LA FISIOCRACIA, UNA OPCIÓN DE MANUEL BELGRANO (1809)

Frente a ciertas y determinadas corrientes que propugnan una economía fundada en la moneda y la acumulación de metal precioso, se alza una novedosa concepción que considera a la agricultura como la única fuente de la riqueza nacional posible. No viene mal traer a cuento el ejemplo del rey Midas, aquél que transformaba en oro todo cuanto tocaba y estuvo próximo a morir de sed y hambre, víctima de la abundancia de su escasez. Espíritus sensatos van comprendiendo, en efecto, que la industria, el comercio y el tráfico no producen nuevas materias primas, sino que simplemente las transforman. De ahí su esterilidad e improductividad.

Estas reflexiones previas nos permiten destacar algunos interesantes trabajos del general (y doctor) MANUEL BELGRANO, en los que se advierte la influencia de destacados economistas como el italiano GENOVESI, el francés QUESNAY y el inglés ADAM SMITH.  El punto de partida de lo que se ha dado en llamar “fisiocracia”, es la convicción de que leyes invariables dominan los fenómenos sociales y económicos con la misma inflexibilidad con que controlan el mundo físico. Por consiguiente, la sociedad debe obedecer a ese orden natural, al que muchas veces contradice el orden positivo,  pues mientras el primero ha sido creado por Dios,  el segundo es mera invención del hombre, que yerra en su soberbia al querer  enmendarle la plana.

La población se alimenta con los productos del suelo y la excesiva intervención estatal en estos procesos naturales, no hace más que dañar el organismo, porque  la función del orden positivo, debe limitarse a la compresión racional del orden natural. El sistema tiene previsibles e interesantes derivaciones en lo que se refiere a sustanciales cuestiones de política y economía.

El amplio conocimiento que el doctor BELGRANO posee de lenguas vivas, le ha permitido traducir del francés los “Principios de la ciencia económico-política” donde se hace este análisis, y también enriquecer a sus compatriotas, poniéndonos en contacto con las corrientes de avanzada, no por mero servilismo, sino para su inteligente adaptación a nuestros problemas nacionales”, dice un comentario de la época, que continúa así:

Designado para el cargo de Secretario del Consulado en 1793, la labor del doctor BELGRANO ha sido incansable y positiva, múltiple su preocupación, propiciando, entre otras medidas, premios para el fomento agrícola del virreinato. Las Memorias que presentara en diversas sesiones  para el fomento de la agricultura, la industria y el comercio,  en un país agricultor (1796), acerca del cultivo del lino y el caña mo (1797), y sobre estos mismos temas de su especialidad en 1798, hablan bien a las claras del empeño v la dedicación  con que este estudioso ha abordado la consideración  de difíciles problemas en aras del bienestar del país y de sus pobladores.

 Uno de sus postulados  fundamentales es que “Todo  depende y resulta del  cultivo de las tierras; sin él, no hay materias primas para las artes. Por consiguiente, la industria no tiene cómo ejercitarse,   no puede proporcionar materias  para que el comercio se ejecute”. A partir de esta fundamentación, Belgrano se ocupa de la libertad  de comercio (libertad, que a su entender,  es la mejor policía); de la fijación de precios libres para los productos del agro; de la rotación de los cultivos y abonos; del establecimiento de escuelas para los hijos de los labradores; de la forestación y la cría de ganado; del reparto equitativo de tierras, y de su propiedad, para quienes las trabajan.

Finalmente debemos destacar que BELGRANO alienta el estudio de  las ciencias agrarias a los efectos de mejorar la producción; y la colaboración armoniosa de comerciantes y hacendados: “Uniendo todos sus dictámenes, talentos, tareas e interés formarán una sola familia. Trabajando cada uno para sí, concurrirá al bien general. Todos tendrán un mismo objeto, un fin y unos medios; instruyéndose, instruirán a sus conciudadanos y enriqueciéndose, enriquecerá a la patria. ¡! Qué no promete esta unión, esta armonía y esta fuerza!”. (Extraído del “Cronista Mayor de Buenos Aires”, una publicación del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, 1999).

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