LA ESQUILA

La esquila o sea el corte de la lana que se les hace a las ovejas una vez por año, es una de las tareas que por su importancia, puede ponerse a la par de la “yerra” y la “señalada”.

Los establecimientos modernos realizan esta tarea con aparatos mecánicos que ahorran tiempo y personal, permitiendo además la realización de un mejor y más prolijo trabajo. Pero antes, y hoy mismo aún, la esquila se realizaba a mano por las llamadas “comparsas”, grupo de hombres expertos en la tarea, que debían ser contratados con anterioridad por los dueños de los establecimientos ganaderos.

Las “comparsas” estaban integradas por treinta o cuarenta esquiladores que manejaban las tijeras, dos o tres “agarradores”, encargados de apresar a los animales e inmovilizarlos  y un “médico” (generalmente un anciano o un niño a quien se le daba ese nombre, porque si alguna oveja era lastimada, él era el encargado de desinfectar la herida, pasándole con un isopo el remedio que llevaba preparado en un tacho.

La esquila, que se hace por lo común a mediados de la primavera, al aproximarse los calores, se realizaba en un gran galpón o simplemente al aire libre, cercanos al corral donde se habían juntado las ovejas. Los “esquiladores” se formaban en hileras y los “agarradores” les traían los animales con las patitas ya “maneadas” (atadas las cuatro juntas).

Con rápidos cortes de tijera, se las despojaba del grueso manto de lana y de inmediato las desataban dejándolas sueltas para que huyeran espantadas, mientras quien la había esquilado exclamaba “vellón y lata”, anunciando así que había esquilado otra oveja. Entregaba al capataz (que circulaba permanentemente entre ellos) el vellón (toda la lana que había sacado de ese animal) y recibía en cambio una chapita que le servía  luego para cobrar lo acordado por su trabajo.

Al terminar la jornada, las cuentas eran muy fáciles de hacer: tantas latas correspondían a tantas ovejas esquiladas. Las “comparsas” cobraban según la cantidad de animales que hubieran esquilado y al finalizar su tarea, ellos mismos repartían lo que le correspondía a cada uno de sus integrantes.

Los esquiladores ganaban muy buen dinero, pero era común que al finalizar una esquila, alguno de esos gauchos quedara sin un centavo.

Es bien sabido el gusto que el hombre de campo tiene por el juego y como en los momentos de descanso y hasta las jornadas ociosas impuestas por el mal tiempo, la “taba” y la “baraja” se encargaban de hacer que las “latas” obtenidas tras duro trabajo, cambiaran muchas veces de mano hasta quedar finalmente en manos del jugador más afortunado (ver Los oficios del gaucho).

 

1 Comentario

  1. leo

    buena mano

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