LA CASA DE TUCUMÁN (09/07/1816)

LA CASA DE TUCUMÁN. La ciudad de Tucumán era en 1816, un modesto poblado de unos 6000 habitantes. Buena parte de sus edificios públicos o religiosos, entre ellos la Catedral y el Cabildo, se hallaban en estado ruinoso. Las residencias particulares estaban en mejor estado y fue en una de ellas, una vieja casona típicamente colonial, conocida hoy como la “Casa Histórica de Tucumán”, donde se realizó el Congreso que se reunió en esa ciudad en 1816, para declarar Independencia Argentina. Hoy, todavía, algo se adivina de lo que allí pasó, cuando se entra a ella. Pero es pura imaginación: de la casa original no queda casi nada. El patio al que los Congresales salieron a tomar aire. La puerta en la que se apoyaron, las ventanas por donde miraban la calle mientras adentro creaban una nación, ya no existen y si algo de ellos todavía queda, a pesar de los esfuerzos realizados a través de los años, ha sido tan tergiversado, tan modificado, que demanda una esforzado ejercicio de la imaginación, para verlos como eran.

Sus propietarios. La casa pertenecía a la señora FRANCISCA BAZÁN DE LAGUNA y estaba situada en la calle del Rey (actualmente Congreso número 151), a poco más de cien metros de la Plaza Independencia, que hoy es el centro cívico de la ciudad de Tucumán. Fue construida durante la década de 1760 por el comerciante DIEGO BAZÁN y fue el regalo de bodas que le hizo a su hija FRANCISCA, cuando se caso con MIGUEL LAGUNA. Este matrimonio tuvo una numerosa descendencia y la propiedad fue pasando de manos, siempre en poder de la misma familia. En 1812 el Primer Triunvirato la alquiló para destinarla al alojamiento de personal militar que había participado en la batalla de Tucumán y estuvieron allí hasta 1815. La casa no quedó en muy buenas condiciones y el gobernador BERNABÉ ARÁOZa, ordenó que el Estado pagara los arreglos y se la alquilara a FRANCISCO BAZÁN para instalar allí la Caja General, la Aduana Provincial con sus almacenes y los Almacenes de Guerra. Después que el Congreso realizara su última sesión, en enero de 1817, a casona volvió al poder y al uso de los LAGUNA DE ZAVALÍA, los ZAVALÍA Y ANDÍA y los ZAVALÍA de LÓPEZ, descendientes todos ellos, de los antigüos propietarios, hasta que en 1874 el gobierno nacional, adquirió toda la propiedad y la casona.

Su construcción original. Respondiendo al gusto arquitectónico de aquellas épocas, era maciza en extremo, al punto que, en cambio de exceso de solidez, faltaban elementales comodidades de buen gusto y de confort. Lo principal de aquel caserón, era una Sala, que si bien era espaciosa, como recibidor en casa de familia, resultaba mezquina y pequeña para ser el escenario de los sucesos, que la Historia le reservaba como protagonista de los mismo. La casa era de una sola planta y poseía un patio rodeado de habitaciones; dos de ellas, paralelas a la fachada, que pudieron adaptaron para las reuniones del Congreso, por lo que debió demolerse una pared divisoria, para formar un salón de 15 metros de largo por 6 de ancho, que resultara apto para la reunión de todos los representantes de las `provincias que allí debían sesionar en julio de 1816. Estos arreglos llevaron algún tiempo y por ello las primeras sesiones se efectuaron en la casa del gobernador BERNABÉ ARÁOZ, un coronel que luchó con Belgrano en Tucumán y Salta y que para esta ocasión, facilitó también diversos muebles, entre ellos el escritorio y el sillón presidencial. Los demás escaños y sillones, fueron provistos por los conventos de Santo Domingo y San Francisco.

