LA FIESTA DE SANTA ROSA EN CASABINDO

La celebración de la Fiesta de Santa Rosa en un  pueblo jujeño, despierta un encendido júbilo, mezcla de fervor religioso con tradiciones olvidadas. Es como si ese mundo alzado al pie del desierto, regresara a la vida y encontrara su mejor luz,

En la desolada puna de la provincia de Jujuy, a 3200 metros sobre el nivel del mar, hay un pequeño pueblecito llamado Casabindo. La quietud y el silencio integran la vida de sus escasos habitantes, seres que conservan tradiciones perdidas en el tiempo y desconocidas por el progreso, pero hay un día en el año, en que este lugar, cobra una inesperada vida.

Para llegar hasta allí es necesario subir por la quebrada de Humahuaca hasta Abra Pampa. Un servicio de ómnibus facilita la tarea, que comienza a matizarse a partir del momento en que, para continuar viaje, es necesario trepar a uno de los camiones que llevan alrededor de trescientos fieles y algunos curiosos hasta ese lugar perdido en la Puna Jujeña, al que los antiguos indios “los casabindos”, le dieron su nombre.

Las primitivas casas de piedra, la plaza cercada de pirca y el antiguo templo con paredes de metro y medio de espesor, refugio de una antig[ua colección de quince cuadros de la Escuela de Cuzco, representando a sus conocidos Arcángeles Arcabuceros, confirman la inesperada visión de un pueblo en medio de un desierto habitado por los vientos y el viajero tiene entonces la posibilidad de revivir una tradición envuelta en paganismo.

El 15 de agosto de cada año, fecha en que se festeja la fiesta de Santa Rosa, hombres de rostro curtido y manos fuertes, mujeres habituadas al esfuerzo bajo ese sol norteño que desborda en los campos, se reúnen en Casabindo para dar comienzo a los festejos, que se inician con la Santa Misa. Grupos de indios (los suris) se unen a labradores y campesinos en la devoción de una fe que los une. Y tras .la bendición del sacerdote que da por terminada la ceremonia religiosa, la gente se agrupa en la puerta del templo para iniciar la procesión.

El recorrido se realiza alrededor de la plaza, ubicada frente a la Iglesia. La música, ejecutada por una banda precariamente integrada por sicuris (especie de flauta de pan), al que acompañan un grupo de tambores bombos y un artesanal erke,  quiebra el habitual silencio de esas tierras. A continuaci{on, el sacerdote que preside la procesión y luego diversas imágenes de la Virgen,  acompañadas por estandartes y monarguillos que arrojando incienso incesantemente,  crean un clima místico que contrasta con el aspecto primitivo de sus procesantes..

Cerrando la marcha, el paganismo, lo ancestral y tradicionalmente inevitable en toda manifestación religiosa de los nativos, matiza de colorido el acto de fe. Un cordero sacrificado es llevado por dos hombres y dos mujeres que, tomándolo por las cuatro patas, lo mecen, hamacan y zarandean. En cada esquina de la plaza, el sacerdote se detiene y callan los músicos para dar lugar a las letanías y oraciones.  E1 incienso se esparce entre los presentes y los suris, vestidos con plumas de avestruz, se postran de rodillas en señal de sumisión, ante la fe  nueva que toma cuerpo en sus vidas.

Al terminar la procesión, el cordero quedará completamente descuartizado y sus partes se ponen en el asador, dejando a Casabindo, nuevamente sumido en el silencio. Entrada la tarde, se reinician los festejos con una suerte de corrida de toros. En la plaza cercada de pirca, se lanzan de a uno por vez, pequeños toros briosos y ariscos. Llevan una cinta roja atada entre los cuernos y el juego consiste en arrancársela. La gente, reunida alrededor de la pirca,  entusiasma a los jóvenes que se aventuran a enfrentarse con los asustados animales. Entre esquives, corridas y toreadas, se trata de ganar ese trofeo. Hay quienes enfrentan al toro con su poncho. Otros intentan sorprenderlo y todos, animados por el sonar incesante de las campanas de la iglesia, participan de las alegrías del festejo. Hasta que uno a uno, los más audaces consiguen arrancar la cinta roja, que a modo de premio, lleva cosidas varias mo­nedas de oro. Muchas veces, el dinero irá a depositarse a loe pies de la Virgen, como petición de gracias o milagros. Otras, quedan en el bolsillo de quien las hubo conquistado.

Así, Casabindo ve caer la noche. Y con ella, tras la oración final, los portadores de la algarabía regresarán a los camiones, alejándose sin prisa. En el silencio del pueblo, quedan flotando la tradición, la fe y el paga mismo raigal de los suris. La oscuridad se impone y los vientos recuperan su imperio. Allí reinarán nuevamente por un largo año,  pleno de silencio y soledad.

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