LAS ARMAS DE LA INDEPENDENCIA

La necesidad de contar con armas para llevar a cabo las acciones que a partir del movimiento del 25 de Mayo se deberían emprender, obligó a las nuevas autoridades a apelar a todos los recursos que estuvieren a su alcance y la primera medida que se tomó a este respecto, fue una ordenanza dictada por la Primera Junta, el 28 de mayo de 1810, disponiendo una requisa general de todas las armas blancas y de fuego, que estuvieren en poder de los civiles.

Más tarde, el primer armamento con que contaron los ejércitos patriotas, consistió en fusiles y demás armas  tomadas en combate, primero a los españoles y luego a los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807. Cuando los ingleses se apoderaron de Buenos Aires en 1806, capturaron a sus defensores 2.064 fusiles con bayonetas, 618 carabinas, 4.672 pistolas y 1.208 espadas, 400.000 balas para fusil, 106 cañones y su correspondiente munición. Lógicamente, este armamento quedó en la ciudad al rendirse los ingleses, más el armamento que se les tomó a ellos (1.000 fusiles, 300 pistolas y 6 cañones).

Producida la Revolución de Mayo, ante la necesidad de enfrentar los acontecimientos que la nueva situación, seguramente impondría a nuestras fuerzas armadas, una de las primeras preocupaciones de la Junta Provisional de Gobierno, fue garantizar la disponibilidad de armas y materiales de uso bélico, para dotarlas convenientemente, pero pronto, un análisis de la situación, expuso la dura realidad: No se disponía, ni de armamentos, ni de fábricas para producirlos, por lo que era menester encontrar una urgente solución a este problema, que podría afectar seriamente, la continuidad del movimiento revolucionario iniciado en Mayo de 1810.

La Armeria Real y el Parque de Artilleria. En 1810, los únicos establecimientos dedicados a la manufactura de armas eran la “Armería Real”, a la que más tarde se llamó “Sala de Armas”, y el “Parque de Artillería”. La primera, que estaba instalada en el Fuerte de Buenos Aires,  era un simple depósito de armas de fuego portátiles y de armas blancas. Almacenaba los cañones, obuses y morteros que no se hallaban en servicio, las municiones para estas armas y para las de fuego portátiles. El “Parque de Artillería”, que se hallaba emplazado en las barrancas del Retiro, detrás del cuartel del mismo nombre, comprendía los “Talleres de Maestranza”, que estaban divididos en dos secciones: carpintería y herrería, donde se desempeñaban un maestro mayor y ocho oficíales y peones. El exiguo personal exime de señalar la precariedad y modestia de estas instalaciones, que servían también como taller de reparaciones donde se construían y reparaban carruajes y cureñas para cañones. Se fabricaban también sables, espadas y lanzas y servía como taller de reparación y montaje del material de artillería y de sus cartuchos o cargas de pólvora para todas las armas. Anexos a él y dependientes del mismo, estaban el “Laboratorio de Mixtos” y los “Depósitos de Pólvora”. Paralelamente, a estas dos dependencias, algunos establecimientos del interior del país, principalmente situados en Córdoba y Tucumán, producían mochilas, portafusiles, monturas, caramañolas, cajas de guerra y demás elementos bélicos, pero no armas..

Ante esta situación que hacía evidente la carencia de este tipo de material, de establecimientos dedicados a la fabricación de armamentos en gran escala y de personal idóneo para ello, la Junta se vió obligada a apelar a todos los recursos que estuvieren a su alcance para solucionar este grave problema y la primera medida que se tomó a este respecto, fue una ordenanza dictada por la Primera Junta, el 28 de mayo de 1810, disponiendo una requisa general de todas las armas blancas y de fuego, que estuvieren en poder de los civiles. Paralelamente se consideró necesario poner en marcha dos cursos de acción: disponer una urgente compra de armas en el exterior y encarar decididamente la fabricación de armas y demás material bélico que nos fuere necesario.

Compra de armas en el exterior  y otros recursos
En cumplimiento de esta decisión, el 29 de mayo de ese año, el alférez de navío MATÍAS DE IRIGOYEN (1781-1839), viajó a Inglaterra en procura de armamento. En Londres se puso en contacto con el norteamericano David Curtis de Forest (1774-1825), comerciante establecido en Buenos Aires, quien se encargó en nombre del Comisionado de todo lo vinculado con la compra de armas. Irigoyen regresó a Buenos Aires en la nave inglesa “Betsy”, trayendo 1.500 fusiles (un fusil inglés de buena calidad con bayoneta y correa valía entonces 12 pesos).

El 6 de junio de 1811 la Junta envió a Estados Unidos una petición al Presidente James Madison solicitándole armas “para defenderse de sus enemigos y de los ataques contra la libertad”. Fueron enviados para hacer el pedido DIEGO SAAVEDRA, hijo del Presidente de la Junta, y JUAN PEDRO AGUIRRE, quienes viajaron con los nombres supuestos de Pedro López y José Cabrera. En carta personal, SAAVEDRA le escribe a Madison que la misión de su hijo DIEGO y de AGUIRRE era conseguir armas para “combatir a los europeos enemigos de la libertad”. El pedido de armas consistía en 10.000 fusiles, 4.000 carabinas y tercerolas, 2.000 pares de pistolas, 8.000 espadas y sables y un millón de piedras de chispa. Para esta compra se había entregado a los comisionados veinte mil pesos solamente, de los que descontados los gastos de viaje quedaban 11.690 pesos. Ellos pusieron 15.000 pesos de dinero propio y pudieron adquirir solamente 1.000 fusiles y 350.000 piedras de chispa a Stephen Gerard, comerciante de Filadelfia. El permiso de exportación fue acordado por James Monroe, secretario de Estado de Madison y la carga se embarcó en la nave “Liberty”, que arribó a Ensenada en mayo de 1812. El gobierno de los Estados Unidos había autorizado oportunamente la venta de veinte mil fusiles a Gerard, pero los comisionados no recibieron el dinero necesario de Buenos Aires y solamente pudieron adquirir esos mil que trajeron.

