LA CENTRALIZACIÓN DEL PODER (1817)

Declarada la Independencia por el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816, los diputados se abocaron a la definición de la forma de gobierno que se adoptaría como Nación libre e independiente. La mayoría de los diputados eran partidarios de establecer una forma monárquica de gobierno, es decir, organizar el país sobre la base de un poder centralizado. Se sabe que al debatirse este difícil tema, pudieron notarse tres tendencias divergentes: los “monárquicos”, partidarios de instalar una dinastía incaica o bien un príncipe portugués; los “republicanos”, subdivididos a su vez en “unitarios” (defensores del centralismo porteño) y los “federales” o partidarios de de las autonomías provinciales. Desechada la tendencia monárquica (ver “Intentos de restauración de la monarquía española en el Río de la Plata” en Crónicas), por impracticable y desdorosa para algunos patriotas, las luchas entre estas facciones no tardaron en manifestarse, especialmente entre los federales y los unitarios, quienes llevaron su disputa a innumerables campos de batalla, ensangrentando estas tierras durante muchos años de nuestra Historia.

Los antecedentes políticos e institucionales, parecían conducir al país hacia un gobierno republicano, pero centralizado. La Junta Grande había representado en su época (1812), la opinión del interior del país, pero su fracaso en la práctica, permitió el surgimiento del Primer Triunvirato, de acentuado “porteñismo” y puede afirmarse que fue a partir de ese momento, que se inició el predominio de Buenos Aires sobre el resto del país, característica que rige aún, hasta nuestros días. Las difíciles circunstancias por las que atravesaba el país, parecían aconsejar empero, afirmarse en este sistema de gobierno, pero la fuerte y tenaz resistencia de las provincias a ello, llevó a la violencia de las armas y el fracaso de todas las formas de gobierno que se sucedieron en el tiempo, puso en evidencia la debilidad de un poder central, hasta que con la caída del Directorio, surgió la llamada “democracia semibárbara”, encarnada por los caudillos de las provincias.

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