LAS LAVANDERAS

Las lavanderas negras de Buenos Aires presentan un aspecto singular al extranjero. “Quien quiera saber de vidas ajenas / que vaya a las toscas con las lavanderas, / que allí se murmura de la enamorada, / de la que es soltera, de la que es casada; / que si tiene mantas y tiene colchón / o cuja labrada con su pabellón …”. La copla, que corría por el Buenos Aires de antaño, se refería a las mujeres que cerca de la muralla del Fuerte o en las chacras de la orilla del río lavaban la ropa. Este ejército de jaboneras se extiende hasta cerca de dos millas ya que  todo el lavado de la ciudad lo hacen aquí. Lavaban usando un jabón hecho de cenizas, potasa y distintas hierbas. Colocaban  la ropa sobre el suelo para secarla y mientras esperaban que la ropa se secase, se entregaban a sus pasatiempos favoritos: mate, tabaco y fundamentalmente los chismes. Los chicos que habitaban en la costa eran los peores enemigos de las lavanderas: solían mezclar y hasta esconder (cuando no hurtar) las prendas, originando violentas y pintorescas disputas cuando las ladronas eran arrojadas a las aguas. La boda u otra fecha  jubilosa de una de ellas, era celebrada al estilo africano. Formaban pabellones de ropa blanca y la novia pasaba por  debajo de ellos, llevando bastones con trapos rojos a guisa de banderas, mientras todas sus compañeras hacían un ruido descomunal, gritando, tocando los tambores y golpeando cacerolas, tal como se estilaba en Guinea y Mozambique y cuando cantan, lo hacen acompañándose con palmadas. Las diversiones terminan siempre en una gritería general. Cuando se aproximaba  una tormenta, se dispersaban en rápida confusión, desbandándose en todas direcciones para salvar sus ropas del agua que caía despiadadamente sobre ellas, que cuidaban su ropa recién lavada, ocultándola bajo las amplias polleras que vestían” . (Del libro Cinco Años en Buenos Aires 1820- 25 por “Un Inglés”).

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