LA MUERTE DE MANUEL BELGRANO (20/06/1820)

Si bien se instituyó homenajear a la Bandera con la fecha en la que murió el general Belgrano, la historia relata que el velatorio fue casi sin pena ni gloria, mientras tres gobernadores se disputaban el poder.  Eran las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820 y Belgrano tenía 50 años de edad. En ese mismo día, Buenos Aires, caído el Directorio, era presa de la anarquía. Contaba con tres gobernadores a un mismo tiempo (o con ningún gobierno, según cómo se lo mire). Sólo una simple lápida de mármol, con la leyenda “Aquí yace el general Se/grano”, marca la tumba del hombre que dedicó lo mejor de su vida y sus esfuerzos a la causa de la emancipación. La autopsia de su cuerpo fue hecha por su fiel amigo y médico de cabecera, el doctor Redhead, que lo embalsamó cuidadosamente, diciendo al tiempo de practicar esta operación, que había encontrado su corazón más grande que el común de los mortales, lo que siendo materialmente  cierto, era el efecto natural de su enfermedad, originada por los dolores que lo afligieron. Luego, cumpliendo con su última voluntad, su cuerpo fue amortajado con el hábito de los domínicos y trasladado, a la iglesia de Santo Domingo, en cuyo atrio recibe sepultura. Su sepulcro fue cavado al pie de la pilastra derecha del arco central del frontispicio de la iglesia. Allí se colocó su féretro de pino, cubierto de paño negro y se derramó encima de él una capa de cal, cerrándose luego la bóveda que debía guardar sus restos eternamente. Sobre él se colocó en un marco de madera al nivel del suelo con este simple epitafio: “AQUI YACE EL GENERAL BELGRANO”.

Sus hermanos, algunos parientes más lejanos y unos pocos amigos fieles a la desgracia, fueron los únicos que asistieron al entierro de uno de los más buenos y de los más grandes hombres de la historia argentina. Pocas fueron las personas que asistieron  al sepelio, y sólo un diario, “El Despertador Teofilantrópico”, que dirige el padre Castañeda, a los cinco días de fallecido, dio la noticia. Pero al año siguiente, cuando se había restablecido la paz en Buenos Aires, se le rindieron los honores que merecía y en el periódico “Argos” pudo leerse el relato de sus funerales: “Al rayar el día hizo la primera señal un cañonazo en la Fortaleza, y luego continuó repitiéndose cada cuarto de hora hasta las cuatro y media de la tarde, hora en que se realizaron sus exequias con la presencia del Gobernador de la provincia y su gabinete, todo el cuerpo militar, los agentes de Chile, Estados Unidos y Portugal, gente de los Tribunales, Jefes de oficinas públicas y numerosos vecinos. Formaron la Guardia de Honor, los Regimientos de Granaderos a Caballo, el Regimiento Uno de Línea, el de Cazadores, la Legión Patricia, la Legión del Orden, una Compañía de Húsares y Artillería Montada que tuvo a su cargo el disparo de cuatro piezas, al entrar el cuerpo al templo. La oración fúnebre estuvo a cargo del doctor JOSÉ VALENTÍN GÓMEZ y durante todo el tiempo que duraron estas exequias, las casas de comercio permanecieron cerradas y se dio orden para que se suspendiera la exhibición teatral del día. El 4 de setiembre de 1902 una comisión designada por el Gobierno nacional, presidido entonces por el general JULIO A. ROCA, procedió a exhumar los restos de Belgrano para trasladarlos a la urna que sería depositada en el monumento que, en su homenaje, había sido levantado por suscripción popular en el mismo atrio del Convento de  Santo Domingo (este monumento, obra del escultor italiano Héctor Ximénez, fue inaugurado en octubre de ese mismo año). Levantada la lápida en presencia del escribano mayor del Gobierno ENRIQUE GARRIDO, se retiraron los huesos  del prócer y fueron colocados en una bandeja de plata. También se encontraron algunos dientes, dos de los cuales fueron tomados, uno por el Ministro del Interior, doctor JOAQUÍN V. GONZÁLEZ, y el otro, por el Ministro de Guerra, coronel PABLO RICCHIERI. Este insólito proceder,  provocó la categórica condena de los principales diarios de Buenos Aires y el incidente sólo se dio por terminado, cuando fueron devueltos al prior del Convento Santo Domingo, quien al informar que los había recibido, expresó que el Ministro González le dijo “que se los había llevado para mostrárselos a sus amigos y que el Ministro Richieri, le había expresado que los había llevado para entregárselos  al general Bartolomé Mitre.

