LA MUERTE DE SARMIENTO (11/09/1888)

Luego de una corta estadía en Paraguay, a fines de 1887, DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO regresó a Buenos Aires, pero siendo ya un anciano y con una grave insuficiencia cardiovascular, sus médicos le aconsejaron alejarse de esta ciudad. Su clima húmedo y extremadamente frío en invierno no eran buenos para su salud.

A comienzos de 1888, se embarcó nuevamente con su hija y sus nietas hacia Asunción y allí se radicó, siendo atendido por los mejores médicos de la época. Los doctores HASSLER, ANDRUSSI y, por fin, el médico argentino, el doctor CANDELÓN, coincidieron en el diagnóstico de su mal. La insuficiencia cardiovascular y bronquial que padecía SARMIENTO habían derivado en una “caquexia” que lo llevaría a la tumba.

El 11 de setiembre de 1888, amaneció con un sol radiante en Asunción, pero SARMIENTO, apoltronado en su sillón favorito murmuró  “Siento frío”. Su hija, sus nietas, sus amigos rodeaban al anciano — padre de la escuela argentina — en esos momentos. La caquexia cardíaca hacía sus últimos estragos. ¡El corazón!.  Naturalmente. ¿Cómo no iba a morir Sarmiento por el lado del medio? Sabía que la muerte estaba allí, de guardia, apuntándole al sitio que siempre había puesto frente a su adversario. Escribió varias cartas en tono festivo. Su nieta, MARÍA LUISA, vio que cerraba los sobres llorando. El anciano llamó a uno de los sirvientes, un vasquito que hacía años que estaba a su lado y le estrechó las manos, en silencio. En seguida, le dijo a su hija FAUSTINA:

, — “Acércate. Quiero darte un beso”.

Después tomó la mano de MARÍA LUISA, su nieta, que había estado seis días sin dormir al lado de su lecho:

“Oye, María Luisa. Necesito besarte en los ojos. Has llorado mucho”.

Después, para no desmentir su prestigio de loco, dijo disparates y la nieta, para despertarlo de esa locura, le dijo “Beba el remedio, abuelo”. SARMIENTO saboreó la amargura de la droga murmurando “Ya pasó este mal trago. Ahora, esperemos el otro…

Finalmente llegó el momento. Serenamente, como se apaga una vela, la vida de SARMIENTO se apagó a los 77 años de edad, rodeado por su hija, sus nietas y numerosos amigos, dejando para el recuerdo, una vida dedicada con pasión a “educar al soberano”. Diez días después, sus restos fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires y ante su tumba, el vicepresidente de la Nación, el doctor CARLOS PELLEGRINI, lo despidió sintetizando el juicio general que mereció: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América.

1 Comentario

  1. Anónimo

    me sirvio mucho esto

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