LA RECOVA (07/08/1803)

LA RECOVA. El 7 de agosto de 1803, finalizó la construcción de la primera Recova, conocida como “la Recova vieja”. Fue ordenada por el virrey JOAQUÍN DEL PINO Y ROZAS, de acuerdo con planes de AGUSTÍN CONDE y construída por el alarife JUAN BAUTISTA SEGISMUNDO.

La idea de la “Recova vieja”, (dos edificios simétricos unidos en el medio por un arco triunfal), se repetirá algunos años más tarde, cuando se vinculó el edificio que para Correos y Telégrafos construyeron en 1882 los arquitectos ENRIQUE ABERG y CARLOS KIHNDERG en el ángulo S.O. de la Plaza, con el que el arquitecto FRANCISCO TAMBURINI había levantado en 1873 en el ángulo S.E. y que, cuando se realizaron las ampliaciones de la Recova sobre la calle Rivadavia, uniendo ambos edificios mediante un gran arco central, dio origen a la actual estructura de la Casa Rosada.

La vieja Recova, se levantaba en mitad de la actual Plaza de Mayo, dividiendo a ésta en dos: la Plaza 25 de Mayo en el lado oeste y la plaza de la Victoria, al este y se extendía desde la esquina de la calle Defensa hasta Bolívar. Cuando estuvo totalmente terminada, constaba de un arco central y de 24 arcadas, 12 por cada lado ya que al comienzo estos arcos se extendían solamente hasta la mitad de la cuadra, o sea más o menos hasta una casa que era del señor DÍAZ CAVEDA. Desde allí hasta la esquina de la calle Bolívar había solamente un veredón ya que el resto de la Recova, se construyó recién cuando edificó su casa el señor CRISOL. Su frente fue por mucho tiempo de tejas Estaba destinada a la instalación en ella de comercios y puestos de ventas de carnes, verduras y frutas y en sus comienzos, no se veían allí, ni confiterías, cigarrería, casas de fotografía, almacenes, y sobre todo, ese enjambre de escribanías, que por entonces tuvieron necesidad de abandonar el Cabildo, constituyendo lo que se llamó “el callejón de Ibáñez” (ver “Las bandolas” en Crónicas). Esta denominación dada al paso por los portales del Cabildo derivaba del así llamado lugar de San Isidro, frecuentado por ladrones y gente de avería, según lo cuenta Adrián Beccar Varela diciendo: “En la época a que nos estamos refiriendo, el pueblo de San Isidro Labrador, o como también lo denominaban, la “Costa de San Isidro”, era ya un pueblito de moda. Muchas familias pasaban por allí los veranos y los domingos y días de fiesta, afluían los jóvenes de la ciudad que iban a visitar aquel delicioso lugar .Es el caso que, a cierta distancia, en el camino, había una larga y estrecha callejuela con tupidos matorrales por ambos costados y este pedazo peligroso del camino, era conocido con el nombre de “callejón de Ibánez”, por pertenecer al señor Ibáñez los terrenos subyacentes, hoy de propiedad, creemos, que de la señora de La Prida.” “Allí pues, eran asaltados con aterradora frecuencia, aun de día, los pacíficos transeúntes, quienes escapaban muchas veces como verdaderos Adanes, sin dejarse de contar según lo refieren las crónicas, algunas Evas de entre las pobres campesinas que regresaban de la ciudad con el producto de la venta de huevos, gallinas, y pollos. Diremos, sin embargo, en honor de los salteadores de aquellos tiempos, que el número de muertos y aun de heridos fue casi nulo, pues que sus proezas se reducían a llevarse el dinero, la ropa y demás prenditas de sus víctimas“. “Pronto, algún atrevido encontró cierta analogía entre este “callejón” y el del Cabildo y así lo bautizó”. En 1869 se presentó un proyecto del señor Tamini, auspiciado por la municipalidad y otro del diputado provincial señor Rom, proponiendo la expropiación de la Recova Vieja, para que una vez demolida, se contara con suficiente espacio para ensanchar a la plaza de la Victoria, pero otras exigencias y protestas, impidieron seguramente su realización. Hubo quienes argumentaron, sin descartar que aún considerando a esta obra como un positivo avance hacia el embellecimiento de la zona, la misma no compensaría los inconvenientes y aun perjuicios que traería consigo. Se dijo que “en armonía con otros frentes de la Plaza, la Recova constituía un pasaje sumamente útil; un refugio para los concurrentes contra el sol, el frío o un aguacero repentino en medio de una fiesta. Sin ella la plaza de la Victoria estaría a merced de los vientos fríos y aveces violentos ríos, convirtiéndola en un sitio incómodo y molesto en vez de un paseo agradable”. La demolición de la Recova. En una investigación realizada por la Asociación de Amigos de la Avenida de Mayo, dan cuenta de las dos primeras transformaciones que demandó la construcción de la avenida de Mayo, fueron la demolición de la Vieja Recova (que estaba ubicada en lo que lo que sería el medio de la Plaza de Mayo, al Oeste de la Casa Rosada actual) y del Cabildo, que era una reliquia intocable por aquellos años y que tenía tres arcos más que los dos actuales. La nueva Recova. El 25 de mayo de 1883 el Intendente de la ciudad de Buenos Aires, TORCUATO ANTONIO DE ALVEAR dispuso la demolición de la “vieja Recova” y en cuestión de horas se puso en marcha el proyecto que incluía, además de esta demolición, el ensanche y retrazado de la avenida de Mayo. La primera dificultad que se le presentó a Alvear fue el desalojo de los inquilinos, comerciantes que ocupaban el edificio y también hubo que expropiar 13 propiedades ubicadas en ese sector, pero eso no ofrecía dificultades para la voluntad de Alvear. Solucionado ese problema, con la reubicación de los danmificados, se comenzó por derrumbar la parte alta del edificio. Las moles de mampostería se desplomaban con la consiguiente alarma y peligro para los ocupantes de los bajos, las nubes de polvo todo lo cubrían, y aquello se hizo insostenible. Todos los negociantes debieron salir precipitadamente, sin esperar plazos; más bien pedían, imploraban, una amnistía, para emigrar salvando las vidas. Alvear en persona, empuñando un grueso bastón, que esgrimía y con el que accionaba, con los brazos tendidos, dirigía las maniobras y el ejército de peones. Más de trescientos trabajaban juntos y sin descanso. Terminadas las tareas del día esos trabajadores eran reemplazados por otros que realizaban sus trabajos de demolición por la noche. La falta de luz no fue obstáculo. Se abrieron los caños mayores distribuidores del gas, y con ellos se hicieron conexiones, con caños de sección máxima para que dieran una llama poderosa que permitiera el trabajo sin interrupción. En medio de esa intensa actividad, se presentó otro conflicto: La empresa del Panteléfono, servicio telefónico, que recién se iniciaba en la ciudad en la parte céntrica especialmente, había colocado sus postes y sostenes de cables sobre los muros de la Recova. Alvear ordenó su inmediato retiro para no demorar la demolición” (Ver “Torcuato de Alvear, primer intendente municipal de la ciudad de Buenos Aires”, de Adrián Béccar Varela).

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