LA ESCLAVITUD EN EL RÍO DE LA PLATA

La esclavitud y el tráfico de esclavos fue una trágica realidad durante casi cuatro siglos en los territorios del Río de la Plata y debieron pasar 43 años desde nuestra emancipación, para que la esclavitud fuera desterrada de nuestra patria. Introducida en el Río de la Plata a consecuencia de una petición elevada al rey por el gobernador MANUEL DE FRÍAS, quien expuso a la Corona que, faltando en el país personal para la labranza, se hacía necesaria la introducción de negros esclavos para remediar el inconveniente, la esclavitud, a partir de entonces, fue un drama que ensombreció a estas tierras y un comercio infamante se desarrolló impune a la vista de gobernantes y muchas veces estimulado por éstos. España, Portugal, Holanda e Inglaterra los principales protagonistas de esta actividad criminal, comenzaron a competir brutalmente y pueblos fricanos enteros fueron diexmados para satisfacer sus ansias de riqueza.

Los negros llegaban al continente americano después de ser apresados en África, en verdaderas cacerías que dejaban sin sus hombres más vigorosos y aptos a los poblados del Continente. Las grandes potencias colonizadoras de Europa: España, Portugal, Inglaterra y Holanda, consideraron legítimo el tráfico de esclavos hasta bien entrado el siglo XIX. En el Río de la Plata se los utilizaba como peones de campo y para el servicio doméstico. Realizaban el trabajo que los españoles, convertidos repentinamente en señores, no querían hacer y que los aborígenes no podían soportar. Los barcos negreros entraban legal o ilegalmente al puerto, cargados de mercaderías que tanto podían ser objetos como esclavos, ya que todos entraban en el mismo rubro.

Como este comercio producía importantes ingresos a las arcas reales, lucraron con los ingresos ilegales y grandes partidas de negros salían del puerto de Buenos Aires, hacinados en carreteras, para ir a trabajar a las minas de plata de la ciudad de Potosí. Otro sistema de ingreso eran “las arribadas forzosas”, una fórmula por la cual un barco podía entrar a puerto con el pretexto de haber extraviado el rumbo o tener averías. El rey recibía permanentemente pedidos de permiso para ingresar esclavos y los motivos principales eran la pobreza de la ciudad y el hecho de que los indios eran considerados demasiado rebeldes para ejecutar los trabajos. Según un cronista, hacia 1770, había muchos negros en la ciudad y algunas familias no tenían otra propiedad,  más que sus numerosos esclavos.

Este comercio vil, de seres humanos que ya era costumbre en la antigüedad más remota, adquirió extraordinaria importancia con el descubrimiento  del Nuevo Mundo, aunque los conquistadores no encontraron en las civilizaciones precolombinas ningún rastro de esclavitud, ni vocación por ella, salvo entre los aztecas, quienes, cuando quisieron imponerla a los nativos, vieron con asombro que les resultaba más económica la esclavitud de los negros, pues, según lo confirmara la primera expedición enviada por Fernando VII, el católico, un  negro  hacía el trabajo de cuatro de sus aborígenes.

Los portugueses fueron los primeros en dedicarse de manera intensiva y profesional a esta actividad, en los comienzos del siglo XVI (el primer comentario referido a esta actividad, data de 1505). Rápidamente, franceses, ingleses y holandeses, siguieron los  pasos de los portugueses, fundando distintas compañías como la “Campagnie de la France Equinoxiale” y la “Royal African Company”, e inundaron de esclavos sus colonias en América.

Desde el siglo XVI, los esclavos africanos vinieron a las Indias Occidentales en calidad de mano de obra barata para  reemplazar a la indígena,  muy escasa en algunas regiones y poco apta para los trabajos pesados. Los africanos esclavizados llegaban al territorio rioplatense a través de los puertos y también desde las posesiones portuguesas y se los ocupaba en los lavaderos de oro, en las chacras vecinas a las ciudades, en diversas industrias, en tareas domésticas de carácter suntuario y principalmente, en la agricultura intensiva. Los negros “importados” eran fuertes y resistentes. No es de extrañar que así sea debido a que los débiles perecían en el cruce del Atlántico, realizado en las bodegas de los buques negreros donde viajaban engrillados y expuestos a morirse de sed o a contagiarse enfermedades, ya que el traslado de estos infelices, era una experiencia dolorosa que ofende la dignidad humana y la situación de los esclavos, debería haber sido “la vergüenza de un pueblo libre, una deshonra, su conocimiento y un delito, su autorización”. El relato de un médico de esa época, nos enfrenta a esta tragedia cuando expresa: “(…) los esclavos negros llegan a la costa, con todos los elementos de la enfermedad encima, retenidos por grillos y bozales durante muchos meses; bebiendo poco y consumiendo raíces; desfallecidos por el calor y la fatiga de las marchas y expuestos a las intemperies, llegando de tal forma a Mozambique, casi exhaustos”, faltando aún los suplicios de la travesía marítima”. En 1804, los rioplatenses fueron testigos de un suceso lamentable: llegó a Montevideo un barco consignado a la firma de MARTÍN DE ÁLZAGA con sólo 30 sobrevivientes a bordo. El resto, 270 “piezas”, falleció en la travesía. La visita médica dispuso establecer la cuarentena por temer que se tratase de una peste, pero el propietario del cargamento, declaró con suma tranquilidad, “que eso no era necesario, porque las víctimas habían muerto de sed. Y fueron estas tremendas experiencias las que forjaron el carácter y el físico de estos hermanos de color, que curtieron sus cuerpos y templaron sus almas, hasta niveles superiores, como lo pudieron demostrar luego en las actividades a los que fueron destinados, especialmente en el ámbito militar.

Primeras noticias
En 1585 El obispo del Tucumán,  FRANCISCO DE VICTORIA equipó un barco que envió hacia el Brasil para traer esclavos, que aunque fue saqueado por corsarios, consigue regresar con una carga de 80 negros, que se constituye en el primer cargamento de ese innoble comercio que llega a Buenos Aires. La necesidad de reemplazar a los indígenas que no respondían en los trabajos rudos que se les imponía, aproximadamente en 1588, en forma totalmente clandestina, se inició “la trata” o comercio de negros arrancados de su tierra en el África, adquiridos a sus reyes en la costa atlántica de ese Continente, por traficantes ingleses, portugueses y franceses, quienes luego los vendían como esclavos en América.