El Ministro español ante el gobierno de los Estados Unidos, mandó aviso al virrey ELÍO en Montevideo, poniéndolo sobre aviso de esta gestión de compra de armas en el “país del Norte” y que la noticia de la compra de fusiles estadounidenses llegó a manos del general GOYENECHE, quien en vísperas de la batalla de Salta escribió a su primo, el general  PÍO TRISTÁN: “Famosos son los fusiles americanos, pero deben salir muy costosos: supe que mil y más de éstos habían recibido con mayor número de pistolas y sables”.

Como se puede apreciar, la red de espías realistas funcionaba perfectamente en aquellos tiempos, llegando las noticias rápidamente desde Buenos Aires hasta el Alto Perú. El cónsul norteamericano en Buenos Aires W. G. Miller dice que en Buenos Aires había gran entusiasmo en todas las clases del país por la llegada de esa partida de fusiles y que los Estados Unidos eran con­siderados como los únicos amigos sinceros de su causa. Agrega que “el Gobierno no tiene fondos para adquirir más y no hay gente de fortuna en Buenos Aires, solamente diez personas disponen de ochenta mil pesos cada uno”. La carta del cónsul finaliza con estas palabras: “cómo van a obtener las armas es un interrogante”.

Estados Unidos sería por mucho tiempo el principal proveedor de armamentos de las Provincias del Río de la Plata, expresa RAFAEL M. DEMARÍA en su interesante libro “Historia de las armas de fuego en la Argentina” (1972). También llegaron armas provenientes de Inglaterra, Francia y Alemania, pero siempre Estados Unidos mantuvo el primer lugar como abastecedor de los países sudamericanos en su lucha por la independencia.

La rendición de Montevideo, el 25 de julio de 1814, brindó un importante botín a los patriotas. En esa plaza fueron capturados 8.245 fusiles, 525 tercerolas, 3.000 cañones de fusil, 2.000 llaves, numerosos sables, pistolas y varios centenares de cañones que defendían la plaza. Todo este material necesitaba reparaciones, por lo que fue enviado a la Fábrica de Armas de Buenos Aires, para que se las hiciera allí.

Pero la compra de armas no fue era una  buena solución para el problema que enfrentaban las nuevas autoridades. El alto costo de las mismas, las maniobras especulativas que generó esta necesidad y urgencia de armarnos y los riesgos que la piratería imponía a su transporte desde lugares tan lejanos, estimularon la búsqueda de una solución definitiva para esta necesidad de armas. Por eso llegado el mes de octubre de 1810, el alarife JUAN BAUTISTA SEGISMUNDO trazó los planos de la que sería nuestra primera Fábrica de armamentos. Recordemos aquí, que ya en 1782 se había decidido la creación de talleres para reparar y fabricar armas en Buenos Aires, pero que este proyecto no prosperó y que en 1806, el platero y orfebre italiano JOSÉ BOQUI (1780-1848), natural de Parma que se había radicado en Buenos Aires y que era un hábil mecánico, durante las invasiones inglesas fundió cañones y fabricó un obús de su invención y un aparato que aseguraba la puntería con singular precisión.

La Fábrica de Fusiles de Buenos Aires. (02/09/1810). Finalmente, se puso en marcha el primer intento de magnitud destinado a la fabricación de armas en el país. Se inicia la construcción de la “Fábrica de Fusiles de Buenos Aires”, según los planos que presentara JUAN BAUTISTA SEGUISMUNDO. Fue encargado de su construcción y organización JUAN FRANCISCO TARRAGONA y todo debió hacerse desde la base, comenzando por la construcción del edificio que se ubicaba en el “hueco de Zamudio”, en  la manzana delimitada por las actuales calles Lavalle, Libertad, Uruguay  y Talcahuano (actual Palacio de Justicia), un lugar no muy apto, pero que dada la premura del caso, tuvo que ser aceptado (en marzo de 1811, se tuvo que construír un puente en el “hueco de las ánimas”, para que las aguas no impidieran  el paso  “de los artesanos para el trabajo de la fábrica de fusiles”.

EL 29 de setiembre de 1811 DOMINGO MATHEU fue nombrado Director de la Fábrica y AMBROSIO MITRE (padre de Bartolomé Mitre) contador del establecimiento. Posteriormente, entre 1813 1817 especialistas contratados en Inglaterra por la misión encomendada a MANUEL MORENO sumaron  sus esfuerzos a la tarea, destacándose entre ellos JOHANN GEORGE FRYE, FERNANDO LAMPING, CARLOS PERSIS y JAIME CHIC.

Hasta agosto de 1811 la producción fue muy variada, contándose entre los elementos fabricados 27 alabardas, 827 baquetas, 705 bayonetas, 2 carabinas, 238 lanzas, 862 pares de estribos, 12 fusiles, 6 pistolas y todas las máquinas y herramientas necesarias en la fábrica. Se repararon, además, 29 bayonetas, 3 carabinas, 30 fusiles y 5 pistolas. En 1812 se fabricaron 281 bayonetas y se compusieron numerosos fusiles y pistolas. En el establecimiento había 70 obreros. En abril de 1812 comienza la fabricación regular de armas de fuego y desde el 11 de abril al 9 de mayo de ese año, se fabricaron 60 fusiles y 20 carabinas. En dos semanas de diciembre se fabricaron 20 fusiles y 12 tercerolas.

Entre setiembre de 1811 y agosto de 1813, lapso que duró la gestión de MATHEU, se fabricaron 822 fusiles, 262 carabinas, 122 tercerolas, 126 pistolas y 21 trabucos. La rendición de Montevideo, el 25 de julio de 1814, brindó un importante botín a los patriotas. En esa plaza fueron capturados 8.245 fusiles, 525 tercerolas, 3.000 cañones de fusil, 2.000 llaves, numerosos sables, pistolas y varios centenares de cañones que defendían la plaza. Todo este material necesitaba reparaciones y éstas fueron realizadas en parte en la fábrica de Buenos Aires. En mayo de 1815 fue nombrado director del establecimiento ESTEBAN DE LUCA (1786-1824), poeta y militar, discípulo de Monasterio en la primera fábrica de cañones. En enero de 1816 fue ascendido al grado de sargento mayor de artillería y en febrero fabricó dos pistolas utilizando el metal extraído del Mesón de Hierro de Santiago del Estero. Estas armas fueron enviadas como obsequio especial al presidente de los Estados Unidos, James Madison. La Fábrica de Fusiles de Buenos Aires, produjo hasta fines de 1814 casi 3.000 fusiles y 192 tercerolas. En marzo de 1815 se alcanzó una producción de unos 20 fusiles diarios. El 17 de enero de 1815, el periódico El Independiente publicó una carta de un lector que afirmaba: “Nos hallamos con una fábrica de fusiles en mejor estado de economía y mecánica de las que ha podido tener la misma España: una fundición de cañones y balas de artillería de todas clases y calibres; fábricas también de pólvora y armas blancas”. La fábrica pasó por momentos de apremio a causa de la falta de pago de sueldos a sus operarios por parte del gobierno y en diciembre de 1816, cerró temporariamente sus puertas pues se debían tres meses de sueldo a los trabajadores.

