LA CERVECERÍA MUNICH (21/12/1927)

La Munich fue un símbolo de la Costanera Sur, un lugar accesible para todos, donde se podía disfrutar de una espumosa cerveza bien fría, acompañada con fiambres alemanes al salir de un reconfortante baño en las aguas que llegaban hasta sus orillas o a la noche, a  la luz de luna

Porque en Buenos Aires, no siempre se le dio la espalda al río. Con la inauguración del Balneario Municipal, en 1918, la Costanera Sur fue el máximo atractivo de miles de personas que por su entorno, su playa y los restoranes y confiterías que allí había, lo erigieron en su paseo preferido para los fines de semana y las noches de verano.

Sobre todo en verano, que era cuando se daban cita allí bañistas y paseantes en número tal,  que hacían de aquello de “no cabe un alfiler” algo más que un latiguillo. Ningún otro lugar de esparcimiento alcanzaría en aquella época, igual poder de convocatoria y semejante concurrencia atrajo la atención de avispados empresarios que comenzaron a instalarse en ese lugar, con restaurantes y confiterías de horario muy extendido.

Los frecuentadores diurnos que concurrían a la playa (entonces libre de contaminación) y paseantes que disfrutaban de su Rambla, eran reemplazados por los visitantes nocturnos, ya de otro nivel y apetencias. Arribados en lustrosos Ford A y T, que se estacionaban en tres filas frente a las confiterías La Rambla, Brisas del Plata, Juan de Garay y La Perla, se instalaban ante mesas donde mientras disfrutaban del refinamiento y la comida que se les brindaba, podían presenciar la actuación de alguna orquesta  o espectáculo de moda.

Pasados algunos años, precisamente en 1924, ante un pedido formulado por integrantes de la colectividad alemana residente en Buenos Aires,  que deseaban disponer de una “tienda de cerveza”, semejante a  las que eran características en su tierra, el intendente CARLOS NOEL dispuso llamar a licitación para la construcción de tal obra en la Costanera Sur. El concurso fue ganado por el arquitecto húngaro ANDRÉS KALNAY, egresado de la Real Escuela Superior de Arquitectura y Construcciones de Budapest, que se había radicado en la Argentina en 1920 y que ya en ese entonces había realizado otras obras importantes en la ciudad, incluso casi todos los restaurantes y confiterías que ya había en la Costanera Sur..

Las obras comenzaron a mediados de 1927 y fueron entregadas para su inauguración el 21 de diciembre de ese mismo año, lo que constituyó todo un récord, pues solamente se habían empleado  4 meses y ocho días para terminarla. Por muchas razones,  esa magnífica obra que diseñara KALNAY fue considerada un prodigio arquitectónico, porque además del poco tiempo que se tardó en construírla,  presentaba detalles sorprendentes para la época.

El terreno se preparó con rapidez y precisión, rellenándolo con la tierra sacada de la excavación que se estaba realizando para instalar el subterráneo a Chacarita. La losa de hormigón armado que servía de plataforma para afirmar toda la obra, tenía un metro de espesor,  las placas que recubrían los muros, fueron fabricadas en el mismo lugar de la obra y en ambas paredes laterales (ya que es un edificio simétrico) se hallaban seis figuras humanas de casi un metro, portando cada una, una de las letras que componen la palabra “Munich”

En el sótano se instaló la cámara frigorífica más grande del país, exceptuando las que servían para mantener las carnes para exportación. Podía mantener refrigerados hasta 50.000 litros de cerveza,  que luego se distribuían por medio de una compleja red de cañerías hacia los distintos ambientes del local para su consumo.

El  edificio todo, era en fin,  con sus hermosas barandas adornadas con canteros cubiertos con flores, terrazas a varios niveles y un “mirador” desde el que se podía contemplar la playa hasta el horizonte, fue un fiel exponente del art-decó y contenía muchos elementos  que recordaban a los antiguos salones de Munich, y nos referimos especialmente al magnífico jardín que lo rodeaba  y que de noche, se  iluminaba con artísticas luminarias.

El interior no era menos sorprendente: estaba adornado con esculturas, vitrales, frisos, cielorrasos pintados y con refinados detalles de decoración alusiva a la malta, producto básico de la cerveza. Bello mobiliario y fina mantelería y vajilla, completaban un ambiente de tal calidad y sobria elegancia, que pronto se constituyó en el lugar de reunión preferido por  artistas, escritores y políticos y hasta grupos familiares,  que se hicieron “habitués” de “La Munich”.

El primer adjudicatario de la licitación que se realizó para su explotación, fue el catalán RICARDO BANÚS y MARÍA JOSEFINA SALAZAR hija de JUAN JOSÉ SALAZAR, que fuera el chef de La Munich durante 30 años y murió en 1995, le contó al periodista Willy G. Bouillón que su padre reemplazó a! primer cocinero, un húngaro que había servido en la corte de Francisco José. Ganaba el tercer sueldo en su especialidad, después de sus similares del Hotel Plaza y el cabaret Tabarís. “Cobraba $ 450 por mes y 3000 de bonificación por año, lo que era mucha plata para la época”.

La declinación comenzó en la década del 40 impulsada, entre otros motivos, por la creciente contaminación del río. En lenta agonía, fue desapareciendo todo, o casi todo. Primero comenzaron a faltar los bañistas, corridos por la pérdida de sus playas, luego los problemas de la economía,  aquietaron los entusiasmos de una sociedad que comenzaba a padecer los problemas que hoy también preocupan: la inestabilidad laboral, la inseguridad y los avatares de una política pendular. Siguieron veinte años de un mezquino uso de tan magníficas instalaciones, cuando invadieron el lugar tristes remedos de “colmaos”,  salones de baile y salas de espectáculos baratos, hasta que a principios de 1970, “La Munich”  cerró sus puertas y el edificio que ocupara,  comenzó el lento camino de su degradación.

Fue vandalizado y usado para  refugio de vagabundos y alimañas, hasta que en 1990, el gobierno municipal reasumió efectivamente el uso de la propiedad y se instala allí el Museo de Telecomunicaciones, que cede luego el lugar a la “Dirección General de Museos”, organismo que ha recuperado este magnífico edificio que fue otrora un orgullo porteño y que guarda aún en sus salones, el recuerdo de una bulliciosa concurrencia, sus risas, la música de un piano y el incesante ir y venir de atentos mozos de moño y largo delantal blanco, que bajo la intensa luz de cristales y arañas, van sorteando las mesas llevando diestramente “imperiales”, “cívicos” y “chops”  de espumante cerveza (Parte de este material ha sido extraído de una nota realizada por el periodista Willy G. Bouillón para el diario La Nación).

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