LA MEDICINA ARGENTINA A COMIENZOS DEL SIGLO XX

“La Escuela Médica de nuestra formación fue producto de la post reforma universitaria de 1918, lograda como consecuencia de la revuelta de los estudiantes contra malos profesores, producida en la ciudad de Córdoba ese año. En esos años, los inscriptos en la Facultad de Medicina de Buenos Aires,  no pasábamos del centenar y  la matrícula era equivalente a 150 dólares al año, cuando un auto Ford T valía 600. Con los años, el ingreso se masificó y desde 1945 en adelante, los estudiantes libres en medicina alcanzan el 70% del total del estudiantado universitario. Había exámenes mensuales y la mortalidad académica, es decir, la deserción escolar, llegó a ser del 80%. Hoy la puja política sigue entre estudiantes, egresados y docentes para dominar el manejo universitario”.

“En nuestra formación hospitalaria y en el ejercicio médico de ese entonces, dominaban las compresas, emplastos, fomentos, ventosas simples o escarificadas, sangrías, bolsas de hielo o de agua caliente, fórmulas magistrales, inyecciones diarias de aceite alcanforado o e aceite de hígado de bacalao. Como en la fiebre tifoidea que duraba de 1 a 2 meses y la neumonía lobar, que duraba 8 días, las complicaciones eran frecuentes. Se recurría a las secciones de leche tyndalizada o al abceso de fijación para aumentar las defensas”.

“Las inyecciones de sangre intramuscular, se usaron para combatir el asma, los eczemas y en otras enfermedades. Con frecuencia veíamos encías sangrantes producidas por el escorbuto o lesiones oculares por avitaminosis A.

“Veíamos también muchos casos de craneotabes (osteoporosis craneal congénita), surco de Harrison (una depresión torácica en la zona de inserción del diafragma) y rosario costal (una serie de nudos en la unión de las costillas y de los cartílagos costales), manifestaciones todas del frecuente raquitismo que debíamos atender”.

“Abundaban también las distrofias farináceas producidas por alimentar al lactante solamente con agua de mazamorra. A los niños inapetentes, algunos médicos le inyectaban insulina y muchas madres les daban a tomar yemas de huevos batidas con un vino generoso. Las enemas y los purgantes no faltaban. La amigdalectomía era frecuenta y los rayos ultravioleta, de uso común. Los hospitales de niños de nuestro país se vieron obligados a tener salas especiales dedicadas a la difteria y el tétanos, verdaderas pesadilla de los médicos internos y practicantes de entonces”.

“Cuando no había nada para reemplazar la leche materna, las diarreas y los problemas nutricionales, dominaban en la tarea médica entre los lactantes. Ya se sabía que la leche de la madre evitaba esas patologías tan graves. En muchos capítulos de los tratados de Pediatría, se desarrollaban estudios sobre desnutrición, diarreas y sobre la composición de la leche humana, aconsejando cómo manejar a las amas de leche, verdaderas dictadores en las casas donde se las empleaba, ya que comprendían la necesidad que había de ellas”.

“En Buenos Aires se instalaron “Lactarios Municipales”, donde se vendía leche materna a diez pesos el litro. Pero los niños alimentados con esta leche que vendían allí las “amas de leche”,  corrían graves riesgos, por los fraudes que se cometían, cuando, pretendiendo mayores ganancias, aumentaban el volumen,  agregándole leche de vaca o aún agua de la canilla, elementos éstos muy peligrosos para la salud, por el alto contenido bacteriano que contenían”

(Extraído de una conferencia del doctor Alberto Chatas, dada en 1994)

 

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