LA MUERTE DEL “FRAILE ALDAO” (19/01/1845)

LA MUERTE DEL “FRAILE ALDAO”. A las siete de la mañana del 9 de julio de 1844, con una escolta de 25 hombres, el doctor Miguel Rivera, notable médico de la época, enviado por Juan Manuel de Rosas, partió para Mendoza, con objeto de asistir en su enfermedad, al gobernador y capitán general de esa provincia, brigadier D. José Félix Aldao, conocido con el nombre de “el fraile Aldao”, de curiosa memoria, porque luego de haber vestido el hábito de Santo Domingo, se desempeñó como un feroz y sanguinario combatiente al servicio de Rosas. Después de once días de marcha en que habían tenido catorce rodadas, disgustos con los maestros de posta, la escasez de alimento, rotura de la galera, ataques de los indios y otras peripecias, el doctor Rivera y sus acompañantes llegaron a Mendoza a las diez de la noche del 20 de julio de 1844, alojándose en la casa contigua a la del paciente, a quien se hizo al siguiente día su primera visita. Ante todo, el doctor Rivera trató de informarse del origen del mal, y supo por los informes que cinco o seis meses antes, el general Aldao sintió una puntada en medio de la frente en la parte superior y a una pulgada del ojo derecho, que se sostuvo tenazmente, hasta que apareció después en ese mismo lugar, un pequeño grano que el enfermo se empeñaba en disolver con unturas, cataplasmas y presiones con los dedos, lo que, naturalmente, exasperaron el tumor, favoreciendo su desarrollo, hasta que alcanzó el tamaño de un huevo de gallina. Los contínuos y fuertes dolores lo habían obligado a cónsultar con varios médicos, entre ellos el Dr. Garviso, quien se encargó de la cura, aunque sin acertar con el tratamiento adecuado para este mal que se acrecentaba día a día. Alarmado por su estado, el general Aldao, había escrito secretamente a su amigo Juan Manuel de Rozas, pidiéndole que le enviara un buen médico de Buenos Aires y ése er el motivo de la presencia del doctor Rivera en Mendoza, junto a su lecho. . Examinando la parte enferma por primera vez el doctor Rivera, concluyó que la operación que se le realizara para extirpar el tumor, no había tenido éxito, al notar que restos del mismo, aún permanecían adheridos al hueso frontal. Sin comunicarle a nadie sus conclusiones y sin esperanzas de lograr alguna reacción o mejoría, trató, por todos los medios de la ciencia que estaban a su alcance, de mitigar los dolores y de hacer más llevaderos los momentos que ya sabía, culminarían con la pronta muerte de su paciente. Pocos meses después, llegó el momento en que la ciencia se declaró impotente para seguir luchando contra el mal, que ya se había apoderado completamente de aquel cuerpo débil. El enfermo se encomendó a Dios y oraba como lo hiciera en el convento, mientras los frailes de la orden a la que había pertenecido fueron hasta su lecho de muerte para ayudarle a bien morir. Los sentimientos religiosos se habían despertado nuevamente en el moribundo y quiso morir siendo fraile dominicano, lo que había sido antes de ser soldado. El 17 de enero de 1845 habló al doctor Rivera y le dijo: “Doctor: quiero pedirle que cuando me muera, no consienta usted que hagan conmigo ninguna barbaridad. Yo quiero que se me entierre con el hábito de mi Padre Santo Domingo, que se me pongan mis insignias militares y se me hagan los honores correspondientes a mi clase de brigadier y capitán general de la provincia, en cuya clase muero”. Su voluntad fue cumplida, cuando dos días más tarde, el 19 de enero, después de delirar hablando de armas y sables, entregó su alma a Dios y así fue cómo murió el hombre que dejó una página curiosa en la historia argentina.

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