LA LEYENDA DE LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (22/12/1527)

SEBASTIÁN CABOTO en su pertinaz búsqueda de la “Sierra de la Plata”, el 8 de mayo de 1527 había descubierto el río Paraná y lo remontó hacia el norte llegando hasta el “Salto de Apipé”. Allí acampa en un paraje llamado “Santa Ana” y se detuvo,  impedido de continuar su excursión, debido al mal estado de su nave y al descontento de su tripulación que se negaba a seguir tan fatigoso y peligroso viaje.

Decidido a dar por finalizado el viaje, el 31 de marzo de 1528, reconoció toda la parte inferior del Paraguay, teniendo que luchar contra varias tribus indígenas que procuraron impedirle el paso con trescientas canoas. Vencidos los salvajes, ofrecieron su amistad a los conquistadores y les regalaron varios trozos de plata, asegurándoles que ese metal abundaba en los países situados al Noroeste. A partir de  esos relatos comenzó a tejerse una famosa leyenda que afiebrando la imaginación de aquellos expedicionarios, que venidos a estas tierras, más seguramente en busca de riqueza que de gloria y honores, los puso en la  frenética búsqueda de “La ciudad encantada de los Césares” (1), una  fantástica leyenda que llegó a España y hasta los puertos europeos,  estimulando quizás a muchos aventureros, para que se embarcaran hacia estas tierras en busca de la riqueza.

Al promediar ya el siglo XVI los españoles que se encontraban en América, empeñados en la conquista de los territorios ocupados por la Capitanía de Chile y el Virreinato del Río de la Plata, comenzaron a hacerse eco de ese rumor que se refería a una misteriosa ciudad  que se decía se hallaba  en las faldas orientales de los Andes, en un impreciso lugar, quizás  ubicado en los 35° ó 36° de latitud austral. Vagas y confusas en sus comienzos, las mentas de este asunto fueron tomando cuerpo alimentadas por fantasiosos relatos de los nativos y por las noticias y comentarios que circulaban entre ellos acerca de esas fabulosas riquezas.

Veían asombrados el oro y la plata con los que se adornaban algunos de los aborígenes que apresaban y su codicia se encendía ante los comentarios que les llegaban acerca de un tal MATEO MARTINIC que habría encontrado un  inmenso tesoro de oro, plata y piedras preciosas en una fabulosa ciudad fundada por un pueblo muy rico que había logrado huír del Perú, antes de la llegada de los españoles; que cierto Capitán español, llamado FRANCISCO CÉSAR, integrante de la expedición del Comandante SEBASTIÁN GABOTO al Río de la Plata, había descubierto una ciudad donde el oro, la plata y las piedras preciosas llenaba inmensos depósitos.

Pero fue en 1540,cuando las dudas que que generaba la ambigüedad de tales relatos se disipó, cuando se supo que un grupo de españoles capitaneados por SEBASTIÁN DE ARGÜELLO, que se habían salvado del naufragio en el estrecho de Magallanes de una nave que formaba parte de la expedición de FRANCISCO DE CAMARGO (1540), habrían marchado hasta las montañas andinas, estableciéndose junto a un lago, en convivencia pacífica con los indígenas, algunas de cuyas mujeres habrían tomado como esposas. Dos de estos españoles, PEDRO DE OVIEDO y ANTONIO DE COBOS llegaron en 1543 a Concepción y declararon ante el Licenciado JULIÁN GUTIÉRREZ DE ALTAMIRANO, Teniente General del Reino de Chile, que eran sobrevivientes del naufragio de marras y que procedían de la población formada con posterioridad, de la que habían huido tras verse comprometidos en un homicidio. La noticia no demoró en difundirse y ser tenida por verídica. Esta versión fue la que acabó por consolidarse y predominar en la memoria colectiva haciendo que las otras perdieran importancia y acabaran olvidadas.

Así surgió y se desarrolló la leyenda de la Ciudad de los Césares o de los Césares de la Patagonia, o Ciudad Encantada de la Patagonia, diferentes nombres que la imaginería popular le fue adjudicando, al tiempo que se le iban adosando más y más detalles y fantasías, llegándose hasta a asegurar que los pobladores de ese mítico lugar, poseían el don de la felicidad y la vida eterna, pues eran depositarios de la famosa “Fuente de la Juventud”. Nunca nadie encontró nada de eso que soñaban encontrar.  Lo que si encontraron, fue su destino, muchas veces trágico,  los incontables aventureros que atraídos por esos relatos, vinieron a hacerse la América a estas tierras en aquellos años de conquista y locura.

(1). (también conocida como «Ciudad errante», «Trapalanda», «Trapananda», «Trapalandia», «Lin Lin» o «Elelín»)

Fuentes: “La Ciudad Encantada de los Césares”. Enrique de Gandía, Buenos Aires, 1933; “La Ciudad de los Césares: origen y evolución de una leyenda (1526-1880)”. Patricio Estellé y Ricardo Couyoudmjian, Revista “Historia” Nº 7, Santiago  de Chile,  1968); “La ciudad encantada de la Patagonia”. Ernesto Morales, Buenos Aires 1944; “Desventuras en la Historia”. Martín Cagliani, Buenos Aires, 2007; “En la ciudad de los Césares”. Luis Enrique Délano, Buenos Aires, 1939; Derroteros y Viajes a la Ciudad Encantada o de los Césares que se creía, existiese en la Cordillera, al Sud de Valdivia”. Pedro de Angelis, Buenos Aires, 1836; “La Patagonia mágica”. Néstor Tomás Auza, Ed. Marymar, Buenos Aires 1977. Para más información sugerimos buscar Bibliografía acerca de este tema en Bibliografía sobre la ciudad de los Césares)

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