La casa tenía un portón de madera de dos batientes en el centro, flanqueada en su parte exterior por dos gruesas columnas “torsas”, en espiral o salomónicas, las que descansaban sobre un pedestal de ladrillo. A cada lado de dicha puerta o portón había sendas ventanas enrejadas, y en cada extremo del frente una puerta más chica. Como el uso arquitectónico de las columnas en espiral o salomónicas, era a mediados de 1818, una moda pasajera entre nosotros, se deduce que fue por entonces que se debió de construir esta fachada, como se construyó la casa de Sobremonte en Córdoba y en la de Mendiolaza en Salta, propiedades ambas, que tienen esas mismas columnas. Por eso el gran conocedor de la historia de la arquitectura colonial argentina, MARIO J. BUCHIAZZO, afirmó que dicha fachada correspondía a los años 1760 1780, y confirman su aserto, otras pruebas o indicios. El ancho de la finca es de 29 metros con 266 milímetros y el fondo, que incluye su primitiva huerta, es de 69 metros con 379 milímetros. Por sus fondos limitaba otrora con una propiedad, de la que, desde 1784, era dueño un tal JOSÉ GARCÍA y que actualmente está incorporada a la Casa de Tucumán, de modo que el área de ésta, va de calle a calle, desde la denominada del Congreso (antiguamente llamada de La Matriz y posteriormente Independencia), hasta la conocida como calle 9 de Julio, llamada antes calle de Santo Domingo.

La Sala grande, estaba antes dividida en dos y la parte más extensa, que era la mayor de las dos, servía de comedor y, además de tener un a puerta que daba al patio primero, tenía por el otro lado, que da al segundo patio, otra puerta que daba a otras dos de menores proporciones, que serían probablemente despensa y cocina. La única parte de la casa que contaba con galería, a uno y a otro lado, era esta paralela a la fachada. Las otras tres carecían de galería, pero todas las piezas o salas de los cuerpos de edificio, verticales a la fachada se comunicaban y comunican entre sí. Frente a aquellas dos salas o habitaciones del segundo patio, a que antes nos referíamos, había un pozo con su brocal. En este patio estaban los baños y otras dependencias, ya desaparecidas, como ha desaparecido el cerco o muro que, por los fondos, separaba la propiedad de los ZAVALÍA de la de JOSÉ GARCÍA, ya que hoy toda la franja de calle a calle pertenece a la Casa Histórica.

La Sala de la Jura. Así suele llamarse en Tucumán al local en el que los Congresales de 1816 proclamaron y juraron la Independencia, y era aquel comedor, al que nos hemos referido, agrandado mediante la anexión de una salita que tenía a uno de sus extremos, de suerte que llegó a tener 15,40 metros de largo por 5,40 metros de ancho. Hay razones para creer que antes eran dos salas de unos 5 metros la una y de unos 9 la otra, separadas por una pared o tabique, con puerta y que, cuando por complacer a los Congresales, se echó abajo esa pared divisoria, la sala contó, por la parte que da al primer pato, con dos puertas y entre una y otra ventana, más otra puerta que daba al amplio pasillo que había entre los dos patios y una cuarta que daba a las habitaciones del segundo patio, como ya hemos anotado. Las gruesas paredes de la histórica Sala son del grosor de algo menos de metro y al parecer inexpugnables. Pero su techo a dos aguas era y sigue siéndolo, frágil, pues se componía y se compone de 8 tirantes o piernas, con dos alfajías por lado, que descansan en ellos y sobre éstas, las cañas huecas y sobre éstas las tejas de medio punto.

Quiénes la cedieron para su histórico uso?. Recordemos que fuera de las iglesias, que eran tres y amplias todas ellas, no había un local apto para grandes reuniones, ni siquiera en el viejo Cabildo, que fuera cómodo para albergar una treintena o más de personas. Parece ser que ante esta situación, fueron los dueños de esta casa quienes la ofrecieron, hasta permitiendo que se eliminara el tabique que separaba el comedor de la sala contigua. Esta es la versión generalizada, pero es posible que, tratándose de un Congreso que había de durar muchos meses y aún años, se pensara en contar no sólo con una sala de buenas dimensiones sino también con una casa, donde pudieran los diputados, a lo menos algunos de ellos, habitar y sentirse cómodos, sin molestar a los vecinos en cuyas casas como huéspedes, se alojaron no pocos de ellos, en esos tiempos no había hoteles en Tucumán, sino algún que otro albergue para viajeros que pasaban por la ciudad. Sea de ello lo que fuere, los entonces dueños, la prestaron incondicionalmente a los Congresales y ellos se retiraron a otra casa, que tenían en la ciudad. Esos generosos patriotas fueron doña MARÍA FRANCISCA BAZÁN DE LAGUNA y su hijo el doctor NICOLÁS VALERIANO LAGUNA. Se sabe que doña FRANCISCA, desde que se casó MIGUEL LAGUNA en 1761 o en 1762, vivió en ese solar y fue en esa época, o algo después, que se construyó la parte delantera o fachada de esa casona. Como en 1816, esta dama estaba tan entrada en años, y mentalmente tan enferma que, como opina el historiador tucumano ROBERTO ZAVALÍA MATIENZO, no fue ella, sino su hijo NICOLÁS VALERIANO quien generosamente ofreció la casa para sede del Congreso (1).

