LA MAGNAMINIDAD DE BELGRANO DESPUÉS DE LA BATALLA DE SALTA (21/02/1813)

LA MAGNAMINIDAD DE BELGRANO DESPUÉS DE LA BATALLA DE SALTA. El día 21, al atardecer, consumada por completo la destrucción de las fuerzas españolas, llegó al campamento de BELGRANO, en calidad de parlamentario, el coronel FELIPE DE LA HERA. El parlamentario, una vez en presencia del general argentino, preguntó: -¿Tengo el honor de hablar con el general Belgrano? -Sí, señor; habla usted con él. La Hera, acercándose mucho al general vencedor, le habló unos momentos en voz muy baja, transmitiéndole la proposición de entrega formulada por PÍO TRISTÁN. Belgrano, contrariando el parecer de CASTELLI, que exigía una rendición incondicional y a discreción, contestó al parlamentario en estos términos: -“Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana, y que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación. Que haga, pues, cesar inmediatamente el fuego en los puntos donde aun resisten sus tropas; que yo, por mi parte, voy a mandar que se haga lo mismo en todos los que ocupan las mías”. Aquella misma tarde se firmó la capitulación. El general vencido se comprometía a salir de la ciudad el día siguiente y entregar todo su armamento, rindiéndolo en el mismo campo de batalla. Los rendidos, de general abajo, jurarían no volver a tomar las armas contra la patria, quedando libres y pudiendo regresar a sus hogares. El día 21, señalado por la rendición, amaneció lluvioso y cubierto. A las diez de la mañana, el ejército real, con banderas desplegadas, la artillería rodando, la infantería con los fusiles al hombro y los jinetes con los sables desenvainados, salió de Salta, para rendirse. La población entera les vio salir, y aun cuando la casi totalidad de los salteños eran partidarios de la Revolución, respetaron el dolor de los vencidos, viéndoles pasar, silenciosos, y sin hacer manifestaciones que pudieran herir a aquellos desgraciados soldados. Al entregar las armas, hubo infinitos veteranos, los peninsulares, especialmente, que no pudieron ocultar su emoción; unos dejaron correr amargas lágrimas, otros en cambio, manifestaron un furor desesperado. Belgrano, una vez desarmados los soldados del rey, penetró en la plaza, a paso de vencedor, pasando por las calles de la Merced y de Yocci, llamada esta última, desde aquel día, calle de la Victoria. El coronel Rodríguez, que conducía la bandera nacional, salió con ella al balcón principal del Cabildo, y, después de flamearla gallardamente, dio tres vivas a la patria. Los muchachos, trepados a las torres de la iglesias y conventos, echaron a vuelo las campanas, uniéndose sus tañidos a las dianas victoriosas y a las entusiastas aclamaciones de la multitud.

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