El 21 de enero de 1589 se llevó a cabo en Buenos Aires, la primera venta publica de esclavos en el Rio de la Plata. Fue anunciado por un pregonero y los esclavos vendidos fueron VICENCIO y MACIÁN. Entre 1606 y 1625 se confiscaron alrededor de ocho mil novecientos treinta y dos negros, por haber sido traídos en forma ilegal. El precio de los esclavos por entonces, oscilaba entre los sesenta y setenta pesos oro.

En 1618, el Gobernador de Asunción, MANUEL DE FRÍAS elevó una petición al Rey de España, exponiéndole que “faltando en estas tierras, personal de labranza, se hacía necesaria la introducción de negros esclavos para remediar el inconveniente” y a partir de entonces este comercio infame ya “fue legal”.

Poco más de dos siglos de un infamante comercio
En 1588, el ingreso de esclavos africanos había comenzado ya en las colonias del Río de la Plata, como una actividad más de los contrabandistas y este comercio siguió desarrollándose libremente (pero todavía no legalizado), como lo demuestra una real cédula expedida en 1595, autorizando a PEDRO GÓMEZ REYNEL y a GONZALO BÁEZ a introducir en la colonia, seiscientos esclavos negros por año durante nueve años. Acotemos que estos comerciantes, aprovechándose al máximo de la liberalidad de este contrato, trajeron cinco mil seiscientos treinta y nueve esclavos en cinco años. Pero no todos quedaban en estas costas, muchos de ellos eran enviados al otro lado de la cordillera para ponerlos en venta o llevados para que trabajaran en las minas y plantaciones del Alto y el Bajo Perú.

Recién en 1618, el tráfico de esclavos en las colonias españolas comenzó a practicarse en forma “legal”,  cuando la necesidad de reemplazar a los indígenas que no respondían en los trabajos rudos, hizo necesario instituír “la trata”. Dícese que el virtuoso misionero BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, fundándose en este hecho, como también en sus argumentos opuestos a la esclavitud de los aborígenes americanos, con la santa intención de disminuir los sufrimientos de éstos, propuso la introducción de negros traídos desde Guinea en América, para reemplazar a aquéllos sometidos a la más tiránica esclavitud por los conquistadores. Desde entonces, parece que data la esclavitud de los negros en América.

El tráfico de esclavos en las colonias españolas se efectuaba a través de permisos o “asientos” otorgados por el gobierno de la corona a ciertos comerciantes, en general portugueses, siendo las primas e impuestos que éstos pagaban, una fuente de ingresos muy beneficiosa para España. Entre 1708 y 1712, la Compañía Francesa de Guinea importó cerca de tres mil quinientos esclavos. En 1713, por el Tratado de Utrecht, Inglaterra obtuvo un asiento similar por treinta años y representantes de la Compañía del Mar del Sur, aparecieron de inmediato en Buenos Aires, con el fin de alistar todo lo necesario para realizar este comercio  y para  utilizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de actividades. Gran Bretaña desarrolló un comercio de esclavos muy activo, trayendo miles de negros a los que vendían en subastas públicas, pero un poco antes del vencimiento del contrato, Inglaterra entró nuevamente en conflicto con España.

En 1750 la corona española compró los derechos de la Compañía del Mar del Sur e intentó regresar a su sistema de permisos especiales; el resultado fue caótico y no reportó ningún beneficio. El sistema se hizo cada vez más libre, continuando como una actividad ilegal, manejada por contrabandistas y “negreros” hasta que en 1791, la nueva política real de libre comercio de esclavos,  se extendió al virreinato de Buenos Aires. Cuando en 1794 se creó el Consulado en esta ciudad, uno de los primeros cometidos fue controlar el comercio de esclavos que formaba una parte importante de las transacciones globales. Así fue que se incrementó el comercio de esclavos en forma de contrabando hacia Buenos Aires hasta comienzos del siglo XIX. Hacia fines del siglo XVIII fueron llevados a tierras americanas por distintas “empresas” europeas hasta casi 50 mil negros.

La “trata”
Este perverso sistema definía el comercio de nativos arrancados de sus tierras en el África para ser traídos a América para ser vendidos como esclavos. La “trata” se efectuaba a través de permisos o “asientos” otorgados por el gobierno de la corona a ciertos comerciantes, al principio, generalmente portugueses, aunque después se incorporaron a este excecrable comercio los ingleses, franceses y holandeses, siendo las primas e impuestos que éstos pagaban, una fuente de ingresos muy beneficiosa para España.

Los negreros
Los negreros eran inescrupulosos comerciantes de esclavos que arrancaban del seno de sus familias en lo más profundo del continente africano, para venderlos en diversos “mercados” para destinarlos al trabajo en las minas, las grandes obras, el servicio personal, la guerra, etc.

Las compañías negreras obtenían su carga a lo largo del perímetro del continente africano. Los historiadores del Río de la Plata han establecido que entre 1724 y 1806, la mayor parte de estos  “inmigrantes” forzosos, cuyo número se estima en unos tres millones, eran oriundos de diversas “naciones”: había mandingas del sur de Marruecos, zapes de la Costa de Oro, congos de cultura bantú y dahomeyana, angolas, benguelas, cafres v mozambiques. Éstos eran adquiridos a los reyezuelos de la costa atlántica de ese Continente, que les vendían a los traficantes ingleses, portugueses, franceses y holandeses, los prisioneros que hacían en sus permanentes reyertas vecinales, o aún, a sus mismos súbditos, para obtener en cambio de esta  “mercadería”  pingües ganancias en dinero, oro, armas , ganado o “baratijas”, dando comienzo esta forma, al indigno comercio que luego, los mercaderes continuaban, vendiendo a esos, ahora esclavos, en América.

Monopolio para el tráfico de esclavos
Con el antecedente de la concesión otorgada en 1713 a un grupo de mercaderes ingleses, el 14 de mayo de 1718, España concedió esta vez, el monopolio del tráfico de esclavos a la compañía inglesa “Mar del Sur”. Inglaterra obtuvo ese beneficio a cambio de que la compañía se hiciera cargo de una parte de la deuda que la corona española tenía con ese país. El tratado celebrado en Madrid un tiempo antes permitía la introducción por los puertos del Atlántico en América de 144.000 negros y les concedía el acceso del puerto de Buenos Aires, entre otros. Con la intención de utilizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de comercio, la compañía “Mar del Sur” se estableció en Buenos Aires en una amplia residencia en “El Retiro”, que pertenecía a Miguel de Riglos. La residencia se levantaba en la actual Plaza San Martín, donde había grandes galpones destinados al alojamiento de los esclavos. Allí también se realizaban las subastas y se calcula que en menos de 10 años se vendieron casi 9.000 seres humanos.

