LA MUERTE DE BERNARDINO RIVADAVIA (2/9/1845)

Quién es ese caballero? Siempre silencioso. Siempre hundido en su corbata Robespierre. Debe ser africano por su boca de carne y su mota de negro. Si, pero su prestancia es de rey!. Le habéis visto los ojos? Cuando mira, desnuda”. Los vecinos de Cádiz ignoraban, en 1845, quién era aquel hombre, de cuello corto y que no hablaba con nadie. Arrendaba una pequeña habitación del frente, en el segundo piso de la calle Murguía, (hoy Cánovas del Castillo esquina San José) número 3. El propietario era un sacerdote: monseñor JOSÉ MANUEL MENDARO Y RENETTE.

Con frecuencia, al hablar de su inquilino, decía: “Hace vida de santo”. El santo era muy pobre. De noche se encerraba en su pieza a lavarse las ropas interiores. Sus ademanes de monarca reñían con la pobreza de su capa. Su miseria elegante adquiría majestad de corona bajo la altiva luz de su mirada. Vivía solitario y, a menudo, sin pan. Su mujer — doña Juana del Pino — hija de un virrey de las Indias, había muerto en América. A veces, llegaban del Río de la Plata, muchachos temblorosos y apasionados. Le pasaban con la portera sus nombres o el nombre de su patria. La portera volvía: “Dice el señor que se han equivocado. La persona que buscan ha muerto”. El único amigo para quien su habitación y su mano no tenían cerrojos, era un viejo español, GUILLERMO SÁNCHEZ DE REZA, con quien paseaba, en silencio, por las calles del puerto. Los vecinos los vieron, a menudo, del brazo, sin cambiar una sola palabra. El santo miraba con sus ojos terribles las velas desplegadas de los bergantines o de las goletas que partían hacia la cruz del sur. “Llora, don Bernardino”?. “Yo no, don Guillermo. Es mi cuerpo el que llora. Se va tras el velamen que usted allí ve.

Aquel día — el 2 de septiembre de 1845 — volvió a su cuarto español de la calle Murguía más altivo que nunca. Se despidió en la puerta, abrazando a su amigo. Entró en su habitación y al quitarse la capa, cayó sobre la cama. Desde afuera se oyeron ruidos extraños que sonaban a tímidos sollozos. Al día siguiente, el doctor José María Rey y Castro, extendió bajo el número 864, una partida de defunción que dice textualmente: “Bernardino Rivadavia, ex presidente de las Provincias del Río de la Plata, de 65 años de edad, fallecido de apoplejía fulminante …. “ etc.. Un sacerdote, el cura MARCOS SALCEDO había sido en Buenos Aires el primer maestro de Bernardino Rivadavia, el primero en abrirle los ojos del alma, En España, otro sacerdote, el propietario de la Casa de Cádiz, JOSÉ MANUEL MENDARO Y RENETTE, le cerró para siempre los ojos de la vida. Los restos de Rivadavia, fueron repatriados bajo los auspicios de la “Sociedad de Beneficencia” que él mismo había fundado y sepultados el 20 de agosto de 1857, ante la mirada desconsolada de una multitud, que bajo la lluvia, soportaba estoicamente lo que parecía ser, las lágrimas del cielo que lloraba a tan grande hombre (este texto es una adaptación de un trabajo del periodista Juan José de Soiza Reilly).

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