LA ESCLAVITUD EN EL RÍO DE LA PLATA

Los negreros
Eran éstos, inescrupulosos comerciantes de esclavos que arrancaban del seno de sus familias en lo más profundo del continente africano, para venderlos en diversos “mercados” para destinarlos al trabajo en las minas, las grandes obras, el servicio personal, la guerra, etc. Este comercio vil, de seres humanos que ya era costumbre en la antigüedad más remota, adquirió extraordinaria importancia con el descubrimiento  del Nuevo Mundo. Los portugueses fueron los primeros en dedicarse de manera intensiva y profesional a esta actividad, en los comienzos del siglo XVI (el primer comentario referido a esta actividad, data de 1505).

Rápidamente, franceses, ingleses y holandeses, siguieron los  pasos de los portugueses, fundando distintas compañías como la “Campagnie de la France Equinoxiale” y la “Royal African Company”, e inundaron de esclavos sus colonias en América.

Desde el siglo XVI los esclavos africanos vinieron a las Indias Occidentales en calidad de mano de obra barata para  reemplazar a la indígena,  muy escasa en algunas regiones y poco apta para los trabajos pesados. Se los ocupó en los lavaderos de oro, en las chacras vecinas a las ciudades, en diversas industrias, en tareas domésticas de carácter suntuario y principalmente, en la agricultura intensiva. Los negros “importados” eran fuertes y resistentes. No es de extrañar que así sea debido a que los débiles perecían en el cruce del Atlántico, realizado en las bodegas de los buques negreros donde viajan engrillados y expuestos a morirse de sed o a contagiarse enfermedades.

Esclavitud y tráfico de esclavos en América.
La necesidad de reemplazar a los indígenas que no respondían en los trabajos rudos que se les imponía, aproximadamente en 1588, en forma totalmente clandestina se inició “la trata” o comercio de negros arrancados de su tierra en el África. Éstos eran adquiridos a sus reyes en la costa atlántica de ese Continente por traficantes ingleses, portugueses y franceses, quienes luego los vendían como esclavos en América.

Entre 1606 y 1625 se confiscaron alrededor de ocho mil novecientos treinta y dos negros, por haber sido traídos en forma ilegal. El precio de los esclavos por entonces, oscilaba entre los sesenta y setenta pesos oro.

En 1618, el Gobernador de Asunción, MANUEL DE FRÍAS elevó una petición al Rey de España, exponiéndole que “faltando en estas tierras, personal de labranza, se hacía necesaria la introducción de negros esclavos para remediar el inconveniente” y a partir de entonces este comercio infame ya “fue legal”.

Durante el siglo XVII se trajeron veintitrés mil esclavos a Buenos Aires, ya sea legalmente o por contrabando. En 1703 (con los Borbones en el trono de España y Francia) se otorgaron asientos a los franceses para que intercambiaran negros por cueros. Entre 1708 y 1712, la “Compañía Francesa de Guinea” importó cerca de tres mil quinientos esclavos. En 1713, por el Tratado de Utrecht, Inglaterra obtuvo para beneficio de un súbdito inglés, un asiento similar por treinta años. Representantes de la “Compañía del Mar del Sur” aparecieron de inmediato en Buenos Aires con el fin de alistar todo lo necesario para efectuar las operaciones y de uti­lizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de comercio.

Durante la época colonial, Buenos Aires fue un importante puerto para la entrada de esclavos negros, aunque por muchos años el tráfico fue ilegal. La mayoría de los negros estaban empleados como sirvientes en las ciudades o para hacer otras tareas, siendo interesante destacar que en nuestro país estos “sirvientes” en la mayoría de los hogares donde servían, recibían  un trato humanitario y en la mayoría de los casos, se lo integró el núcleo familiar (a los indios también se los empleaba pero sólo era legal tener esclavos negros); también reemplazaron a los indios casi extinguidos en los trabajos agrícolas y en el cuidado del ganado. Muchos fueron enviados al otro lado de la cordillera para ponerlos en venta o para que trabajaran en las minas y plantaciones del Alto y Bajo Perú.

El tráfico de esclavos en las colonias españolas se efectuaba a través de permisos o “asientos” otorgados por el gobierno de la corona a ciertos comerciantes, en general portugueses, siendo las primas e impuestos que éstos pagaban, una fuente de ingresos muy beneficiosa para España.

Entre 1708 y 1712, la Compañía Francesa de Guinea importó cerca de tres mil quinientos esclavos. En 1713, por el Tratado de Utrecht, Inglaterra obtuvo un asiento similar por treinta años y representantes de la Compañía del Mar del Sur, aparecieron de inmediato en Buenos Aires, con el fin de alistar todo lo necesario para realizar este comercio  y para  utilizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de actividades.

Gran Bretaña desarrolló un comercio de esclavos muy activo, trayendo miles de negros a los que vendían en subastas públicas, pero un poco antes del vencimiento del contrato, Inglaterra entró nuevamente en conflicto con España.

En 1750 la corona española compró los derechos de la Compañía del Mar del Sur e intentó regresar a su sistema de permisos especiales; el resultado fue caótico y no reportó ningún beneficio. El sistema se hizo cada vez más libre, continuando como una actividad ilegal, manejada por contrabandistas y “negreros” hasta que en 1791, la nueva política real de libre comercio de esclavos,  se extendió al virreinato de Buenos Aires.

Cuando en 1794 se creó el Consulado en esta ciudad, uno de los primeros cometidos fue controlar el comercio de esclavos que formaba una parte importante de las transacciones globales. Así fue que se incrementó el comercio de esclavos en forma de contrabando hacia Buenos Aires hasta comienzos del siglo XIX.

La trata
Este perverso sistema definía el comercio de nativos arrancados de sus tierras en el África para ser traídos a América para ser vendidos como esclavos. Aunque ya en 1588, el ingreso de esclavos africanos había comenzado en las colonias del Río de la Plata, como una actividad más de los contrabandistas, el tráfico de esclavos en las colonias españolas comenzó a practicarse en forma “legal” a partir de 1595, cuando la necesidad de reemplazar a los indígenas que no respondían en los trabajos rudos, hizo necesario instituír “la trata”.

Dícese que el virtuoso misionero Bartolomé de Las Casas, fundándose en este hecho, como también en sus argumentos opuestos a la esclavitud de los aborígenes americanos, con la santa intención de disminuir los sufrimientos de éstos, propuso la introducción de negros traídos desde Guinea en América, para reemplazar a aquéllos sometidos a la más tiránica esclavitud por los conquistadores. Desde entonces, parece que data la esclavitud de los negros en América.

Hacia fines del siglo XVIII fueron llevados a tierras americanas por distintas “empresas” europeas hasta casi 50 mil] de negros. Los conquistadores no encontraron en las civilizaciones precolombinas ningún rastro de esclavitud, salvo entre los aztecas y cuando quisieron imponerla a los nativos, vieron con asombro que les resultaba más económica la esclavitud de los negros, pues, según lo confirmara la primera expedición enviada por Fernando VII, el católico, un  negro  hacía el trabajo de cuatro aborígenes.

Está reconocido unánimemente por los distintos autores que se han ocupado del tema, que los negros de las colonias españolas y portuguesas recibían mejor trato que los de Inglaterra y Francia. Las autoridades peninsulares entendían que un tratamiento dulcificado producía un mayor rendimiento, mientras que los anglo-franceses creían obtenerlo castigándolos brutalmente. El siglo XIX presencia un fuerte movimiento internacional tendiente a la eliminación de la trata. El Congreso de Viena (1815), el Congreso de Verona (1822), el Tratado de Londres (1841) y el Acta de Berlín (1885) tuvieron en sus temarios la supresión del comercio de esclavos. Pero la conferencia que mayor trascendencia internacional tuvo, fue la celebrada en Bruselas en 1889-1890, donde se resolvió perseguir y reprimir la “trata” permitiendo incluso, capturar a los barcos que condujeran esclavos. Asistieron a ella Francia, España, Portugal, Italia, Austria, Inglaterra, Alemania, Rusia, Bélgica y otros Estados. Fue tema permanente de la disuelta Sociedad de las Naciones, que trató de extirparla de su último reducto, el corazón del continente africano.

