LA GUERRA DE CORSO (18/11/1816)

Desde 1812, la acción corsaria constituyó un esfuerzo positivo que causó grandes daños al comercio de España, apresándole sus barcos mercantes, obligándola a proteger sus naves de guerra; difundiendo las ideas y el conocimiento de la revolución de Mayo de 1810 por todos los mares y obteniendo valiosa información que se hallaba en las naves apresadas.

El corso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fue uno de los primeros en obtener grandes éxitos entre sus similares de las colonias insurgentes. En el Caribe actuaban los corsarios de Nueva Granada y Venezuela; pero los corsarios rioplatenses llegaron pronto al Pacífico, cubrieron el Atlántico, incluso el Caribe y poco después de logarda la Independencia, el buque “La Argentina” al mando de HIPÓLITO BOUCHARD, llegaría a todos los mares del mundo.

El corso contra España se inició con carácter fluvial, en 1812 y el marítimo desde 1815, llegando a su mayor intensidad entre los años 1816 y 1819. Los dos grandes centros de actividad corsaria  fueron Buenos Aires y la costa oriental de los Estados Unidos, desde donde salían corsarios norteamericanos con patente y bandera de las Provincias Unidas. Hubo en toda la campaña, unos 40 corsarios salidos desde Buenos Aires y más de 30 norteamericanos. Las presas tomadas fueron más de 150, de las cuales, 54 llegaron a Buenos Aires.

Hacia fines de 1815, la actividad corsaria en el mar, ya había tomado gran incremento y las principales campañas corsarias fueron las siguientes:

Campaña del almirante GUILLERMO BROWN en el Pacífico
Comenzó a fines de 1815 y se desarrolló hasta fines de 1816. Al mando de la fragata “Hércules”, el bergantín “Trinidad” y la corbeta “Halcón”, puso en alarma a todo el Pacífico.  Se llevaron ataques, nada menos que al centro del poderío español en el Pacífico, la Fortaleza del Callao, sobre Guayaquil y se llegó hasta las costas  de Nueva Granada. Capturó varias presas, algunas de gran valor, como la fragata  “Gobernadora” y la fragata “Consecuencia”, que más tarde se la rebautizaría como “La Argentina”, nave que al mando de HIPÓLITO BOUCHARD cumplirá una exitosa campaña de corso entre 1817 y 1818.
Campaña del teniente coronel DAVID JEWET
Al mando del bergantín “Invencible”, entre 1815 y 1817, capturó 4 presas.
Campaña de la corbeta “Céfiro”
En 1815, al mando del capitán TOMÁS TAYLOR, capturó 2 presas.
Campañas del comandante ALMEIDA
En 1817 avistó 167 buques, de los cuales abordó y capturó 24 que llevaban bandera española
Campañas financiadas porel armador DAVID DE FOREST. Comandada por el ciudadano norteamericano, naturalizado argentino DIEGO CHAYTER. En 1816, al mando de la corbeta “Independencia del Sur”, capturó, frente a las costas españolas, el bergantín “San Buenaventura”, donde halló importante documentación de interés para las autoridades de Buenos Aires. En 1817 capturó 8 presas que remitió a Buenos Aires. En 1818 capturó a la corbeta “Aventurera”. En 1819 el gobierno lo ascendió a coronel y le otrogó el mando sobre dos buques más.
Campaña de HIPÓLITO BOUCHARD.
Al mando de “La Argentina” durante los años 1817 y 1818, el capitán Bouchard realizará una exitosa excursión por todos los mares del mundo (ver “Primer reconocimiento de la Independencia Argentina” y Hipólito Bouchard y la fragata “la Argentina”, terror de las naves españolas” en Crónicas).
Campaña del coronel DAVID JEWET
Al mando de “La Heroína” realizó su última campaña de corso en 1820

En 1816, gobierno de Buenos Aires, comprendiendo la necesidad de encontrar una solución al problema que representaba para su comercio y para la defensa de sus intereses, la carencia de medios para enfrentar la acción que España llevaba a cabo por medio de su flota, decidió recurrir a las campañas de “”corso” ya que, si la guerra por tierra contra España, era compleja y difícil, la guerra por mar representaba para el país un verdadero problema, a causa de la falta de medios. Muchas veces, ante acciones desarrolladas por buques hostiles, para contar con alguna nave de guerra que se les opusiera, fue necesario incorporarle algunos cañones a barcos mercantes, para que lo hiciera, pero al no ser efectiva esta precaria solución, para tener una presencia eficaz en el mar y en nuestras vías fluviales, se hizo necesario darle legalidad  al sistema de “corso”, frecuentemente usado por todas las naciones de la época.

