LA CÁRCEL DE USHUAIA (1903)

Un penal que se hizo célebre por su rigor, conocido también como “La Cárcel del Fin del Mundo” quedó en el imaginario argentino como el presidio más impiadoso y lejano del país y se hizo famoso por su rigor. El escenario donde se yergue siniestra, fue y sigue siendo impactante: al frente, las costas del canal de Beagle; detrás, la cadena montañosa del Martial con el glaciar y el monte Olivia como símbolo, a lo que se agrega una gran bahía. El paisaje pertenece a la ciudad de Ushuaia (3.100 kilómetros al sur de Buenos Aires) y resulta un recreo para la vista. Pero no siempre fue así para quienes llegaban al lugar. Hubo un tiempo en que era la antesala del infierno, eufemísticamente llamada  “Cárcel de Reincidentes” (como fue su primer nombre oficial)  y en ella, convivieron presos políticos con los mayores criminales de la historia argentina. Su construcción, fundada en “razones humanitarias”, se inició en 1902, poniéndose en práctica la idea de que construyéndola en ese inhóspito lugar, cercano a Ushuaia no sólo se podría enviar bien lejos (casi al fin del mundo), a los condenados por delitos muy graves, sino que así se concretaría un acto de posesión del lugar, muy importante para posibles reclamos de soberanía en el futuro, argumento éste que impuso además, la necesidad de levantar allí, si no una ciudad, por lo menos cierta cantidad de casas y edificios públicos que certificaran esa posesión. Ese año se colocó la piedra fundamental del penal, pues ya resultaba insostenible mantener en funciones la aún más cruel penitenciaría militar de Puerto Cook, ubicado en la solitaria Isla de los Estados.

El lugar elegido fue la isla grande de Tierra del Fuego, una zona donde la temperatura promedio anual, en un clima frío y húmedo, es de 5 grados.  El material que se utilizó, fue la piedra, muy abundante en esa zona y la mano de obra, la aportaron los mismos presos. Cuando se terminó su construcción, tenía 380 celdas. Eran unos cubos con paredes de ladrillo, de casi dos metros de largo por dos y medio de alto, con una puerta de madera y una pequeña ventana enrejada y sin vidrios, con vista a aquel exterior inhóspito. Con ese entorno humillante, que le hacía poco honor a aquello que sostiene la Constitución de que las cárceles “deben ser sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”, los presos debían soportar otra costumbre degradante: vestían un traje a rayas en el que la única identificación era un número, única identidad que lo acompañará dura todo el tiempo que dure su condena,

Para poblarla, primero se buscó a presos de todas las cárceles argentinas que quisieran mudarse voluntariamente al presidio que se iba a instalar en Ushuaia.  La idea duró menos que un suspiro. Ante la falta de voluntarios, se los comenzó a trasladar compulsivamente. Antes de ser embarcados, se les colocaban grilletes en los tobillos, por lo que, al estar éstos, unidos por una cuerda a las manos, también atadas, les era imposible dar pasos de más de 20 centímetros. Eran enviados a Ushuaia en barco y este viaje servía como una suerte de iniciación, debido a las durísimas condiciones en las que vivirían durante los siguientes años. Viajaban en las bodegas y en muy malas condiciones de higiene y salubridad. La travesía, duraba 30 días y en su trayecto hacían escala en Bahía Blanca, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia y Río Gallegos para dejar mercarderías en esos puertos. Cuando llegaban a Ushuaia, el barco era remolcado por la lancha “Godoy”, propiedad de la Cárcel y los presos eran llevados a la cárcel. Allí eran afeitados, rapadas sus cabezas  y bañados. Únicamente los penados por delitos leves tenían autorización para usar bigote. Todos, eso sí, compartían la misma vestimenta: traje a rayas negras y amarillas. El criterio que se utilizaba para seleccionar a los detenidos fue variando a lo largo de los años, pero al principio se  los elegía analizando su “historia criminológica, tipo de delito cometido y la conmoción que habían producido en la sociedad”. Tales datos, definían su instalación final, pues la cárcel, construída  bajo el sistema conocido como “Lucca”, disponía de cinco pabellones, dispuestos en forma radial, a los que poco después de su inauguración, se les agregó un “martillo arquitectónico”, para instalar allí a los presos correccionales, baños, una Enfermería, Biblioteca y otras dependencias. En el primero de esos pabellones se alojaba a los condenados por robos y hurtos, en el segundo a los condenados por defraudaciones y estafas, en el tercero a los que padecían enfermedades infecciosas, en el cuarto a los condenados por homicidio y parece que al quinto eran llevados los que, habiéndose rebelado o cometido alguna falta de disciplina, se hacía pasibles de algún tipo de castigo “especial”.

La pesadilla terminó el 21 de marzo de 1947, cuarenta y cinco años después de su inauguración, cuando el Presidente JUAN PERÓN firmó el decreto ordenando su clausura, que le presentó Roberto Pettinato, Director de Instituto Penales, argumentando “razones humanitarias” y luego de ser declarada “Monumento Histórico Nacional, en abril de 1997, sirve hoy como atractivo turístico. Ahora, en Ushuaia, la única ciudad argentina a la que para llegar hay que atravesar la Cordillera de los Andes, aquel edificio de triste, fama alberga, entre otras dependencias, al Museo Marítimo y algunos de los pabellones del antigüo penal, que se han restaurado, menos uno que quedó tal como estaba,  para que los recorren, estremecidos, los numerosos  turistas, que vienen desde todos los lugares del mundo, para vivir, en la seguridad de una vista guiada, los horrores que todavía se respiran entre esas paredes. Es que allí no sólo están los ecos del sonido de los grilletes que arrastraban los presos. También las paredes parecen guardar las voces de presos históricos como Mateo Banks, el chacarero que en 1922 masacró a ocho personas en Tandil  (tres hermanos una cuñada, dos sobrinas y dos peones), para quedarse con la fortuna familiar. O la de Cayetano Santos Godino, “el petiso orejudo”, un asesino serial, condenado a prisión perpetua por asesinar a tres chicos e intentar matar a otros siete y que fue asesinado por otros presos en ese mismo presidio tras matar a un gato que tenían como mascota. O la de Simón Radowitzky, un militante anarquista que en 1909, con una bomba, mató al jefe de Policía, el coronel Ramón Falcón, y a su secretario, Alberto Lartigau, y pasó allí 21 años hasta que lo indultó el presidente Hipólito Yrigoyen el 14 de abril de 1930. Veintiseis años después murió en el exilio. Como presos políticos estuvieron los militantes radicales Ricardo Rojas -periodista y escritor; el diplomático Honorio Pueyrredón; y el diputado Pedro Bidegain, todos encarcelados por el gobierno de facto Félix Uriburu en 1930. Y José Berenguer, editor del diario anarquista La Protesta y junto con ellos,  cientos de hombres anónimos que también conocieron aquella pesadilla, por pensar diferente. La historia se llevó sus datos. Pero en la helada Tierra del Fuego, en las paredes de “la cárcel del fin del mundo”, las llamas de esas vidas que se consumieron ahí, seguirán ardiendo para siempre.

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