En 1818 trabajaban en la “Fábrica de Fusiles”, diez armeros y en marzo de 1820 solamente había en ella tres operarios, según lo consignaba el comunicado del director DE LUCA al gobierno. El 10 de mayo de ese año, De Luca vuelve a dirigirse al gobierno pidiéndole que le envíe solamente 600 pesos mensuales en lugar de los 1.400 asignados en 1817 para sostener la fábrica: “Para esta fecha, sólo quedan en el establecimiento un armero y dos cajeros, hallándose los demás ocupados en los talleres particulares para atender a su subsistencia”. En 1822 se cerró la fábrica definitivamente y sus instalaciones fueron trasladadas al taller del Parque de Artillería.

La Fábrica de fusiles de Tucumán. A fines de 1810, por orden de la Primera Junta, a orillas del río Salí, cerca del actual Puente Lucas Córdoba”, se instaló la “Fábrica de fusiles de Tucumán” que quedó bajo el protectorado de CLEMENTE ZAVALETA. Fueron sus directores FRANCISCO EGUREN hasta 1813 y LEONARDO PACHECO desde entonces hasta 1819. Su primer administrador fue SIMÓN HUIDOBRO hasta que fue cesanteado y reemplazado por JUAN ANTONIO LOBO. A pesar de que tuvo muchas dificultades en sus comienzos, se le reconoce el mérito de haber producido, durante la gestión de PACHECO, unos 30 fusiles de excelente calidad y de haber reparado varios centenares de armas. Poco después de la muerte de Pacheco, en 1819, terminó la historia de la Fábrica de Fusiles de Tucumán. Fue trasladada a Buenos Aires, por orden del Director Supremo PUEYRREDÓN.

La Maestranza de Artillería de Tucumán (05/11/1810) El 5 de noviembre de 1810 la primera Junta, con las fuerzas expedicionarias de MANUEL BELGRANO operando en el noroeste del país,  comunicó al ministro principal de las Reales Cajas de Salta, que don CLEMENTE ZABALETA, alcalde de primer voto de esa ciudad, había sido designado para establecer en la ciudad de Tucumán “una fábrica de fusiles por cuenta de Su Majestad”.

Esta fábrica volante del ejército de BELGRANO disponía de cuatro hornos; se seguían las normas de los fundidores de campanas con “sólo la diferencia de ponerles dos respiradores verticales”. En la fábrica de Tucumán llegaron a trabajar entonces doce oficiales llaveros y seis a cargo de las fraguas; había también fundidores, limadores, peones, etc. El costo de cada fusil fabricado en ella era de 24 pesos con 6 reales. Entre marzo de 1811 y setiembre de 1812 se fabricaron allí 75 fusiles y 10 carabinas, además de 89 baquetas, 44 cañones de fusil con recámaras nuevas, 18 cañones de fusil taladrados en bruto (que se llevaron los españoles en vísperas de la batalla de Tucumán), 268 llaves de fusil nuevas y 163 guarniciones de fusil completas, habiéndose reparado más de mil armas de chispa. Parece ser que la fábrica de Tucumán funcionó hasta 1819 y no tenemos noticias del porqué.

La Fábrica, cuyo verdadero nombre era “Maestranza de Tucumán”,  contaba con una planta compuesta por doce oficiales llaveros y seis a cargo de las fraguas; había también fundidores, limadores, peones, etc., pero la falta de recursos, y la carencia de herramientas apropiadas atentaron contra la buena marcha del proyecto. Sin embargo, superando los múltiples obstáculos, la maestranza de artillería de Tucumán tomó a su cargo la fabricación y compostura de fusiles y armas blancas y diversos trabajos de carpintería, herrería, talabartería y zapatería, produciendo parte de los elementos de guerra necesarios para el Ejército del Alto Perú.

El costo de cada fusil fabricado en ella era de 24 pesos con 6 reales. Entre marzo de 1811 y setiembre de 1812 se fabricaron allí 75 fusiles y 10 carabinas, además de 89 baquetas, 44 cañones de fusil con recámaras nuevas, 18 cañones de fusil taladrados en bruto (que se llevaron los españoles en vísperas de la batalla de Tucumán), 268 llaves de fusil nuevas y 163 guarniciones de fusil completas, habiéndose reparado más de mil armas de chispa. Produjo también armas blancas, espadas y sables

En una época, trabajaron para la misma el vasco FRANCISCO JOAQUÍN DE EGUREN y el italiano CARLOS CELONE, herreros muy hábiles con grandes conocimientos en la materia. CELONE trabajaba en Buenos Aires donde hizo la prensa para estampar en seco el sello del escudo de la Asamblea de 1813. Fue armador de barcos corsarios y nunca viajó a Tucumán.