Las compañías negreras obtenían su carga a lo largo del perímetro del continente africano y los historiadores del Río de la Plata han establecido que entre 1724 y 1806, la mayor parte de estos  “inmigrantes” forzosos, cuyo número se estima en unos tres millones, eran oriundos de diversas “naciones”: había mandingas del sur de Marruecos, zapes de la Costa de Oro, congos de cultura bantú y dahomeyana, angolas, benguelas, cafres v mozambiques.

Éstos eran adquiridos a los reyezuelos de la costa atlántica de ese Continente, que les vendían a los traficantes ingleses, portugueses, franceses y holandeses, los prisioneros que hacían en sus permanentes reyertas vecinales, o aún, a sus mismos súbditos, para obtener en cambio de esta  “mercadería”  pingües ganancias en dinero, oro, armas , ganado o “baratijas”, dando comienzo esta forma, al indigno comercio que luego, los mercaderes continuaban, vendiendo a esos, ahora esclavos, en América.

Durante el período colonial, la Corona española definía los puntos de ingreso de los esclavos, pero esto no impidió que se produjera el contrabando de personas. Los africanos llegaban al territorio rioplatense a través de los puertos y también desde las posesiones portuguesas. De la región, el Imperio de Brasil fue uno de los que más demoró en abolir la esclavitud (1888). Esto se explica porque buena parte de su economía dependía de este tipo de mano de obra. Se estima que llegaron allí entre cuatro y seis millones de africanos. En el caso de Argentina, la Constitución abolió efectivamente la esclavitud en 1853. En Paraguay la población esclava fue escasa en comparación con el resto de la región, porque la abundancia de mano de obra nativa y el tipo de producción agrícola no la hizo necesaria. Lo que hoy es Uruguay era uno de los puntos de principal acceso, por el puerto en forma legal y por la frontera con las posesiones portuguesas en forma ilegal. Se estima que hasta 1840 llegaron más de 40.000 africanos a Montevideo. La esclavitud fue abolida en 1842, pero 20 años después seguía habiendo esclavos en las estancias de dueños brasileños en la zona fronteriza (Rivera, Artigas, Tacuarembó y Cerro Largo). La libertad era el bien más preciado que buscaban los esclavos. Algunos procuraron comprarla, otros se enrolaron en los ejércitos independentistas para conseguirla; muy pocos la obtuvieron de sus amos. En todos los casos, los libertos no obtenían condiciones de vida iguales a las de los blancos. Durante la revolución se hicieron leyes de prohibición del tráfico y se decretó la libertad de vientres, pero no fue posible aplicar ni controlar el cumplimiento de esas leyes. Los Estados independientes tampoco tuvieron interés en abolir la esclavitud hasta avanzado el siglo XIX

Una vez llegados a puerto americano -Veracruz, Cartagena, La Habana y hasta 1813 Buenos Aires, se los sometía a una lastimosa ceremonia, la “carimba” o marca con fuego en el muslo o el brazo derecho, señal de que los introductores, habían pagado el impuesto correspondiente por esta “pieza” de ébano.

La “trata” se efectuaba a través de permisos o “asientos” otorgados por el gobierno de la corona a ciertos comerciantes, al principio, generalmente portugueses, aunque después se incorporaron a este excecrable comercio los ingleses, franceses y holandeses, siendo las primas e impuestos que éstos pagaban, una fuente de ingresos muy beneficiosa para España.

En los primeros años de comercio relativamente libre, una real cédula de 1595 autorizó a PEDRO GÓMEZ REYNEL y a GONZALO BÁEZ a introducir en la colonia, seiscientos esclavos negros por año durante nueve años. Estos comerciantes aprovechándose al máximo de la liberalidad de este contrato, trajeron cinco mil seiscientos treinta y nueve esclavos en cinco años. Pero no todos quedaban en estas costas, muchos de ellos eran enviados al otro lado de la cordillera para ponerlos en venta o llevados para que trabajaran en las minas y plantaciones del Alto y el Bajo Perú.

Después de esta época, rara vez se usó el puerto de Buenos Aires como entrada legal de estos cargamentos y eso fue así, solamente para proteger el monopolio de los comerciantes de Lima.

De ahí que la mayor parte de la población de “color” se encuentre en el Caribe, en las franjas costeras de Sudamérica y América del Norte y en los valles profundos interiores de Nueva Granada, México y Perú, Es decir, en las zonas adecuadas para cultivar cacao, azúcar, tabaco, algodón y coca, productos fácil­mente exportables.

Monopolio para el tráfico de esclavos. Con el antecedente de la concesión otorgada en 1713 a un grupo de mercaderes ingleses, el 14 de mayo de 1718, España concedió esta vez, el monopolio del tráfico de esclavos a la compañía inglesa “Mar del Sur”. Inglaterra obtuvo ese beneficio a cambio de que la compañía se hiciera cargo de una parte de la deuda que la corona española te-nía con ese país. El tratado celebrado en Madrid un tiempo antes permitía la introducción por los puertos del Atlántico en América de 144.000 negros y les concedía el acceso del puerto de Buenos Aires, entre otros. Con la intención de utilizar el tráfico legal de esclavos como eslabón para otro tipo de comercio, la compañía “Mar del Sur” se estableció en Buenos Aires en una amplia residencia en “El Retiro”, que pertenecía a Miguel de Riglos. La residencia se levantaba en la actual Plaza San Martín, donde había grandes galpones destinados al alojamiento de los esclavos. Allí también se realizaban las subastas y se calcula que en menos de 10 años se vendieron casi 9.000 seres humanos.

En general los esclavos procedían de África, donde eran capturados o comprados. A mediados del siglo XVII se llegó a prescindir del recuento por cabeza y se pasó a la introducción de esclavos por su peso en base al tonelaje del barco. Pero donde oficialmente se consignaban tres esclavos, en la práctica en el punto de embarque se ponían siete u ocho. Este fraude y el hacinamiento en que los negros viajaban en los barcos provocaban espantosas mortandades. Según algunos historiadores, durante el período colonial fueron traídos a la América hispana alrededor de tres millones de esclavos, sumando el tráfico legal y el contrabando.

Un poco antes del vencimiento del contrato, Inglaterra entró nuevamente en conflicto con España y en 1750 la corona española compró los derechos de la Compañía del Mar del Sur e intentó regresar a su sistema de permisos especiales; el resultado fue caótico y no reportó ningún beneficio y el sistema se hizo cada vez más libre hasta que en 1791, la nueva política real de libre comercio de esclavos, estimulada por las perspectivas de pingües ganancias, se extendió al virreinato de Buenos Aires. Cuando en 1794 se creó el Consulado en esta ciudad, uno de los primeros cometidos fue controlar el comercio de esclavos que formaba una parte importante de las transacciones globales. Así fue que se incrementó el comercio de esclavos en forma de contrabando hacia Buenos Aires hasta comienzos del siglo XIX.

Durante la época colonial, Buenos Aires fue un importante puerto para la entrada de esclavos negros y aunque por muchos años el tráfico fue ilegal, desde el principio, el comercio de esclavos fue un negocio lucrativo que enriqueció a muchos comerciantes porteños, entre ellos MARTÍN DE ÁLZAGA, GASPAR DE SANTA COLOMA y MIGUEL DE RIGLOS.