Un precioso documento de 1861. Cuando era dueña de la Histórica Casa doña GERTRUDIS DE ZAVALÍA, en mayo de 1861, elevó una nota a las autoridades, pidiendo que aquella morada, por ser Santuario de la Patrio, fuera exonerada del pago de contribución directa, diciendo: “Gertrudis de Zavalía, de esta ciudad, ante V. E. Respetuosamente expongo: que por Ley de contribución directa están exceptuados los templos, en que se rinde culto al Ser Supremo, como era regular, pero existe en esta ciudad un Santuario que, si bien yace olvidado por la Nación a causa de (las perturbaciones) políticas, a cargo de una familia decaída de su antigua fortuna, que lo conserva intacto con religioso respeto; el cual, hay también fundada razón para que esté comprendido en aquella excepción de la renta me refiero, Excelentísimo Señor, a la casa monumental de nuestra propiedad, donde se juro la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América por los Padres de la Patria. La conservamos en la misma forma que tuvo en aquella época memorable de la historia argentina, esperando que la Nación recoja bajo su amparo, y consagre a la veneración de las generaciones venideras ese recinto glorioso, privándonos del provecho que su transformación nos ofrece, por esa consideración ; y no me parece equitativo que soportemos el gravamen de la contribución cuando tenemos la conciencia de merecer algún galardón por el servicio de la casa en aquel tiempo, hasta ahora no remunerado, y por su esmerada conservación. Huelga decir que le fue otorgada dicha exoneración.

Vicisitudes posteriores. En 1868, el doctor TIBURCIO PADILLA, Diputado Nacional por Tucumán presentó un proyecto de ley para la expropiación de la Histórica Casa por parte del Estado y para garantizar la conservación de la misma, destinarla a oficinas de Gobierno, y cuando, el 4 de septiembre del siguiente año, se trato el proyecto, BARTOLOMÉ MITRE lo sostuvo y lo defendió. Fue entonces cuando dijo: “Indudablemente, no hay deber más sagrado para los pueblos, que esa religión de los recuerdos grandes de la Patria. Recordar la memoria de sus grandes hombre, de los objetos que les pertenecieron, de las habitaciones durante sus vidas, de aquellos lugares en donde pasaron las grandes escenas de la historia contemporánea y antigua, a sido siempre un deber moral que los pueblos han llenado siempre. Y un pueblo como el nuestro, que tiene una historia heroica, que tiene una generación llena de noble veneración por sus antecedentes, que abriga en el corazón el fuego del patriotismo, no puede menos de rendir culto a esa religión… El proyecto de la Comisión es un tributo rendido al patriotismo, y no se puede menos que simpatizarse con él, pero la materia daría motivo para más, de haber formulado un proyecto distinto del que se presenta. Si la Casa en que se declaro la Independencia Argentina, no merece conservarse como un monumento eterno, como un recuerdo glorioso de aquel hecho; si la Nación Argentina tiene bastante medios para adquirirla, esa sería una razón para comprarla, no para expropiarla””. El 15 de septiembre de 1869 el proyecto fue aprobado por las dos Cámaras mediante una Ley que estableció: Art. 1°. Autorizase al Poder Ejecutivo para la adquisición de la casa en que se juro la Independencia de la República, en mil ochocientos diez y seis. Art.2°. El Poder Ejecutivo dispondrá lo relativo a la conservación del edificio por cuenta del Tesoro Nacional”.