Su última actuación. El 7 de enero de 1819, el Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, le ordena al general MANUEL BELGRANO dirigirse a Santa Fe y asumir la jefatura de las fuerzas en operaciones, contra los rebeldes de esa provincia que amenazaban la estabilidad del gobierno central, conservando el mando del Ejército del Norte. A fines de ese mes de enero, inicia la marcha  al frente de 5.500 hombres, dejando 500 en Tucumán, mientras también avanzan desde Buenos Aires, las tropas porteñas al mando de Juan José Viamonte. Belgrano se estaciona a catorce leguas de Rosario y no llega a entrar en combate, pero Viamonte sí y es derrotado por las fuerzas de Estanislao López en marzo de 1819. Así estaban las cosas cuando ambos bandos acuerdan un armisticio en abril y comienzan las negociaciones de paz. Ajustándose a los términos del acuerdo conocido como “Armisticio de San Lorenzo”, Belgrano se obliga a dejar Rosario y encaminarse hacia Cruz Alta, en la provincia de Córdoba, donde se están concentrando sus efectivos. La situación de sus tropas es angustiosa debido a la falta de recursos, pese a sus insistentes reclamos al gobierno: “   consumo cincuenta reses diarias, escribe, no se de donde sacarlas, porque se han agotado los depósitos y por eso se ha disminuido la ración de carne. Vivimos con el arroz traído desde Tucumán y vamos a tener que echar mano de los bueyes. A consecuencia de todo esto, la deserción se pronuncia. Estoy en un desierto”.

Sin abrigo, ni medicinas. Belgrano ya se encontraba enfermo. Y cuando su salud se halla seriamente quebrantada, recién obtiene autorización  para trasladarse a Capilla del Pilar, distante nueve leguas de la ciudad de Córdoba. Era junio de 1819, y las negociaciones del armisticio se prolongaban. Belgrano continúa viviendo precariamente: mal alimentado, sin suficiente abrigo, ni medicinas para atender su salud ni la de sus hombres. “Se que estoy en peligro de muerte, dice, pero la conservación de este Ejército depende de mi presencia. Aquí hay una Capilla donde son enterrados los soldados: en ella también podrá enterrarse a su general. Me rsulta agradable pensar que aquí vendrán los paisanos a rezar por el descanso de mi alma”. Finalmente, el 29 de agosto, le solicita al Director Supremo Rondeau,  dejar el cargo hasta restablecerse (padecía de hidropesía, según unos autores y de cirrosis hepática según otros) y el 11 de setiembre deja el mando de su tropa, al jefe de su Estado Mayor, el general Francisco Fernández de la Cruz. Se retira hacia Tucumán, en busca de un mejor clima para su enfermedad , pero allí, postrado en cama, es sorprendido por el motín que encabezado por el capitán Abrham González, intenta derrocar al gobernador de esa provincia. Los rebeldes invaden su domicilio y González ordena engrillarlo, sin conmiseración alguna por el estado en que están sus piernas, hinchadas y sangrantes. Su médico y amigo, el doctor José Redhead se opone enérgicamente y logra evitar esa barbaridad. “?Qué quieren de mí?. Si es necesria mi vida para segurar el orden público, aquí está mi pecho: quítenmela”, increpa así Belgrano a los amotinados.