El traslado de los mismos fue una experiencia dolorosa que ofende la dignidad humana y la situación de los esclavos, debería haber sido “la vergüenza de un pueblo libre, una deshonra, su conocimiento y un delito, su autorización”. El relato de un médico de esa época, nos enfrenta a esta tragedia cuando expresa: “(…) los esclavos negros llegan a la costa, con todos los elementos de la enfermedad encima, retenidos por grillos y bozales durante muchos meses; bebiendo poco y consumiendo raíces; desfallecidos por el calor y la fatiga de las marchas y expuestos a las intemperies, llegando de tal forma a Mozambique, casi exhaustos”, faltando aún los suplicios de la travesía marítima”. Estas terribles experiencias delinearon el carácter de estos hermanos de color, curtieron sus cuerpos y templaron sus almas, que más adelante se encauzarían fundamentalmente en el ámbito militar.

En 1804, los rioplatenses fueron testigos de un suceso lamentable: llegó a Montevideo un barco consignado a la firma de Martín de Álzaga con sólo 30 sobrevivientes a bordo. El resto, 270 “piezas”, falleció en la travesía. La visita médica dispuso establecer la cuarentena por temer que se tratase de una peste, pero el propietario del cargamento, declaró con suma tranquilidad, “que eso no era necesario, porque las víctimas habían muerto de sed.

La venta de esclavos
En 1810 había en Buenos Aires unos seis mil negros africanos y unos cinco mil nacidos en el país. En 1713, la “Compañía Inglesa del Mar del Sud”, fue autorizada a introducir esclavos. Esta compañía consiguió el privilegio del gobierno inglés, el que a su vez lo había obtenido de España. La “Compañía del Sud”, estableció su mercado en la hoy plaza San Martín y sus alrededores, adquiriendo los terrenos en 1718, pero unos treinta años después, a raíz de un conflicto entre España e Inglaterra, las propiedades de la compañía fueron confiscadas. A veces los esclavos eran comprados por los particulares directamente en el exterior por medio de un comisionado. Véase por ejemplo esta carta enviada desde Río de Janeiro: “Muy señor mío: Por la goleta Ávila remito a usted la negrita que me encargó comprar aquí. Tiene unos trece o catorce años, ha nacido en el Congo y se llama María. Hago constar que he recibido los quinientos pesos, importe de la compra. Saluda a usted su afmo. y S. S.”

La compra-venta de esclavos daba lugar a que se publicaran en los periódicos avisos que hoy nos avergüenzan, como éste que el 21 de julio de 1810, se publicara en el “Correo de Comercio”: “D. Jayme Alsina y Verjes desea comprar una cría de negra ladina, que sepa lavar y planchar con alguna perfección y coser algo. El que la quisiere vender se verá con él, previniéndose que la criada es para pasar a Montevideo a servir a Doña María Antonia Soler Viuda del finado D. Pascual José Parodi.”. Otras veces se anunciaba la venta de “un mulato fuerte y muy trabajador, sin vicios ni enfermedades” o “un moreno de veintidós años, buen cocinero y activo para todo servicio, muy sano y de buena presencia.” Cuando algún esclavo se fugaba, también se acostumbraba publicar avisos, dando la filiación del negro, forma en que iba vestido, etc., para que quien conociese su paradero lo comunicase a sus amos o a la policía. El esclavo que no estaba conforme con su amo, podía solicitar ser vendido (“papel de venta”) e incluso buscar él mismo un comprador (ver “Avisos que nos avergüenzan” en “Avisos y noticias de antaño” en Temas Puntuales).

Clasificación de las “piezas”
Los esclavos que se introducían para ser llevados al mercado, se identificaban según sus características físicas,  con los siguientes nombres: “cabeza de negro” o “cabeza de esclavo”, era todo individuo de cualquier sexo, edad o condición; “pieza de Indias”, era todo hombre o mujer desde los quince hasta los 25/30 años, de complexión robusta, sin taras ni defectos y con todos sus dientes; “un cuarto”, “media pieza” o “cuatro quintos de pieza” era el nombre que se les daba a los que por edad, estatura y salud, no llegaban a satisfacer las condiciones anteriores. “Tres piezas de Indias” eran equivalentes a una tonelada de negros. “Negro bozal” era el recién llegado de África; “muleque” era el negro bozal de 7 a 10 años y “mulecón” el negro bozal de 15 a 18 años. “Ladino” era el que ya había estado en esclavitud durante por lo menos un año en América;

Para adjudicar esta clasificación, existían “peritos”, que eran los encargados, al arribar un buque negrero al puerto, de subir a bordo para proceder a la clasificación “de la carga” que llegaba. En tiempo del esplendor de la “Campagnie de la France Equinoxiale”, fue habilitado un lugar permanente en tierra. donde los esclavos eran conducidos y mantenidos en muy precarias condiciones de higiene, hasta que una vez clasificados, eran llevados al estrado para su venta. Los negros eran allí palmeados, medidos y luego marcados. Esta costumbre, que perduró hasta bien entrado el siglo XVIII, se realizaba utilizando hierros que se llamaban “carimbar”. Luego de ser adjudicados al mejor postor, eran conducidos a sus nuevos destinos hacia el interior o hacia el Perú, vía Chile o Potosí, según fuere la estación del año o las exigencias del mercader.

Generalmente, un tercio y a veces hasta la mitad de los esclavos que se vendían eran mujeres, pretendiéndose de ese modo, facilitar la unión matrimonial entre los esclavos, para garantizar la continuidad de este sistema servil. Pero tal política no daba los resultados que se buscaban, pues por el contrario, disminuía la natalidad y las muertes prematuras, ocasionadas por el trato inhumano, los rigores climáticos y la insuficiente o mala alimentación, reducían notablemente las existencias de “esta mercadería”.

En 1790, la “Hermandad de Caridad de Buenos Aires”, manifestó la conveniencia de casar a nueve o diez esclavas  solteras que tenían a su servicio en la estancia “Las vacas” y para ello el virtuoso hermano TOMÁS DE BELAZÁNTEGUI, compró diez esclavos varones en el mercado de Buenos Aires, al precio de doscientos ochenta pesos cada uno, recomendando su envío hacia la estancia de a dos en dos, para que no hubiera discrepancias en la elección de sus parejas

Siguiendo con el tema que nos ocupa, recordemos lo que escribió en sus “Memorias” ALEXANDER GILLESPIE, capitán del Ejército británico, refiriéndose a los esclavos de Buenos Aires: “Entre los más amables rasgos del carácter criollo no hay ninguno más conspicuo y ninguno que más altamente diga de su no fingida benevolencia, que su conducta con los esclavos. Con frecuencia testigo del duro tratamiento de aquellos prójimos en las indias Occidentales, de la indiferencia total a su instrucción religiosa allí prevalente, me sorprendió instantáneamente el contraste entre nuestros plantadores y los de América del Sur. Estos infelices desterrados de su país, así que son comprados en Buenos Aires, el primer cuidado del amo, es instruir a su esclavo en el lenguaje nativo del lugar y lo mismo en los principios generales y el credo de su fe. Este ramo sagrado se recomienda a un sacerdote, que informa cuando su discípulo ha adquirido conocimiento suficiente del catecismo y de los deberes sacramentales para tomar sobre sí los votos del bautismo. Aunque este proceso en lo mejor debe ser superficial, sin embargo tiene tendencia a inspirar un sentimiento de dependencia del Ser Supremo, obliga a una conducta seria, tranquiliza el temperamento y reconcilia a los que sufren con su suerte. Hasta que se naturalizan de este modo, los negros africanos y sus hermanos nacidos en América son estigmatizados por el vulgo como infieles y bárbaros. Los amos, en cuanto pude observar, eran igualmente atentos a su moral doméstica. Todas las mañanas, antes que el ama fuese a misa, congregaba a las negras en círculo sobre el suelo, jóvenes y viejas, dándoles trabajo de aguja o tejido, de acuerdo con sus capacidades. Todos parecían joviales y no dudo que la reprensión también penetraba en su círculo. Antes y después de la comida, así como en la cena, uno de estos últimos se presentaba para pedir la bendición y dar las gracias, lo que se les enseñaba a considerar como deberes prominentes y siempre los cumplían con solemnidad”.