Pero en 1869 la casa ya estaba casi destruida. Fue entonces cuando providencialmente, el fotógrafo ÁNGEL PAGANELLI hizo un relevamiento fotográfico de la ciudad y registró el portal y la galería del primer patio con la sala donde había sesionado el Congreso y lo hizo justo a tiempo, como se verá más adelante. El 25 de abril de 1874 finalmente se formalizó la compra aprobada en 1869 ante escribano, abonando la suma de 25.000 pesos fuertes. “Firmaron el documento de compra-venta, por tercera persona doña GERTRUDIS ZAVALÍA “por no tener vista”, y doña AMALIA ZAVALÍA, por la misma razón” y esas fotos tomadas por PAGANELLI fueron de gran importancia para la reconstrucción que se avecinaba.

La reconstrucción. Ya en posesión de la casona, el Gobierno Nacional por Decreto del 9 de junio 1874, dispuso su reparación, pero pasarán varios años, sin que se ponga en marcha la misma. En 1875, durante la presidencia de NICOLÁS AVELLANEDA, comenzó a hacerse algo, pero lamentablemente se empezó mal. Porque se comenzó alterando la misma fachada, ya que se la sustituyo por otra de estilo greco-romano, con una portada central de medio punto, seis ventanas a la calle, y dos leones acostados que flanqueaban al arranque del frontis (2). Es curiosísima esta modificación escribió más tarde el arquitecto BUSCHIAZZO, pues hizo desaparecer la clásica portada colonial de columnas salomónicas con sus dos ventanas laterales de rejas boladas”. Así desnaturalizada, la Casa fue destinada a ser sede de la Oficina de Correos y Telégrafos, y así, como a ese fin se modifico la fachada, también se hicieron obras en las salas y habitaciones, pero por lo menos, se respetó la Sala de la Jura, aunque también en algunas ocasiones se hizo uso de la misma como dependencia del Correo. Después de la gestión de AVELLANEDA, la casa ya era otra, pero faltaba más daño aún.

Una voz de alarma. En 1880 el diputado tucumano LINDORO QUINTERO expresó, oficialmente, que el edificio donde se había jurado la Independencia amenazaba derrumbarse y el gobierno autorizó que se hicieran las obras de reparación hasta cubrir la suma de seis mil pesos fuertes, cosa que nunca se hizo. En 1890, el entonces Presidente de la Republica, doctor CARLOS PELLEGRINI, decidió restaurarla y para ello designo una Comisión, compuesta por ÁNGEL JUSTINIANO CARRANZA, TIBURCIO PADILLA y PEDRO ALURRALDE, para que se ocupara de esta y otras mejoras y tal vez a ellos se deba, que en 1896, se retiraran de la Casa Histórica las oficinas de Correos y Telégrafos. Pero el edificio siguió abandonado a la buena voluntad de los cuidadores, que eran quienes les mostraban a los visitantes, la Sala de la Jura, sin poder ocultar el dolor que les causaba ver todo tan deteriorado.

En febrero de 1891, cuando ESTANISLAO ZEBALLOS era Director General de Correos y Telégrafos supo, por sí o por otras personas, del estado de abandono en que se hallaba la Sala, en la que se proclamo la Independencia y elevó una nota al entonces ministro de interior diciendo: “La Casa donde se reunió el Congreso de Tucumán, que declaró la Independencia Nacional, esta ocupada por la Administración de Correos y Telégrafos de aquella ciudad. “La Sala de las históricas sesiones permanece cerrada y vacía y cuando los viajeros llegan a visitarla con reverencia, el guardián de sus llaves, ciudadano BORJA ESPEJO, muestra una habitación blanqueada húmeda y cubierta de polvo. Es un deber patriótico restaurar esa Sala, dotándola, sino del mismo mobiliario que tuvo en 1816, por que ha desaparecido, de otro análogo en su forma y tipo antiguo, que puede construirse en Tucumán con modelos que existen. Los retratos de los Diputados, que el H. Senado de la Nación ha hecho pintar y conserva en una de sus oficinas de la Secretaría, deberían naturalmente ser colocados en la misma Sala que en vida honraron. En la mesa del Presidente del Congreso se recogerían las firmas de los visitantes en un álbum. Estas medidas, para cuya adopción se ha hecho el estudio histórico necesario exigirían un gasto insignificante cuyo máximum no alcanzaría a dos mil pesos moneda nacional, y podría quedar restaurada la Sala antes del 9 de julio próximo día en que las autoridades de aquella provincia la visitan en solemne conmemoración patriótica. En consecuencia la dirección general solicita que V.E. la autorización para proceder como proyecta, imputando el gasto al ítem 22 del Presupuesto de este Departamento de 1880, y para rogar al Sr. Presidente del H. Senado de la Nación que contribuya a esta restauración con la colección de retratos a que se ha hecho referencia.

