LA PLATERÍA RIOPLATENSE

“Cabalgando sobre brioso caballo moro cubierto de plata desde la testera hasta la baticola”—cuenta PASTOR S. OBLIGADO en“La gloria de Caseros”—, cabezadas, riendas, pretal, todo relumbrante como una platería moviente, avanzaba el General Urquiza, rebosando alegría y satisfacción al contemplar su misión cumplida”. El caudillo-estanciero-general que después de la batalla de Caseros, se presentaba victorioso en Buenos Aires, era el argentino que más había hecho por el desarrollo de nuestros lujos camperos. Así como contrató al pintor uruguayo JUAN MANUEL BLANES para que decorara la capilla de su estancia, el señor de San José, había alojado en su casa, durante varios años, al platero y grabador siciliano PABLO CAÍALDI para que vistiera sus caballos. “Hoy quedan en Entre Ríos —escribió después EDUARDO DE URQUIZA refiriéndose a los trabajos de CATALDI— gran cantidad de mates, bombillas, espuelas, cabezadas, frenos y otros adornos varios en plata y oro, admirablemente cincelados… “

Semejante preocupación por la platería ecuestre no fue, por cierto, un capricho personal del general URQUIZA. Nos viene a los argentinos desde que adoptamos la vieja escuela de equitación de la “jineta”, nacida entre las belicosas tribus “zenetes” de las serranías del norte de África y adoptada con fervor por los españoles que la usaron para expulsar de la península a sus maestros moriscos

La platería rioplatense tiene una tradición de cuatro siglos, desde los tiem­pos de la minería altoperuana en Potosí. “En Buenos Aires hubo 310 plateros registrados entre los años 1600 y 1810 y  el Cabildo era la autoridad que daba las licencias para trabajar y tomaba exámenes de capacidad a los artesanos”.

En tiempos del Virreinato, los artesanos eran mayoritariamente de origen español y portugués. Pero más avanzado el siglo XIX comenzaron a tener presencia “maestros argentinos como SILVA, PODESTÁ, PÉRSICO y FERNÁNDEZ. La tradición se continuó luego con plateros como DÁMASO ARCE, DAVID SACO y FERNANDO RIVAROLA, cuyas piezas únicas, ingresaron en las colecciones de AMALIA FORTABAT, y las familias ÁLZAGA y BLQUIER entre otras.

La ornamentación de su caballo (llamado “el chapeo”), en el siglo XIX era el único orgullo que tenía un gaucho y aún los de más escasos de recursos, volcaban en su montado todo lo que tenían para que luciese ante sus congéneres y fue esta demanda de ornamentos, lo que impulsó el arte de la platería tal como lo conocemos hoy. La mayoría de los elementos que adornan o son parte de un recado, se hacen en plata 800, una aleación que es más dura que la plata 900, porque se hace con cobre, a diferencia de la “ plata 925 Sterling”, que es más blanda y se usa habitualmente para los cabos de los cuchillos y la platería religiosa”.

En cuanto a las prendas de platería propiamente dichas, JUSTO P. SÁENZ (h) enumera tres pilchas de prosapia árabe que no podían dejar de verse en un pingo entrerriano o correntino bien ensillado: el “fiador”, de chapas eslabonadas, cadenillas e ingeniosos broches de plata, sin una gota de cuero, que como pura prenda de lujo se usó con la medialuna musulmana pendiente de la garganta del caballo en lugar de argolla. El “pretal ahorcador”, con chapas de plata en forma de figuras femeninas, ángeles y cuernos de la abundancia aplicadas sobre planchas de charol o suela negra (anchas de hasta 25 centímetros como pretal berberisco). Y la “baticola”, ricamente adornada con pasadores, bombas y medias bombas y hasta de pura trenza de plata, que se sigue usando —sobre todo— en Corrientes y en Andalucía.

Habría que agregar —para completar tan apretada síntesis— la presencia de lo autóctono en el desarrollo de la platería argentina. LUCIO V. MANSILLA y ESTANISLAO S. ZEBALLOS en sus obras, describen los bellos emprendados de los industriosos ranqueles y por su parte, el experto tradicionalista CARLOS SÁENZ, recuerda que la modesta portezuela de fierro del freno de “la jineta”, al convertirse en la lujosa medialuna articulada hoy infaltable en los desfiles tradicionalistas, durante un tiempo, se llamó “pampa”: la transformación se había producido por obra de los plateros araucanos

Hoy hay registrados en la Argentina alrededor de 100 artesanos calificados. Son oriundos de Olavarría, Pinamar, San Antonio de Areco, San Isidro y Lobería, localidades todas de la provincia de Buenos Aires, del Litoral, las regiones andinas y del sur argentino

Esta nota fue enriquecida con material extraído de un artículo firmado por Fernando Córdoba y publicada en el diario Clarín

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