Un poco antes del vencimiento del contrato, Inglaterra entró nuevamente en conflicto con España y en 1750 la corona española compró los derechos de la Compañía del Mar del Sur e intentó regresar a su sistema de permisos especiales; el resultado fue caótico y no reportó ningún beneficio y el sistema se hizo cada vez más libre hasta que en 1791, la nueva política real de libre comercio de esclavos, estimulada por las perspectivas de pingües ganancias, se extendió al virreinato de Buenos Aires. Cuando en 1794 se creó el Consulado en esta ciudad, uno de los primeros cometidos fue controlar el comercio de esclavos que formaba una parte importante de las transacciones globales. Así fue que se incrementó el comercio de esclavos en forma de contrabando hacia Buenos Aires hasta comienzos del siglo XIX.

La venta de esclavos
Cuando en 1713, la “Compañía Inglesa del Mar del Sud”, fue autorizada a introducir esclavos, estableció el que fue el primer “mercado de esclavos que existió en el país. Estaba ubicado donde hoy se encuentra la plaza San Martín y sus alrededores. En 1718 adquirió los terrenos, pero unos treinta años después, a raíz de un conflicto entre España e Inglaterra, las propiedades de la compañía fueron confiscadas, pero ya había en la ciudad de Buenos Aires,  tres mercados de esclavos, que se encontraban: uno en la zona de lo que es hoy Parque Lezama, que pertenecía a la Compañía Francesa de Guinea; el segundo estaba en el área de Retiro, siendo sus dueños británicos y el tercero, a partir del año 1719, por disposición del gobierno, estaba establecido en la zona de la Aduana.

En 1810 había en Buenos Aires unos seis mil negros africanos y unos cinco mil nacidos en el país y todos ellos llegaron al destino que les deparaba la suerte, luego de haber sido expuestos ante los compradores de esclavos en el infame tablado de aquellosl “mercados de esclavos”, que era como se llamaba a esos siniestros escenarios.

Pero no todos los esclavos se podían comprar en los mercados. También era posible adquirirlo directamente desde el exterior, mediante la intervención de un “comisionado. Véase por ejemplo esta carta enviada desde Río de Janeiro: “Muy señor mío: Por la goleta Ávila remito a usted la negrita que me encargó comprar aquí. Tiene unos trece o catorce años, ha nacido en el Congo y se llama María. Hago constar que he recibido los quinientos pesos, importe de la compra. Saluda a usted su afmo. y S. S.”

La compra-venta de esclavos daba lugar a que se publicaran en los periódicos avisos que hoy nos avergüenzan, como éste que el 21 de julio de 1810, se publicara en el “Correo de Comercio”: “D. Jayme Alsina y Verjes desea comprar una cría de negra ladina, que sepa lavar y planchar con alguna perfección y coser algo. El que la quisiere vender se verá con él, previniéndose que la criada es para pasar a Montevideo a servir a Doña María Antonia Soler Viuda del finado D. Pascual José Parodi.”. Otras veces se anunciaba la venta de “un mulato fuerte y muy trabajador, sin vicios ni enfermedades” o “un moreno de veintidós años, buen cocinero y activo para todo servicio, muy sano y de buena presencia.” Cuando algún esclavo se fugaba, también se acostumbraba publicar avisos, dando la filiación del negro, forma en que iba vestido, etc., para que quien conociese su paradero lo comunicase a sus amos o a la policía. El esclavo que no estaba conforme con su amo, podía solicitar ser vendido (“papel de venta”) e incluso buscar él mismo un comprador (ver “Avisos que nos avergüenzan” en “Avisos y noticias de antaño” en Temas Puntuales).

Transcribiremos aquí documentos que darán una idea de los procedimientos para la venta o “traspaso” de los esclavos: Están copiados al pie de la letra: “Digo yo, N. N. abajo firmado, que en el año pasado de 1811 (en letras) vendí á don N. N. un mulato llamado Agustín, como de 10 a 11 años, en la cantidad de doscientos pesos que recibí y de cuyo contrato le otorgué el documento necesario en debida forma; pero habiéndose perdido éste en las ocurrencias que sobrevinieron á la casa de aquél el año 20 próximo pasado y siéndole de urgente necesidad a la señora viuda del expresado N. N., doña N. N., tener un papel ó documento que exprese la propiedad ó dominio que tiene de aquel esclavo, le doy éste en papel común, por no haber sellado, á siete de Marzo de mil ochocientos beynte y dos.” N. N. “Paso este documento que tengo de propiedad del mulato Agustín, á don N. N. Por habérmelo comprado por noventa cabezas de ganado vacuno de año, que he recibido y para su resguardo, como también para acreditar el contrato, le otorgo ésta á continuación en el Pergamino á 11 de Marzo de 1822.”. N. N.. Pergamino, 12 de marzo de 1822. “Asi lo otorgaron ante mí el juez de paz del partido y los testigos que suscriben.”. N.N..

Otro: “Por el presente documento declaro yo, el abajo firmado, haber vendido al señor don N. un criado, esclavo mío, llamado Mariano, con todos los vicios, nulidades y enfermedades que tuviere, en la cantidad de doscientos veynte y cinco pesos; en cuyo equitativo precio me he dispuesto á darlo por haberme asegurado, tanto el expresado don N.N, como el indicado criado, que el único motivo que hay para esta compra, es el que este mismo criado, dedicándose á trabajar en lo que más le acomode y sea más conforme á su conservación, entregue mensualmente un salario de ocho pesos á dicho don N.N. y lo más que pueda adquirir, será destinado para reunir un fondo con que pueda libertarse del estado de esclavitud; siendo precisa condición que desde el momento que el criado entregue al amo los doscientos veynte y cinco pesos en que ha sido vendido, dejará de contribuirle con los ocho pesos mensuales que debe exhibirle mientras sea su esclavo. Y por cuanto yo, el vendedor he sido íntegramente satisfecho de los doscientos veynte y cinco pesos de esta venta, por tanto, cedo y traspaso al comprador todo dominio que hasta hoy me ha correspondido sobre el criado Mariano; habiendo sido testigos de este contrato los suscribientes que conmigo firman. En Buenos Ayres, hoy 5 de julio de 1823. NN.