En 1902 el ingeniero PEDRO DE AGUIRRE, funcionario del Ministerio de Obras Públicas, informó que  ” .. en el salón donde se juró la Independencia, se han producido desperfectos” y aconsejaba que se cambiase las tejas españolas por una techumbre de hierro galvanizado. Mutilada en su fachada y semirruinosa como estaba ya la Histórica Casa, ya no se pensó en restaurarla, sino simplemente en demoler todo el edificio, con la sola excepción de la Sala de la Jura, que debía ser protegida por medio de un templete. Y así se ordenó, mediante un Decreto firmado por el Presidente JULIO ARGENTINO ROCA.

En 1903 comenzó la demolición y en setiembre de 1904, presidido por el mismo ROCA, fueron inauguradas las “nuevas instalaciones, una  obra que fue considerada en esos momentos como un gran acierto. Se había restaurado el rancho, revocando los muros, renovando los cimientos y el techo, arreglando pisos y puertas, Lo que eran las salas que daban a la fachada y la mitad del primer patio, quedó convertido en un patio jardín, con dos grandes bajorrelieves de 4 por 12 metros, fijados en las dos paredes. A continuación de ese patio, un monumental pabellón o templete, peyorativamente llamado por el pueblo “la quesera”. Era una obra vistosa y costosa de mampostería y de vidrio de un estilo afrancesado y lo que es más, según un tan buen juez como el arquitecto BUSCHIAZZO, “de muy dudoso gusto”.  Cierto es que lejos de realzar la Sala de Jura que quedaba bajo ella, la achicaba y humillaba. La autora de los bajorrelieves a que nos hemos referido, fue la artista argentina LOLA MORA, que cobro cien mil pesos por cada uno de ellos y aunque fueron y son muy elogiados como obra de arte, fueron severamente criticados como documento histórico ya que para congraciarse con ROCA, hasta puso los rasgos faciales de éste, en el rostro de un congresal militar que sí estuvo presente.

En 1915, siendo ERNESTO PADILLA  gobernador de Tucumán, se procuró dar salida a la Casa Histórica y, a este fin, se pensó abrir una avenida a través del centro de todas las cuadras desde la calle 24 de septiembre hasta la calle General Paz, avenida que seria de 12 metros con veredas de 6 metros cada una. Nada se hizo en este sentido, pero el 22 de junio de 1916 se expropio el terreno que había al fondo de la casa histórica para levantar igual frente sobre la calle 9 de julio que el que tiene la Casa de la Independencia sobre la calle del Congreso, lo que felizmente tampoco se llegó a realizar.

La reconstrucción final. En 1940 el edificio estaba otra vez casi en ruinas y se decidió demolerlo. “Sólo se conservó, escribe JUAN CARLOS MARINSALDA (un investigador vinculado con la Dirección Nacional de Arquitectura), el Salón Histórico, protegido dentro de un monumental templete con cubierta de vidrio al estilo de los pabellones internacionales de la época”. Se promulgó una ley de protección de monumentos y se le encargó la obra al arquitecto MARIO J. BUSCHIAZZO. Había –también dice MARINSALDA- una decisión política de reconstruir la casa y no se puso en duda la historia. Se contaba con los planos de 1870 y las fotos tomadas en 1869 por PAGANELLI. Se asumió que la casa no había evolucionado entre 1816 y 1870 y el arquitecto BUSCHIAZZO se ajustó a los documentos de manera rigurosa”. Invirtió la perspectiva de la foto para tener un plano frontal de la fachada. Compró tejas, rejas y carpintería de la demolición de una casa similar. Construyó muros con ladrillos y el 24 de setiembre de 1943 la inauguraron, con la presencia del general PEDRO PABLO RAMÍREZ, entonces Presidente de facto de la Nación. Tenía razón Buschiazzo: “El tiempo ha hecho olvidar las polémicas y las críticas y se ha encargado de ir cubriendo con su pátina las obras nuevas” (Patricia Kolesnicov).

