LA MUERTE DE SOLÍS (2/2/156)

LA MUERTE DE SOLÍS. En una segunda obra del prelado e historiador italiano PIETRO MÁRTIRE D’ANGHIERA (1457-1526), llamada “De Re Bus Oceanicus” (Los oceánicos, 1530), describió la horrenda muerte de JUAN DÍAZ DE SOLÍS a manos de los indios del Río de la Plata, en 1516: “Los indios, como astutas zorras parecía que les hacían señales de paz, pero en su interior se lisonjeaban de un buen convite y cuando vieron de lejos a los huéspedes comenzaron a relamerse cual rufianes. Desembarcó el desdichado Solís con tantos compañeros cuantos cabían en el bote de la nave mayor. Saltó entonces de su emboscada gran multitud de indios, y a palos los mataron a todos a la vista de sus compañeros y apoderándose del bote en un momento, lo hicieron pedazos: no escapó ninguno. Una vez muertos y cortados en trozos, en la misma playa, viendo sus compañeros el horrendo espectáculo desde el mar, los aderezaron para el festín. Los demás, espantados de aquel atroz ejemplo no se atrevieron a desembarcar y pensaron en vengar a su capitán y abandonaron acuellas playas crueles”. Transcribimos a continuación un texto de Roberto J. Payró, quien “con tono cool y estremecedor, narra este primer episodio de canibalismo de las crónicas argentinas”: “Desde las carabelas ancladas a unos cuarenta metros de la costa, los marineros españoles vieron cómo el bote llegaba hasta los pajonales de la costa, no muy lejos de la cual, un pequeño grupo apacible de naturales cetrinos, los brazos alzados en señal de amistad, brillaban inmóviles al sol como estatuas de bronce. Vieron el despreocupado desembarco y cómo, a la cabeza de su gente y alzando también un brazo, Solís subió la cuestecilla cubierta de hierba que de los indios le separaba. Un agradable paisaje de chaparrales con leves ondulaciones, arboledas bajas y más allá oteros de arena dorada bajo el sol radiante y un cielo de seda azul, recibía tranquilo a los españoles. Ya iban Solís y sus hombres a reunirse con los naturales, cuando de pronto éstos retrocedieron algunos pasos temerosos, y luego huyeron en pleno desbande. Los españoles se detuvieron desconcertados apenas unos segundos antes de que estallara un alarido salvaje y comenzaran a llover dardos y flechas y, de matorrales y bosquecillos próximos, surgiera una muchedumbre vociferante y gesticuladora de indios. Blandiendo chuzas y enarbolando mazas, se precipitaron sobre los descuidados mareantes, acribillándolos a lanzadas, aplastándolos bajo el número sin defensa posible. El estupor paralizaba a los marineros de las carabelas. Reaccionando enseguida, corrieron a mosquetes y pasavolantes, prontos a abrir el fuego, pero la escena de la costa era un tumulto, un hacinamiento, una masa informe y convulsa de la que brotaban baladros infernales. Fray Buenaventura, despavorido, les gritaba que tiraran, que no tiraran, que embistieran la costa embicando la nave, que se echaran a nado para salvar al capitán por lo menos, taran un batel para ir a él en persona a socorrerle pero cómo disparar sobre aquel montón, en que indios y cristianos entrelazados se convertían en un solo ser de miembros inumerables? ¿cómo no herir a hermanos y enemigos al propio tiempo?. Dispararon repetidas salvas para amedrentar a los salvajes, pero éstos no hicieron caso del estruendo, en la embriaguez de la matanza. Un instante después, cuando todo había concluido, tampoco se atrevieron a tirar ellos, mientras desnudaban a los caídos y se arrebataban mutuamente sus despojos. Entre los tripulantes sesperados, el fraile gemía, lloraba, alzaba los brazos, bendecía, clamaba “¡Hijos, hijos ¡ os absuelvo en nombre Dios, os bendigo en nombre de Dios!” Los demás, igualmente trastornados, corrían de aquí para allá, sin tino. Unos tratando de botar el batel, otros cargando y apuntando los pasavolantes, algunos disponiéndose a aparejar las velas. Eran sólo once hombrt pero parecían ciento por el desorden y el tumulto. Pero todos vieron cómo, desnudos ya los cadáveres de Solís y sus compañeros, algunos indios empezaron a descuartizarlos con sus cuchillos. Convencidos de que ya solo podían herir a los salvajes, castigando su horrenda traición, pasavolantes y arcabuces empezaron a tomarlos como blanco, pero ninguna cayó. Los indios cargaron con los cuerpos apenas desollados, refugiándose en la espesura fuera del alcance de los proyectiles. No debieron de ir demasiado lejos porque en seguida, de entre los matorrales, se alzaron y engrosaron pequeñas columnas de humo que empezaron a impregnar la quieta atmósfera con el olor acre de las carnes chamuscadas.

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