Transcribimos un documento de venta de esclavos, extendido en papel sellado en Buenos Aires en 1823. En el documento se fija la forma en que el esclavo vendido podía rescatarse, pero ésta no era la regla general y debe tenerse en cuenta, además, la fecha en que fue suscripto, pues ya estaban en vigor algunas disposiciones contra la esclavitud: “Por el presente documento declaro yo, el abajo firmante, haber vendido al señor don N. N. un criado esclavo mío, llamado Mariano, con todos los vicios, nulidades y enfermedades que tuviere, en la cantidad de doscientos veinticinco pesos, en cuyo equitativo precio me he dispuesto darlo por haberse asegurado, tanto el expresado señor N. N. como el indicado criado, que el único motivo que hay para esta compra, es el que este mismo criado, dedicándose a trabajar en lo que más le acomode y sea conforme a su conservación, entregue mensualmente un salario de ocho pesos a dicho don N. N. y lo más que pueda adquirir será destinado para reunir un fondo con que pueda libertarse del estado de esclavitud; siendo precisa condición que desde el momento que el criado entregue al amo los doscientos veinticinco pesos en que ha sido vendido, dejará de contribuirle con los ocho pesos mensuales que debe exigirle mientras sea esclavo. Y, por cuanto yo, el vendedor, he sido íntegramente satisfecho de los doscientos veinticinco pesos de esta venta, por tanto, cedo y traspaso al comprador todo dominio que hasta hoy me ha correspondido sobre el criado Mariano; habiendo sido testigo de este contrato los subscribientes que conmigo firman. En Buenos Aires, hoy 5 de julio de 1823”.

Clasificación de las “piezas”
A mediados del siglo XVII se llegó a prescindir del recuento por cabeza y se pasó a la introducción de esclavos por su peso en base al tonelaje del barco. Pero donde oficialmente se consignaban tres esclavos, en la práctica en el punto de embarque se ponían siete u ocho. Este fraude estimulaba el hacinamiento de esa pòbre gente y provocaba espantosas mortandades..

Una vez llegados los esclavos a puerto americano -Veracruz, Cartagena, La Habana y hasta 1813 Buenos Aires, se los sometía a una lastimosa ceremonia: la “carimba” o marca con fuego en el muslo o el brazo derecho, señal de que los introductores, habían pagado el impuesto correspondiente por esta “pieza” de ébano y se los identificaba según sus características físicas,  con los siguientes nombres: “cabeza de negro” o “cabeza de esclavo”, era todo individuo de cualquier sexo, edad o condición; “pieza de Indias”, era todo hombre o mujer desde los quince hasta los 25/30 años, de complexión robusta, sin taras ni defectos y con todos sus dientes; “un cuarto”, “media pieza” o “cuatro quintos de pieza” era el nombre que se les daba a los que por edad, estatura y salud, no llegaban a satisfacer las condiciones anteriores. “Tres piezas de Indias” eran equivalentes a una tonelada de negros. “Negro bozal” era el recién llegado de África; “muleque” era el negro bozal de 7 a 10 años y “mulecón” el negro bozal de 15 a 18 años. “Ladino” era el que ya había estado en esclavitud durante por lo menos un año en América;

Para adjudicar esta clasificación, existían “peritos”, que eran los encargados, al arribar un buque negrero al puerto, de subir a bordo para proceder a la clasificación “de la carga” que llegaba. En tiempo del esplendor de la “Campagnie de la France Equinoxiale”, fue habilitado un lugar permanente en tierra. donde los esclavos eran conducidos y mantenidos en muy precarias condiciones de higiene, hasta que una vez clasificados, eran llevados al estrado para su venta. Los negros eran allí palmeados, medidos y luego marcados. Esta costumbre, que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII, se realizaba utilizando hierros que se llamaban “carimbar”. Luego de ser adjudicados al mejor postor, eran conducidos a sus nuevos destinos hacia el interior o hacia el Perú, vía Chile o Potosí, según fuere la estación del año o las exigencias del mercader.

Generalmente, un tercio y a veces hasta la mitad de los esclavos que se vendían eran mujeres, pretendiéndose de ese modo, facilitar la unión matrimonial entre los esclavos, para garantizar la continuidad de este sistema servil. Pero tal política no daba los resultados que se buscaban, pues por el contrario, disminuía la natalidad y las muertes prematuras, ocasionadas por el trato inhumano, los rigores climáticos y la insuficiente o mala alimentación, reducían notablemente las existencias de “esta mercadería”.

Esclavos en Buenos Aires
Durante la época colonial, Buenos Aires fue un importante puerto para la entrada de esclavos negros y aunque por muchos años el tráfico fue ilegal, desde el principio, el comercio de esclavos fue un negocio lucrativo que enriqueció a muchos comerciantes porteños, entre ellos MARTÍN DE ÁLZAGA, GASPAR DE SANTA COLOMA y MIGUEL DE RIGLOS.

Durante el siglo XVII, ya sea legalmente o por contrabando, se trajeron veintitrés mil esclavos a Buenos Aires (muchos de ellos fueron enviados al otro lado de la cordillera para ponerlos en venta o para que trabajaran en las minas y plantaciones del Alto y Bajo Perú). A partir de entonces,  este comercio se incrementó notablemente. Comenzando ya el siglo XVIII, en 1703 (con los Borbones en el trono de España y Francia) se otorgaron asientos a los franceses para que intercambiaran negros por cueros. Entre 1708 y 1712, la “Compañía Francesa de Guinea” importó cerca de tres mil quinientos esclavos. En 1713, por el Tratado de Utrecht, Inglaterra obtuvo para beneficio de un súbdito inglés, un asiento similar por treinta años. Representantes de la “Compañía del Mar del Sur” aparecieron de inmediato en Buenos Aires con el fin de alistar todo lo necesario para efectuar las operaciones y de utilizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de comercio.

Como en el resto de las principales ciudades coloniales de esa época, en Buenos Aires existía una importante cantidad de sirvientes negros. En el año 1825, WOODBINE PARISH escribe su libro “Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata”, y allí relata que “(…) casi todo  el personal de servicio, los porteadores, carreteros, conductores y lavanderas eran de raza negra”.

Eran una considerable fuerza laboral, que se ocupaba en una cantidad considerable de tareas, particularmente aquellas relacionadas con el servicio doméstico, como cocinar, lavar y planchar (que estaban a cargo de esclavas mujeres) o con la construcción, las tareas propias de campo y otros oficios, que eran realizados por los hombres (a los indios también se los empleaba para estos menesteres, pero sólo era legal tener “esclavos negros”).

Su rápida adaptación, hizo que estos, como llamamos ya “inmigrantes forzosos”, pronto mezclaran su sangre con la de otras etnias y así comenzaron a verse por las calles de Buenos Aires primero y mas tarde, a lo largo y lo ancho de nuestro país a los “mulatos” (de la unión de blanco con negra.); “tercerones” (de la unión de blanco con mulata); “cuarterones” (de la unión de blanco con tercerona); “quinterones” (de la unión de negro con india); “zambos (de fuerte color negro) y “salto atrás” (hijo más negro que los padres).

