LA MUERTE DE SARMIENTO (11/09/1888)

Luego de una corta estadía en Paraguay, a fines de 1887, DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO regresó a Buenos Aires, pero siendo ya un anciano y con una grave insuficiencia cardiovascular, sus médicos le aconsejaron alejarse de esta ciudad. Su clima húmedo y extremadamente frío en invierno no eran buenos para su salud.

A comienzos de 1888, se embarcó nuevamente con su hija y sus nietas hacia Asunción y allí se radicó, siendo atendido por los mejores médicos de la época. Los doctores HASSLER, ANDRUSSI y por fin, el médico argentino, el doctor CANDELÓN, quienes coincidieron en el diagnóstico de su mal. La insuficiencia cardiovascular y bronquial que padecía SARMIENTO habían derivado en una “caquexia” que lo llevaría a la tumba.

Corrían  ya los últimos meses del año 1888 y el invierno paraguayo, más benigno que el del Río de la Plata, había bien recibido a este huésped ilustre, que venía en busca de paz para su espíritu y salud para su gastado cuerpo. DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO tenía amigos en Paraguay y algunos de ellos le habían regalado un terreno para que se construyera su casa. Con el espíritu innovador inalterable que lo caracterizaba, SARMIENTO se dispuso a edificar su nueva casa, siguiendo el modelo de viviendas isotérmicas, cuyas paredes dobles evitaban el calor y el frío, que había conocido durante sus viajes por Europa. Seguía de cerca la evolución de la obra, pero de todos modos se sentía solo,  e impaciente en el silencioso hotel que lo alojaba (1). Toma la pluma y le escribe a AURELIA VÉLEZ SARSFIELD: «Querida amiga». Los 77 años del autor no se filtran en el vigor de su prosa ni conspiran contra el estilo entre lastimero e imperativo, propio de las urgencias de un enamorado: «Dijome usted que vendría de buena gana al Paraguay; creílo con placer, aunque no fuese más que las promesas de las madres, o de los que cuidan enfermos. ¿Por qué no estimar aquellas piadosas y socorridas mentiras que hacen surgir un mundo de ilusiones  y alientan al que harto sabe que nada hay de real en los sonidos si no es la armonía, unas vece,s o bien lo suave de la lisonja, que consiste en  hacer creer  que somos dignos de tanta molestia?. Bien me dijo de venir. Venga, pues, al Paraguay», insiste Sarmiento. Aurelia Vélez Sársfield y Sarmiento eran amigos desde hacía 30 años. «Nunca compartieron una casa pero viajaron mucho juntos -dice el historiador Ignacio García Hamilton, autor de “Cuyano alborotador, de donde se extrajo esta carta y ella fue la amiga y consejera en las horas difíciles de su gestión como Presidente de la Nación y fue quien desencadenó la disolución del matrimonio de Sarmiento con Benita Martínez Pastoriza».

El le pide, le exige que viaje, y no se ahorra el tono mordaz con el que aguijoneó a sus adversarios políticos: «¿Qué falta le hacen treinta días, para consagrarle seis a un dolor reumático, cinco a la jaqueca, algunos a algún negocio útil y muchos momentos para contemplar que la vida puede ser mejor?». Y, seductor, promete: «Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida, con su látigo cuando castiga, con sus laureles cuando premia. Pero la amada Aurelia no alcanzó a llegar a tiempo: su lisonjero Príncipe Charmant murió, solo, dos semanas después.

El 11 de setiembre de 1888, amaneció con un sol radiante en Asunción, pero SARMIENTO, apoltronado en su sillón favorito murmuró  “Siento frío”. Su hija, sus nietas, sus amigos rodeaban al anciano — padre de la escuela argentina — en esos momentos. La caquexia cardíaca hacía sus últimos estragos. ¡El corazón!. Naturalmente. ¿Cómo no iba a morir Sarmiento por el lado del medio?. Sabía que la muerte estaba allí, de guardia, apuntándole al sitio que siempre había puesto frente a su adversario. Escribió varias cartas en tono festivo. Su nieta, MARÍA LUISA, vio que cerraba los sobres llorando. El anciano llamó a uno de los sirvientes, un vasquito que hacía años que estaba a su lado y le estrechó las manos, en silencio. En seguida, le dijo a su hija FAUSTINA:

, — “Acércate. Quiero darte un beso”.

Después tomó la mano de MARÍA LUISA, su nieta, que había estado seis días sin dormir al lado de su lecho:

“Oye, María Luisa. Necesito besarte en los ojos. Has llorado mucho”.

Después, para no desmentir su prestigio de loco, dijo disparates y la nieta, para despertarlo de esa locura, le dijo “Beba el remedio, abuelo”. SARMIENTO saboreó la amargura de la droga murmurando “Ya pasó este mal trago. Ahora, esperemos el otro…

Finalmente llegó el momento. Serenamente, como se apaga una vela, la vida de SARMIENTO se apagó a los 77 años de edad, rodeado por su hija, sus nietas y numerosos amigos, dejando para el recuerdo, una vida dedicada con pasión a “educar al soberano”. Diez días después, sus restos fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires y ante su tumba, el vicepresidente de la Nación, el doctor CARLOS PELLEGRINI, lo despidió sintetizando el juicio general que mereció: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América (1). Hotel La Cancha Soledad, en las afueras de Asunción

1 Comentario

  1. Anónimo

    me sirvio mucho esto

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