Pero no todo iba tan bien como se esperaba. En junio de 1812, MANUEL BELGRANO se dirigió al Primer Triunvirato, expresando que no estaba conforme con la fábrica por la incapacidad de sus dirigentes. Se quejó de la mala calidad de los pertrechos que se hacían en ese establecimiento para el Ejército del Norte, en especial las cartucheras, que eran “lo más malo que se puede dar, no tienen la medida del cartucho y los agujeros están llenos de barbas…”. Las cartucheras estaban formadas por un bloque rectangular de madera, recubierto de cuero, en el cual se hacían varios agujeros de la medida del cartucho. Si los cartuchos se colocaban sueltos en una cartuchera sin divisiones, el solo movimiento de la marcha destruía con facilidad su envoltura de papel y los inutilizaba. Cuando los españoles a las órdenes de PÍO TRISTÁN ocuparon Tucumán en 1812, desmantelaron esta fábrica, llevándose los hornos y herramientas que había en ella, aunque después no pudieron aprovechar ese material, pues perdieron su tropa de carretas y no disponían de otros medios para transportar los tornos y demás maquinarias que habían saqueado.  Los españoles arrojaron entonces esta carga en varios pozos que cavaron en los extramuros  de la ciudad, lo que posibilitó luego que los patriotas la recuperaran más tarde.

Después de la batalla de Tucumán (24 de setiembre de 1812), BELGRANO pidió al gobierno el envío de 30 tornos, 16 yunques y 20 lingotes de tres varas de largo y cinco de seis pulgadas de grueso para reinstalar la fábrica. El gobierno le envió el material solicitado y también envió a MANUEL RIVERA (1752-1820), grabador, armero y mecánico competente, padre de JOSÉ RIVERA INDARTE, quien logró poner nuevamente en marcha la fábrica, para producir además de fusiles y cañones, armas blancas, espadas, sables, correajes, etc. En 1813 la “Maestranza de Tucumán”,  recibió el valioso aporte de dos maestros armeros alemanes que envió desde Buenos Aires DOMINGO MATHEU, junto con seis tornos de mano y gran cantidad de limas y esmeril fino. Finalmente por problemas financieros, la Fábrica se cerró en 1819.

En la fábrica de Tucumán llegaron a trabajar entonces doce oficiales llaveros y seis a cargo de las fraguas; había también fundidores, limadores, peones, etc. El costo de cada fusil fabricado en ella era de 24 pesos con 6 reales. Entre marzo de 1811 y setiembre de 1812 se fabricaron allí 75 fusiles y 10 carabinas, además de 89 baquetas, 44 cañones de fusil con recámaras nuevas, 18 cañones de fusil taladrados en bruto (que se llevaron los españoles en vísperas de la batalla de Tucumán), 268 llaves de fusil nuevas y 163 guarniciones de fusil completas, habiéndose reparado más de mil armas de chispa. Parece ser que la fábrica de Tucumán funcionó hasta 1819 y no tenemos noticias del porqué.

La Fábrica de Cañones (00/05/1812).  Dada la escasez de material de artillería, debida en parte a la necesidad de comprometer tropas en diversos frentes y a la perdida de material que se producía en algunas derrotas, en 1811, la Primera Junta de Gobierno resolvió instalar una fábrica de cañones, pero debido a la falta de técnicos y mano de obra especializada y materia prima, el proyecto fue suspendido., hasta que aparece en escena el español ÁNGEL MONASTERIO, quien será el que se hará cargo del mismo.

ÁNGEL MONASTERIO, natural de Santo Domingo de la Calzada,  la Rioja española, en Castilla la Vieja, España, había estudiado dibujo y escultura en la Real Academia de San Fernando y debido a sus aptitudes fue nombrado Académico de Mérito. Estudió después ingeniería y en 1808 se recibió. Avatares de la política lo instalaron como empleado público y en 1810 fue destinado a Potosí, por la Junta Central de la Administración de Sevilla. Estando en el Río de la Plata, identificó con el espíritu y los móviles de la Revolución de Mayo y debido esta actividad,  se lo envió preso a Montevideo acusado de traición a la corona.  Cuatro meses después, ya en noviembre de 1811 regresó a Buenos Aires y es  incorporado al ejército de línea, con el grado de capitán de artillería y se lo destina al Estado Mayor de esa arma. En 1812 es comisionado para instalar las baterias “Libertad” e “Independencia” en Rosario (las mismas donde MANUEL BELGRANO hizo jurar la Bandera) y a su regreso, se presentó ante la Junta, ofreciéndose para poner en marcha la proyectada Fábrica de Cañones y Municiones.

En mayo de 1812, ya con el grado de Teniente Coronel de Artillería, ÁNGEL MONASTERIO es comisionado para dirigir el montaje de una fundición en dos desmanteladas naves de la “Iglesia de la Residencia”, en la zona donde hoy se cruzan las calles Defensa y Humberto 1º. Allí funcionó desde  1812 hasta 1822, año en que se trasladó a la zona de la actual Plaza Lavalle, frente a Tribunales.

MONASTERIO se vió entonces obligado, contando con el sólo auxilio de otro español llamado SIMÓN ARÁOZ, quien tenía cierta experiencia en los trabajos de fundición de metales, a diseñar y construir hasta las maquinarias e instalaciones que le eran necesarias. Adaptó el edificio asignado a su nuevo destino e hizo construír  un horno, también producto de su propio diseño, que produjo notable resultados: A las cuatro horas de habérsele cargado el metal, ya estaba en estado de perfecta fusión, mientras que los modelos de “Reververo” usados generalmente en Europa,  en ese mismo lapso de tiempo, apenas estaban candentes. Solo una vez había visto fundir cañones en Sevilla, pero esto le bastó para establecer y dirigir con éxito la Fábrica de cañones de Buenos Aires. Con mucha razón, MITRE lo llamó “El Arquímedes de la Revolución”

Había pasado solamente un mes y ya, el 22 de julio de 1812, MONASTERIO realizó el primer ensayo de fundición: un mortero cónico de calibre 12 pulgadas (305 mm) que fue llamado “Tupac Amarü”y el 15 de agosto, se completa el segundo mortero de ese tipo, al que se llamó “Mangoré” Ambos fueron trasladados con grandes dificultades a Montevideo donde fueron montados en batería en un punto estratégico escogido por el coronel VON HOLMBERG y estos gigantescos morteros dispararon sus primeras granadas contra la fortaleza realista de Montevideo el 13 de Septiembre de 1813.