En la mayoría de los hogares donde servían, recibían un trato humanitario y muchos fueron los casos, que creado un vínculo afectivo, se los consideraba “casi, como de la familia”. Cuando alguno de ellos, no estaba contento con sus amos o se creía maltratado, podía solicitar de éstos lo que se llamaban “Papel de venta” y los amos, en estos casos, o cuando ellos mismos no estaban satisfechos de sus criados, les acordaban carta de venta, con la que salían a buscar nuevo amo. Está reconocido unánimemente por los distintos autores que se han ocupado del tema, que los negros de las colonias españolas y portuguesas recibían mejor trato que los de Inglaterra y Francia. Las autoridades peninsulares entendían que un tratamiento dulcificado producía un mayor rendimiento, mientras que los anglo-franceses creían obtenerlo castigándolos brutalmente.

Viajeros que llegaron a nuestras tierras recordaban que era imposible, por ejemplo, ver a una criolla respetable, que hubiese pensado concurrir a misa, sin su criada negra, para que le llevara la alfombra para arrodillarse y la atendiera durante toda la ceremonia. En muchas pinturas de comienzos del siglo XIX, se muestra este tipo de escena y otras donde se pueden observar detalles de la buena relación “amo-sirviente” en aquella época. Una muestra elocuente de lo expresado la proporciona un cuadro que hizo pintar FRANCISCO DE PAULA SANZ (Intendente de la Audiencia y del Ejército) durante el Virreinato del marqués de Loreto (1784-1789), que está hoy en el Museo Histórico Nacional y en el que se lo observa junto a un sirviente que le entrega una carta en clara actitud de vasallaje. “El sirviente negro tiene zapatos con grandes hebillas, calzón corto abotonado, casaca larga y cuello de encaje (…)”.

En 1790, la “Hermandad de Caridad de Buenos Aires”, manifestó la conveniencia de casar a nueve o diez esclavas solteras que tenían a su servicio en la estancia “Las vacas” y para ello el virtuoso hermano TOMÁS DE BELAZÁNTEGUI, compró diez esclavos varones en el mercado de Buenos Aires, al precio de doscientos ochenta pesos cada uno, recomendando su envío hacia la estancia de a dos en dos, para que no hubiera discrepancias en la elección de sus parejas

El capitán del ejército británico ALEXANDER GILLESPIE, refiriéndose a los esclavos de Buenos Aires escribió en sus “Memorias”: “Entre los más amables rasgos del carácter criollo no hay ninguno más conspicuo y ninguno que más altamente diga de su no fingida benevolencia, que su conducta con los esclavos. Con frecuencia testigo del duro tratamiento de aquellos prójimos en las indias Occidentales, de la indiferencia total a su instrucción religiosa allí prevalente, me sorprendió instantáneamente el contraste entre nuestros plantadores y los de América del Sur. Estos infelices desterrados de su país, así que son comprados en Buenos Aires, el primer cuidado del amo, es instruir a su esclavo en el lenguaje nativo del lugar y lo mismo en los principios generales y el credo de su fe. Este ramo sagrado se recomienda a un sacerdote, que informa cuando su discípulo ha adquirido conocimiento suficiente del catecismo y de los deberes sacramentales para tomar sobre sí los votos del bautismo. Aunque este proceso en lo mejor debe ser superficial, sin embargo tiene tendencia a inspirar un sentimiento de dependencia del Ser Supremo, obliga a una conducta seria, tranquiliza el temperamento y reconcilia a los que sufren con su suerte. Hasta que se naturalizan de este modo, los negros africanos y sus hermanos nacidos en América son estigmatizados por el vulgo como infieles y bárbaros. Los amos, en cuanto pude observar, eran igualmente atentos a su moral doméstica. Todas las mañanas, antes que el ama fuese a misa, congregaba a las negras en círculo sobre el suelo, jóvenes y viejas, dándoles trabajo de aguja o tejido, de acuerdo con sus capacidades. Todos parecían joviales y no dudo que la reprensión también penetraba en su círculo. Antes y después de la comida, así como en la cena, uno de estos últimos se presentaba para pedir la bendición y dar las gracias, lo que se les enseñaba a considerar como deberes prominentes y siempre los cumplían con solemnidad”.

“La esclavitud en Buenos Aires, dice Vidal en sus “Observaciones sobre Buenos Aires y Montevideo”, es verdadera libertad, comparada con la de otras naciones. “Efectivamente, salvo algunas excepciones, algunos casos, raros felizmente, en que los amos (y lo que es aún peor), las amas, atormentaban más o menos a esta fracción desventurada del género humano, no han existido aquí jamás ninguna de esas leyes atroces, ni castigos bárbaros, reputados necesarios para reprimir al esclavo”. “Se les trata, puede decirse, con verdadero cariño: siendo la excepción los casos raros que acabamos de mencionar. En fin, no hay punto de comparación entre el tratamiento nuestro y el que han recibido en muchas colonias americanas.

Antes de la época de que nosotros preferentemente nos ocupamos, Félix de Azara, en la relación que hace a este respecto, habla del trato dado a los esclavos, en términos que honran altamente el carácter español. Estaban, sin embargo, por lo general, muy mal vestidos y un corto número cruelmente tratado. Los negros llevaban un chaquetón de bayetón, pantalón de lo mismo o “chiripá”. Andaban descalzos o con “tamangos”, especie de ojotas hechas de suela o de cuero crudo de animal vacuno o de carnero, envuelto antes el pie en bayeta, trapos o un pedazo de jerga. Más adelante, solía verse (especialmente los domingos) algunos negros ataviados con los despojos de sus amos; presentando muchas veces, una figura muy ridícula; con un sobretodo de largos faldones, una levita de talle corto cuando se usaba larga, un pantalón de un amo alto o gordo en un esclavo bajo o delgado, un sombrero de copa alta y bastón; porque eso sí, el bastón con puño de metal, jamás le faltaba en los días de gala. Algunos gastaban reloj de cobre con cadena y sellos de lo mismo. En fin, parecían monos vestidos. Las mujeres vestían casi siempre, enagua de bayeta, prefiriendo los colores verde, azul o punzó. Rara vez usaban zapatos. Sin embargo, en casa de varias familias pudientes, se veían negras jóvenes muy bien vestidas y calzadas, sentadas en el suelo cosiendo inmediato a sus amas en el estrado.

