LAS “QUINTAS”, EL PASEO DE FIN DE SEMANA O PARA EL VERANEO DE LOS PORTEÑOS (1811)

Los sucesos de 5 y 6 de abril, de 1811, parecen haberle otorgado a las “quintas”, una connotación sociológica, ya que el término “orillero”, que era utilizado despectivamente por algunos porteños, al referirse a las gentes que habitaban las zonas suburbanas de Buenos Aires, deja de tener  razón, por cuanto son precisamente las familias de mayor nivel social, las que optan por irse a vivir, ya sea temporaria o permanentemente a las “quintas”, agradables refugios que comenzaron a poblar las desiertas tierras que rodeaban, en forma más o menos cercana,  a la ciudad de Buenos Aires. Valga recordar que uno de los protagonistas de los episodios políticos referidos, en verdad, uno de sus jefes, que se llamaba GRIGERA, será conocido a partir de su mudanza, con el título de “El Alcalde de las Quintas”.

Introducida por los extranjeros, especialmente por los comerciantes ingleses, que tomaron la costumbre de radicarse  en las afueras de la ciudad, en busca del aire puro del campo y el terreno apropiado para cultivar sus flores y hortalizas, esta “moda” pronto fue seguida por las familias de porteños acaudalados y las que por razones de trabajo, no podían instalarse en las quintas o estancias durante todo el año, aprovechaban el verano para pasar temporadas, más o menos largas, en el campo, en donde algunas tenían casa propia. El mal estado de los caminos, hacía casi imposible el uso de los pocos carruajes que entonces había, para transportarse desde la ciudad,  así es que las familias, se veían obligadas a viajar en carreta, por pudientes que fuesen, empleando seis y aun más horas para ir o venir, por ejemplo, desde San Isidro.

En San José de Flores durante muchos años,  hizo este servicio de transporte con una carretita toldada, tirada por un par de bueyes mansos, un tal don DALMACIO, un humilde propietario de una casita ubicada en ese partido y que con su pequeña y liviana carreta, atropellaba exitosamente los profundos pantanos y barriales que dificultaban el paso y que eran el terror de los troperos y un obstáculo insalvable para carretas más grandes y pesadas. Don Dalmacio era muy estimado entre las señoras que iban y venían desde sus casas de campo, porque lo veían muy previsor y de probada paciencia. En San Isidro, las Conchas, etc., también había este tipo de carretitas que competían, a veces a pérdida, con las que llevaban frutas y verduras hacia la ciudad, ya que, volviendo vacías a la campaña para buscar más mercaderías, eran ocupadas por las señoras que regresaban a sus casas, luego de hacer sus compras en la ciudad, repitiendo tres y hasta cuatro veces este demoledor viaje durante sus vacaciones de verano.

Los que no poseían casas de recreo, llevados de su afición por el campo, hacían sus excursiones, especialmente a San Isidro y los viejos lugareños, todavía recuerdan que los sábados a la tarde, o víspera de fiesta, salían en grandes cabalgatas, que presidía JULIÁN ARRIOLA, el conocido rematador de aquellos tiempos, muy relacionado entre los ingleses. En los pueblos que quedan sobre la costa, los baños en el río eran la actividad que más atraía a las familias porteñas en vacaciones.

Muchos viajeros de la época, dejaron constancia de sus impresiones acerca del fenómeno de las “quintas” de aquel entonces. Uno de ellos que nos visitó  en el siglo XVIII,  al referirse a los progresos que había logrado Buenos Aires entre 1747, fecha en que estuvo aquí por primera vez y 1770, dice lo siguiente: “Entonces no sabían el nombre de quintas, ni conocían más fruta que los duraznos. Hoy no hay hombre de medianas conveniencias que no tenga su quinta con variedad de frutas, verduras v flores”.

En efecto, a comienzos del siglo XIX, podían verse crecer continuamente en las tierras  que rodeaban a la ciudad, extendiéndose por las barrancas del Norte, del Sur y al Oeste, las quintas y chacras, utilizadas ya como vivienda permanente o como refugio en la época estival, hasta que llegado el fin del siglo XIX, en la época del auge de la llegada de inmigrantes, la elite porteña siguió con esa costumbre y escapaba de la muchedumbre heterogénea y se refugiaba en las “quintas”, chacras y estancias, afianzándose  definitivamente esta costumbre, hoy tan generalizada, de vivir fuera de la ciudad.

