LA AVENTURA PATAGÓNICA (1875/1876 y 1879/1880)

En  el siglo XIX en la Patagonia, solo poblada por nativos, FRANCISCO PANCRACIO MORENO compartía con ellos sus trabajos, explorando el territorio que dio a conocer en su libro “Viaje a la Patagonia Austral” Allí y en el norte de esa región, había descubierto valores ignorados: mapuches y tehuelches pacíficos, hierro, carbón, oro, maderas, agua y campos fértiles que esperaban ser explorados para ligarlos al país y defenderlos con recursos, poblamientos y conocimiento de sus confines. Pero el olvido de sus servicios, coincide con una tendencia negatoria de los hechos y las ideas que constituyen una de las características de nuestra nacionalidad. Acallarlos, resistirlos, tergiversarlos, eliminar su recuerdo, sustituírlos por hechos y personajes contradictorios, recurrir a cualquier maniobra de la competencia comercial o de la fuerza política para suprimirlos, han convertido los datos del pasado y de la actualidad, en monólogos   de sordos, que no dejan entender  los objetivos comunes y desvalorizan los principios éticos de la comunidad.

FRANCISCO PANCRACIO MORENO, “Pancho Moreno”, el perito Moreno, también se vio envuelto en esas querellas por ideologías e intereses que aún no han sido superados. Cuando el Presidente NICOLÁS AVELLANEDA patrocinaba sus expediciones geográficas, el Ministro BENJAMÍN ZORRILLA, lo destituía por presunta desobediencia. Cuando unos senadores proponían adquirir quinientos ejemplares de su libro, otros senadores se oponían porque “contenía juicios paleontológicos distintos de la tradición bíblica”. Cuando durante veintidós años dirigió el Museo de la Plata, que había formado con la donación de su colección particular  de objetos de gran valor científico y estaba dedicado  a completar sus estudios  de la geografía cordillerana, en zonas reclamadas por Chile, el Museo fue incorporado a la Universidad de La Plata, quizás con la intención espúrea de restarle la paternidad de ese ámbito, que lo había lanzado al reconocimiento universal. Moreno renunció y su respuesta a ese despojo, fue comprar por mil libras, una colección de “huacos” y  regalárselas al mismo museo que le habían quitado. Devolvió las tres leguas de tierras ubicadas en Bariloche que el gobierno nacional le había  entregado por  servicios prestados al país y quedó casi  la miseria: “yo, que he obtenido mil ochocientas leguas que se nos disputaban y  que nadie en aquel tiempo pudo defender sino yo y colocarlas bajo la soberanía argentina, no tengo dónde se puedan guardar mis cenizas: una cajita de veinte centímetros de lado”. El 22 de noviembre de 1922, después de haber escrito semejante protesta, falleció en  Buenos Aires, donde había nacido de mayo de 1852.

Los comienzos
Hijo de porteños —un estanciero unitario y la hija de un inglés prisionero de la Reconquista—, empezó a coleccionar objetos de historia natural a los doce años. Siguió cursos junto a LUIS JORGE FONTANA y ESTANISLAO S. ZEBALLOS, otros dos patriotas explorador del sur. A los veintiún años excavó en yacimientos fósiles y tumbas precolombinas en Chascomús y Vitel. Un año después,  viajó con el naturalista hermano BURMEISTER  a Carmen de Patagón para recoger huesos e instrumentos de piedra en antiguos enterratorios y paraderos, sobre los médanos del rio Negro. Allí vislumbró la Patagonia que  proyectaba explorar para esclarecer el presunto misterio de su interior y someter el resultado de sus exploraciones a sus compatriotas, despreocupados de la cuestión. Poco después escribió, en el libro del marino JOHN NABOROUGH que había desembarcado en Port Desire (Puerto  Deseado) en 1670 y tomado posesión de  la comarca en nombre del rey Carlos II  de Inglaterra que “Nuestra cuestión con Chile, que nos disputa lo que la naturaleza y la firma de los reyes  ha hecho nuestro, aumenta el interés que tienen para nosotros los territorios que he recorrido en mi último viaje.  Discutimos hace tiempo las “Tierras Australes”  sin conocerlas, hablamos de los límites que nos marca la Cordillera de los Andes, sin conocerlos, hablamos del punto de reunión de la aguas y no sabemos donde están. De qué sirve discutir sobre algo que no se conoce”.

