LA ISLA MARTÍN GARCÍA

Isla de la Libertad”, “Argirópolis”, “Llave del Plata”; la isla Martín García carga tantos nombres como paradojas su historia. En el ancho estuario no sólo ha sido una piedra de discordia entre Argentina y Uruguay, es también un puñado de cuentos que recorren dos siglos. Ubicada en la Zona Interior del Río de la Plata, a más de treinta kilómetros de la Capital Federal pero a sólo 3.500 metros de la costa uruguaya, la isla se halla bajo jurisdicción de la Provincia de Buenos Aires. Aunque caída del mapa, su integración luce desdibujada en la conciencia de los argentinos, por ella han pasado relevantes figuras de la vida nacional en la doble condición de utopistas o presos. A espaldas de quienes construyeron su destino sin embargo, el río corrige una historia en secreto (1).

A diferencia de la mayoría de las islas del Río de la Plata, la Isla Martín García tiene suelo de roca perteneciente, según se mire, al macizo brasileño o al sistema de Tandilia. Fue descubierta por JUAN DÍAZ DE SOLÍS en 1516 y debe su nombre al despensero de esa expedición llamado MARTÍN GARCÍA, que habiendo fallecido a bordo, fue enterrado en esa Isla, hecho que permite afirmar que fueron europeos los primeros desembarcos que se produjeron en el territorio de la actual República Argentina. Posteriormente la isla fue disputada permanentemente por España y Portugal, debido a la estratégica posición que se le atribuía, por estar en medio del cauce principal del Río de la Plata y como puerta de entrada a sus principales tributarios, los ríos Paraná y Uruguay.

Se dice que los primeros en habitarla fueron “dos paisanos locos”, encontrados por un piquete español que llegó a la Isla el  24 de abril de 1765, llevando siete desertores del batallón de Buenos Aires y a partir de entonces, funcionó como cárcel y lugar de destierro, al mando de un comandante del “Presidio de Martín García” que contaba con una guarnición de soldados de Infantería de Buenos Aires. Su destino carcelario creció con una treintena de criminales condenados por “habérsele cogido con un cuchillo y por inducir a los esclavos a que roben a sus amos”, por  “haber violado a su hija”, por “inobediente a su madre”. Durante años, los presos trabajaron en las canteras que abastecieron de piedras las calles de la ciudad vieja montevideana, alojados en barracones con rejas de madera, tan desnudos que un informe del Jefe militar decía: “es un dolor verlos cuando salen del agua (donde embarcan piedras), ya que no tienen con qué arroparse, pues como no habiendo el vestuario con debido tiempo, están en cueros y se enferman muchos de ellos”.

Al crearse el virreinato del Río de la Plata en 1776, el primer virrey, PEDRO DE CEVALLOS, la fortificó y convirtió en guarnición militar y la guerra con los portugueses puso a los presos a construir casamatas de piedra, cubrir guardias y manejar cañones al extremo de confundir los roles bajo una misma soledad.

Dos años antes de la Revolución de Mayo, el Capitán del Cuerpo de Patricios JOSÉ A. TEXO, animado por sus hazañas durante las Invasiones Inglesas pidió al Rey de España, que le donara la isla en reconocimiento y el Rey se la adjudicó, pero con las demoras del caso, la autorización llegó después del 15 de Mayo de 1810.

“Luego de la Revolución de Mayo de 1810,  el Secretario de la Primera Junta de Gobierno, doctor MARIANO MORENO, en su secreto “Plan de Operaciones”, propuso cederla al Reino Unido “para hacer de ella una base militar de una potencia extranjera enemiga de España”, pero la isla fue ocupada por los realistas que ocupaban Montevideo” (“Isla Martín García”, Wikipedia).

La Revolución trastornó la vida en la isla, que permaneció en poder de España hasta 1813, bien fortificada y custodiada por navíos, pero en marzo de 1814, el almirante GUILLERMO BROWN fue a su encuentro en las aguas del río que también libró su guerra. En medio del combate (“Combate de Martín García), la bajante hizo varar la nave capitana “Hércules” y quedó en tan mala posición, que los españoles al mando de JACINTO DE ROMARATE le mataron cien hombres y le hicieron 82 agujeros en el casco. Al amanecer del día siguiente volvieron a subir las aguas y el navio navegó con el velamen y las jarcias hechas pedazos hasta el más seguro banco de las Palmas, donde una nueva marea baja les permitió tapar los agujeros con planchas de plomo y cueros de vaca. A las ocho de la noche de esa misma jornada anclaron a media milla de la isla Martín García y la conquistaron luego de un cruento desembarco, acontecimiento que, pagado con sangre, habría de justificar la soberanía argentina sobre la isla.