Crónica de una esperanza
Pero a pesar del buen trato que en general se le dispensaba al “esclavo”, es obvio que nada puede disumular que sólo eran esclavos, es decir hombres sin libertad y que esta situación conllevaba una serie de exclusiones que agredían su condición de ser humano pensante y racional. Un aspecto que patentiza la injusticia que subyacentemente existía en el trato con el hombre de color, está relacionado con ciertas regulaciones jurídicas, que les prohibían, por ejempo, que sus hijos ingresaran a los establecimientos públicos de enseñanza; extender sus conocimientos más allá de su cuota de doctrina cristiana; llevar armas (excepto en el período en que estuvieran incorporados a las “milicias”): andar de noche por las ciudades, villas y lugares públicos; tener aborígenes a su servicio; “ornamentar” a sus mujeres con oro, seda, mantos y perlas; atender a la curación de las bestias; ser “bolichero” o dedicarse a la venta de bebidas alcohólicas; montar a caballo; cortar árboles y ser enterrados en ataúdes. Duele pensar que fue en este medio tan hostil, que estas personas fueron desarrollando su nada fácil vida y que a pesar de no ser considerados “iguales” a los blancos libres, fueron repetidamente convocados como aquellos, para defender la Patria, demostrando allí igual coraje e igual amor a la patria  que ellos.

En 1792, la Convención francesa abolió la esclavitud, y Gran Bretaña, dejando atrás la sórdida historia de su activa participación en el comercio de esclavos, a principios del siglo XIX, prohibió el execrable tráfico de los negros, imponiendo severísimas penas a quienes se dedicasen a tan “infame comercio”. Recién en el  comienzo del siglo XIX, empieza  a percibirse la presencia un fuerte movimiento internacional tendiente a la eliminación de la trata. El Congreso de Viena (1815), el Congreso de Verona (1822), el Tratado de Londres (1841) y el Acta de Berlín (1885) tuvieron en sus temarios la supresión del comercio de esclavos. Pero la conferencia que mayor trascendencia internacional tuvo, fue la celebrada en Bruselas en 1889-1890, donde se resolvió perseguir y reprimir la “trata” permitiendo incluso, capturar a los barcos que condujeran esclavos. Asistieron a ella Francia, España, Portugal, Italia, Austria, Inglaterra, Alemania, Rusia, Bélgica y otros Estados. Fue tema permanente de la disuelta Sociedad de las Naciones, que trató de extirparla de su último reducto en el corazón del continente africano.

En el Río de la Plata, a partir de setiembre de 1811, es cuando comienza a vislumbrarse el fin de la “trata”. Fue cuando la Junta Grande dio a conocer disposiciones humanitarias, al declarar extinguida toda forma de servicio personal de los indios, política que se continúa luego, cuando el Primer Triunvirato, el 9 de abril de 1812, prohibió la introducción de esclavos en las Provincias Unidas y declaró “libre a todo esclavo que pisare el suelo de la patria, después del 25 de Mayo de 1810. Poco más tarde, un Decreto fechado el 9 de abril de 1812 contiene una disposición largamente esperada: “la prohibición absoluta de introducir expediciones de esclavos, destinadas a venderlos en el mercado. Las que lleguen dentro de un año de la promulgación del decreto, deberán salir inmediatamente de nuestros puertos. Las arribadas con posterioridad, serán confiscadas y sus integrantes, declarados en libertad. Los considerandos del decreto aluden a la actitud uniforme de las naciones cultas, respecto al problema de la esclavitud y a las consecuencias de los principios liberales que defienden los pueblos rioplatenses”.

Luego, la Asamblea del Año XIII, se sumó a esta humanitaria decisión y el 2 de febrero de 1813, emitió un Decreto (1) sancionando  la “libertad de vientres”,  estableciendo que “los hijos de esclavos nacidos a partir del 31 de enero anterior debían ser considerados hombres libres, aunque debían seguir cumpliendo con ciertas obligaciones para con sus amos y viceversa”. (2). A partir de entonces, la situación de los negros esclavos en el Río de la Plata, comenzará a mejorar notablemente y el Gobierno, con la intención de secundar tan dignos propósitos, estipuló que todo propietario de esclavos, cediese de cada tres, uno, cuyo importe sería reconocido como deuda del Estado y resolvió que con estos libertos, se formasen batallones, con oficialidad compuesta de hombres blancos. En la guerra de la independencia, en que sirvieron algunos miles de ellos, prestaron importantísimos servicios. Valientes, sufridos, obedientes, probaron ser soldados de primer orden, contándose entre la mejor tropa de los ejércitos de la patria. Los “Libertos” decidieron más de un encuentro con los españoles.

El 4 de febrero la Asamblea dio un paso más, dispuso que “todos los esclavos de países extranjeros que de cualquier modo se introduzcan desde este día en adelante quedan libres por el solo hacho de pisar el territorio de las Provincias Unidas”. Pero esta medida pronto trajo problemas. El gobierno del Brasil la consideró un acto hostil temiendo la fuga de sus esclavos e hizo llegar una reclamación a través de lord Strangford, que era el embajador inglés ante la corte de Río de Janeiro y para evitar enfrentamientos, el Segundo Triunvirato dio un paso atrás en sus ideales revolucionarios y a fines de diciembre del mismo año, dispuso que los efectos de esta última decisión quedaban suspendidos hasta que el 21 de enero de 1814, la misma Asamblea aclaró esto, diciendo “para que sólo se comprendiese con aquellos que fuesen introducidos por vía del comercio o la venta” quedando como “acuerdo reservado” que los esclavos fugados del Brasil fueran devueltos a sus amos, sin poder alcanzar la libertad (El texto de esta media, tal como se sancionó el 4 de febrero, antes de la protesta de Brasil, se incorporó casi textualmente al texto de la Constitución de 1853).

Al respecto de este tema, leemos en “El Telégrafo Mercantil: ”Los decretos de 1812 y 1813 han terminado con el infame tráfico negrero. El puerto de Buenos Aires, hasta ahora uno de los centros más activos de ese comercio, queda cerrado para tales actividades. Hechos tan bochornosos como la subasta de seres humanos, no se repetirán en nuestro suelo donde todos los hombres nacerán libres e iguales en sus derechos. Más tarde, ya en 1817, necesitando el gobierno de Buenos Aires aumentar los efectivos afectados a las campañas militares de la época, dispuso que los negros recibirían la libertad a cambio de que lucharan en el Ejército de los Andes, logrando con esta medida que gran número de ellos se alistara (3). Sin embargo, ninguna de estas medidas puso fin a la esclavitud ni al tráfico de esclavos y poco después de comenzar su segunda presidencia en 1835, Rosas firmó un tratado con Inglaterra que terminó con el comercio de negros impulsado por este país, uno de los últimos en renunciar a este tan rendidor “negocio”. Por eso es que muchos esclavos de la época, adoraran al caudillo y lo vieran como su emancipador. Pasados algunos años, finalmente, la Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud y el comercio de esclavos  al declarar: “En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución”.