Recorrió el río Santa Cruz con el científico CARLOS BERG y lo hizo en una canoa y después a caballo cuando la navegación se lo dificultaba. Alcanzó la naciente del lago Fitz Roy, que rebautizó “Lago Argentino”. Siguió hasta el Lago Viedma y descubrió otro lago, al que llamó “San Martín”, porque tenía su base en los Andes. Volvió a la costa, río abajo y marchó hacia el estrecho de Magallanes y Punta Arenas, estudiando las zonas disputadas por Chile y que ya ocupaba desde hacía treinta años.

El libro que escribió, “Viaje a la Patagonia Austral”, al que llamaba “mi diario”, informó sobre las observaciones geográficas, geológicas y zoológicas efectuadas; los padecimientos sobrellevados con sus compañeros y con los tehuelches, que fueron sus amigos y a quienes reconoció como dueños de la tierra que pronto les sería arrebatada, relegándolos a una miserable condición. Disfrutó los paisajes ingentes; comió asados de yegua, guanaco y ñandú y las tripas crudas que pudieron darle los indios cuando no tenían otra comida. Levantó los primeros mapas y puso los primeros nombres argentinos en accidentes geográficos de esos territorios. Había descubierto el misterio: la Patagonia no era la tierra maldecida por viajeros que la conocieron de vista, ni el paraíso de quienes la conocieron solamente de oídas; era una inmensa heredad argentina, poblada por indios argentinos, provista de los tres insumos más caros a la economía del siglo: hierro, carbón y oro.

Hombre de su siglo, Moreno era coetáneo de peones, hacendados, oficiales y soldados formados en el peligro, la pri­vación y el coraje. Había sido educado por un padre amigo que lo mandaba a escuchar lecciones de Sarmiento con un grupo de chicos que el viejo despachaba haciéndoles gritar ¡Viva la Patria!.  Había escuchado a Mitre, su discurso inau­gural del monumento a San Martín; había conocido a JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, que le aconsejaba estudiar ciencias y conocer nuestra geografía y a los naturalistas europeos  que traían la ciencia, a veces con revolucionarias ideas.

Tuvo conciencia de que la necesidad urgente del momento era ocupar el país. Conocerlo bien para poder defenderlo bien y para desarrollarlo, más allá del falso progreso que denunciaba, cimentado exclusivamente en el crecimiento económico de Buenos Aires y la pampa  agropecuaria. Era necesario estudiar las regiones  que recorría irrefrenablemente como un poseso,  y las producciones que al evolucionar, supo recomendar a los gobernantes, convirtiéndose  de cabal hombre del siglo XIX en hombre del siglo XX, como tendría que ser:

En estos últimos años —escribió en su libro —, el interés particular había esparcido noticias llenas de contradicciones que abogan, unas por la fertilidad y las inmensas riquezas que encierran esos pretendidos páramos inhabitables y otras, en que se pintan con los colores más sombríos, como para hacer abandono de la idea de utilizarlos” y por exponer esas ideas,  había sido refutado y ridiculizado con el argumento de que veía fantasmas y conspiraciones.

Sus dos primeros viajes a los mapuches de CALEUFÚ, habían sido a caballo. Durante el primero de ellos (1875-1876 ), fue el primer hombre blanco que  llegó al lago Nahuel Huapi desde el Este; gozó de la hospitalidad de  los indios y compartió su “caramuco”,  festival con golpeadas a lanzazos, asados de yegüa, achuras crudas y sangre fresca, borrachera corrida, orgías y riñas. Pero en su segundo viaje (1879-1880), su amigo SHAIHUEQUE mandó detenerlo y estuvo a punto de ser muerto, en represalia por el homicidio  sufrido por un indio días antes en un fortín cercano. El relato de la fuga en balsa por el Collon Cura y el Limay es una de las epopeyas argentinas que preferimos,  a la saga de cuchilleros y proxenetas, florilegio de la narrativa moderna.

