tordesillas o Tratado de las Fronteras, que establecía los límites de las posesiones de las coronas de Madrid y Lisboa, le creaba grandes dificultades por ser éstos poco claros e imprecisos».

Desde el punto de vista económico, la oposición cerrada a su implantación por parte de los “encomenderos”  españoles, seriamente afectados en sus intereses por este proyecto y desde el punto de vista social, por la permanente lucha que se debió librar para obtener el reconocimiento del derecho a la libertad de los aborígenes, por parte de la corona española..

«Y es en ese contexto que para medir la visión de IGNACIO DE TORRES al encarar este proyecto, para valorar su audacia y su prudencia, su genio,  inventiva y su sentido de la organización, deben leerse  las «Instrucciones» que les dió a todos los jesuítas destinados a las Misiones guaraníes.

Además de las disposiciones relativas a la vida espiritual de los mismos misioneros y a su acción apostólica, la carta contiene directivas para la elección del terreno donde fundar una Reducción, “que debía ser en lugares con agua y buenas tierras, o preferentemente cerca de yacimientos mineros”, el plano para la construcción del poblado y de sus distintas dependencia; directivas para su administración, para la educación de los niños y muchos otros temas más, siendo la defensa de la libertad de los aborígenes, el tema que ocupaba la mayor parte de su contenido.

Es interesante destacar aquí, que, a pesar de contar con esas “Instrucciones” a las que nos hemos referido,  ninguna de estas 30 Reducciones,  fue construida igual a otra. Cada una tuvo el sello particular de la comunidad que la constituyó con su esfuerzo y con los materiales propios de cada lugar».

Los pueblos que los jesuitas enviados al Paraná, al Guayrá y a la tierra de los Guaycurúes (región del Gran Chaco en la Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil), fundaron a partir del siglo XVII, organizados como “Reducciones”, fueron en total treinta, distribuidos estratégicamente, edificadas con esfuerzo y también fecundadas con sangre.

Comenzando en 1610, con la fundación de la Reducción de Loreto, quince de ellos se ubicaron en territorios ocupados hoy por la República Argentina: Cuatro en el la provincia de Corrientes (Yapeyú (1627), La Cruz (o Nuestra Señora de Asunción de Acaraguá o Mbororé 1630), San Carlos de Borromeo (1631) y Santo Tomé (1632)

Y once en la provincia de Misiones (Apóstoles San Pedro y San Pablo (¿?), Nuestra Señora Inmaculada  Concepción de Ibitiracuá (¿?),  Santa María la Mayor ( 1626), San Francisco Javier (1629), Santos Mártires de Japón (1639) , San José de Itacuá (1633), Nuestra Señora Candelaria (¿?), Nuestra Señora Santa Ana (1633), Nuestra Señora de Loreto /1610), San Ignacio Miní m(1611) y Corpus Christi (?)).

Ocho en el Paraguay (Jesús de Tavarangué (1685), Santísima Trinidad del Paraná (1706), Nuestra Señora Encarnación de Itapuá (1615), San Cosme y Damián (1632), Santiago Apóstol (1669), Santa Rosa de Lima (1698), Santa María de Fe (1647) y San Ignacio Guazú (1609).

Y siete que fueron conocidas como las “Misiones Orientales” ubicadas al suroeste de Brasil (San Francisco de Borja (1682), San Nicolás (¿?), San Luis Gonzaga (1687), San Lorenzo Mártir (1690), San Miguel de las Misiones (1632), San Juan  Bautista (¿?) y Santo Ángel Guardián de las Misiones (¿?), es decir, todas,   en ese vasto territorio que ocupaba el virreinato del Perú, y que que hoy ocupan la Argentina, Paraguay, Uruguay y partes de Bolivia, Brasil y Chile (1633.

Las reducciones de Yapeyú,  La Cruz y Santo Tomé,  fueron centros de irradiación cultural de gran importancia para el futuro de esos pueblos y fueron célebres, por su desarrollo e importancia, las misiones de la Provincia Jesuítica del Paraguay, fundada en 1607, cuando, por disposición real, los jesuitas se encargaron de la evangelización de las provincias de los guaicurúes. Ubicadas en torno de Asunción, fueron pobladas con aborígenes tapes, al nordeste de la misma ciudad, y con los guaraníes al sur (2).

En las Reducciones, los aborígenes mostraron su disposición para la música, su sensibilidad como actores y  decoradores, de escultores de imágenes bellísimas, de pintores inspirados.

En los talleres guaraníes, pese a la influencia europea, se impuso el espíritu indígena, dando origen al arte llamado jesuítico-guaraní. Los nativos aprendieron a tocar distintos instrumentos y en las Misiones, se pudo encontrar una curiosa colección, fabricada por ellos mismos, que hubiera podido competir con algunas de Europa: trompetas, arpas, clavicordios, salterios, fagotes, chirimías, violines, flautas, cítaras, etc.

El padre ANTONIO SEPP, entre muchos otros, enseñó a los indígenas a copiar encajes neerlandeses, a hacer estatuas, sillerías de coros, púlpitos y confesionarios. Aprendieron además a tejer alfombras de lana semejantes a las turcas, a fundir campanas de bronce, a hacer fuentes y platos de estaño y a construir relojes realmente maravillosos, logrando un real progreso para sus comunidades, a pesar de que fueron permanentemente hostigados  por las «malocas» —ataques sorpresivos, realizados por los “bandeirantes” del Brasil, y finalmente detenido por la expulsión de los jesuitas en 1767 >(Los textos encomillados pertenecen al padre Hugo Salaberry SJ.)

(1).-La palabra «Reducciones» se usaba en la época como «comunidad» ya que significaba reunir o congregar en asentamientos de misión.
(2). Los frecuentes ataques que los paulistas hacían a la región de Guayrá, obligaron al traslado de las misiones hacia el Sur, en las proximidades de los guaraníes; de ahí la división de los indios de esta región en tapes y guaraníes, desde mediados del siglo XVI, quedando los primeros bajo el gobierno de Asunción y los segundos en la jurisdicción de Buenos Aires.
(3).-Puestas en orden cronológico: San Ignacio Guazú (1609), Nuestra Señora de Loreto (1610), San Ignacio Miní (1611). Nuestra Señora de la Encarnacioón de Itapuá  (1615), Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción del Ibitiracu (1619), Corpus Christi (1622), Santa María la Mayor (1626), Nuestra Señora de la Candelaria (1627), Santa María de Fe  (1627, Yapeyú (04/02/1627), San  Francisco Javier (1629 , Nuestra Señora de la Asunción de Acaraguá y Mbororé o La Cruz  (1630), San Carlos Borromeo  (1631), San Cosme y Damián (1632), Santo Tomé Apóstol (1632), Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo (1632), Nuestra Señora de Santa Ana (1633), San José de Itacuá (1638) o 1633, Santos Mártires de Japón  (1639), Santiago Apóstol  (1660), Jesús de Tavarangué  (1685), Santa Rosa de Lima (1698), Santísima Trinifdad del Paraná (1700).

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