“La “guerra de corso”no era piratería, sino una particular forma de llevar la guerra en el  mar, llevada a cabo por marinos avezados e independientes que eran contratados por los gobiernos para que atacaran a naves hostiles,  garantizándoles una parte del botín obtenido. La autorización de un Estado para armar en “corso” a un buque, significaba otorgar una licencia a su capitán, para que junto con su tripulación, pasaran a formar parte de la marina regular mientras durara la campaña. Los corsarios estaban sometidos a los rigurosos “Reglamentos de corso”, que los obligaba a tener “patente de corso” y a atacar solamente a naves de la nación en guerra con la que los autorizaba. Se los habilitaba por un cierto y determinado tiempo, generalmente un año y debían tener un trato humanitario para con sus vencidos y respetar a los neutrales y en el caso de nuestros corsarios, estaban obligados a liberar a los negros que fueran encontrados en los buques negreros que abordaran.  Los armadores de esos buques debían presentar pruebas de su moral y una fianza material previa. Un “Tribunal de Presas” decidía sobre la legalidad de las capturas y se ocupaba de la venta de las naves y las mercaderías capturadas en una subasta pública, de cuyo producido, se separaba una parte que se destinaba al pago de los servicios del “corso”, mientras que la totalidad de las armas que se capturaban, quedaban en poder del Estado que había otorgado la patente (“Manual de Historia Marítima Argentina”, editado por el Departamento de Estudios Históricos Navales, de la Armada Argentina, Buenos Aires, 1975)

Se legaliza la guerra de corso. Fue Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo del Río de la Plata, quien el 18 de noviembre de 1816, dispuso legalizar  las operaciones de “corso” para combatir las naves realistas y a estos efectos, dictó un decreto autorizando esta operatoria, que debía ceñirse a las reglas ya establecidaspara las operaciones corsarias, con el objeto de evitar los excesos propios de este tipo de actividades.

Más tarde, ya en 1827, las importantes pérdidas sufridas por la escuadra comandada por Guillermo Brown, durante el combate naval de Monte Santiago el 7 de abril de 1827, durante la guerra con el Brasil, fue el golpe de gracia que faltaba para decidir al gobierno de Buenos Aires a apelar nuevamente a “la guerra de corso”, como último recurso y único camino posible para continuar con las operaciones navales que le eran imprescindibles para hacer frente al acoso que desde varios frentes, ejercían las fuerzas del imperio del Brasil y las de Francia e Inglaterra, que no cejaban en sus intentos de dominar el comercio con estas tierras. Y a partir de entonces, ya no hubo solamente duelos entre escuadras sino la hostilización ubicua y múltiple del más débil contra el más fuerte, tarea que le era propia a la “guerra de corso”.