El retorno. Bernabé Aráoz, institgador del movimiento y ya instalado como gobernador de Tucumán, ordena la libertad de Belgrano. Pero éste, abandonado por muchos que se titulaban sus amigos y en una situación económica en extremo precaria, dispone trasladarse a Buenos Aires, ya sin remedio para su enfermedad. Uno de sus pocos amigos, CELEDONIO BALBÍN, le facilitó 2.000 pesos en monedas de plata para los gastos del viaje. En febrero de 1820, partió en un carruaje acompañado por el doctor Redhead, el capellán VILLEGAS y dos fieles ayudantes,.con quienes debe detenerse en Córdoba por falta de dinero. Allí lo ayuda un vecino, el modesto comerciante Carlos del Signo, quien le facilita los medios para continuar su viaje hacia Buenos Aires. Imposibilitado  para caminar debido a la hinchazón de sus piernas, al llegar a cada Posta del camino, debió ser alzado para luego se depositado en una cama. Su llegada a Buenos Aires se produce a fines de marzo de 1820, en momentos en que la ciudad vive un clima de conmoción provocado por la derrota de las fuerzas porteñas a manos de los caudillos federales. Sólo un reducido número de allegados de su familia sabe que Belgrano se encuentra en Buenos Aires. Llegado a destino se alojó en una quinta ubicada en San Isidro y solicitó alguna ayuda pecuniaria del gobierno, a cuenta de lo que se le debía por sueldos atrasados. Pero los pocos pesos que le llegaron a cuenta de los muchos que le adeudan las autoridades, no bastaban para mitigar la extrema pobreza en que transcurrirán los últimos días del prócer y son sus amigos quienes deben atender los gastos de su enfermedad. A los pocos días fue trasladado, para su mejor atención a la vieja casa paterna, ubicada en la actual avenida Belgrano 430, donde es visitado por los religiosos del vecino Convento de Santo Domingo. El 17 de junio de 1820, recibió la visita de su amigo BALBÍN, que le había proporcionado en Tucumán los medios para trasladarse a Buenos Aires, sin recabar de él ningún documento que comprobase la deuda.

En esos momentos se anunciaba la nueva invasión de los federales sobre la provincia de Buenos Aires y después de algunos momentos de conversación, le dijo: “Mi situación es cruel: mi estado de salud me impide montar a caballo para tomar parte en la defensa de Buenos Aires”. A estas palabras le siguieron un intervalo de silencio y luego agregó: “Me hallo muy mal: duraré muy pocos días. Espero la muerte si temor, pero llevo al sepulcro un sentimiento” Interrogado por Balbín, le contestó con tristeza: “Muero tan pobre que no tengo con qué pagarle el dinero que usted me prestó; pero no lo perderá. El Gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos y luego que el país se tranquilice se los pagarán a mi albacea, quién queda encargado de satisfacer la deuda”.

El 25 de mayo (25 días antes de morir) había dictado su testamento, “encomendando su alma a Dios, que la formó de la nada y su cuerpo a la tierra de que fué formado”, según sus propias palabras. En tal ocasión declaró que no teniendo ningún heredero forzoso, ascendiente ni descendiente, instituía como tal a su hermano el canónigo DOMINGO ESTANISLAO BELGRANO, a quien nombró patrono de las Escuelas por él fundadas, legándole su retrato, con encargo secreto de que pagadas todas sus deudas, aplicase todo el remanente de sus bienes en favor de una hija natural llamada MANUELA MÓNICA, que de poco más de un año, había dejado en Tucumán, recomendándole muy encarecidamente hiciera con ella las veces de padre y cuidara de darle la más esmerada educación. El día antes de su muerte, pidió a su hermana JUANA que lo asistía con el amor de una madre, que le alcanzase su reloj de oro que tenía colgado a la cabecera de la cama. “Es todo cuanto tengo que dar a este hombre bueno y generoso” dijo dirigiéndose al doctor REDHEAD, quien lo recibió emocionado. Luego empezó su agonía, que se anunció por el silencio, después de prepararse cristianamente, sin debilidad y sin orgullo como había vivido, entregó su alma al creador, exclamando antes de expirar: “¡Ay patria mía!”.