Exploraciones y estudios
Después exploró la Cordillera del Norte, donde existían áreas en litigio, recogió datos geográficos y piezas que sumó a sus colecciones,  hasta que las cedió a la provincia de Buenos Aires, done en 1884, fundó el Museo de La Plata.  Su  propósito era extender y metodizar  estudios antropológicos, paleontológicos,  geológicos, zoológicos, botánicos y ge< gráficos, con prioridad por los de las altas cumbres divisorias de las aguas andinas, tarea que encomendó a varias expediciones y que  fueron la clave de su éxito, obtenido en la pericia a que fueron sometidas sus conclusiones, mediante el arbitraje del rey de Inglaterra. En 1893, fue designado para trabajar en este arbitraje y lo hizo hasta que éste se firmó en 1902, y después se trasladó a los lugares a delimitar y amojonar, junto con los peritos chileno y británico, siendo éste  último, el que le atribuyó el mérito de haber rescatado  aquellas  “mil ochocientas leguas”· para la soberanía  nacional.

Desde entonces ha sido conocido como  “el Perito Moreno”. Y como así quedó firme su nombre, quedaron firmes, los nombres que había impuesto a los accidentes geográficos que descubrió en sus exploraciones. El resultado de sus trabajos, alguno criticados por geógrafos contemporáneos, ha sido extraordinario porque la Patagonia interesaba a pocos argentinos, pero a demasiados ingleses y chilenos que la estaban poblando, instalando estancias ovinas en cañadones y al pie de los montes, sobre millares de kilómetro cuadrados. Gracias a hombres como Moreno,  PIEDRA BUENA, ZEBALLOS, ROCA, CORDERO VILLEGAS, LEVALLE, GREGORIO ALVAREZ, los padres salesianos y muchos productores argentinos, la región llegó a estar algo defendida y trabajada por argentinos, pero siempre obligados a sortear obstáculos debido al subdesarrollo económico que atormentaba al país y a la oposición de los interesados en mantener la región para su propio beneficio personal y en lo posible, sin tener que sufrir la competencia, que luchaba para transformarla en una región integrada con  el desenvolvimiento nacional.

“Los que siguen el desarrollo de las naciones de Sudamérica,  explicaba en 1899,  observan que no poca parte del progreso de la Argentina, es ficticio. Sienten que solo se mueve  en ella, lo que está inmediato a sus puertos, que pueden considerarse como  pedazos de Europa, y que con raras excepciones, se abandona al interior, desequilibrándose el país cada vez más como nación,  a medida que se pretende hacerlo más rico y dificultando su coherencia social y política” Moreno ya se adelantaba al tiempo funisecular  del comercio  porteño y de la ganadería subsidiaria, para visualizar la nueva cultura industrial y energética. Conoció los estudios del benemérito ingeniero BAILEY WILLIS, encargados por el ex ministro RAMOS MEJÍA y, en 1917, escribió al Ministro de Agricultura: “Reviso lo que se de las fuerzas económicas de otras naciones que pueden intervenir en nuestro crecimiento o decrecimiento y me siento obligado a decir cuán necesario es que no perdamos un segundo  en desarrollar las nuestras, en forma que el desarrollo de fuerzas extrañas a nuestro país,  aún latentes,  no nos traigan  perjuicios”. El presidente de los Estados Unidos, THEORDOR ROOSEVELT,  en 1907 consiguió reservar en forma permanente para su país, cien millones de acres de tierra para uso público, por su contenido de petróleo, carbón y otros  minerales. […] Declaremos también propiedad nacional, el combustible blanco, el torrente, las cascadas y sobre todo, estudiemos la  tierra, como lo manda el sentido común; cambiando las leyes y los métodos anticientíficos actuales. Solo así llegaremos a crear la Gran Nación de América del Sur”.

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