LAS MUJERES ARGENTINAS EN LA LUCHA POR LA EMANCIPACIÓN (1810)

La Revolución de Mayo conmovió hasta sus cimientos a la apacible vida de la Gran Aldea colonial. Por eso la mujer no permaneció al margen de los sucesos. Pero, la acción de las mujeres argentinas en la gesta emancipadora, no ha dado solamente una o varias figuras privilegiadas y descollantes: No se polariza solamente en torno a una de esas damas de la sociedad colonial, la acción o la influencia determinante de tal o cual hecho, o que sea de ponderable relieve en los anales del movimiento comenzado en 1810 y finiquitado en su fase primordial en la memorable asamblea de Tucumán. Ha sido la esencia de su desempeño, una obra solidaria de carácter colectivo.

La conducta de las mujeres argentinas en el movimiento de nuestra liberación, juzgada a la luz de la historia por la posteridad, es esencialmente femenina. Reivindica la posición básica de las mujeres consagradas al hogar, hacendosas, diligentes, prontas a ofrendar el tesoro de su cariño, a trocar la muelle blandura de las épocas serenas por la incertidumbre y las privaciones que estos movimientos siempre impusieron. Generaron desde sus puestos, la acción colectiva, ya que escasas excepcio­nes, nos las muestran convertidas en guerrilleras. Mérito doble que hay que adjudicarles al evocarlas. Por eso, el núcleo de muestras patricias, más bien que agrupar figuras sueltas, es el símbolo que reúne a todas las mujeres de esta bendita y próvida .tierra que abrazaron con ardor la causa de la libertad. Salvo en algunos casos (ver en “Personajes”), no empuñaron las armas como aconteció en otras revoluciones independistas.

No tiñeron sus manos con sangre enemiga, pero fueron el apoyo inconmensurable de su amor por la santa causa libertadora, aunque no se trataba de romper cadenas, sino de instaurar un orden y una fuerza nueva. La mujer conspiró e intrigó en las tertulias, fué formando un clima de alzamiento secundando a sus padres, hermanos, hijos o novios. Todas se mostraron resueltas en aquellos momentos trascendentales que se vivieron antes de las jomadas del Cabildo. Las patricias, el núcleo que todos conocemos como tales, constituía la “élite” de la sociedad porteña. Por su vinculación con los cabecillas y de las históricas jornadas, de la lucha épica, en ciertos aspectos, gravitaron a veces indirectamente, pero todas de consuno. Lo mismo las del pueblo, que la que brillaba en los salones de la época y eran el orgullo del Buenos Aires de entonces, Todas por igual, manifestaron idéntica abnegación, nobleza y decisión, incluso de llegar al sacrificio de sus vidas y sus bienes.

Unas y otras rivalizaron en desprendimiento y en la tarea de mantener viva la antorcha de rebeldía frente al estado vacilante del gobierno español que se desmoronaba. Era menester anticiparse a los acontecimientos. Y esa era la ocasión de independizarse, el instante crítico en que había que obrar con coraje y en que valía más la acción que el mismo pensamiento, aunque se tenía una idea muy vaga de lo que iba a emprenderse. A la luz de los quinqués que hoy admiramos en los museos, aquellas patricias cuyos nombres están en todas las mentes y aquellas “señoronas” que lavaban sus ropas en el río o paseaban por “La Alameda” los domingos por la mañana, bordaban y cosían ropas para los valientes patriotas, se desprendían de sus bienes o unían sus voces ante el Cabildo. Aquellas encapuchadas que se deslizaban por las calles sin empedrar de la vieja ciudad, como sombras aladas, que bisbiseaban palabras en clave al oído de fortuitos transeúntes, eran a veces correos de valía; intermediarias que ponían un velo enigmático sobre la actuación de muchas figuras destacadas.

Han sido las damas patricias las que exigieron al coronel Saavedra mayor energía y decisión cuando su espíritu parecía vacilar pensando en la magnitud de la empresa a acometer. Fueron las señoras de RIGLOS, LASALA, IGARZÁBAL Y RODRÍGUEZ PEÑA las que se dirigieron al cuartel a ver a ese militar, para que se acercase a la reunión en que un grupo de patriotas entre los que figuraban RODRÍGUEZ PEÑA, PASO Y BELGRANO se aprestaba a lanzar el movimiento decisivo y fueron ellas las que entregaron sus joyas más queridas, sus recuerdos de familia y algunas, hasta la suntuosa platería de sus mayores y del lujo de las veladas porteñas para comprar armas o para vestir a nuestros soldados. Ellas reunieron oro y llenaron los listines de suscripción con un entusiasmo contagioso. Sabían que tendrían que restañar la sangre que brotase de los pechos heridos, pero estaban alentadas por el ideal sublime de una noble conjura. No se les ocultaba que por la patria en embrión tendrían quizás que cubrir sus cuerpos con tules de luto y enclaustrarse como póstumo tributo a la memoria de aquellos que tuviesen la desgracia de perecer en el fragor de la lucha.

En sus gargantas se anudaría un sollozo en más de una ocasión y alguna lágrima después de titilar un segundo en las pestañas rodaría furtiva sobre el terciopelo de la mejilla. ¡La cuestión era triunfar para bien de la patria en marcha y para que ella se cubriese de gloría, pues para sí, nada querían ni pedían, desde que sus gesto todos, hablaban de ejemplar desprendimiento y de sacrificio. Nada más justo que recordar a esas, nuestra mujeres, que a medida que el tiempo transcurre, se acentúa el relieve de sus perfiles en la historia. Nada más justo que rendírles un homenaje que desde aquellos años, están pidiendo su monumento, ese monumento de mármol y bronce que la posteridad y la Nación les debe.

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