Este empleo de los “corsos”, parecido al empleado en 1816, durante la guerra con España por la extensión de su campo de acción, difería de éste, no obstante, por el riguroso bloqueo que Brasil imponía en el Río de la Plata y el poderío marino imperial, capaz de defender su tráfico y simultáneamente, dar caza a los corsarios. Decidida esta nueva estrategia, FRANCISCO FOURMANTIN, al mando del bergantín “Lavalleja”, operó ocho meses sobre la costa brasileña y apresó 30 ó 40 embarcaciones, que despachó a Patagones. Finalmente, a mediados de 1826 encalló y se perdió en la costa del Salado. Sus éxitos ya habían inducido a armar otros barcos como las balleneras “Hijo de Mayo” e “Hijo de Julio” y el bergantín “Oriental Argentino”, cuyas acciones indujeron a los brasileños a intentar la desastrosa empresa de Carmen de Patagones (abril de 1827), ciudad que vivía por entonces un auge ficticio, abarrotada de mercaderías y riquezas obtenidas por los corsarios, pero que no tenían salida por la situación que vivía el puerto de Buenos Aires. César Fournier, el más temido de los corsarios de Buenos Aires. Numerosos fueron los marinos que se enrolaron en esta actividad, pero hubo uno que se destacó netamente entre sus pares por el coraje que demostró en sus empreas y por los magníficos resultados que obtuvo durante sus “correrías. Se llamaba CÉSAR FOURNIER y era un aventurero franco-italiano de recia personalidad. Sus primeras hazañas se cumplieron en la costa del Maldonado. Allí, en setiembre de 1826, al mand de dos decrépitos lanchones, capturó la goleta “Leal Paulistana”, que portaba 8 cañones y tenía una tripulación de 60 hombres. Defendió eficazmente el puerto del Maldonado, amagado por un desembarco brasileño. Incorporado a la marina de guerra con grado de sargento mayor, comandó la “Congreso” que, en brillante campaña, sumó 24 presas, se mantuvo dos meses sobre Río tomando e incendiando barcos y, al re­greso, interceptada por los bloqueadores, fue incendiada cerca de la Ensenada. Capitales y firmas invertían dinero en el corso, que restó a la escuadra brasileña, sus marinos más avezados. El gobierno imperial, alarmado, organizó la persecución de los corsarios, el tráfico en convoy y el uso de naves neutrales. El corso declinó el año 28 y la acción de éstos se desplazó hacia las costas de África, donde medraba el tráfico de esclavos, y sobre la ruta a Portugal. Las presas, entonces, se negociaban en las Antillas, por la distancia hasta el Plata. El gobierno perdió el control necesario y el corso comenzó a degenerar. (A fines de la guerra cuatro corsarios fueron condenados por autoridades británicas y holandesas, bajo la acusación de piratería.) El corsario más notable de este período fue el capitán Juan Coe, al mando del “Niger”, que cumplió un buen crucero y que, capturado, fue incorporado al bloqueo impuesto a Buenos Aires por Brasil. El daño causado por el corso al Brasil fue considerable, aunque el provecho para el corsario y el armador resultara a veces escaso: sólo una cuarta parte de las presas llegaba a buen puerto. Lo mismo que en la guerra de corso de la Independencia, la casi totalidad de los jefes corsarios era de origen extranjero. Muchos estaban radicados en el país y otros se arraigaron definitivamente en él. La marinería, especialmente, era una mezcla de gente de todas las nacionalidades, que daba mucho trabajo a sus oficiales y que causaba frecuentes desórdenes.