JUAN CARLOS MARINSALDA, detalla: “Las paredes del salón histórico son las originales, pero no los revoques. El piso es probable que también sea el de 1816. También la puerta principal del salón histórico, con sus marcos y hojas, y posiblemente una puerta que da al zaguán que une los patios. Parece ser que la reja de la ventana del salón es la original. Y nada más”.

“Comprendo que es una mentira piadosa, pero creo que el resultado obtenido y los años se han encargado de justificarla”, decía, en 1966, MARIO BUSCHIAZZO, el arquitecto que dirigió la reconstrucción que se completó en 1943. Es que cuando Buschiazzo tomó el proyecto, la Casa de Tucumán se parecía poco a la que hoy visitamos. Había sufrido, desde 1816, muchas modificaciones. En 1838 se hizo un inventario y allí constaba que tenía “techo de caña y teja en estado ruinoso” y tres patios. En la huerta “hay un pozo y cuatro naranjos dulces y dos agrios cercados de tapias”. La casa siguió cambiando: desapareció el lugar de los criados, se unificaron espacios, se cerraron aberturas.

Las puertas y otras datos curiosos de esta historia. Hay quienes opinan que la ficción construye la realidad y algo de esto pasó con las puertas originales de la Casa de Tucumán. Todo empezó con la foto que ÁNGEL PAGANELLI sacó en 1869. Una foto, obviamente, en blanco y negro, que quedó como el único testimonio de cómo había sido la casa antes de que le cambiaran la fachada en 1875. Con el tiempo, alguien coloreó la foto. Ese fotógrafo anónimo quiso las puertas verdes, las paredes amarillentas, quizá conociendo la disposición municipal que, en 1893, prohibía que se pintaran las fachadas de blanco. “En 1895 -dice Marinsalda- ingresó en el Museo Histórico Nacional un óleo de Genaro Pérez, pintado en base a la foto de Paganelli. Así se oficializó la imagen”. BUSCHIAZO no sabía de qué color eran las puertas, entonces no las pintó. Pero cuando se encontraron los comprobantes de Contaduría de los trabajos de 1816, se supo: le habían comprado a Juan Ignacio Maldez el azul de Prusia “para pintar las puertas y ventanas de la Casa del Congreso”. En 1996 se hicieron trabajos de restauración en carpinterías y herrerías y se encontraron restos azules. “Es probable -dice MARINSALDA- que las puertas se hayan pintado de rojo alrededor de 1839, cuando la casa pasó a manos de PEDRO PATRICIO DE ZAVALÍA. Recordemos que en 1841 ocuparon la ciudad las tropas federales de Oribe.

La restauración. En 1940, el Diputado Nacional por Tucumán, RAMÓN PAZ POSSE, presentó un proyecto que fue aprobado, por el que se habría de reconstruir en su totalidad la Casa Histórica, tal cual como existía en 1816 y la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, a cuyo frente se hallaba entonces el doctor RICARDO LEVENE, tomó con todo empeño esta empresa. Se decidió echar abajo el recordado pabellón, templete o “quesera”; reconstruir la vieja casona en toda su integridad y afirmar las paredes y techumbre de la Sala de Jura. Para la realización de estos trabajos, se contrató al arquitecto MARIO J. BUSCHIAZZO, el hombre con mayor experiencia y por ello, capaz en estos menesteres. Profesor de la Universidad Nacional de Buenos Aires, conocedor y apreciador, como el que más, del arte colonial argentino, El arquitecto BUSCHIAZZO buscó en los archivos de Tribunales, en el de la Dirección Nacional de Arquitectura y en muchos otros lugares donde considerara posible encontrar datos que lo orientaran en su trabajo y pudo hallar media docena de planos de la planta y de alzadas de la Casa histórica y en 1941, comenzó la obra.

