LA DANZA DE LAS CINTAS

Es una de las típicas “danzas de trenzar” que ha llegado a nuestro tiempo. Inspirada en danzas precursoras, cuyas evoluciones se realizaban en torno a un animal sacrificado o a un altar, a canastos llenos con frutos o a un árbol que simbolizaba el espíritu del mundo vegetal, la fecundidad de la naturaleza.

Trasmitida milagrosamente por vía oral,  hoy esta danza sólo se baila en el noroeste argentino y quizás en algunas ocasiones puede llegar hasta el centro del país, aunque seguramente en la antigüedad fue conocida en casi todo el territorio nacional. Por su forma y los detalles que la identifican, es muy posible que haya llegado a la Argentina desde las vecinas regiones bolivianas. Como toda danza folclórica, viva, muere en algunos lugares y rence en otros, por la simple traslación de sus adeptos. En la provincia de Jujuy, los niños van por las calles los días de procesión y danzan junto a los pesebres callejeros que se arman desde Navidad hasta Reyes.

Los antecedentes de esta curiosa danza rural, se remontan a los tiempos en que buena parte de la humanidad, inerme y en lucha permanente, atribuía espíritu y sensibilidad a los animales, a los vegetales, a los elementos y a muchas otras cosas muertas o vivientes. Como directa o indirectamente, dependían de ese mundo que los circundaba, le rendían ingenuo culto bailando.

Transformados algunos de sus antigüos componentes, hoy es lo que se llama una “danza de trenzar”, donde los participantes, llevando en una de sus manos una cinta de color, atada por su otro extremo a un palo que permanece fijo en el suelo, realizando diversas evoluciones, giros, marchas y contramarchas, alrededor del palo,  logran trenzar un tejido que lo va cubriendo y descubriendo alternadamente, adoptando figuras en su urdimbre, que dependen de los movimientos que se hayan realizado.

Se comienza por clavar firmemente en el suelo (o se le confía mantenerlo así a una persona), un palo de aproximadamente 3 metros de largo por seis a diez centímetros de diámetro, al que se le atan en su extremo superior, tantas cintas de diferente color y de tres metros de largo, como participantes tenga la danza

Pueden intervenir entre doce a veinte bailarines, siempre que sea un número divisible por 4 e importa mucho que no difiera mucho la estatura de los participantes para lograr el efecto buscado. Cada uno de los bailarines tomará con una de sus manos, una de esas cintas, que extendidas en toda su longitud, ubicará a los danzantes formando un amplio círculo alrededor del palo. Puestos en movimiento, cuando comienza a sonar la música, los bailarines siguen una rutina preestablecida y mediante giros, marchas y contramarchas, cruces y vueltas sobre la línea del círculo, van tejiendo con sus cintas, a medida que éstas van envolviendo el palo, un tejido que tendrá diversos diseños, según sean las evoluciones realizadas.

La “Danza de las cintas” no tiene una música propia y exclusiva. Recurre por ello a la música vernácula que se adapte a este juego y a villancicos navideños, cuya letra se modifica y es repetida, cuantas veces sea necesario, hasta que el palo haya sido cubierto y descubierto, por lo menos una vez, con el trenzado de las cintas (extraído de “Bailes tradicionales argentinos” de CARLOS VEGA).

 

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