Alarmados por la potencia de estas piezas, los realistas estacionaron un vigia en el campanario de una iglesia, para que, al distinguir los fogonazos, los anunciara al público con dos campanadas, para que se puesiera a salvo. Durante el bombardeo, que se prolongó hasta el 1º de octubre, ambas piezas dispararon 295 bombas contra la posición enemiga. El 11 de Diciembre se probaron dos nuevos cañones de calibre 8, destinados para el Ejército del Perú y un tercer mortero de 12 pulgadas que en honor al Director de la fábrica fue llamado “Monasterio” (esta pieza se encuentra en el Museo Histórico Nacional, en Plaza Lezama, Buenos Aires)

Ya en 1814 en ese lugar también se fabricaban cañones livianos para el Ejército del Norte comandado por MANUEL BELGRANO, quien, tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, fue reemplazado por el general SAN MARTÍN y éste a su vez, reemplazado por JOSE RONDEAU. Los primeros cañones fundidos en esta planta fueron cuatro de bronce de calibre de a 8, que fueron probados el 11 de Marzo de 1814. Estas piezas, que salieron perfectas fueron asignadas al Regimiento de Artillería de la Patria. En el primer año de actividad la fábrica produjo 22 cañones de campaña de calibre 4 de bronce, y tres de montaña de calibre 6. Durante 1816 y 1817 la actividad se redujo, habiendo producido en ese tiempo, solamente dos piezas de bronce de a 6 llamadas “El Vigilante” y “El Chacabuco”. Otra pieza fundida en este arsenal denominada “El Inexpugnable”, fue llevada a Chile por San Martín, con el Ejército de Los Andes, y hoy se encuentra en el Museo Militar de Santiago de Chile. Contó para lograr  tamaños resultados, con el concurso de un grupo de artesanos y armeros de la ciudad, muy pocos por otra parte, que elaboraban las distintas piezas o reparaban las armas, de acuerdo con tarifas determinadas. En el Museo Histórico Nacional, se conservan dos morteros fabricados por Monasterio en 1812. Son piezas muy cortas, de enorme boca y tiro curvo, que lanzaban bombas huecas rellenas de pólvora.

La Fábrica de cañones de Jujuy
El general MANUEL BELGRANO, comandante en Jefe del Ejército del Norte, desde febrero de 1812, disponía de muy escasa artillería para dotar con tan importante material a su fuerzas,  empeñadas en la lucha contra los invasores españoles que avanzaban desde el Alto Perú. Con sólo un “cañón de a 2” y cinco “de a 1”, considerando que es vital revertir esta situación, dispone la instalación de una fundición en la provincia de Jujuy, para fabricar los cañones que le eran tan necesarios y nuevamente puso al frente del proyecto, al coronel EDUARDO KAILLITZ, barón de Holmberg. Este destacado coronel de origen austríaco que se había plegado a la causa independentista y que destinado como Jefe del Estado Mayor de Belgrano, estaba a cargo de “todo lo concerniente a artillería e ingenieros”, era un experto oficial de artillería, con amplios conocimientos en la materia.

Como en el interín, desde Buenos Aires, llegaron a Jujuy algunas “piezas de a 6”, y los sirvientes de las mismas, el general BELGRANO dispuso que el coronel KAILLITZ, como paso previo a la fundición de cañones, comience con la fabricación  de las granadas que podían ser utilizadas con los “cañones de a 6”,  que les habían enviado desde Buenos Aires, cureñas y medios de tracción para esta piezas. Y como se disponía de una importante cantidad de “munición de a 2”, sin que se contara con las piezas de ese calibre, con mucho ingenio, también fabricaron un torno que permitió recalibrar los “cañones de a 6”, para poder utilizar con ellos, esas granadas que tenían en cantidad.

En abril de 1812 la fundición fue finalmente puesta en marcha y comenzaron fabricando algunos morteros y obuses, para pasar después a fabricar los cañones de mayor calibre y el resultado fue tan auspicioso que BELGRANO, el 28 de julio de 1812, se dirigió a la Junta de Gobierno diciendo: “Se han fundido bajo la dirección del coronel Holmberg, dos morteros de ocho pulgadas y dos obuses de seis pulgadas y tres líneas. Se están amoldando culebrinas de a dos, también dirigidas por el expresado barón y pronto espero que se fundan con el mismo éxito que aquellas piezas, de modo que si tuviésemos cobre, podré remitir a VE. algunas piezas aunque sean de mayor calibre.”. Lamentablemente las expectativas de BELGRANO no se cumplieron: Los acontecimientos trastocaron sus planes, ya que obligado a retirarse de Jujuy, el 23 de Agosto de 1812, ordena que fuera desmontada la fábrica de cañones, cuando ya había empezado a fabricar las culebrinas “de a 2”.

En una nota al gobierno central, fechada el 30 de agosto de 1812, en el rio Pasaje, relata que la fábrica de morteros, obuses y cañones, instalada en Jujuy, había sido obra del barón de Holmberg, “quién no solo dibujó las formas graduando las proporciones, sino también ha tenido parte en tornear los moldes. Los fundidores han trabajado bajo las órdenes de Holmberg, trabajando los moldes con la mayor facilidad y sucesivamente han fundido, proporcionando las mezclas con las lecciones de aquél”. También relata Belgrano que se habían valido de hornos muy sencillos y de los que se servían los fundidores de campanas, con la sola diferencia de ponerles dos respiradores verticales.

Tenían cuatro hornos que fueron desbaratados en los últimos momentos de su salida de Jujuy y que podrían volver a montarse en cualquier otro puesto. También refiere a que habiendo metales, en todo punto se puede establecer la fábrica, y pueden conseguirse cualquier tipo de pieza de artillería, sin necesidad de traerlas desde Europa, y tal hacer de la misma un ramo de comercio, quitando las utilidades a las fundiciones de hierro, ya que se sabía que las piezas de bronce eran las preferibles. Continúa diciendo Belgrano: “La mayor particularidad de nuestra fábrica es que las tres fundiciones apenas han costado 13 pesos y un real al erario, y a esa misma proporción es el valor del bronce y días de trabajo empleados”.

