LA ESQUINA

Durante parte del siglo XIX en Buenos Aires y  hasta bien entrado el siglo XX en las provincias, lo que eran las Pulperías en la campaña colonial, fueron las “esquinas”  en los poblados que comenzaron a surgir rápidamente a partir de la llegada del ferrocarril, el afianzamiento de la autoridad que aseguraba la vida y las posesiones de la gente y la instalación del telégrafo en aquellas vastas soledades, que caracterizaban el inmenso territorio que habíamos heredado del disuelto virreinato del Río de la Plata.

La esquina era el comercio más importante de esos pueblos de campaña;  eran lugar de aprovisionamiento y  de encuentro;  de solución para ciertos problemas y punto de llegada del correo y las noticias que tanto se esperaban. Su propietario era un hombre, generalmente, reconocido por su honestidad, solvente y comúnmente solicitado para  desempeñarse en cargos de importancia como los de alcalde o juez de Paz, muchas veces ejercidos mientras despachaba tras su mostrador.

Hubo esquinas que hasta peluquería tenían.  Y también taller de carpintería y de herrería y algún emprendedor hábil para el amasado, hacía pan para vender. Pero no sólo era un lugar para aprovisionarse de vicios y  de  “la provista” como se llamaba al conjunto de compras que se hacían para el aprovisionamiento de bebidas y alimentosde un hogar o de un campamento, la “esquina” era lugar de hombres y el juego era la principal actividad que allí los reunía: las barajas, las riñas de gallos, los  duelos guitarreros y la taba atraían por igual a los paisanos y los puebleros, sin que nada los difaranciara cuando se enfrascaban en esos entreveros.

Las esquinas, como las pulperías, fueron perdiendo vigencia a medida que fue llegando a esos alejados pueblos, el ferrocarril. Las vías férreas acortaron distancias y la gente empezó a descubirir nuevos horizontes. Ya visitar a parientes y amigos no significaba embarcarse en una peligrosa y asarosa aventura. Ya ir de compras al pueblo vecinos, donde se podían conseguir las cosas a mejor precio empezó a tentar a muchos.

Y así , esas esquinas se fueron transformando en “almacenes de ramos generales”, más dedicados al comercio de artículos varios, alimentos y bebidas que a ser lugares de reunión o juego. Para eso ya habían empezado a aparecer los “clubes de barrio”.

El escritor AMBROSIO ALTHAPARRO, quien con buen criterio, ha prologado sus notas haciendo hincapié en que él sólo relata lo que ha visto para no guiarse por habladurías, dice que por el 1880: «La esquina abarcaba los ramos de almacén, tienda, ferretería, corralón, algo de farmacia, etc.; y dentro de estas líneas generales, su surtido y volumen del negocio variaban  mucho de acuerdo con el capital invertido». Era lo que conocíamos después como “un almacén de ramos generales”, donde también había algunas mesas y sillas y un bien surtido  stock de bebidas para consumo de sus parroquianos, un rubro del negocio que siempre estaba activo y producía buenos dividendos Revista El Federal, 2005).

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