LAS DOS MUERTES DE MANUEL BELGRANO. Puede decirse que el general MANUEL BELGRANO, murió dos veces. La primera vez fue, sin gran pompa el 20 de junio de 1820, el “día de los tres gobernadores”, relatado por Bartolomé Mitre. La segunda vez, fue con un funeral organizado el 29 de julio de 1821, por el gobernador de Buenos Aires MARTÍN RODRÍGUEZ y su ministro BERNARDINO RIVADAVIA. Entre ambas fechas se resolvió la crisis política que vivía Buenos Aires a raíz de la caída del Directorio, en febrero de 1820, tras la batalla de Cepeda y el surgimiento de los caudillos provinciales. Además en un proceso que llevaría toda esa década, comenzaba a afirmaron ya las primeras provincias que se declararon autónomas y Buenos Aires será sólo una más, entre catorce que se desprendieron del pasado virreinal y de sus antigüos límites.

La primera muerte de Belgrano pasó inadvertida y de algún modo, marcó el final de una época. Como anota la historiadora NOEMÍ GOLDMAN: “con la caída del poder central en Cepeda, se disolverá el Congreso de Tucumán y la autoridad que él había impulsado, la figura del Director Supremo de las Provincias Unidas, como Pueyrredón y luego Rondeau- mientras surge una nueva entidad política, la provincia de Buenos Aires, disgregándose así la antigua estructura virreinal”. “Triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una iglesia junto al río, en esta capital al ciudadano, brigadier general Manuel Belgrano”, escribió el sacerdote CASTAÑEDA en su periódico, “El despertador teofilantrópico”.  En junio de 1820, fue el único diario que lo recordó, en una ciudad temerosa por las tropas del caudillo santafesino ESTANISLAO LÓPEZ y el entrerriano FRANCISCO RAMÍREZ, mientras tres gobernadores se disputaban el poder. Recordemos que uno de los gobernadores era ESTANISLAO SOLER, apoyado por ESTANISLAO LÓPEZ y el Cabildo de Luján. El otro era ILDEFONSO RAMOS MEJÍA, quien ese mismo 20 de junio renunció ante la Junta de Representantes. El tercer gobernador en disputa era el Cabildo de Buenos Aires, que ante la renuncia de Ramos Mejía decidió reasumir el poder.