Esclavos en Buenos Aires.
Grande era el número de negros que por aquellos años había en el país y la inmensa mayoría eran esclavos, ya que algunos, muy pocos, no se incluían en esta condición pues se hallaban incorporados al ejército. Este estado, entre nosotros, merece algunas observaciones. “La esclavitud en Buenos Aires, dice Vidal en sus “Observaciones sobre Buenos Aires y Montevideo”, es verdadera libertad, comparada con la de otras naciones. “Efectivamente, salvo algunas excepciones, algunos casos, raros felizmente, en que los amos (y lo que es aún peor), las amas, atormentaban más o menos a esta fracción desventurada del género humano, no han existido aquí jamás ninguna de esas leyes atroces, ni castigos bárbaros, reputados necesarios para reprimir al esclavo”. “Se les trata, puede decirse, con verdadero cariño: siendo la excepción los casos raros que acabamos de mencionar. En fin, no hay punto de comparación entre el tratamiento nuestro y el que han recibido en muchas colonias americanas.

Antes de la época de que nosotros preferentemente nos ocupamos, Félix de Azara, en la relación que hace a este respecto, habla del trato dado a los esclavos, en términos que honran altamente el carácter español.

Estaban, sin embargo, por lo general, muy mal vestidos y un corto número cruelmente tratado. Los negros llevaban un chaquetón de bayetón, pantalón de lo mismo o “chiripá”. Andaban descalzos o con “tamangos”, especie de ojotas hechas de suela o de cuero crudo de animal vacuno o de carnero, envuelto antes el pie en bayeta, trapos o un pedazo de jerga. Más adelante, solía verse (especialmente los domingos) algunos negros ataviados con los despojos de sus amos; presentando muchas veces, una figura muy ridícula; con un sobretodo de largos faldones, una levita de talle corto cuando se usaba larga, un pantalón de un amo alto o gordo en un esclavo bajo o delgado, un sombrero de copa alta y bastón; porque eso sí, el bastón con puño de metal, jamás le faltaba en los días de gala. Algunos gastaban reloj de cobre con cadena y sellos de lo mismo. En fin, parecían monos vestidos. Las mujeres vestían casi siempre, enagua de bayeta, prefiriendo los colores verde, azul o punzó. Rara vez usaban zapatos. Sin embargo, en casa de varias familias pudientes, se veían negras jóvenes muy bien vestidas y calzadas, sentadas en el suelo cosiendo inmediato a sus amas en el estrado.

Es interesante conocer las distintas denominaciones que recibieron nuestros hermanos de color, como consecuencia de la unión, conocida como “cruza”:

Mulato: de la unión de blanco con negra.
Tercerón: de la unión de blanco con mulato.
Cuarterón: de la unión de blanco con tercerona.
Quinterón: de la unión de negro con india
Zambo: de fuerte color negro.
Salto atrás: hijo más negro que los padres.

Un aspecto que patentiza la injusticia en el trato con el hombre de color, está relacionado con ciertas regulaciones jurídicas, que les prohibía que sus hijos ingresaran a los establecimientos públicos de enseñanza; extender sus conocimientos más allá de su cuota de doctrina cristiana; llevar armas (excepto en el período en que estuvieran incorporados a las “milicias”): andar de noche por las ciudades, villas y lugares públicos; tener aborígenes a su servicio; “ornamentar” a sus mujeres con oro, seda, mantos y perlas; atender a la curación de las bestias; ser “bolichero” o dedicarse a la venta de bebidas alcohólicas; montar a caballo; cortar árboles y ser enterrados en ataúdes.

Y en este medio tan hostil, fueron desarrollando su nada fácil vida estas personas que, además de ser iguales a los blancos, fueron repetidamente convocados como aquellos para defender la Patria y allí, en la prueba suprema, muchos de ellos se cubrirían de gloria, formando parte de nuestros Ejércitos.

Comienza a vislumbrarse el fin de la “trata”
A partir de setiembre de 1811, cuando la Junta Grande dio a conocer disposiciones humanitarias, al declarar extinguida toda forma de servicio personal de los indios, continuando con semejantes disposiciones tomadas por el Primer Triunvirato y fundamentalmente por la Asamblea del Año XIII,  que sancionó la “libertad de vientres”, la situación de los negros esclavos en el Río de la Plata, mejoró notablemente.El Gobierno, con la intención de secundar los propósitos humanitarios que perseguían estas medidas, estipuló que todo propietario de esclavos, cediese de cada tres, uno, cuyo importe sería reconocido como deuda del Estado. Se resolvió que con éstos se formasen batallones, con oficialidad compuesta de hombres blancos. En la guerra de la independencia, en que sirvieron algunos miles de ellos, prestaron importantísimos servicios. Valientes, sufridos, obedientes, probaron ser soldados de primer orden, contándose entre la mejor tropa de los ejércitos de la patria. Los “Libertos” decidieron más de un encuentro con los españoles. Aquí hemos tenido varios batallones y en Entre Ríos el general Urquiza tuvo dos, que se portaron valientemente en Caseros. Creemos que en aquella provincia existe en la actualidad, mayor número de negros que en la de Buenos Aires.

La libertad no sólo la obtenían por las medidas adoptadas por el Gobierno; muchos la debieron a la generosidad de sus amos, que la concedieron en vida o dejándolos libres, al tiempo de morir. Infinidad de esclavos se libertaban por sus propios esfuerzos y sus amos les proporcionaban los medios de hacerlo. Por ejemplo, unos salían a trabajar a jornal que entregaban a sus amos y éstos les adjudicaban una parte, con la cual, más o menos pronto, alcanzaban la suma requerida para obtener su libertad.

Otros tenían ciertas horas del día libres y casi toda la noche para dedicarse a trabajos en casa: lo más general era la construcción de escobas hechas de maíz de Guinea (otro ramo, hoy exclusivamente, en manos de los extranjeros) más toscamente fabricadas que las que se hacen en el día, siendo los cabos de rama de durazno, no muy bien pulidos y de tripas de cuero y de junco. Salían a vender estos artículos en días señalados, o se les encomendaban a otros ya libres y que se dedicaban a esos negocios. Entre los artículos de construcción, se contaba con  el secador, construido con arcos de madera de tipa o de varas de membrillo o durazno, semejante al miriñaque con que las señoras dieron en abultarse hace no muchos años. Estos secadores, como su nombre lo revela, servían para secar las ropas, especialmente de las criaturas, colocadas sobre un brasero.