Sin embargo, ninguna de estas medidas puso fin a la esclavitud ni al tráfico de esclavos y poco después de comenzar su segundo gobierno en 1835, JUN MANUEL DE ROSAS firmó un tratado con Inglaterra que terminó con el comercio de negros impulsado por este país, uno de los últimos en renunciar a este tan rendidor “negocio”. Por eso es que muchos esclavos de la época, adoraran al caudillo y lo vieran como su emancipador. Pasados algunos años, finalmente, la Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud y el comercio de esclavos  al declarar: “En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución”.

Como sucedió en otros países del continente americano, aún después de haberse garantizado lo derechos de los afrodescendientes, en los territorios del Río de la Plata, por largo tiempo (y quizás hasta hoy mismo), se mantuvo subyacente un germen discriminatorio en nuestra comunidad y  la práctica la esclavitud se mantuvo de diversas formas por mucho tiempo. A lo largo de los años la población negra se fue mezclando con la blanca hasta que sus caracteres raciales desaparecieron casi por completo. Sin embargo, hacia 1863 se contaban 6.000 negros sólo en Buenos Aires. Y aunque ya no existía la esclavitud, abolida en la Constitución de 1853, vivían en condiciones miserables.

La discriminación era una realidad ya que en 1857 solamente dos colegios de los catorce que había en la ciudad admitían niños negros. Y hasta 1879 se prohibió su entrada en el Jardín Florida. Por eso los negros comenzaron a reunirse y aparecieron periódicos en defensa de su raza y de la igualdad entre los hombres. Algunos de ellos fueron: “La raza africana, “El demócrata negro”, que salió en 1858, “El proletario”, que comenzó a editarse el mismo año y finalmente “El Unionista”. Y fue este último, “El Unionista”, publicado por la comunidad afrodescendiente de Buenos Aires, el que en su edición del 9 de diciembre de 1877, lanza una desgarradora proclama reclamando igualdad de derechos y de justicia para los miembros de su raza., una comunidad negra que todavía, en aquellos años  sufría la discriminación de sus vecinos y de las autoridades.

Fin de la esclavitud en las Provincias del Sud
La libertad era el bien más preciado que buscaban los esclavos. Algunos procuraron comprarla, otros se enrolaron en los ejércitos independentistas para conseguirla; muy pocos la obtuvieron de sus amos y en todos los casos, los libertos no obtenían condiciones de vida iguales a las de los blancos.

Producidos los movimientos emancipadores, las naciones americanas —en sintonía con el progreso que imponía la civilización— no tardaron en dictar leyes justicieras con respecto al indio y al negro. Al principio, se dictaron leyes prohibiendo el tráfico de esclavos y se decretó la libertad de vientres, pero no fue posible aplicarlas  ni controlar su  cumplimiento de esas leyes y los Estados independizados, tampoco tuvieron mucho interés en abolir la esclavitud hasta avanzado el siglo XIX

Recién en 1853, con la Constitución sancionada ese año, llegó por fin la abolición definitiva de la esclavitud en todo el territorio de la República Argentina. La  República Oriental del Uruguay, que siendo la Banda Oriental, era uno de los puntos de principal acceso de esclavos a estos territorios: por el puerto de Montevideo, en forma legal y por la frontera con las posesiones portuguesas (Brasil), en forma ilegal ( Se estima que hasta 1840,  llegaron más de 40.000 africanos a Montevideo), abolió la esclavitud en 1842, pero 20 años después seguía habiendo esclavos en las estancias de dueños brasileños en la zona fronteriza (Rivera, Artigas, Tacuarembó y Cerro Largo). En Paraguay, donde la población esclava fue escasa en comparación con el resto de la región, porque la abundancia de mano de obra nativa y el tipo de su producción agrícola, no la hizo necesaria, fue abolida el 2 de diciembre de 1869, después de finalizada la guerra que sostuvo contra la Triple Alienza (Argentina, Brasil y Uruguay), razón por la cual, solamente 450 esclavos disfrutaron de este logro, porque el resto de ellos, había muerto en combate. De la región, el Imperio de Brasil fue entonces, uno de los que más demoró en abolir la esclavitud, renegando de la vocación esclavista impuesta por sus ancestros portugueses. Lo hizo recién en 1888 y esto se explica,  porque buena parte de su economía dependía de este tipo de mano de obra. Se estima que llegaron allí entre cuatro y seis millones de africanos.

Primer censo de afrodescendientes
En el año 1778 el Virrey Juan José de Vértiz, ordenó la realización del primer censo que, entre otras cosas, permitió comprobar que de la población total de Buenos Aires constituida por 24.205 habitantes, 15.648 eran blancos, 7.269 negros y mulatos y 1.288 indios y mestizos y en el año 1792, el padre Carlos Gervasoni, de la Orden de los Jesuitas, manifestaba que “de la población de 24.000 personas que vivían en Buenos Aires. 7.000 eran esclavos negros, lo que significaba un 30% del total de habitantes”.

Más tarde, en 1822, el censo realizado por VENTURA ARZAC, cumpliendo una disposición de BERNARDINO RIVADAVIA, la población negra que habitaba en Buenos Aires era de 8.795 morenos y 4.890 pardos. En 1836, en el censo realizado por disposición de Rosas, teniendo en cuenta la división en parroquias que había diseñado el Obispo Manuel Antonio Torres en el año 1769, surge que los pardos y morenos que vivían en Buenos Aires, sumaban en conjunto 14.900 personas. De ese total, en las Parroquias de Catedral, San Nicolás, Socorro y la Piedad, se ubicaba el 51%; en la de Monserrat, el 20%; en Concepción y San Telmo, el 19% y en Balvanera, Pilar y San Miguel, el 9%.

Nótese que de la lectura de estos números (poco más de 8.500 individuos en 1778, 7.000 en 1792, 13.000 en 1822 y 14.900 en 1836)), resulta que la población de afrodescendientes en la colonia tuvo una breve declinación hacia finales del siglo XVIII para repuntar luego significativamente en el primer tercio del siglo XIX, fenómeno que se explica si recordamos que en 1791, la corona, estimulada por las grandes ganancias que esto le produciría, asume una nueva política de libre comercio de esclavos, que se extendió al virreinato de Buenos Aires.