Varias veces cambió de mano
En 1826, durante la guerra con Brasil, fue ocupada brevemente por las fuerzas brasileñas y liberada nuevamente por Brown, quien la artilló. Luego, la isla fue escenario de otros combates durante el proceso de consolidación de la Independencia Argentina. Durante el bloqueo impuesto por Francia al Río de la Plata, contra el gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS, Martín García fue atacada y tomada el 11 de octubre de 1838 por fuerzas francesas aliadas con el partido colorado del Uruguay y los unitarios argentinos, librándose el “Combate de Martín García”. La isla fue devuelta en noviembre de 1840 y posteriormente fue ocupada por fuerzas de Montevideo aliadas a los unitarios exiliados. En 1844, fue recuperada por las tropas de ROSAS, pero en septiembre de 1845 GIUSEPPE GARIBALDI la reconquistó para Montevideo. En 1853 fue devuelta a la Confederación Argentina y durante el conflicto que enfrentara a ésta con el estado de Buenos Aires, fue escenario de dos nuevos combates en 1853 y 1859.

Centro de especulaciones estratégicas pero nunca bien conquistada, como una piedra molesta que no terminaba de hallar su lugar en el mapa de los conflictos regionales, la Isla Martín García alentó la mirada utópica de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO. Cuando Urquiza se pronuncio contra rosas en 1851, se embarcó en Montevideo para ir a ofrecerle sus servicios y de regreso visitó la isla. Ya entonces había escrito “Argirópolis”, libro en el que desarrollaba su idea de crear los “Estados Unidos del Río de la Plata”, integrados por Argentina, Paraguay y Uruguay. Había concebido la peregrina idea de levantar la capital en la isla y desarrollar allí un centro urbano digno de una gran ciudad. Después de recorrerla a caballo, ajeno a la evidencia de que sus proporciones no podrían acoger ni a los edificios de la administración central, estampó sobre una de sus piedras: “1850-Argirópolis-1851- Sarmiento”.

La caída de Rosas puso fin a un período particularmente cruento de la historia de la isla pero abrió otro de insospechadas derivaciones porque desde el desembarco de JOSÉ GARIBALDI, custodiados por naves francesas ocupaban la isla cuarenta orientales. Meses después del triunfo de Urquiza el almirante LE PRÉDOUR, a cargo de la custodia naval de la Isla, abandonó su posición y mandó un comunicado a los gobiernos de Montevideo y de Buenos Aires que suponía, recuperaba la extraviada armonía. Según su oficio: “La suerte de la isla debía depender de los arreglos que se formaran entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la República Oriental del Uruguay”. Pero el flamante ministro de Relaciones Exteriores argentino, JOSÉ LUIS DE LA PEÑA, objetó a LE PRÉDOUR diciendo que la isla era de propiedad de la Confederación Argentina y rechazando en forma terminante, que su suerte dependiera de otros arreglos. “Debía haberla entregado al gobierno de Buenos Aires”, se disculpó el almirante, aduciendo que creía haber ejecutado un acto agradable a las dos naciones, sin poder presumir que una de ellas iba a recurrir a él para que la pusiese en posesión de su territorio. Desde luego, que el destino de la isla pudo quemarle en las manos, pero en todo caso, ya no era asunto suyo.

Sin perder tiempo, el Ministro DE LA PEÑA se dirigió al Ejecutivo uruguayo, entonces a cargo, en forma interina, de BERNARDO BERRO, y le solicitó la entrega de la isla, no sin prevenirle que “del día 10 al 15 del próximo mes de marzo, partirá de este puerto (Buenos Aires), una fuerza suficiente para tomar posesión de la expresada isla”. Y de acuerdo a lo anunciado la envió.

Barcos y tropas porteñas llegaron a Martín García el 16 de marzo de 1853 y al día siguiente la ocuparon, cuando el jefe oriental ya había recibido del, por entonces caótico gobierno uruguayo, la orden de entregarla. LE PRÉDOUR que se había pasado varios años entre rocas, gaviotas, ratas y temporales, acaso imaginó con sus soldados que valía la pena resistir, pero lo cierto es que juntó a sus hombres, las cinco mujeres y los tres niños que habitaban en la Isla, los formó frente al mástil donde flameaba la bandera uruguaya, pronunció con desespe-rada impotencia “esta bandera o se arría ni se entrega”, hachó el mástil  y se lo cargó al hombro. Lo subieron a una balandra y ese mismo día partieron todos hacia Colonia, dejando Martín García en poder de los argentinos

Definitivamente ya en poder de la Argentina, Martín García quedó a merced de nuevas indolencias. Luego de su derrota de Cepeda, en el 59, BARTOLOMÉ MITRE la encontró sin jefe militar y en estado de total abandono. Dejó allí algunas tropas y regresó a luchar en la campaña que habría de coronarlo en la batalla de Pavón. La Guerra de la Triple Alianza volvió a fortificarla y a darle el papel de “Llave del Plata”, pero su valor estratégico nunca estuvo claro. Argentinos y uruguayos discutieron durante más de cien años cómo dividir las aguas del estuario que, como cualquier río, separa dos orillas, y un día, por imperio de la política, debió separar dos países. Los Orientales pretendían cortarlo a la mitad,  con lo cual Martín García quedaba uruguaya y la Argentina se opuso en forma terminante porque advertida del progresivo afloramiento de tierras bajo las aguas vio la amenaza de quedar, en una fecha imprecisa, sin acceso al río.