Transcribiremos aquí documentos que darán una idea de los procedimientos para la venta o traspaso de los esclavos: Están copiados al pie de la letra: “Digo yo, N. N. abajo firmado, que en el año pasado de 1811 (en letras) vendí á don N. N. un mulato llamado Agustín, como de 10 a 11 años, en la cantidad de doscientos pesos que recibí y de cuyo contrato le otorgué el documento necesario en debida forma; pero habiéndose perdido éste en las ocu­rrencias que sobrevinieron á la casa de aquél el año 20 próximo pasado y siéndole de urgente necesidad a la señora viuda del expresado N. N., doña N. N., tener un papel ó documento que exprese la propiedad ó dominio que tiene de aquel esclavo, le doy éste en papel común, por no haber sellado, á siete de Marzo de mil ochocientos beynte y dos.” N. N. “Paso este documento que tengo de propiedad del mulato Agustín, á don N. N. Por habérmelo comprado por noventa cabezas de ganado vacuno de año, que he recibido y para su resguardo, como también para acreditar el contrato, le otorgo ésta á continuación en el Pergamino á 11 de Marzo de 1822.”. N. N.. Pergamino, 12 de marzo de 1822.

“Asi lo otorgaron ante mí el juez de paz del partido y los testigos que suscriben.”. N.N.. Otro: “Por el presente documento declaro yo, el abajo firmado, haber vendido al señor don N. un criado, esclavo mío, llamado Mariano, con todos los vicios, nulidades y enfermedades que tuviere, en la cantidad de doscientos veynte y cinco pesos; en cuyo equitativo precio me he dispuesto á darlo por haberme asegurado, tanto el expresado don N.N, como el indicado criado, que el único motivo que hay para esta compra, es el que este mismo criado, dedicándose á trabajar en lo que más le acomode y sea más conforme á su conservación, entregue mensualmente un salario de ocho pesos á dicho don N.N. y lo más que pueda adquirir, será destinado para reunir un fondo con que pueda libertarse del estado de esclavitud; siendo precisa condición que desde el momento que el criado entregue al amo los doscientos veynte y cinco pesos en que ha sido vendido, dejará de contribuirle con los ocho pesos mensuales que debe exhibirle mientras sea su esclavo. Y por cuanto yo, el vendedor he sido íntegramente satisfecho de los doscientos veynte y cinco pesos de esta venta, por tanto, cedo y traspaso al comprador todo dominio que hasta hoy me ha correspondido sobre el criado Mariano; habiendo sido testigos de este contrato los suscribientes que conmigo firman. En Buenos Ayres, hoy 5 de julio de 1823. NN.

Transcribimos un documento de venta de esclavos, extendido en papel sellado en Buenos Aires en 1823. En el documento se fija la forma en que el esclavo vendido podía rescatarse, pero ésta no era la regla general y debe tenerse en cuenta, además, la fecha en que fue suscripto, pues ya estaban en vigor algunas disposiciones contra la esclavitud: “Por el presente documento declaro yo, el abajo firmante, haber vendido al señor don N. N. un criado esclavo mío, llamado Mariano, con todos los vicios, nulidades y enfermedades que tuviere, en la cantidad de doscientos veinticinco pesos, en cuyo equitativo precio me he dispuesto darlo por haberse asegurado, tanto el expresado señor N. N. como el indicado criado, que el único motivo que hay para esta compra, es el que este mismo criado, dedicándose a trabajar en lo que más le acomode y sea conforme a su conservación, entregue mensualmente un salario de ocho pesos a dicho don N. N. y lo más que pueda adquirir será destinado para reunir un fondo con que pueda libertarse del estado de esclavitud; siendo precisa condición que desde el momento que el criado entregue al amo los doscientos veinticinco pesos en que ha sido vendido, dejará de contribuirle con los ocho pesos mensuales que debe exigirle mientras sea esclavo. Y, por cuanto yo, el vendedor, he sido íntegramente satisfecho de los doscientos veinticinco pesos de esta venta, por tanto, cedo y traspaso al comprador todo dominio que hasta hoy me ha correspondido sobre el criado Mariano; habiendo sido testigo de este contrato los subscribientes que conmigo firman. En Buenos Aires, hoy 5 de julio de 1823”.

Cuando los negros no estaban contentos con sus amos o se creían maltratados, solicitaban de éstos lo que llamaban papel de venta. Los amos, en estos casos, o cuando ellos mismos no estaban satisfechos de sus criados, les acordaban carta de venta, con la que salían a buscar nuevo amo.

Los historiadores del Río de la Plata han establecido que la mayor parte de los negros traídos a nuestra Colonia, entre los años 1724 y 1806, provenían de Angola, Mozambique y el Congo. El traslado de los mismos fue una experiencia dolorosa que ofende la dignidad humana y la situación de los esclavos, debería haber sido “la vergüenza de un pueblo libre, una deshonra, su conocimiento y un delito, su autorización”.

El relato de un médico de esa época, nos enfrenta a esta tragedia cuando expresa: “(…) los esclavos negros llegan a la costa, con todos los elementos de la enfermedad encima, retenidos por grillos y bozales durante muchos meses; bebiendo poco y consumiendo raíces; desfallecidos por el calor y la fatiga de las marchas y expuestos a las intemperies, llegando de tal forma a Mozambique, casi exhaustos”, faltando aún los suplicios de la travesía marítima”.

Estas experiencias delinearon el carácter de estos hermanos de color, curtieron sus cuerpos y templaron sus almas, que más adelante se encauzarían fundamentalmente en el ámbito militar.

Durante el siglo XVIII, la ciudad de Buenos Aires tenía tres mercados de esclavos, que se encontraban: uno en la zona de lo que es hoy Parque Lezama, que pertenecía a la Compañía Francesa de Guinea; el segundo estaba en el área de Retiro, siendo sus dueños británicos  y el tercero, a partir del año 1719, por disposición del gobierno, estaba establecido en la zona de la Aduana.

Los negros esclavos constituían una parte importante de la fuerza laboral, en una cantidad considerable de ocupaciones, particularmente aquellas relacionadas con el servicio doméstico, como cocinar, lavar y planchar. Siempre a cargo las mujeres y con la construcción, las tareas de campo y otros oficios, que eran realizados por los hombres.

Como el resto de las poblaciones coloniales de esa época, en Buenos Aires existía una importante cantidad de sirvientes y en la mayoría de los hogares donde servían, recibían un trato humanitario y muchos fueron los casos, que creado un vínculo afectivo. Se los consideraba “casi, como de la familia” (a los indios también se los empleaba para estos menesteres, pero sólo era legal tener “esclavos negros”).

Viajeros que llegaron a nuestras tierras recordaban que era imposible, por ejemplo, ver a una criolla respetable, que hubiese pensado concurrir a misa, sin su criada negra, para que le llevara la alfombra para arrodillarse y la atendiera durante toda la ceremonia. En muchas pinturas de comienzos del siglo XIX, se muestra este tipo de escena.

En el año 1825, WOODBINE PARISH escribe su libro “Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata”, y allí relata que “(…) casi todo  el personal de servicio, los porteadores, carreteros, conductores y lavanderas eran de raza negra”.

Una muestra elocuente de las características que en la colonia tenía este tipo de servidumbre la proporciona un cuadro que hizo pintar FRANCISCO DE PAULA SANZ (Intendente de la Audiencia y del Ejército) durante el Virreinato del marqués de Loreto (1784-1789), que está hoy en el Museo Histórico Nacional y  en el que se lo observa junto a un sirviente que le entrega una carta en clara actitud de vasallaje. “El sirviente negro tiene zapatos con grandes hebillas, calzón corlo abotonado, casaca larga y cuello de encaje (…)”.

En el año 1778 el Virrey Juan José de Vértiz, ordenó la realización del primer censo que, entre otras cosas, permitió comprobar que de la población total de Buenos Aires constituida por 24.205 habitantes, 15.648 eran blancos, 7.269 negros y mulatos y 1.288 indios y mestizos y en el año 1792, el padre Carlos Gervasoni, de la Orden de los Jesuitas, manifestaba que “de la población de 24.000 personas que vivían en Buenos Aires. 7.000 eran esclavos negros, lo que significaba un 30% del total de habitantes”.