Porqué son tan pocos hoy los afrodescendientes en la Argentina?
La desaparición casi total de los hombres y mujeres de color en casi todo el territorio de nuestro territorio,  siempre ha sido un interrogante, y puntualizar las distintas teorías referidas a esta circunstancia, contribuye a formalizar el marco adecuado para entender de alguna manera, la ausencia, no definitiva, de estos vecinos de nuestra Patria. Las teorías más difundidas para explicar su desaparición son:

1.- Las bajas tasas de natalidad y altas de mortalidad, que alcanzaron su mayor porcentaje durante la epidemia de fiebre amarilla del año 1871.
2.- La casi nula actividad del puerto de Buenos Aires como puerta de entrada de este tipo de cargamentos, después de que aproximadamente en 1600, se privilegiara el monopolio de los comerciantes de Lima y hacia esas costas se dirigían los “negreros”, que hacían pingües negocios vendiendo “mano de obra barata para los hacendados que cultivaban cacao, caña de azúcar, tabaco, algodón y coca, productos todos fácilmente exportables, lo que garantizaba un conveniente retorno de sus naves, una vez, descargada su siniestra carga. De ahí que la mayor parte de la población de “color” en América, se encuentre en el Caribe, en las franjas costeras de Sudamérica y América del Norte y en los valles profundos interiores de Nueva Granada, México y Perú, Es decir, en las zonas adecuadas para esos cultivos.
3.- La declinación del comercio de esclavos, fundamentalmente cuando, en el año 1813, la Asamblea General Constituyente estableció la libertad de vientres.
4.- Su empleo para integrar las milicias que en distintas confrontaciones, fueron nutridas por ellos, pagando con su vida su heroico deseo de pertenecer al suelo donde vivían.
5.- Las condiciones de vida de la que gozaron los hombres y mujeres negras en el virreinato y luego hasta el año 1813, hizo que estuvieran realmente integrados a las familias que servían. en los comercios que trabajaban y en los campos que laboraban. Eso quizás rompió barreras interraciales y las razas se mezclaron, provocando una lenta pero sostenida mutación genética.
6.- La acción llevada a cabo por los encargados de los censos y de las estadísticas, que unidos a los autores e historiadores que cultivaron el mito de una “Argentina blanca”, fueron los que, al borrarlos de todos los registros, también los sacaron de la historia. Una prueba que se da para esta teoría, es la referida a los documentos donde se fue cambiando el término referido al color de la tez y se terminó colocando “trigueño” en lugar de “negro” que, según lo expresado en el diccionario, es el color entre el moreno y el rubio.
7.- También se cita, como causa de la desaparición del negro, al incremento de la inmigración europea, fundamentalmente la que llegaba de Italia, que poco a poco los desplazó de las tareas que tradicionalmente ellos realizaban, obligándolos a buscar otras tierras para vivir .

Nadie conoce una causa única y realmente razonable; por eso,  en las calles de la “vieja aldea”, resuenan las voces que dicen: “a qué cielo de tambores y siestas largas se han ido. Se los ha llevado el tiempo, el tiempo que es el olvido”.

Finalizamos el tema referido a la esclavitud en el Río de La Plta, recordando que en diciembre de 1948, las “Naciones Unidas”, sancionaron la “Declaración Universal de los Derechos de Hombre”, que en su artículo 1º dice: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma o religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

(1). En el marco de la época y comparada con las legislaciones  de otros países americanos, esta resolución era verdaderamente revolucionaria. En un “Bando” mediante el cual se comunicaban al pueblo los alcances de este Decreto se decía: “Siendo tan desdoroso como ultrajante a la humanidad  el que en los mismos pueblos que con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia su libertad,  permanezcan por más tiempo en la esclavitud,  esta Asamblea Decreta que los  niños que nacen en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sean considerados y tenidos por libres todos los que en dicho territorio hubiesen nacido desde el 31 de enero en adelante, fecha ésta que fue elegida por ser la que marcaba la feliz instalación de la Asamblea.

(2). Es importante recordar que la Asamblea del Año 1813, no abolió la esclavitud, sino que sólo estableció la “libertad de vientres”, es decir, que simplemente pretendía cortar la continuidad del estado de esclavitud para los nativos, nacidos de padres esclavos. Evidentes intereses económicos se opusieron a que realmente “aboliera la esclavitud”, medida que sí se tomó luego, mediante la Constitución de 1853.

(3). Los negros argentinos fueron abnegados y entusiastas soldados de la Revolución, pagando pródigamente con su sangre la deuda de gratitud contraída con los que, inspirándose en la justicia y en el respeto a la dignidad humana, rompieron sus cadenas de esclavos. Los “Libertos” decidieron más de un encuentro con los españoles. El batallón 8 de línea, todo de gente de color, contribuyó a la toma de Montevideo e hizo las campañas del Perú y Chile. El Regimiento 7 de Infantería, fundado por el coronel Luzuriaga con negros porteños, sucumbió totalmente en Sipe-Sipe. Los inmortales soldados del Regimiento 1 de Línea, se cubrieron de gloria a las órdenes de San Martín y brillaron en primera línea en todos los combates y batallas en que tomaron parte, cabiéndoles el honor y la suerte de arrollar y vencer a guerreros hasta entonces invencibles, como los de los regimientos españoles de Burgos y Victoria, triunfadores de los veteranos de Napoleón I. Falucho, el negro heroico del Callao, que prefirió  morir gritando ¡Viva Buenos Aires! antes que rendir honores al pabellón del rey. El famoso Regimiento de Pardos y Morenos, el coronel Barcala, héroe en las batallas de nuestra Organización y tantos otros que nos han mostrado el valor con que los negros libertos combatían por la libertad, la independencia y el orden de la patria. El Ejército Grande” organizado por Urquiza para combatir a Rosas, tuvo dos batallones de “morenos” que combatieron heroicamente en Caseros y después, muchos de ellos se quedaron en Entre Ríos, para recomenzar sus vidas.

Lecturas sugeridas: Diego Luis Molinari, “La trata de negros: datos para su estudio en el Río de la Plata” (Buenos Aires, 1916); Elena de Studer, “La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII” (Buenos Aires, 1958); Germán O. E. Tjarks, “El consulado de Buenos Aires y sus proyecciones en la historia del Río de la Plata” (Buenos Aires, 1962). Más información y apoyo gráfico puede encontrarse en el Suplemento Nº 7 de la Revista “Todo es Historia”.

 

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.