LA VIEJA SANTA FE DE LA VERA CRUZ (15/11/1573)

La historia de Santa Fe de la Veracruz, antes conocida como Santa Fe la Vieja, o Pueblo Viejo, y también erróneamente llamada Cayastá (si bien esta denominación se terminó por popularizar, en realidad es posterior a la fundación de la ciudad), arranca en Asunción del Paraguay en 1572, cuando don Juan de Garay decide trasladarse hacia el Sur con el fin de “abrir las puertas de la tierra” y cumplir asi con el mandato real de fundar una ciudad que fuera nudo de comunicaciones entre Tucumán y el Perú, en la ruta de su salida a las aguas abiertas del Río de la Plata.

Garay, al frente de cuarenta mestizos, a quienes se conoció con el nombre de “mancebos de la tierra” y nueve españoles, partió de Asunción con el propósito de encontrar el paraje apropiado para asentar la ciudad. Lo halló en noviembre de 1573, junto al río de los Quiloazas (hoy San Javier, un caudaloso brazo del Paraná), en tierra de “calchines y mocoretás”, patronímicos de las tribus aborígenes que entonces poblaban la región.

El domingo 15 de noviembre de 1573, llegado al mismo sitio donde el 6 de julio de ese año, había levantado el Fuerte de Cayastá, tras plantar el “rollo de la justicia” y observar el ceremonial prescrito para una fundación, Garay procedió a distribuir entre sus hombres los solares en el damero de once manzanas de Este a Oeste y seis de Norte a Sur donde se asentó la población “con aditamento que todas las veces que pareciese o se hallase otro sitio más conveniente y provechoso para perpetuidad, lo pueda hacer con acuerdo y parecer del Cabildo y Justicia que en esta dicha ciudad hubiese”. En otras palabras, que podía ser trasladada en cualquier momento. Garay fijó, de acuerdo con sus prerrogativas, los sitios en que se levantaría el Cabildo, la iglesia matriz, los templos de las distintas órdenes religiosas y los restantes edificios públicos. La fundación ya era un hecho.

Su antigüa jurisdicción  incluía las actuales provincias de Santa Fe, Entre Ríos y parte de Buenos Aires y en 1662, el rey de España declaró a la ciudad de Santa Fe “puerto preciso” por lo que todos los barcos que navegasen por el Paraná, debían detenerse allí.

De acuerdo con los datos obtenidos de los estudios parciales del material de las excavaciones realizadas, se estima que en su momento de mayor esplendor Santa Fe la Vieja, llegó a contar con una población que pudo haber rondado los 1200 habitantes, residentes en unas ochenta casas. Cifras significativas (si bien conjeturales) para la América de mediados del siglo XVII.

Por entonces en la vieja Santa Fe se habían desarrollado la agricultura, la ganadería (las vaquerías eran importantes y en el Cabildo de la vieja Santa Fe fueron registradas las primeras marcas de ganado de la Argentina), la cría de muías (que se vendían muy bien en el Alto Perú) y un activo intercambio entre españoles y aborígenes, con los que se mantenía una relación a veces un tanto conflictiva.

Pero si bien el progreso de la ciudad era evidente, algunos factores adversos hicieron ver que la posibilidad de trasladar su emplazamiento adquiría visos de realidad: el río San Javier constituía un peligro constante, ya que insaciable “devo­raba” la barranca ribereña, poniendo en peligro la integridad de la ciudad; los indígenas, quienes a veces se tornaban levantiscos, acarreaban no pocos problemas de seguridad y, sin duda la razón más importante, si bien Santa Fe estaba emplazada en tierras altas, su entorno lo constituían bajios inundables que muchas veces hacían impracticable el ingreso a aquella y entorpecían el tránsito de carretas rumbo a Córdoba o al Perú poniendo en cuestión su utilidad como ciudad de tránsito seguro hacia otros rumbos.