Más tarde, en 1822, el censo realizado por VENTURA ARZAC, cumpliendo una disposición de BERNARDINO RIVADAVIA, la población negra que habitaba en Buenos Aires era de 8.795 morenos y 4.890 pardos.

En 1836, en el censo realizado por disposición de Rosas, teniendo en cuenta la división en parroquias que había diseñado el Obispo Manuel Antonio Torres en el año 1769, surge que los pardos y morenos que vivían en Buenos Aires, sumaban en conjunto 14.900 personas. De ese total, en las Parroquias de Catedral, San Nicolás, Socorro y la Piedad, se ubicaba el 51%; en la de Monserrat, el 20%; en Concepción y San Telmo, el 19% y en Balvanera, Pilar y San Miguel, el 9%.

Nótese que de la lectura de estos números (poco más de 8.500 individuos en 1778, 7.000 en 1792, 13.000 en 1822 y 14.900 en 1836)), resulta que la población de afrodescendientes en la colonia tuvo una breve declinación hacia finales del siglo XVIII para repuntar luego significativamente en el primer tercio del siglo XIX, fenómeno que se explica si recordamos que en 1791, la corona, estimulada por las grandes ganancias que esto le produciría, asume una nueva política de libre comercio de esclavos, que se extendió al virreinato de Buenos Aires.

La desaparición casi total de los hombres y mujeres de color en nuestra región siempre ha sido un interrogante, y puntualizar las distintas teorías referidas a esta circunstancia, contribuye a formalizar el marco adecuado para entender de alguna manera, la ausencia, no definitiva, de estos vecinos de nuestra Patria. Las teorías más difundidas para explicar su desaparición son:

  • Las bajas tasas de natalidad y altas de mortalidad, que alcanzaron su mayor porcentaje durante la epidemia de fiebre amarilla del año 1871.
  • La casi nula actividad del puerto de Buenos Aires como puerta de entrada de este tipo de cargamentos, después de que aproximadamente en 1600, se privilegiara el monopolio de los comerciantes de Lima y hacia esas costas se dirigían los “negreros”, que hacían pingües negocios vendiendo “mano de obra barata para los hacendados que cultivaban cacao, caña de azúcar, tabaco, algodón y coca, productos todos fácilmente exportables, lo que garantizaba un conveniente retorno de sus naves, una vez, descargada su siniestra carga. De ahí que la mayor parte de la población de “color” en América, se encuentre en el Caribe, en las franjas costeras de Sudamérica y América del Norte y en los valles profundos interiores de Nueva Granada, México y Perú, Es decir, en las zonas adecuadas para esos cultivos.
  • La declinación del comercio de esclavos, fundamentalmente cuando, en el año 1813, la Asamblea General Constituyente estableció la libertad de vientres.
  • Su empleo para integrar las milicias que en distintas confrontaciones, fueron nutridas por ellos, pagando con su vida su heroico deseo de pertenecer al suelo donde vivían.
  • Las condiciones de vida de la que gozaron los hombres y mujeres negras en el virreinato y luego hasta el año 1813, hizo que estuvieran realmente integrados a las familias que servían. en los comercios que trabajaban y en los campos que laboraban. Eso quizás rompió barreras interraciales y las razas se mezclaron, provocando una lenta pero sostenida mutación genética.
  • La acción llevada a cabo por los encargados de los censos y de las estadísticas, que unidos a los autores e historiadores que cultivaron el mito de una “Argentina blanca”, fueron los que, al borrarlos de todos los registros, también los sacaron de la historia. Una prueba que se da para esta teoría, es la referida a los documentos donde se fue cambiando el término referido al color de la tez y se terminó colocando “trigueño” en lugar de “negro” que, según lo expresado en el diccionario, es el color entre el moreno y el rubio.
  • También se cita, como causa de la desaparición del negro, al incremento de la inmigración europea, fundamentalmente la que llegaba de Italia, que poco a poco los desplazó de las tareas que tradicionalmente ellos realizaban, obligándolos a buscar otras tierras para vivir .

 Nadie conoce una causa única, por eso en las calles de la “vieja aldea”, resuenan las voces que dicen: “a qué cielo de tambores y siestas largas se han ido, se los ha llevado el tiempo, el tiempo que es el olvido”.

La nueva legislación.
En 1792, la Convención francesa abolió la esclavitud, y Gran Bretaña, a principios del siglo XIX, prohibió el execrable tráfico de los negros, imponiendo severísimas penas. Con placer podemos decir que las repúblicas sudamericanas se preocuparon mucho antes que la gran República del Norte, de la emancipación de los negros, pues que ésta recién abolió la esclavitud en 1864. El Brasil, en medio de su ilustración y cultura, tardó varios años más que la Argentina, en rechazar la vocación esclavista impuesta por sus ancestros portugueses.

Producidos los movimientos emancipadores, las naciones americanas —acordes con el progreso de la civilización— no tardaron en dictar leyes justicieras con respecto al indio y al negro.

Desde la declaración de la independencia, la suerte de los esclavos en el Río de la Plata, mejoró notablemente. Una de las primeras leyes que se promulgaron fue, no la abolición completa de la esclavitud, que eso, al fin, en aquella época y en la situación especial en que se encontraban los negros, más bien les habría sido perjudicial, sino estableciendo y protegiendo su seguridad individual. Todo esclavo que no estuviese contento con su amo, podía, si encontraba comprador, ser transferido por el precio fijado por la ley, y que en realidad era módico.

Poco después de la Revolución de Mayo, comenzó a abogarse por la abolición de la esclavitud (y del tráfico de esclavos) y fue la Junta Grande, el primer gobierno que en setiembre de 1811, dio a conocer disposiciones humanitarias, al declarar extinguida toda forma de servicio personal de los indios. Luego el Primer Triunvirato prohibió que se trajeran esclavos al país. Un Decreto fechado el 9 de abril de 1812 contiene una disposición largamente esperada: “la prohibición absoluta de introducir expediciones de destinadas a venderse en el mercado. Las que lleguen dentro de un año de la promulgación del decreto, deberán salir inmediatamente de nuestros puertos. Las arribadas con posterioridad, serán confiscadas y sus integrantes, declarados en libertad. Los considerandos del decreto aluden a la actitud uniforme de las naciones cultas, respecto al problema de la esclavitud y a las consecuencias de los principios liberales que defienden los pueblos rioplatenses”.

Libertad de vientres
La Asamblea de 1813, por iniciativa del joven diputado CARLOS MARÍA DE ALVEAR, decretó el 2 de febrero de 1813 la Ley de “libertad de vientres”, según la cual los hijos de esclavos nacidos a partir del 31 de enero anterior debían ser considerados hombres libres, “aunque debían seguir cumpliendo con ciertas obligaciones para con sus amos y viceversa” (1). En el marco de la época  y comparada con las legislaciones  de otros países americanos, esta resolución era verdaderamente revolucionaria.

En un “Bando” mediante el cual se comunicaban al pueblo los alcances de este Decreto se decía: “Siendo tan desdoroso como ultrajante a la humanidad  el que en los mismos pueblos que con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia su libertad,  permanezcan por más tiempo en la esclavitud,  esta Asamblea Decreta que los  niños que nacen en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sean considerados y tenidos por libres todos los que en dicho territorio hubiesen nacido desde el 31 de enero en adelante, fecha ésta que fue elegida por ser la que marcaba la feliz instalación de la Asamblea.