La campaña de corso de la fragata “La Argentina”
El 9 de julio de 1817 , la fragata “La Argentina”, al mando del capitán de marina Hipólito Bouchard, zarpó del puerto de Ensenada, justamente un año después que en el Congreso de Tucumán se declarara la Independencia de las Provincias Unidas del Sud, iniciando así un crucero con misión de “corso” dispuesto por el gobierno de Buenos Aires. Al dejar la Ensenada, puso proa a Cabo de Hornos, arrimando dos meses después a Tamatave, en Madagascar, donde cooperó con las autoridades británicas, que esperaban una corbeta de guerra inglesa, para combatir los buques negreros dedicados al inhumano tráfico de esclavos. Once días después reanudó el crucero en dirección el Estrecho de Sunda. Al dejar la Ensenada, puso proa a Cabo de Hornos, arrimando dos meses después a Tamatave, en Madagascar, donde cooperó con las autoridades británicas, que esperaban una corbeta de guerra inglesa, para combatir los buques negreros dedicados al inhumano tráfico de esclavos. Once días después reanudó el crucero en dirección el Estrecho de Sunda. En esta travesía que duró mes y medio, la tripulación sufrió los efectos del escorbuto, contándose singladuras en que hubo 84 atacados; muchos de los cuales murieron. El 7 de noviembre de 1817 ancló en la Isla Nueva, de la cabeza de Java, donde desembarcó a todos sus enfermos, llevándolos a tiendas de campaña instaladas en tierra. Pocos días después, mejorada la gente y habiendo perdido alrededor de cincuenta hombres desde que saliera de Ensenada, puso proa a las Filipinas. Al pasar por el estrecho Macasar, tuvo una extraña sorpresa. Cinco proas malayas tripuladas por piratas atacaron la fragata y trataron de abordarla. Luego de hora y media de lucha, los piratas fueron rechazados, resultando “La Argentina” con siete heridos, entre ellos, su primer oficial, el bravo SOMMERS y el primer teniente GRISSAC. Siguió Bouchard con su buque hacia la Isla de Joló, donde después de refrescar víveres, tomó rumbo a Manila, en cuya zona actuó con eficacia, ya que en sólo dos meses, apresó y echó a pique 16 barcos españoles con importantes cargamentos. Destruido el tráfico español en ese punto, Bouchard puso proa al canal de los Galeones. Frente al puerto de Santa Cruz, avista a un bergantín español al que ataca decididamente, trabándose en combate. En esta acción Bouchard pierde catorce hombres de su ya menguada tripulación, entre ellos el intrépido capitán Sommers, no obstante lo cual, logra apresar el bergantín y tres días después capturaba una goleta ricamente cargada. Más adelante La Argentina se dirigió a interceptar la ruta comercial Manila-Pekín, sufriendo en la travesía, los efectos de un recio temporal y la pérdida de otros tres hombres de su tripulación, ya decididamente diezmada. Al llegar a la latitud 41º norte, debió cambiar el rumbo y dirigirse a las islas Sandwich, llegando a las tan ansiadas costas de Hawai. Allí encontró la corbeta argentina “Santa Rosa”, cuya tripulación se había sublevado mientras navegaba frente a las costas de Chile, abandonando en tierra a la oficialidad para encaminarse hacia esas aguas con la intención de “piratear” en su propio beneficio, pero llegados a Hawai, habían preferido vender la nave al rey KAMEHAMEHA. Enterado Bouchard de esto, se propuso recobrar la corbeta, castigar a los culpables y salvar la dignidad del pabellón. Para ello inició de inmediato conversaciones con el rey Kamehameha, las que después de varias incidencias y momentos de tirantez, fueron coronadas por el éxito, firmando Bouchard, en nombre de las Provincias Unidas del Sud, un tratado de amistad y comercio, con lo que el mencionado monarca fue el primero en reconocer la independencia de nuestro país. Además Bouchard recuperó el barco y se le autorizó para castigar a los culpables de la rebelión, cuyo cabecilla fue pasado por las armas. Descansada la tripulación y renovados los víveres, junto con la Santa Rosa puso proa a las costas de California, donde tenía intenciones de dirigirse para atacar a la plaza española de Monterrey. Llegado allí, después de las alternativas de un corto y encarnizado combate, logró vencer a los españoles y tomar luego esa plaza. El parte de Bouchard al respecto, expresaba con severo laconismo: “A las ocho horas desembarcamos, a la una y diez ya estaba en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza”. Después de permanecer un mes en las costas de la Baja California, puso rumbo a las de Centroamérica, llevando ataques a San Blas, Camamas, Sonsonate y Realejo, este último sólidamente fortificado y artillado y donde logró apresar dos barcos… Siguiendo su itinerario, el 12 de julio de 1819 llegó a Valparaíso y ni bien desembarcado, Bouchard fue tomado preso y luego procesado por orden de COCHRANE (Jefe naval de la Expedición que preparaba San Martín para liberar al Perú de la dominación española). Permaneció detenido durante tres meses. Hasta que fue absuelto de los cargos que se le imputaban. Ya en libertad, Bouchard, siempre al mando de la heroica fragata, juntamente con la “Chacabuco”, se incorporaron a las fuerzas que San Martín preparaba para emprender su expedición libertadora al Alto Perú, gesta en la cual, “La Argentina” logró honrosos laureles para las armas de la Patria.

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