Pero Santa Fe había crecido y también tejido una apretada malla de historia y tradiciones. A veces, con capítulos tan cruentos como el de los “Siete Jefes”, en que un grupo de capitanes criollos se levantó contra el poder hispano en procura de hacer efectivo su reclamo de mando y posesión. Posteriores estudios e interpretaciones asignan un móvil menos empinado a la revuelta que terminó en los patíbulos levantados en la propia Santa Fe y en Tucumán, adonde habían huido dos de los infortunados revoltosos: menos que un movimiento libertario fue una acción tendiente a obtener la propiedad de la tierra en que moraban y que sin duda merecían.

El arcediano Martín del Barco Centenera, quien había cantado a la ciudad en su poema “La Argentina”, no se olvidó de los Siete Jefes y los recordó como valientes “que sólo poseer quieren la tierra/ pues solos la ganaron en la guerra”.

Otros capítulos hablan de renunciamientos y sacrificios como el del capitán Alonso Fernández Montiel, quien de alguna manera ofició de “médico” al ofrecer su casa como hospital y lugar de residencia para heridos de guerra desvalidos; o como el de Pedro de la Vega, primer maestro de la ciudad, a quien el Cabildo enterado de que se disponía a abandonar Santa Fe en procura de mejores horizontes  económi-cos lo conminó a permanecer en ella, más allá de sus deseos y de su conveniencia. Ru-dos e iletrados en muchos casos, los hombres de la Conquista comprendieron el valor de la instrucción y del saber.

En el plano religioso, el 9 de mayo de 1636, un cuadro de “Nuestra Señora”, venerado en la iglesia de la comunidad jesuítica, exhibió misteriosas exudaciones que, prestamente recogidas, sirvieron para curaciones poco menos que milagrosas. La devoción a la Virgen del Cuadro, nombre con que popularmente se la conoce, se mantiene hasta el presente.

Con los años, la actividad cotidiana crecía a medida que la comunidad se ampliaba. Las pulperías ejercían un activo comercio al menudeo y satisfacían los “vicios” corrientes y aceptados del alcohol y del tabaco; una tahona proveía la harina para el pan; las vaquerías abundantes, el río ubérrimo y las quintas y chacras, daban el alimento a una ciudad que alrededor de 1651, debido a la hostilidad de los indígenas de la región y a que el lugar estaba expuesto a la erosión de las aguas, lo que impedía el acceso a las caravanas, debió ser trasladada al sitio que hoy ocupa, unas doce leguas más al sur del que ocupaba, en la confluencia de los ríos Paraná y Salado, donde precisamente hoy, desde entonces, se levanta la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe..

La época del traslado puede fijarse entre 1651 y 1666, cuando el general Antonio de Vera y Mujica ordena el abandono definitivo de la vieja ciudad y el éxodo hacia las nuevas tierras L del Sur. Sin embargo, la mudanza no fue cosa simple ni rápida, ya que muchos vecinos resistieron la orden. La ciudad iba al encuentro de sus noventa años de existencia y, tal como lo atestiguan las posteriores excavaciones, los muertos -verdaderos factores de arraigo- sumaban cientos y pocos se resignaban a abandonarlos así como a dejar sus casas, al extremo de que hubo vecinos muy ancianos que solicitaron su inhumación en los templos de la vieja Santa Fe ante la inminencia del éxodo si antes de éste les sobrevenía la muerte.

De todas maneras, en 1660, tras una orden terminante, la ciudad comienza a ser abandonada con todos los enseres y elementos que pudieran servir para una nueva fundación. Casas, templos y construcciones accesorias fueron privados de sus puertas y ventanas, la soledad se adueñó del lugar y el tiempo hizo su obra destruc­tora: cayeron los techos de tejas con cabriadas de palma y las paredes de barro apisonado; la hierba creció sobre ellos y borró los últimos vestigios de la casi centenaria ciudad florecida junto al río San Javier, que terminó por llevarse varias manzanas del ejido, la catedral, la iglesia de San Roque y prácticamente toda la plaza de armas donde había campeado el “rollo de la justicia”. Santa Fe la Vieja empezaba a ser recuerdo.