Además la Asamblea dispuso severas penas para evitar que los amos burlaran la ley y ordenó a los propietarios de esclavos, a los párrocos y a las autoridades que dieran cuenta al gobierno de todo nacimiento de hijos de esclavos, para que las criaturas fueran  debidamente registradas.  También se dispuso que los niños quedaran con su madre hasta los dos años de edad y que el amo debía cuidarlo  desde ese momento y darle educación, a cambio del trabajo gratuito del chico hasta los quince años.  A partir de esa edad y hasta los 20 años debía pagarle un salario y depositarlo para formarle un capital.

El 4 de febrero la Asamblea dio un paso más, dispuso que “todos los esclavos de países extranjeros que de cualquier modo se introduzcan desde este día en adelante quedan libres por el solo hacho de pisar el territorio de las Provincias Unidas” .  Pero esta medida pronto trajo problemas.  El gobierno del Brasil la consideró un acto hostil  temiendo la fuga de sus esclavos e hizo llegar una reclamación a través de lord Strangford, que era el embajador inglés ante la corte de Río de Janeiro.

Para evitar enfrentamientos, el Segundo Triunvirato dio un paso atrás en sus ideales revolucionarios y a fines de diciembre del mismo año, dispuso que los efectos de esta última decisión quedaban suspendidos hasta que el 21 de enero de 1814, la misma Asamblea aclaró esto, diciendo “para que sólo se comprendiese con aquellos que fuesen introducidos por vía del comercio o la venta” quedando como “acuerdo reservado” que los esclavos fugados del Brasil fueran devueltos a sus amos, sin poder alcanzar la libertad (El texto de esta media, tal como se sancionó el 4 de febrero, antes de la protesta de Brasil, se incorporó casi textualmente al texto de la Constitución de 1853).

Al respecto de este tema, leemos en “El Telégrafo Mercantil: ”Los decretos de 1812 y 1813 han terminado con el infame tráfico negrero. El puerto de Buenos Aires, hasta ahora uno de los centros más activos de ese comercio, queda cerrado para tales actividades. Hechos tan bochornosos como la subasta de seres humanos, no se repetirán en nuestro suelo donde todos los hombres nacerán libres e iguales en sus derechos.

Más tarde, ya en 1817, necesitando el gobierno de Buenos Aires aumentar los efectivos afectados a las campañas militares de la época, dispuso que los negros recibirían la libertad a cambio de que lucharan en el Ejército de los Andes, logrando con esta medida que gran número de ellos se alistara (2). Sin embargo, ninguna de estas medidas puso fin a la esclavitud ni al tráfico de esclavos y poco después de comenzar su segunda presidencia en 1835, Rosas firmó un tratado con Inglaterra que terminó con el comercio de negros impulsado por este país, uno de los últimos en renunciar a este tan rendidor “negocio”. Por eso es que muchos esclavos de la época, adoraran al caudillo y lo vieran como su emancipador.

Pasados algunos años, finalmente, la  Constitución de 1853 abolió definitivamente la esclavitud y el comercio de esclavos  al declarar: “En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución”.

Finalizamos este tema, haciendo mención de que en diciembre de 1948, las “Naciones Unidas”, sancionaron la “Declaración Universal de los Derechos de Hombre”, que en su artículo 1º dice: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma o religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

(1). Es importante recordar que la Asamblea del Año 1813, no abolió la esclavitud, sino que sólo estableció la “libertad de vientres”, es decir, que simplemente pretendía cortar la continuidad del estado de esclavitud para los nativos, nacidos de padres esclavos. Evidentes intereses económicos se opusieron a que realmente “aboliera la esclavitud”, medida que sí se tomó luego, mediante la Constitución de 1853.

(2). Los negros argentinos fueron abnegados y entusiastas soldados de la Revolución, pagando pródigamente con su sangre la deuda de gratitud contraída con los que, inspirándose en la justicia y en el respeto a la dignidad humana, rompieron sus cadenas de esclavos. Los “Libertos” decidieron más de un encuentro con los españoles.

El batallón 8 de línea, todo de gente de color, contribuyó a la toma de Montevideo e hizo las campañas del Perú y Chile. El Regimiento 7 de Infantería, fundado por el coronel Luzuriaga con negros porteños, sucumbió totalmente en Sipe-Sipe. Los inmortales soldados del Regimiento 1 de Línea, se cubrieron de gloria a las órdenes de San Martín y brillaron en primera línea en todos los combates y batallas en que tomaron parte, cabiéndoles el honor y la suerte de arrollar y vencer a guerreros hasta entonces invencibles, como los de los regimientos españoles de Burgos y Victoria, triunfadores de los veteranos de Napoleón I. Falucho, el negro heroico del Callao, que prefirió  morir gritando ¡Viva Buenos Aires! antes que rendir honores al pabellón del rey. El famoso Regimiento de Pardos y Morenos, el coronel Barcala, héroe en las batallas de nuestra Organización y tantos otros que nos han mostrado el valor con que los negros libertos combatían por la libertad, la independencia y el orden de la patria. El Ejército Grande” organizado por Urquiza para combatir a Rosas, tuvo dos batallones de “morenos” que combatieron heroicamente en Caseros y después, muchos de ellos se quedaron en Entre Ríos, para recomenzar sus vidas.

Los negros del Ejército de los Andes.
ANTONIO RUÍZ, Conocido como el “negro Falucho” (1795-1824), era un esclavo nacido en Buenos Aires, liberto del vecino de esa ciudad Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido. Como tantos otros negros esclavos, integró las cuerpos de infantería de nuestras campañas de la independencia A los morenos se les prometía la libertad a cambio de que sirvieran a la Patria. En el ejército de los Andes formaron los batallones de Cazadores 7ºy 8º, que lucharon con bravura en Chacabuco y en Maipú. En el ejército a todos los negros se los llamaba faluchos”, para obviar el nombre genérico de “catingas’ que tanto disgustaba a San Martín y era usado despectivamente por la soldadesca que no era de color. Cuenta la historia que después de Chacabuco, el Libertador recorrió el campo de batalla y, descubriéndose ante un montón de cadáveres de soldados negros, exclamó a media voz, para si mismo  ‘Mis pobres negros!”. Los batallones 7º y 8º fueron fundidos, después de Maipú, en el Regimiento Río de la Plata, que prestó servicios en Lima y El Callao. En esta ciudad el regimiento ocupó sus fuertes desde 1821, hasta que, el 6 de febrero de 1824, descontento por la falta de paga desde cinco meses atrás, se sublevó e izó la bandera española en el Real Felipe. El negro Falucho, que estaba de guardia en el torreón esa noche aciaga, se opuso a rendir honores a la bandera del rey. Fue fusilado por sus camaradas contra las murallas del bastión mientras gritaba ¡ Viva Buenos Aires ¡”Refiere José Zapiola, en sus Recuerdos, que Falucho era de poco más de cuatro pies de estatura y llevaba la gorra inclinada sobre su oreja izquierda. El general Tomás Guido dijo en 1864: “Recuerdo perfectamente al soldado Falucho que pertenecía al batallón Nº8”. El general Miller recordó al morenito Falucho, de la Compañía de Cazadores del numero 8, que tomó una bandera en Maipú.

MANUEL MACEDONIO BARBARIN. Teniente Coronel. Nació en África en el año 1781, y fue traído como esclavo a Buenos Aires, donde posteriormente vivió los sucesos de la defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas. Se casó con una esclava liberada por Martín de Sarratea, tuvo con ella siete hijos, les dio buenos ejemplos y realizó una destacada vida de soldado. En el año 1810 era Capitán de Milicias y se  destacó en las acciones en que participó; fue luego designado en el BatalIón Cívico de Pardos y Morenos, e integró en el año 1821 el Cuerpo “Legión Patricia”, ascendiendo al grado de Sargento  Mayor de Línea el año 1831. Durante el gobierno de Juan  Manuel de Rosas es ascendido a Teniente Coronel y presta servicios en el Batallón de Infantería “Restauradores  de las Leyes “ integrado por negros, cuyo primer Jefe fue el  general D Félix dc Álzaga. Este destacado soldado negro falleció en Buenos Aires en cl año 1836, luego de una sacrificada vida de luchas y privaciones, siendo teniente coronel del Ejército de Línea..