Continúa diciendo BELGRANO: “La mayor particularidad de nuestra fábrica es que las tres fundiciones apenas han costado 13 pesos y un real al erario y a esa misma proporción es el valor del bronce y días de trabajo empleados”.-La fábrica no volvió jamás a ser montada, aún después de la batalla de Salta, cuando Belgrano se preparó para llevar las operaciones bélicas al Alto Perú, suponiendose que ello se debió a que la primitiva pobreza de piezas de artillería, se remedió con el botín tomado a los realistas ó bien al alejamiento de Holmberg ó debido a que el carácter de la próxima campaña impediría al comandante en jefe una vigilancia directa y permanente de la fábrica.

La fábrica no volvió jamás a ser montada, aún después de la batalla de Salta, cuando Belgrano se preparó para llevar las operaciones bélicas al Alto Perú, suponiendose que ello se debió a que la primitiva pobreza de piezas de artillería se remedió con el botín tomado a los realistas ó bien al alejamiento de Holmberg ó debido a que el carácter de la próxima campaña impediría al comandante en jefe una vigilancia directa y permanente de la fábrica”.

En la misma forma en que para la recomposición del armamento de la Infantería durante las operaciones se agregaban algunos maestros armeros a los Cuarteles Generales, para la artillería se comenzó a designar personal encargado del mantenimiento de las piezas, los armones y los vehículos, y se empezaron a instalar talleres de la maestranza en los períodos de estacionamiento y el almacén de Artillería. Este personal se dividía según su especialidad en maestros de Montaje, torneros, maestros de Herrería, oficiales carpinteros y un largo etcétera, hallándose cada especialidad bajo las órdenes de un maestro mayor, en tanto los Almacenes de Artillería , tanto el permanente de la capital, como los provisorios de los Ejércitos en operaciones quedaban a cargo de un comisario de artillería, Guardaparque ó Guardaalmacén, según el caso, con los necesarios oficiales escribientes y de administración

La Fábrica de Pólvora de Córdoba. (01/11/1814). Mientras tanto, la fabricación de pólvora constituía otra de las  preocupaciones de la Primera Junta hasta que finalmente, por iniciativa del dean GREGORIO FUNES, el 1º de noviembre de 1814, ordenó la instalación de una fábrica en Caroya, provincia de Córdoba, cuya dirección fue confiada al teniente coronel JOSÉ ARROYO, reemplazado luego por el médico británico DIEGO PAROISSIEN. Nuevas máquinas y más modernas técnicas operativas, permitieron mejorar la calidad de la pólvora que la fábrica producía, pero un incendio que se produjo en 1815 la redujo a cenizas. Simultáneamente con esta fábrica,  otros establecimientos similares funcionaron en las provincias de La Rioja, elaborando pólvora “que por su mala calidad sólo sirve para ejercicios”, y Santiago del Estero, cuya producción era igualmente deficiente en su rendimiento.

Recolección de metal para hacer proyectiles. Durante el mes de octubre de 1816, la ciudad recibe unas “patrióticas y originales” visitas: los alcaides y tenientes de barrio golpean las puertas de las casas de los vecinos solicitan a sus dueños, graciosa y espontáneamente, todos los muebles de hierro que quieran donar, haciéndoles comprender, a los mismos, que en verificarlos hacen un servicio a la Patria”. Si bien no se han hecho aclaraciones precisas, se supone que el producto de la colecta será para la confección de proyectiles.

Armamento utilizado A continuación hacemos una breve reseña del armamento empleado en la época de la Revolución de Mayo, por las tres armas de que se componía el Ejército Argentino. Sus principales características fueron tomadas de algunos ejemplares de fabricación francesa, inglesa y norteamericana.

Infantería.
La infantería usaba el fusil de chispa, de hierro fundido, de una longitud total que varíaba entre 1,39 y 1,47 metros, y de un peso aproximado de cuatro kilogramos. De ánima lisa y de avancarga, con un calibre de 3/4 de pulgada, 19 mm en boca. Tiraba una bala esférica de plomo o de bronce, que una vez fundida se redondeaba en toneles de madera o de metal, mediante un rápido movimiento giratorio alrededor de un eje horizontal. Las piedras, que al producir una chispa provocaban la ignición de la pólvora, eran generalmente españolas pues se las prefería a las de procedencia inglesa o sueca, que, de un pedernal inferior, tal vez por ser destinadas a la exportación, no eran muy aceptadas porque “no produciendo chispa, maltratan los fuegos de nuestros rastrillos y dejan sin fruto las operaciones más útiles”. Este párrafo encomillado es de una nota del representante del gobierno chileno en Buenos Aires al gobierno argentino, del 6 de diciembre de 1813, y se conserva en el Archivo General de la Nación.

La carga de pólvora, contenida junto con la bala en un cartucho de papel grueso, era de 12,5 gramos. Esta cantidad fue deducida de un cuadro en el cual el Comandante de Artillería del Ejército de los Andes hace constar que, para preparar 283.000 cartuchos de fusil, necesita 77 quintales, 8 libras y 4 onzas de pólvora. El quintal de Castilla equivalía a 46 kilogramos o a 100 libras, siendo la libra equivalente a 460 gramos e igual a 16 onzas. De esta manera 25 libras forman una arroba, y cuatro arrobas un quintal.

El fusil carecía de alza y guión y para hacer puntería bastaba con  hacer coincidir, rápidamente, el punto más alto de la recámara con el más alto de la boca del fusil y con el punto del objeto al que se quiere apuntar. Así lo prescribía el “Reglamento para el ejercicio y maniobras de la Infantería en los Ejércitos de las Provincias Unidas de SudAmérica”, impreso en Buenos Aires en 1817 y aprobado por el Supremo Director del Estado, por decreto del 21 de octubre de 1816. Una correa portafusil, pasada por dos anillas colocadas en la caja, permitía llevar el arma colgada durante las marchas.

Al costado izquierdo se llevaba la bayoneta, en una vaina de cuero. Era de hoja triangular, muy liviana y de una longitud de 47 centímetros. Su base terminaba en un cilindro hueco, acodado, que permitía adaptarla a la boca del fusil, quedando asegurada por un pequeño resalte rectangular que tenía cerca de la boca, y que calzaba en una ranura del cilindro hueco, al hacerse girar la bayoneta. Según los reglamentos militares de la época, las Compañías de Cazadores, una de cada batallón, así como los batallones de esta especialidad y los regimientos de Dragones e Infantería montada, usaban “carabinas”, un fusil corto, de las mismas características que los del resto de la Infantería, variando solamente su peso y longitud, siendo ésta de 1,12 metros. En la “Gazeta de Buenos Aires” del 27 de setiembre de 1810, según el Catecismo Militar, la Compañía de Granaderos existente en cada batallón de infantería, tenía como único armamento granadas de mano y sable.

