LA MUERTE DE JUAN GALO DE LAVALLE (09/10/1841)

LA MUERTE DE JUAN GALO DE LAVALLE. Luego de ser vencido en Famaillá, el general Lavalle en su retirada hacia el norte, había llegado enfermo a la ciudad de Jujuy, hospedándose en el domicilio de ELÍAS BEDOYA. Durante los 44 años de su existencia, Lavalle fue un soldado activo, que sin descanso lucho apoyando a los unitarios. Comenzó su carrera a los 14 años, cuando se incorporó como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo. Bajo las órdenes de San Martín se distinguió en las campañas de Chile y Perú y luego, con Alvear, participó en la guerra contra el Brasil. A partir de 1828 se constituyó en uno de los jefes unitarios más prestigiosos y en esa función ordenó el polémico fusilamiento de Dorrego. Después de años de largos enfrentamientos fue vencido por las fuerzas federales y se refugió en Jujuy junto con 200 hombres. El día 9 de octubre de 1841, al asomarse en el patio de su residencia, intrigado de ciertos ruidos y exclamaciones que alteraron su descanso, salió, se cree para enfrentar la situación, pero una bala le atravesó la garganta y cayó, víctima de la agresión del miliciano JOSÉ BRACHO, brazo ejecutor, dicen, de una terrible sentencia de muerte dictada por JUAN MANUEL DE ROSAS. Sus fieles acompañantes decidieron trasladar su cadáver a Bolivia, para evitar que fuera profanado. Entonces comenzó la trágica marcha hacia la frontera boliviana. El cuerpo de Lavalle fue envuelto en un poncho y depositado sobre su caballo, que encabezaba el cortejo. Al día siguiente de la partida, los restos comenzaron a descomponerse bajo el fuerte sol y el general PEDERNERA, que dirigía el grupo, ordenó hacer un alto en el paraje Cerro Chico. Allí el coronel ALEJANDRO DANEL tuvo a su cargo la macabra tarea de descarnar el cadáver y extraer las vísceras, que fueron sepultadas en la capilla de Humahuaca. Luego sus compañeros continuaron viaje y durante 14 días los hombres continuaron avanzando exhaustos, con hambre y sed, sin descanso y cubiertos de harapos, para conducir los restos de su venerado jefe. Hasta que el 23 de octubre llegaron a Potosí y los depositaron en la Catedral, dejando a cargo del teniente coronel LAUREANO MANSILLA, su custodia. Finalizaba así la fúnebre marcha que representó un legendario y extraño acto de lealtad en la historia argentina. Más tarde, en 1858 los restos de Lavalle fueron traídos a Buenos Aire e inhumados en el Cementerio de La Recoleta.

Premios y alborozo por la muerte de Lavalle
En la lucha entre unitarios y federales, el general JUAN GALO DE LAVALLE, fue reconocido por sus enemigos como verdadero hombre clave en el entramado político de la época y ha quedado claro que fue “utilizado” por gentes que lo llevaron sutilmente a hechos de los cuales se arrepintió toda su vida, entre otros y principalmente,  el fusilamiento de Dorrego. Sus consejeros, a los que él llamó con amargo desprecio “casacas negras”, lo abandonaron a su suerte, una vez cumplido el objetivo buscado.

Resulta casi patético, el comportamiento de quienes no supieron ocultar el alivio que sintieron al conocer la muerte del caudillo unitario. Su casual matador fue un pardo porteño llamado JOSÉ BRACHO y “en atención a su servicio —dice un historiador – se lo declaró “benemérito de la patria en grado heroico, digno del más distinguido aprecio de todos los federales”. Se le adjudicó el grado de teniente de caballería de linea, a partir de la fecha en que fue muerto el general Lavalie (9 de octubre de 1841), con goce de un sueldo de 300 pesos mensuales, inclusive la ayuda de costas y se le otorgó la propiedad de tres leguas cuadradas de terreno, 600 cabezas de ganado vacuno y 1.000 lanares”. La “tercerola” (el arma con la que asesinó a Lavalle),  fue remitida al encargado del Museo, dándose orden al edecán ANTONIO REYES para que se entregase al teniente José Bracho, un vestuario completo de oficial, una medalla de plata y 2.000 pesos corrientes”.

Un mes después de la muerte de Lavalle, llegó a Buenos Aires el mayor PABLO ALEMÁN, trayendo la confirmación de la noticia de la muerte de aquél y en celebración de ello, se dispararon veintiún cañonazos en el Fuerte y el mismo número de cañonazos en los buques de la escuadra. Se mandó repicar las campanas en todas las iglesias, se iluminaron las calles de Buenos Aires, se dispararon cohetes y bandas de música recorrieron las calles celebrando el acontecimiento.

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