BATALLÓM. Soldado de la Patria. Este moreno, bozal, llegó a Buenos Aires desde el África a fines del siglo XVIII y no han  quedado referencias  de su nombre y  apellido, pues sólo se lo conoció como “Batallóm”. Participó en las luchas a raíz de las Invasiones inglesas y, en la Revolución de Mayo. Integró el Cuerpo de Pardos y Morenos. Durante el año 1812 actuó con las tropas que a órdenes del coronel D. José Rondeau mantuvieron el sitio de Montevideo;  combatiendo en la batalla del Cerrito. Formando parte de las tropas que integraban la División de Auxiliares Argentinos , marchó a Chile y combatió en las acciones de Membrillar, Cucha- Cucha, Río Claro y Maule. Se incorporó posteriormente al Ejército del general D. José de San Martín e integró el Regimiento de infantería, a órdenes del coronel Las Heras, que gloriosamente se batió en Chacabuco,  Cancha Rayada y Maipú. Más tarde combatió en la batalla de Ituzaingó y fue tomado prisionero en la batalla de Quebracho Herrado, participando luego en la batalla de Caseros. Batallón fue dado de baja cuando tenía 90 años y el  señor Juan N. Fernández lo llevó a su establecimiento de campo, próximo a Chascomús, adonde concurriría periódicamente y relataba, a quien quisiera escucharlo, su vida de soldado y de su admiración  por San Martín, Las Heras y otros Jefes.

LORENZO BARCALA, Coronel. Este soldado negro, probablemente el más destacado y recordado, nació en Mendoza en el año 1796. Sus padres eran esclavos traídos de África, de acuerdo a costumbres de la época, el apellido es de su amo, Cristóbal Barcala “un español notorio y de gran prestigio en el Cabildo de Mendoza.”Sarmiento, al referirse a él, decía que “había adquirido una educación suficiente escuchando la conversación de sus dueños”. Como otros muchos quedó libre por lo dispuesto por la Asamblea del año XIII. En el año 18 15, solicitó ser alistado como soldado en el Batallón de Cívicos Pardos de Mendoza, lo que obtuvo, siendo enviado al acantonamiento de instrucción ubicado en el lugar denominado “El Plumerillo”. Alcanzó el grado de Sargento y permaneció en el lugar instruyendo a los reclutas. En el año 1824 —siendo Capitán— participó en un movimiento revolucionario contra el coronel José Albino Gutiérrez que se había hecho cargo del Gobierno de Mendoza: lo derrocaron y en su lugar designaron al coronel Juan Lavalle como Gobernador provisional. puesto que ocupa basta que se designó en el cargo al señor Juan de Dios Correas. Participó en el año 1825 —con el Batallón Cívicos de Granaderos— en el Combate de Las Leñas, donde se desempeñó en forma destacada, contribuyendo a la restitución de Salvador María del Carril al cargo de Gobernador de San Juan. Durante el año 1827 fue confirmado como Sargento Mayor del 2º Tercio Cívico de Mendoza. Durante la defensa de Montevideo se desempeña como 2º Jefe del Batallón 4º de Milicia Activa de lnfantería de Línea, participando en el ataque a Punta del Este. Este sobresaliente Jefe —a quien Sarmiento llamaba “el caballero negro”—. se cubrió de gloria en la guerra contra el Brasil, donde obtiene el grado de Teniente  Coronel. Cuando el general Paz vence a Quiroga en  Oncativo el 25 de febrero de 1830, el coronel Barcala conducía las tropas en el centro del dispositivo y la historia manifiesta que esa victoria se debió al valor de la tropa y a la conducción de los coroneles Pringles. Pedernera y Barcala. Durante el año 1831 Quiroga derrota a Lamadrid en Tucumán y Barcala es tomado prisionero, el único respetado por el “Tigre dc los llanos” de quien quedó como edecán, a cambio de que “no se le exigiera  pelear contra su partido” Al iniciarse el año 1833 formó parte de la expedición al desierto como Jefe del Batallón de Defensores del Honor Nacional, Integrando la División del centro, al mando del general Don José Ruiz Huidobro. El año 1834 encuentra al coronel Barcala como Jefe provisional del Regimiento de Auxiliares  de los Andes: luego fue dado de alta en la Plana Mayor del Ejército de la Provincia de Buenos Aires donde permaneció basta fine del año 1835. Desde San Juan inició una conspiración contra Aldao, el fraile renegado y escribió a un amigo, el capitán D José María Molina cuál era su idea revolucionaria: “fusilar a Aldao,, cambiar el gobierno de Mendoza, solemnizar un polo de amistad con Chile, asentar otra Constitución y lograr más entendimiento entre las provincias,  contra la política absoluta de Rosas” Fue delatado y traicionado y, luego de un rápido juicio, fusilado por orden del gobernador de Mendoza., el señor Pedro Molina, un personero dc Aldao. Sarmiento dijo dc este hecho “Barcala, el virtuoso Barcala fue fusilado por el fraile “;  así murió el héroe negro de Ituzaingó,  La Tablada, Oncativo, Ciudadela y de la Campaña del  Desierto. La tumba de este valiente soldado negro se encuentra en el cementerio de Mendoza y en una placa se lee: “Aquí yacen los restos del Coronel D Lorenzo  Barcala— Falleció el 11 de enero  de 1835. Muchos ciudadanos dedican esta memoria por sus servicios a la Provincia. “

Como sucedió en otros países del continente americano,  aún después de haberse garantizado lo derechos de los afrodescendientes, en los territorios del Río de la Plata, por largo tiempo (y quizás hasta hoy mismo), se mantuvo subyacente un germen discriminatorio en nuestra comunidad y  la práctica la esclavitud se mantuvo de diversas formas por mucho tiempo. A lo largo de los años la población negra se fue mezclando con la blanca hasta que sus caracteres raciales desaparecieron casi por completo. Sin embargo, hacia 1863 se contaban 6.000 negros sólo en Buenos Aires. Y aunque ya no existía la esclavitud, abolida en la Constitución de 1853, vivían en condiciones miserables.

La discriminación era una realidad ya que en 1857 solamente dos colegios de los catorce que había en la ciudad admitían niños negros. Y hasta 1879 se prohibió su entrada en el Jardín Florida. Por eso los negros comenzaron a reunirse y aparecieron periódicos en defensa de su raza y de la igualdad entre los hombres. Algunos de ellos fueron: “La raza africana, “El demócrata negro”, que salió en 1858, “El proletario”, que comenzó a editarse el mismo año y finalmente “El Unionista”.

Y fue este periódico, “El Unionista”, publicado por la comunidad afrodescendiente de Buenos Aires, el que en su edición del 9 de diciembre de 1877, lanza una desgarradora proclama reclamando igualdad de derechos y de justicia para los miembros de su raza., una comunidad negra que todavía, en aquellos años  sufría la discriminación de sus vecinos y de las autoridades.

Lecturas sugeridas: Diego Luis Molinari, “La trata de negros: datos para su estudio en el Río de la Plata” (Buenos Aires, 1916); Elena de Studer, “La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII” (Buenos Aires, 1958); Germán O. E. Tjarks, “El consulado de Buenos Aires y sus proyecciones en la historia del Río de la Plata” (Buenos Aires, 1962). Más información y apoyo gráfico puede encontrarse en el Suplemento Nº 7 de la Revista “Todo es Historia”.

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