La maroma

En castellano “maroma” es el nombre que se le da a las cuerdas de esparto, cáñamo u otras fibras textiles que sean apropiadas para fabricarlas.  Por extensión, antiguamente se aplicaba a los cables metálicos  y cadenas que desempeñaban funciones similares a las de aquellas, tales como las de amarre de los barcos. Pero en América, principalmente en la Argentina, una “maroma”, es sólo aquella que se encuentra tensa, sujeta en ambos extremos y a cierta altura por sobre el nivel del suelo. Así que una “maroma” es el grueso cable aéreo, que asegurado en ambas orillas de un río, permite el desplazamiento regular de las balsas, que construídas en forma más o menos rudimentaria y sin impulsión propia, sirven para trasladar de una a otra margen de un curso de agua, personas, animales y carga en general, mediante el simple recurso que aporta el esfuerzo de un hombre,  que va tomando entre sus manos extendidas esta “maroma”, para que al flexionarlos sobre sí, la vayan impulsando hacia su destino. También se llamaba “maroma” al conjunto de sogas o “guascas” que ligaban  la parte superior de los postes o “principales”, que limitaban la abertura de la tranquera, en los corrales de “palo a pique”. Desde ese lugar, los hombres de campo en la Argentina, los domadores criollos, realizaban una riesgosa prueba que se llamaba “salto de la maroma”. Para realizar esta prueba, los jinetes, ubicados en lo alto de esta “maroma”, esperaba la salida de un potro del corral, sobre cuyo lomo debía dejarse caer, cuando pasaba debajo de él. Un arriesgado y matemático salto que realizaba sin otra ayuda que su rebenque y sus espuelas, para dominar luego al “bagual” que había así montado y salía disparado sin control hacia el campo abierto. Por último, esta denominación es también utilizada para nombrar a los hilos de los alambrados, en cuyas “maromas” suelen degollarse al alzar vuelo, las espantadas perdices, que huyen del cazador que las persigue.

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