Una vez desaparecido el templete y levantado el piso moderno de baldosas, halló los cimientos de la vieja Casona, y con una fidelidad absoluta, volvió a reconstruir lo desaparecido. No halla plano alguno de la fachada primitiva, pero las bien conocidas fotografías que en 1868, saco el señor ÁNGEL PAGANELLI, sirvieron magníficamente a este fin. Como la Sala de Jura, aunque de gruesas paredes, daba señales de desplomarse, BUSCHIAZZO embutió pequeñas columnas de hormigón, con una viga de encadenado que debía actuar como “suncho”, y reforzó las armaduras de madera con escuadras de hierro colocadas de modo que no se vieran. Remplazo las tejas antiguas, con que a principios de este siglo se había cubierto el techo –cuando se hizo el famoso templete o pabellón -, poniendo, en vez de ellas, tejas españolas, y no imitaciones sino de la época. Fue una suerte que esta reconstrucción coincidiera con la demolición de la casona de los PIEDRABUENA, que era análoga y de la misma época que la de los ZAVALÍA, ya que así se pudo adquirir 600 tejas coloniales, 12 pilares de madera dura con sus zapatos, además de 12 puertas y 4 rejas, todo lo cual sirvió para la reconstrucción de la Casa Histórica. Aunque la vieja casona hoy conocida como la Casa Histórica, que como la del Cabildo de Buenos Aires ha tenido que pasar por tantas peripecias, actualmente solo en sus apariencias es lo que era en 1816, la Sala en que se juro la independencia es sustancialmente la misma y si toda la Casa es el santuario, esa Sala es el Sagrario: el lugar veneradísimo para todo argentino y de sumo respeto para todo extranjero que llega hasta sus silenciosos y elocuentes muros.

Estado actual. Hoy, a la entrada de la Casa Histórica, hay un zaguán y, a uno y otro lado del mismo, dos  amplios locales (que antes fueron comercios, con puertas a la calle), y uno más reducido a causa de estar allí, junto al zaguán, una salita para portería. Esta ala y las otras tres, igualmente adificadas, enmarcan el primero de los dos patios, de que consta esta vieja casona. Las habitaciones están en las alas verticales a la fachada y son ocho en total, mientras que en el constado opuesto al de entrada hay una sola de tamaño regular y otra grande, además de un ancho paso que une el primer patrio con el segundo, a cuyos lados se hallan espacios cerrados por tres lados, como para depósitos o armarios. El salón, que es cuanto queda del edificio primitivo, mide 15 metros de largo, 5 de ancho y 6 de alto, hasta la cumbrera. En el medio del mojinete tiene una puerta de 1,15 metros de ancho; una de las paredes laterales no tiene aberturas, la otra tiene dos puertas, y entre éstas, una ventana; las puertas de 1,50 metros de ancho y la ventana de 1,25. Esta tiene una reja de 12 barrotes, con 3 travesaños, las dos hojas que la cierran tienen tres vidrios cada una y su correspondiente postigo. Las paredes, que son de barro, de un espesor de 0,90 metros, están pintadas, en el interior, de color azul hasta 4,50 metros de alto, y el 1,50  restante, como el techo, de blanco. En el exterior tienen color amarillento y friso color marrón obscuro. Los marcos y los umbrales son de quebracho y las puertas, algo carcomidas ya, de algarrobo. Las ocho cabreadas, igual que las vigas, de nogal, todas las maderas están pintadas como el friso. En las aberturas se conservan los herrajes de la época, y en algunas los dispositivos para asegurar las trancas. Del techo cuelgan 3 faroles hexagonales de hierro forjado y pintados de color negro. El piso es de baldosas coloradas, de 0.25 por 0,25 metros.

