LA MUERTE DEL CACIQUE CIPRIANO CATRIEL (18/11/1874)

LA MUERTE DEL CACIQUE CIPRIANO CATRIEL. Tras reñida lucha, las tropas al mando del Comandante HILARIO LAGOS, logran apresar al cacique CIPRIANO CATRIEL, llamado “gran señor de la pampa”. Víctima o traidor, según el lado desde el que se lo juzgue, Cipriano Catriel fue un personaje conflictivo y trágico. Durante muchos años “el desierto”, que empezaba al sur de la provincia de Buenos Aires, era zona de dominio de los indígenas. Lentamente los blancos habían comenzado a avanzar sobre esa frontera, buscando mejores tierras. En esa historia de avances y retrocesos se tejieron alianzas y se incubaron traiciones. El cacique Catriel, jefe indígena sanguinario y cruel, que no quería por nada someterse a la autoridad nacional, finalmente la acató y se instaló con su gente en los campos de Azul. Según crónicas de la época, era un sujeto “hermoso y arrogante”. Llegó a tener casa de material con grandes ventanales, dormía entre sábanas y poseía cuenta bancaria. En 1872 el cacique araucano CALLFUCURÁ organizó una Confederación de tribus y lanzó una gran ofensiva contra los hombres blancos. Catriel estaba tan identificado con los “cristianos”, ya sea por convicción o por conveniencia, que no dudó en sumarse a las fuerzas del general IGNACIO RIVAS para atacar a Calfucurá. Hizo fusilar a algunos indios que se negaban a pelear contra su propia gente y combatió en primera fila, jugándose la vida. Esta batalla, conocida como Batalla de PICHI-CARHUÉ (o de San Carlos), librada el 8 de marzo de 187 en la provincia de Buenos Aires, fue el principio del fin del imperio de las tribus de indígenas. Las relaciones entre el gobierno y Catriel continuaron en buenos términos, aunque no faltaban trampas mutuas. Pero en 1874 Mitre inició una revolución contra el electo Avellaneda, alegando fraude electoral. Cipriano Catriel se alió con los hombres de Mitre, y su hermano Juan con el gobierno. La revolución fue derrotada y Mitre perdonado poco después, pero Catriel fue entregado a su hermano, que lo odiaba y envidiaba. Traicionado por los blancos y juzgado por traidor, enfrentó así a la tribu: “Atropellen y no vayan a errar porque si vuelvo a tomar el mando, los haré fusilar”. Cientos de lanzas se clavaron en su cuerpo.

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