LA FERIA DE MATADEROS.

“La Feria de Mataderos es un paseo con historia. Es también una fiesta de la comunidad donde feriantes, artistas, vecinos y visitantes se confunden en una suerte de abrazo participativo en el que prima la creatividad, el color, la historia, las tradiciones  y la música. Todo teñido por un rescate de lo barrial, lo tradicional”. Su nombre completo es “Feria de las Artesanías y Tradiciones Populares Argentinas” y se instala todos los domingos y fechas patrias (25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio y 17 de agosto)  en un sector del barrio de Mataderos (ciudad de Buenos Aires), limitado por las avenidas Lisandro de la Torre y  de Los Corrales,

Es un entrañable paseo de la ciudadanía argentina, donde los puestos de artesanía exponen exquisitas muestras del arte urbano y rural, alternando con los de quienes llevan productos de la más curiosa variedad: quesos, embutidos, dulces  y conservas (todo casero), tallas, cerámica, tejidos, mates repujados, botas, bombachas, rastras e infinidad de otros artículos que son llevados y expuestos para goce de esa gran cantidad de público, que con su presencia y participación, dan a esta “Feria”, un marco de alegría, amor a la tierra  y respeto por sus tradiciones.

También hay artesanos haciendo sus trabajos a la vista del público. También hay cocineros que hacen sus tamales, empanadas y asado con cuero para deleite de los que se sientan tentados por sus irresistibles olores; sogueros que hacen unas cabezadas, cabestros  o lazos con increíble habilidad, “cuchilleros” que no son malevos de arrabal, sino que frabrican unos hermosos cuchillos y el “botero” que transforma el cuero en una fina bota de “anca de potro”, una prenda que lucirá con orgullo de “buen paisano”, algún gaucho,  o quizás algún citadino con vocación gauchesca.

Y también hay música y bailes; canto y payadores que se desafían. Un incesante ir y venir por esas calles del barrio de Mataderos que parecen volver a tiempos idos, colmadas de público, con aromas de la cocina de la abuela y con olor a campo. Calles transitadas por jinetes con sus montados “emprendados” con ricos aperos, luciendo ellos valiosas rastras y un largo facón cruzado a sus espaldas. Y viejas carretas al lado de un fogón improvisado, donde hombres que saben, desgranan sus cantos y rasguidos de guitarra, mientras algún santiagueño  improvisado toca su “bombo legüero” con sentida pasión.

Y también hay gente que baila en las calles. Gente que se acerca a un grupo de acordeona, guitarra y bombo que con más entusiasmo que arte, arremete con cuecas, zambas, chamamés y chamarritas, sin molestarse porque a pocos pasos cuatro parejas “aporteñadas”, bailan con cara seria y algo acartonados, unos viejos “tangos de mi flor.

Pero por sobre todo hay alegría y una irresistible necesidad de participar. Una sana alegría que se contagia y un comprensible deseo de  sentirse parte  del mágico mundo de nuestra historia y tradiciones. Porque quienes visitan la Feria, desde que ingresan a ella, ya son parte del espectáculo y de sus vivencias. Gozarán placeres que les harán olvidar por un rato las urgencias de la telefonía digital, las demandas de la computación, la estridencia de las fiestas electrónicas y las bocinas y ruidos del tráfico ciudadano. Se sumergirán en una vida y unas costumbres que ya no existen. Sin tanta tecnología ni material plástico; sin tanta modernidad y apetencias, cosas que a no dudarlo, quizás  han traído mayor confort y progreso, pero que han desplazado el simple placer de sacar las sillas a la calle, para conversar con los vecinos, la espera ansiosa de la llegada del sábado para ir a bailar, las pastas de los domingos con toda la familia reunida, la emoción de una cuadrera o de una partida de taba a pleno campo, las caminatas nocturnas por las calles de algún pueblo, la inocencia de las fiestas de quince, el orgullo de ser abanderado com premio al buen alumno, las pulperías, la radionovela de la tarde y el paseo de los enamorados “hasta la tranquera”

Cosas todas éstas, que aquí, en la Feria de Mataderos, vuelven a vivirse,  para placer de quienes las vivieron y emoción y sorpresa de quienes se acercan a ese mundo que fue (Texto construido con material extraído de una nota firmada por el periodista  Jorge Iglesias)

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