La tradición oral y los documentos que se conservan, marcan con bastante exactitud el lugar en que se había levantado la vieja Santa Fe. En 1923, el entonces gobernador de la provincia, doctor Enrique Mosca, hizo colocar un monolito y una placa en el lugar más alto del predio que había ocupado la ciudad, sitio que a la postre elegiría Zapata Gollán para iniciar sus trabajos de excavación y que coincidió con el lugar en que habían estado emplazados el convento y la iglesia de San Francisco.

El hallazgo en la iglesia de San Francisco de los restos de Jerónima Contreras y de Hernandarias (con sus pies en dirección del altar, como se inhumaba a los laicos, mientras que a los religiosos se los enterraba con la cabeza hacia el altar), fueron un fuerte aliciente para continuar con los trabajos. Más adelante, frente mismo al altar mayor, y flanqueados por los de dos clérigos, aparecieron los restos de Alfonso Fernández Montiel y de su pequeña hija Jéronima, y también -pero a la altura de donde estuvo ubicada la pila de agua bendita- los del presbítero Juan Bautista Centurión, con la reducción de los cuerpos de sus padres a sus pies.

Es de señalar, que al ser nuevamente fundada la ciudad se respetaron los lugares que originalmente habían ocupado vecinos, templos e instituciones, lo que facilitó u orientó el trabajo de Zapata Gollán, quien debió instruir en su labor a los que, improvisados arqueólogos, pusieron, picos y palas en mano, nuevamente las ruinas sobre la faz de la tierra.

Sin duda, el hallazgo más espectacular realizado en “Santa Fe la Vieja” lo constituyen los restos humanos: alrededor de ciento cincuenta esqueletos en distintos grados de conservación, a los que hubo que cubrir con una capa de goma laca para evitar su desintegración y poder, así, realizar en ellos valiosos estudios científicos.

La visión de las ordenadas filas de los esqueletos ennegrecidos por la goma laca, que desde hace siglos reposan en las naves de las tres iglesias cuyas ruinas se con­servan (San Francisco, La Merced y Santo Domingo), carece de connotaciones macabras, pero constituye un espectáculo sobrecogedor. Aunque también revela algunas curiosidades anatómicas, ya que un venerable difunto muestra una doble fila de dientes superiores que en su momento fueron objeto de minuciosos estudios odontológicos. Las manos entrelazadas en actitud de oración y cuentas de rosario en lo que fueron sus cajas torácicas, son comunes a casi todos los restos rescatados, muchos de los cuales no han podido ser identificados.

Las ruinas,  cuyas excavaciones quedaron  paralizadas durante algunos años por razones presupuestarias,  han sido protegidas con templetes que permiten apreciar interesantes detalles de las construcciones y en el “Museo Fundacional Argentino”, creado allí en 1973, se atesoran los elementos obtenidos en las excavaciones, entre los que se cuentan cuchillos, tijeras, alabardas, hebillas, clavos, anzuelos, vasijas, tejas, frascos, herraduras, estribos, despabiladores, restos de cerámica de Talavera de la Reina y un curioso conjunto de campanillas destinadas a conjurar las tormentas y los rayos.

Teniendo en cuenta la datación de mi página (1492/1930), debo terminar el artículo diciendo: Emplazadas a 84 kilómetros al norte de la actual Ruta Provincial Nº1 (totalmente asfaltada), estas ruinas muestran la historia de una ciudad fundada en una solitaria planicie y abandonada casi un siglo más tarde, sin que en su lugar se hayan regis­trado asentamientos de importancia, que impidan obtener resultados “limpios” y realmente esclarecedores (Este material nos lo fue enviado por el Señor Jorge Abasto, sugerimos completarlo con “Historia de Santa Fe”, de Leoncio Gianello))

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