Belgrano murió a las y de la mañana en la casa de su padre, el comerciante DOMINGO BELGRANO. Tenía 50 años y el hígado destrozado. Como relata MITRE, el abogado educado en Salamanca, el hombre que había salvado la Revolución de Mayo con las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), estaba en la miseria. El mármol de la cómoda de un hermano suyo, MIGUEL BELGRANO, se usó como lápida. El ataúd de pino, cubierto con un paño negro y cal, se ubicó junto a la puerta del atrio de Santo Domingo. Belgrano le había pagado a su médico, el escocés Redhead, con un reloj de bolsillo y otro amigo médico, Juan Sullivan -que haría la autopsia- tocaba el clavicordio para alegrarlo en sus últimas horas. Murió rodeado de frailes dominicos, familiares -como su hermana Juana- y algunos amigos, como Manuel de Castro y Celedonio Balbín. Aquel “fatídico año de 1820” como lo llamaron quienes lo vivieron, Buenos Aires tuvo en pocos meses una decena de autoridades elegidas por cabildos abiertos, elecciones indirectas y revueltas militares, hasta que en octubre se afirmó Martín Rodríguez, apoyado por las milicias de hacendados como JUAN MANUEL DE ROSAS. En abril de 1820 el gobernador era Ramos Mejía y le había pagado a Belgrano 300 pesos a cuenta de sueldos atrasados (se le debían más de 13.000 pesos, según los estudiosos), como jefe del Ejército del Perú, un cargo para el que había sido nombrado en agosto de 1816 por el entonces Director Supre­mo, Pueyrredón. Como no había dinero en las cajas del Gobierno, Ramos Mejía pagó también con 250 quintales de mercurio (propiedad fiscal), que Belgrano podría vender para “socorrer mis extremas necesidades que no admiten espera”, como le escribió en una carta a la Junta de Representantes porteña. El 26 de mayo, la Junta \ dispuso que el Gobierno le diera 500 pesos más y el 7 de junio, otros 1.500. Desde fines de 1816 y hasta setiembre de 1819, cuando renunció por su mala salud, Belgrano estuvo al frente de un eiército de 2.400 hombres y 12 cañones estacionados en Tucumán. Cada vez más enfermo, debía cuidar las espaldas de Güemes, que sostenía el frente norte en Salta contra las invasiones españolas que venían del Alto Perú. También sin dinero, en abril de 1819, le escribía a su sobrino Ignacio Álvarez Thomas: “El ganado no aparece y yo no lo he de arrebatar de los campos, tampoco los caballos que me dice el Delegado Directorial. Ni pienso tocar uno que no sea venido de ese modo o comprado. Desengañémonos, nuestra milicia, en la mayor parte, ha sido la autora con su conducta de los terribles males que tratamos de cortar”.

Lejos ya de aquellas penalidades, la segunda muerte de Belgrano  (el “figurado entierro” del que habla RAFAEL ALBERTO ARRIETA), llegaría un año después de su muerte real, el domingo 29 de julio de 1821. Un funeral cívico, modelo para los que se repetirán después, como el de Manuel Dorrego en 1829. Según cuenta Arrieta, desde la mañana el cañón del Fuerte de Buenos Aires disparaba una salva cada cuarto de hora, anunciando que la ciudad estaba de duelo. El cortejo salió de la casa mortuoria a las 9 de la mañana y llegó a la Catedral al mediodía, porque iba parando en cada esquina, para recibir el homenaje del pueblo de Buenos Aires. Un armazón que supuestamente llevaba el cuerpo de Belgrano, era cargado por frailes. Los comercios estaban cerrados, la gente se agolpó en la Plaza Mayor para ver la formación de regimientos de línea y artillería, con uniformes de luto. Cuatro cañones dispararon cuando el cortejo entró en la Catedral, encabezado por el gobernador MARTÍN RODRÍGUEZ y sus ministros, entre ellos BERNARDINO RIVADAVIA. Allí se veían banderas ganadas a los españoles, iluminadas por velones de cera. VALENTÍN GÓMEZ recordó a Belgrano desde el púlpito, luego de la misa. Y a la tarde, la elite se reunió en la casa de MANUEL SARRATEA, frente al atrio de Santo Domingo, para un banquete abierto con el brindis de Rivadavia, que propuso una campaña para recolectar fondos y fundar cerca una ciudad, llamada Belgrano. A la noche siguiente, la actriz ANA MARÍA CAMPOMANES dedicó la función en el Teatro Coliseo “al ilustre porteño general Manuel Belgrano”. Se estrenó una obra patriótica “La batalla de Tucumán”, que siguiendo el estilo neoclásico de la época, mostraba a Belgrano compartiendo el Olimpo con los dioses griegos.

El culto a Belgrano se afirmó en 1873, cuando el presidente Sarmiento inauguró la estatua ecuestre en la Plaza de Mayo. En 1887 Mitre publicó su monumental biografía. En 1903 Roca inauguró el mausoleo en Santo Domingo. Y en 1938, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el presidente ROBERTO ORTIZ estableció por ley el 20 de junio, día en que murió Belgrano,  como Día de la Bandera (Mariano Pogoriles).

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