LA LEYENDA DEL CHINGOLO

Dicen los entrerrianos de buena memoria que sus abuelos les contaron que hace muchísimos años, en uno de los pueblos de la provincia, andaba en un caballo blanco, guitarra al hombro, un muchacho rubio, de carácter difícil, solitario y sin intención de tener amigos. Solo con su alma cabalgaba por campos y caminos, bordeando ríos, cantando siempre. A veces se detenía un rato a la sombra de algún árbol, para tocar la guitarra, miraba el paisaje de cuchillas cubiertas por el cielo inmenso y seguía adelante. Nadie sabía si tenía hogar, parientes ni nada.

Una tarde de verano llegó al pueblo un hombre proveniente de muy lejos. Se sentó bajo un árbol y comenzó a cantar mientras tocaba una guitarra que traía consigo. Cantó y cantó y el pueblo entero se juntó a su alrededor para escucharlo. Su voz atrajo también al rubio arisco del caballo blanco, quien se acercó al galope, lleno de furia, gritando que él era el único cantor de aquel pago. El forastero no le hizo caso y siguió con su música. Bastaron pocos acordes para que ambos discutieran y comenzaran a pelear, cuchillo en mano. El rubio fue más rápido y el cantor viajero quedó muerto bajo el árbol, y muerta también su guitarra, destrozada por el muchacho. Lo último que el cantor viajero oyó antes de dejar este mundo, fue la voz del joven, que le repetía que él era el único cantor del lugar.

El muchacho, aún enfurecido  trepó a su caballo y trató de alejarse, pero no pudo salir del pueblo: el comisario lo atrapó antes de que pudiera escapar por los caminos e inmediatamente lo engrillaron, lo obligaron a ponerse ropa de preso y lo encerraron en un calabozo. Al cabo de unos días, ya perdidas su fuerza y su altivez, el cuerpo del joven fue haciéndose cada vez más pequeño, hasta que una madrugada, compadecido de él, “Tupá” lo transformó en pájaro, condenándolo a no caminar jamás y así pudo escapar de su encierro, pasando por entre el estrecho enrejado que protegía la ventanita de su celda.

Dicen los entrerrianos, que ese fue el nacimiento del chingolo: un pajarito con un copete que parece gorro de preso, marcas de grillos en las patas que no le permiten andar más que dando saltos, pecho de plumaje claro adornado con dos botones oscuros de su antiguo traje de presidiario, que con su canto (“che sú”, “mi madre en guaraní), parece estar llamando a su madre y con esa costumbre de levantarse al alba, más temprano que ninguno y despertarse a medianoche, que seguramente le quedó de sus tiempos de insomnio durante el encierro.

Enseñaba el titiritero y escritor JAVIER VILLAFAÑE en su libro “Historias de pájaros”, que el chingolo canta de noche para anunciar buen tiempo, que hace el nido en el suelo, que cuando pía con insistencia en la puerta de una casa es para avisar que llegarán parientes o una carta con buenas noticias, que su primo, el gorrión, lo corre de las ciudades y que el tordo le da los huevos para que se los empolle. El ave enamorada de la libertad canta y anda todo el tiempo y anda por los campos, los pueblos, los parques y los patios de las casas, a veces en soledad, otras con su compañera, seguramente sin querer repetir la experiencia de aquellos días amargos en que se alejaba de todos. Escribió Villafañe: “Y aquellos que saben interpretar el lenguaje de los pájaros, dicen que el chingolo pide en su canto que le quiten los grillos y el gorro de presidiario. Y aseguran -yo lo creo- que por eso canta” (extraído de una nota de Mercedes Salvat).

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