En 1869 durante su presidencia Sarmiento hizo contruír allí un Lazareto, un lugar en que los inmigrantes que iban hacia Buenos Aires debían hacer una parada en cuarentena. Muchos enfermaban, y se debió construír entonces,  un crematorio para quemar a los muertos. En su momento hubo cuatro cementerios y hoy solamente queda uno, con la particularidad de que las cruces que marcan las tumbas están todas torcidas, inclinadas, en lugar de las clásicas cruces latinas, un hecho que no se ha sabido explicar y que se lo repite como uno de los tantos misterios y leyendas que rodean la historia de la Isla. En 1871, Martín García funcionó como estación de cuarentena durante las epidemias de fiebre amarilla y cólera y su Lazareto llegó a reunir hacia 1890, cerca de siete mil almas.

Finalmente se impuso el criterio internacional del “talweg” (canal de aguas más profundas) que del Delta a Colonia pasa junto a la costa uruguaya. A los reparos presentados por los militares,  contestó el diputado e ingeniero EMILIO MITRE en el Congreso de Buenos Aires, durante una sesión de agosto de 1908 diciendo: “El inconveniente que pudiera resultar desde el punto de vista de la seguridad nacional, de la jurisdicción común, en el canal costanero, es ilusoria. Que la jurisdicción de este canal fuera común o fuera exclusiva no altera el hecho de que esté completamente dominado por los fuegos de la costa uruguaya. (,..). Así que aquel concepto de “Llave del Río de la Plata” que tiene Martín García, es una de las tantas ilusiones del pueblo, a quien se le hace creer tantas cosas. Una batería puesta en tierra firme, convenientemente colocada, estaría en situación ventajosísima para dominar por completo este canal en cualquier tiempo”.

En mayo de 1895, el poeta nicaragüense RUBÉN DARÍO, después de una noche de juerga, rescatado de un banco de Plaza de Mayo por su amigo, el doctor Plaza, se embarcó a la isla llevado por el vapor del alcohol. En los días siguientes tomó notas para una crónica sobre las condiciones de hacinamiento y carencias sanitarias que observó, asistió a la autopsia de un hindú y se dio tiempo para escribir “La Marcha Triunfal”, en  medio de un paisaje dominado por la miseria y la muerte. El lazareto operó hasta 1915, en los últimos años dirigido por el doctor LUIS AGOTE, el mismo que más tarde, habría de alcanzar celebridad con su método para realizar transfusiones sanguineas

Desde 1886 es jurisdicción de la Armada Argentina y la instalación de una Subprefectura y un batallón de Artillería de Marina dio origen al Penal Naval Militar que operó hasta 1957, cuando fue trasladado a Magdalena. Presa de su destino carcelario con una población militar y otra civil, por la isla pasaron en calidad de detenidos, el general CARLOS MARÍA DE ALVEAR, algunos caciques indígenas capturados durante las Campañas al Desierto de 1879, un ex presidente (MARCELO TORCUATO DE ALVEAR en diciembre de 1932 y en enero de 1934) y tres presidentes argentinos: HIPÓLITO YRIGOYEN, JUAN DOMINGO PERÓN y ARTURO FRONDIZI” (Esta información contiene material extraído de un Nota publicada en el diario Diario Clarín, con la firma de Carlos María Dominguez, varios datos extraídos de Google y de la “Biografía de Guillermo Brown”).

(1). Desde la entrada en vigencia del “Tratado del Río de la Plata” firmado en 1973, la República Oriental del Uruguay abandonó sus reclamos sobre la jurisdicción de la isla, que quedó situada como un “enclave en aguas de uso común” para los dos países, pero rodeada del sector del Río de la Plata cuyo lecho y subsuelo fue adjudicado a Uruguay por dicho Tratado. Por el mismo acuerdo, quedó vedado el uso de la isla para fines militares y se la destinó exclusivamente a reserva natural para la conservación y preservación de la fauna y flora autóctonas, estableciendo también que sea la sede de la “Comisión Administradora del Río de la Plata”. A cambio del reconocimiento de la soberanía argentina sobre la isla Martín García, Argentina debió reconocer la soberanía uruguaya de la isla Timoteo Domínguez (un banco aluvional hoy ya adosado al borde norte de Martín García). La solución adoptada, si bien no conformó a ninguna de las partes, permitió llegar a una fórmula de “mal menor”, en el límite de lo aceptable para ambas naciones.

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