El señor Zenón Márquez, describe en esta forma cómo se ve hoy la Casa Histórica de Tucumán : “A cuadra y media de la plaza de Tucumán, en la que hoy se llama calle del Congreso, a principias del siglo XIX, existía un caserón de hidalga presencia, donde jurándose la independencia, se resolvió el magno problema de nuestra nacionalidad. La memorable Casa Histórica, es hoy un frontispicio moderno, figurando como unos torreoncitos, en toda su extensión superior. Mira al naciente, levantando unos veinte metros más adentro de su alta y elegante verja de hierro con su gran portada. Circundando este espacio, de la verja a la fachada, se ve en profusión, graciosos y altos rosales. A ambos lados.de la entrada y frente a frente, se admiran los bajorrelieves en bronce, de Lola Mora, en una superficie de tres metros de alto por catorce de ancho cada uno. El de la izquierda, entrando, representa a los congresales en la sala de sesiones, de pie, con los brazos levantados, declarando imponentemente a la faz de 1a tierra, la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El de la derecha representa el pueblo, en un lleno de regocijo, victoriando a sus preclaros ciudadanos, que retribuyen saludos con los sombreros y que al mismo tiempo, parecen arengando a la multitud. Destácanse tipos genuinos de la nueva nacionalidad y magníficos personajes de tamaño natural, de más de un metro sesenta de altura, sobresaliendo la arrogante apostura de los “representantes”, que tienen un parecido- notable con sus originales. Se entra a la mansión que guarda la casa, por tres grandes puertas vidrieras: a la central la antecede un vestíbulo que ostenta un escudo nacional. La que generalmente está abierta sirviendo de entrada habitual, es la de la izquierda. Más hacia la izquierda, hay una pequeña puerta que conduce subterráneamente al final interior, en donde, por una escalera, se sube a la tribuna que ocupan los oradores y el público”.

“Ya estamos adentro del edificio y enseguida, del salón único, que mide unos treinta metros de frente por catorce de ancho, aproximadamente. Un gran rancho a dos aguas, de teja y barro, sin alero, ubicado en el centro con un mojinete recostado sobre la pared lindera con el norte, terminando el otro extremo sur a los veintiún metros de largo por nueve de ancho, por una gran puerta que mira a la tribuna. Este glorioso rancho digo, fué, es y será lo que pomposamente seguirán llamando las generaciones futuras la gran Sala, de Sesiones del Congreso de Tucumán”. Adornan las paredes de esta sala, veinte retratos al óleo, de más de un metro por lado, de los representantes del año XVI, presididos por Narciso de Laprida. Interior y exterior blanquísimos, con un alto friso celeste. Su piso es de adobe cocido, de forma cuadrangular, de treinta y cinco a cuarenta centímetros de largo cada uno. Recostada a la pared de la casa, que enfrenta a la tribuna, está una mesa alta, inclinada en forma de escritorio, con tapa levadiza y encima, el gran libro de firmas. Una gran portada de salida al fondo, que se extiende unos veinticinco metros más; un gran patio de pedregullo en el medio y a su alrededor, frondosas enredaderas, rosales de. arbustos. A un lado de la casa el guardián. Es de sentir que varias provincias y gobernaciones no estén representando el alma palpitante de sus hijos, reverenciando esta joya, con el fervor inextinguible del patriotismo que, cual fuego sagrado, debiera perdurar encendido y ardiendo en el corazón de cada argentino. ¡Loor a los patricios esclarecidos del Congreso de Tucumán!”.

(1) Hasta hace poco, dice MARINSALDA, se creía que la casa había sido cedida por una familia y que los vecinos habían prestado muebles. Pero en 1976 se encontraron recibos que dicen que la casa fue alquilada a sus propietarios y así se replanteó toda esta historia.

(2) Claro que no se arrasa así nomás con una imagen clavada en miles de mentes. En 1893, la Unión Universitaria de Córdoba y Buenos Aires la rescató como símbolo de la Independencia: los estudiantes organizaron una peregrinación y colgaron un telón que reproducía el frente ruinoso que había documentado Paganelli en 1869.

1 Comentario

  1. Noelia estrada

    Soy una tucumana que se entero de algo terrible es sobre uruguay dicen que la independencia la resibieron con nosotros los argentinos no la festejan ni el 25 de mayo deberian festejarlos tambien estuve viendo en internet como es posible que se haya dejado de lados a uruguay la unificacion se debe realizar

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