Un inglés admirador de estos solares los describe así: “Hay numerosas quintas en todas direcciones, en una extensión de dos o tres millas rodeando a la ciudad, donde, escondidas entre naranjos, limoneros e higueras y cubiertas de parras, ofrecen un delicioso refugio del calor estival, que es ex­cesivo, y un notable contraste con las áridas llanuras que están detrás de ellas. Las que están situadas en la orilla del Plata son las más agradables, aunque en general no son tan sombreadas, pero como miran al río, que se extiende como un mar y bajo ellas pasa el camino más transitado, son alegres y tienen mejor perspectiva que las demás. Las familias notables por teñas en general viven en el centro pero se trasladan  con su servidumbre, sus bártulos y los numerosos carruajes a pasar una temporada en las quintas, protagonizando la mayoría de las veces, verdaderas expediciones.  Otras familias, en cambio, habitan permanentemente fuera de la ciudad como el caso de PUEYRREDÓN, ALTOLAGUIRRE, ÁLZAGA, DEL SAR, etc. Don LADISLAO MARTÍNEZ, posee, como es conocido, una de las quintas más próximas a la Plaza de la Victoria. en la esquina de las Catalinas, cuyo interior tiene toda clase de verduras. La de don GERVASIO POSADAS, cercana a la anterior, fue el cuartel general del coronel ACHMUTY, uno de los jefes de las invasiones inglesas. La familia BARQUÍN, una de las más distinguidas de  nuestra sociedad, veranea siempre en su quinta, acontecimiento que suscita las más cálidas despedidas de sus amistades”.

“Pero las quintas también tienen  un vecindario de gente humilde, simples  quinteros, como se los  llama, leñadores, criadores de aves, etc. adueñadas de su terruño y de sus ranchos,  a quienes algunos llaman  “orilleros”, aunque muchos de ellos provienen de antiguas familias  residentes en la ciudad, que  poco a poco fueron desplazándose hacia los suburbios, en busca de mejores posibilidades de sustento, que ya el crecimiento comercial  de la ciudad y los nuevos hábitos de vida, le iban retaceando”

Entre las numerosas quintas que servían de residencia particular a personajes encumbrados de la época, recordamos “La quinta de Parish”, que  se encontraba próxima a la iglesia del Socorro, sobre la hoy calle Carlos Pellegrini. La “quinta de Riglos”, que estaba en Juncal, yendo por Esmeralda hasta el Bajo (como se le llamaba a esa parte de la ciudad (hoy avenidas Leandro N. Alem y del Libertador General San Martin). Las “quintas de Fair, Dickson, Cope y Brittain”, que  quedaban por el barrio de Barracas cas, detrás de lo que hoy es la calle Martín García, si bien la de Brittain,  ocupaba ella sola, parte de lo que después fueron los terrenos de la Estación “Casa Amarilla”. Se dice que en esta quinta se cultivaron las primeras peras de agua que se conocieron aquí. La “quinta de los Mac Kinlay”, que ocupaba los terrenos que hoy ocupa el Parque Lezama y que después de éstos, pasó a manos de la familia de Ridgley Horne y finalmente a José Gregorio Lezama, hasta que en 1893, la Municipalidad de Buenos Aires tomó posesión de la misma, pagándole a los deudos del señor Lezama, la suma de un millón y medio de pesos, para transformarla en el actual Parque Lezama. En San José de Flores, al lado de la Plaza, estaba la quinta de los Güiraldes, donde Carlos Pellegrini se refugiaba de los calores por la fresca brisa que corría. Rodeaba a la casa un extenso parque en el que abundaban las  flores exóticas, árboles y plantas importadas, a cuya sombra, acomodados en sus confortables sillones de mimbre, los huéspedes tomaban el té con sabrosos pastelitos caseros, mientras conversaban durante largas horas,  sobre la familia, los problemas del país, etcétera. Durante las mañanas y los atardeceres, bulliciosos grupos de hombres y mujeres practicaban en las quintas el “cricket”, juego traído por los ingleses y que durante años fue uno  de los pasatiempos favoritos de la sociedad porteña. La quinta de Peña”. Estaba en el predio que hoy se conoce por Plaza Rodríguez Peña.

En 1828, en barrio de Flores, un viajero francés escribió: ”    en esas quintas hay muchos bosques de durazno y álamos que le dan un aspecto europeo. Muchos habitantes de la ciudad tienen allí sus casas de recreo y jardines…” Según el historiador CARLOS ANTONIO MONCAUT “muchas quintas durante el invierno adquirían la fama de estar embrujadas o habitadas por el perro blanco o la viuda, pero el sortilegio nefasto desaparecía en las tardes de verano”.

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