Caballería
Usaba carabina, espada y pistola. Así estaba determinado en la organización, pero en la práctica, no siempre  era posible proveerle de estas armas a causa de su escasez. Cuando más, el jinete llevaba una sola arma de fuego, además de la espada o del sable. Esta misma escasez de armas de fuego había inducido a la Primera Junta a dictar un decreto el 10 de agosto de 1810, que ordenaba en primer término que todos los sargentos del Ejército usasen alabarda en lugar de fusil y disponía la creación en Tucumán de dos compañías de alabarderos (lanceros), de cien hombres cada una.

Las moharras de las alabardas eran  fabricadas en Buenos Aires bajo la dirección del vocal de la Junta MIGUEL DE AZCUÉNAGA, pero el asta debía ser colocada en Tucumán, donde abundaba la madera adecuada. Fue éste el primer paso hacia la adopción de la lanza como arma de nuestra Caballería, arma que se generalizó después en el ejército del Alto Perú o del Norte, así como también en el de operaciones contra el Brasil.

Hasta 1810 fueron únicamente los Blandengues, caballería que cubría el servicio de fronteras contra los indios, los que utilizaron la lanza. Después fue un arma de emergencia: las ventajas comprobadas en los encuentros con los ejércitos realistas, hicieron que se adoptara más tarde como arma principal de la Caballería, venciendo la repugnancia que al principio suscitara en el Ejército, por considerársela un arma impropia de hombres que se habían hecho, en la lucha cuerpo a cuerpo..

Refiriéndose el general BELGRANO, a un cuerpo de Cazadores que pensaba organizar, en un oficio del 4 de abril de 1812, le comunicó  al gobierno que va a “poner la caballería con lanza, pues las armas de fuego que tiene, inútiles en sus manos, son las que han de servir para aquél. Con esta idea, desde Yatasto he dado a los dragones, que no tenían armas de fuego, lanzas, y mi escolta es de las que llevan esta arma, para quitarles la aprensión que tienen contra ella y se aficionen a su uso, viendo en mí esta predilección”.

Artillería.
En la misma forma en que se procedía para la recomposición del armamento de la Infantería, hasta que se comenzaron a instalar las fábricas de cañones, durante las operaciones, se agregaban algunos maestros armeros a los Cuarteles Generales, para la recuperación y fabricación de piezas de artillería. Se comenzaba designando personal encargado del mantenimiento de las piezas, los armones y los vehículos, y se continuaba instalando talleres de maestranza. Este personal se dividía según su especialidad en maestros de montaje, torneros, maestros de herrería, oficiales carpinteros y un largo etcétera, hallándose cada especialidad bajo las órdenes de un maestro mayor, en tanto los Almacenes de Artillería , tanto el permanente de la capital, como los provisorios de los ejércitos en operaciones, quedaban a cargo de un Comisario de Artillería, Guardaparque ó Guardaalmacén, según el caso, con los necesarios oficiales escribientes y de administración.

Existencias. La existencia de material de artillería en Buenos Aires en 1807 era la siguiente: Del tren volante: diecisiete  cañones de a 4; dieciséis cañones de a 6; seis cañones de a 8 y diez cañones de a 12, lo que hace un total de 49

De las Batería Recoleta: cuatro cañones de a 24. De la Batería Retiro: cuatro cañones de a 24; De la Batería del Muelle: seis cañones de a 24; De la Batería de la Residencia: 4 cañones de a 24; De la Batería de la Fortaleza: treinta y dos cañones de a 24. Total: 50 cañones, que sumados a los del Tren volante hacen un total de 99 cañones para toda la fuerza.

Si bien estos totales parciales y general,  pueden impresionar como cifras importantes, se debe considerar que se trataba de un material anticuado, en deficiente estado de servicio y que incluso, carecían algunos cañones de sus respetivos montajes. Los únicos cañones que podían darse a los ejércitos de la revolución, los cañones livianos de a 4 y de a 6, no eran muy grandes, siendo insuficientes por lo menos para el servicio de las tropas y para la indispensable reserva que debía existir en el Parque, a fin de poder llenar oportunamente las bajas que las marchas y los combates producirían en esa clase de material.

Las piezas de artillería se subdividían en cañones, obuses, y morteros; el calibre de los primeros estaba dado por el peso del proyectil en libras, y en los obuses y morteros por el diámetro del ánima en la boca expresado en pulgadas. Así que al referirse a un cañón de a 4, de a 6 ó de a 8 es preciso entender que se trata de un cañón que tira un proyectil esférico, macizo, de 4, 6 u 8 libras de peso respectivamente. La artillería de batalla, que formaba parte de los ejércitos en campaña, estaba constituida en nuestro país por cañones de 4, 6 y hasta 8 libras, y por obuses de 6 pulgadas. A la de sitio y fortaleza pertenecían los cañones de a 8 (mucho más largos que los de igual calibre de artillería de batalla), de a 16 y de a 24 libras, los obuses de 8 pulgadas y los morteros, cuyo calibre variaba entre las 8 y las 15 pulgadas, habiéndose generalizado entre nosotros un tipo uniforme de 13 pulgadas. La equivalencia de libras a milímetros de los calibres de los cañones es la siguiente: el de 4 libras corresponde a 84,45 mm, el de 8 libras a 106,1 mm, el de 12 libras a 121,25 mm, y el de 24 libras a 152,5 mm, pudiendo obtenerse por intercalación de los calibres intermedios.

El cañón tiraba un proyectil esférico, macizo (bala-rasa), de fundición de hierro y el tarro de metralla (cilindro de hojalata relleno con balines de plomo o de bronce, recortes de metal, clavos, etcétera). El obús empleaba también esta última clase de proyectil, y, principalmente, la bala hueca, esférica (llamada granada), provista de una mecha o de una espoleta rudimentaria a percusión, que debía inflamar la carga de explosión (pólvora negra) contenida en la granada, la que estallaba en fragmentos, cuando hacía impacto.

El mortero usaba únicamente bala hueca, a explosión. Los metales usados en la construcción de las piezas de artillería eran el bronce y el hierro, prefiriéndose naturalmente el primero, aun a pesar de su mayor costo, no sólo por resultar más afinado el trabajo, sino por la mayor seguridad y duración de la pieza, con la ventaja, además, de que el bronce de una pieza podía utilizarse cuantas veces se quisiera para la fundición de otras. Se trataba en todos los casos de un material sumamente pesado, ya que un cañón de bronce de a 8, corto, sobrepasaba los 700 kilogramos, siendo casi doble el peso de un cañón largo, del mismo calibre y metal.

En el primero había que añadir el peso del tosco montaje de madera dura, reforzada con chapas y aros de hierro y provisto de ruedas muy altas, lo que constituía un conjunto de tracción siempre difícil en los pésimos caminos de la llanura de nuestro territorio, en los terrenos montañosos del Alto Perú y en la frontera de Mendoza o en los bañados o esteros del Paraguay.

Resultados. Es evidente que pese a las dificultades que se debieron vencer, los primeros gobiernos patrios supieron hacer lo que se debía y cumplieron eficazmente con la responsabilidad que se le impuso de armar y equipar adecuadamente a nuestros incipientes ejércitos. Prueba de ello es que a fines de 1815 se embarcaron en Filadelfia con destino al puerto de Cartagena, para las tropas de Bolívar, 15.200 fusiles, 200 pares de pistolas y 300 sables. En el año 1816, el Ejército de los Andes, en vísperas de pasar a Chile, tenía en sus almacenes 6.000 fusiles remitidos desde Buenos Aires por el Director Supremo PUEYRREDÓN. También disponía de repuestos para armar 500 fusiles adicionales, 100 carabinas, 200 pistolas y otras armas blancas y pertrechos, sin contar la artillería. De este parque llevó a campaña 5.000 fusiles con bayoneta  completos, 741 tercerolas y carabinas, 1.130 sables, 5.000 fornituras de infantería y 741 cananas. La munición para este armamento estuvo integrada por un millón de cartuchos de fusil a bala y 10 quintales de pólvora –cuya elaboración, como la de la artillería, se hizo en Mendoza además de 97.000 piedras de chispa de fusil. Y cuando San Martín pasó al Perú, en 1820, llevó en sus naves elementos más numerosos: 15.000 fusiles completos y vestuario y equipo para armar varios regimientos.

Un viajero y diplomático norteamericano llamado BRACKENRIDGE,  visitó Buenos Aires en 1817 y escribió: “En sus arsenales y fábrica de armas tienen 14.000 armas (fusiles y pistolas) y en sus distintos parques tienen una extraordinaria cantidad de buenos cañones y artillería de campaña y gran abundancia de municiones de guerra de toda clase”. ¿De dónde provenía todo este material?. Las guerras napoleónicas, concluidas en 1815, habían dejado una gran cantidad de material de guerra para la venta a las naciones sudamericanas que luchaban por su independencia, como había sucedido también durante la guerra entre Estados Unidos e Inglaterra, en 1812,

(1). Los envíos de armas, provenientes del exterior,  con destino a Buenos Aires, que se han podido registrar a partir de 1815, son los siguientes:

Entre agosto a diciembre de 1815, llegaron  5.000 fusiles, 2.000 sables, 200 barriles de pólvora. Entre febrero y octubre de 1816, llegaron  7.541 fusiles, cajones con sables, pólvora en varios centenares de barriles, pistolas, etcétera. Entre febrero y diciembre de 1817, llegaron 12.596 fusiles (además, 300 cajo­nes con fusiles sin aclarar la cantidad), 3.000 palos para lanzas, provenientes de Amberes, quizás de los lanceros polacos de Napoleón, pistolas, sables, piedras de chispa, pólvora. Entre febrero y octubre de 1818, llegaron  47 cajones de fusiles, cañones y munición de artillería procedente de Nueva York; 79 cajones de fusiles, 11 cajones de pistolas, bayonetas, espadas, lanzas procedentes de Amberes: 16 cajones de fusiles, 4 de pistolas, cañones, munición y pertrechos de artillería procedente de Nueva York. 400 fusiles americanos “para recortar a carabina”, 2.920 fusiles, dos cajones de sables, cierto número de trompetas y clarines. Todos estos envíos eran consignados a comerciantes de plaza, que como Tomás Halsey, David de Forest, Juan Watson, Patricio Lynch, Sebastián Lezica, Antonio Francisco Leloir, Zimmermann y Compañía, Ulpiano Barreda, Manuel Riglos y otros, eran quienes luego se las vendían al Gobierno, logrando pingües ganancias.

Fuentes: “Historia de la Artillería Argentina”, coronel Pedro Martí Garro, Ed. Comisión del Arma de Artillería “Santa Barbara “, Buenos Aires, Argentina (1982); “La Historia de las armas de fuego en la Argentina”, Rafael De María (1972); “Archivo de la Revista Militar”; Documentos del Archivo Belgrano, Archivo del Museo Nacional de Armas, “Comisión del Arma de Artillería”.

Si este tema fuera de interés para alguno de nuestros usuarios,  ponemos a disposición de quien lo solicite, un trabajo del señor Santiago Pedro Tavella Madariaga titulado “Las armas de fuego del soldado argentino en la década 1870-1880”. Dado su volumen no lo incluímos aquí, pero con gusto lo enviaremos vía correo eléctrónico a solicitud.

1 Comentario

  1. Fernando Keilty

    Brevemente. Aqui se habla que Argentina dispuso de las armas tomadas a los ingleses en las invasiones de 1807. Las armas invasoras fueron devueltas, por una de las condiciones de la rendicion. En cuanto a las armas fabricadas, no existe un solo ejemplar, en algun Museo o coleccion particular, que pueda ser atribuida a la fabricacion. Los intentos de fabricas, solo fueron talleres de reparacion. Las compras el exterior, perfectamente documentadas, demuestran que aqui no se produjo nada, y que se debio recurrir a la importacion.

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