LA ARGENTINA EN EL BEAGLE Y EN EL ATLÁNTICO SUR.

La Argentina no es una nación belicista. Su historia lo demuestra. No se encuentra en ella ni una sola campaña de agresión, ni el más mínimo avance sobre soberanías ajenas, ni el más leve vestigio de la política imperialista que siempre se acompaña de la expansión y de la penetración usurpadora. Cuando sus ejércitos traspusieron las fronteras nacionales, lo hicieron para llevar la libertad a pueblos hermanos, para rescatar de poderes extraños, trozos de nuestro legítimo patrimonionio continental, o para lavar el honor patrio ofendido desde afuera.

Heredera del vastísimo territorio que comprendía el virreinato del Río de la Plata, cuya extensión sobrepasaba los cinco millones de kilómetros cuadra- dos, hoy está reducida a un sector continental que no llega a los tres millones, obra de las sucesivas mutilaciones que ha sufrido como resultado de la acción promovida por países vecinos. Y si el lejano antagonismo existente entre las coronas de España y Portugal trasplantado a estas tierras, fue el motor emocional y político que nos arrancó las riquísimas Misiones Orientales, luego de cercenarnos Río Grande del Sur y la Banda Oriental del Uruguay, segregada del cuerpo nacional, después de que nos costara ríos de sangre, tan inútiles como memorables, vertidas en el campo de batalla, las amputaciones de Tarija y el Alto Perú, del Chaco Boreal, de la mitad de la Puna de Atacama y del archipiélago fueguino oriental, sólo encuentran justificación en una cadena ininterrumpida de renunciamientos que nada, excepto la más estrecha visión geopolítica, nos obligaba a realizar.

El sistema de arbitraje, tan alabado por algunos historiadores, juristas y políticos, nunca nos ha favorecido,  ni tan siquiera hecho justicia. Quizás nos ha evitado el drama de la guerra, pero nos ha rebanado suculentas tajadas que han ido a engrosar la mayor parte de los organismos  políticos vecinos, alguno de los cuales, aún muestran un apetito insatisfecho.

Porque no es verdad que Chile haya “perdido su Patagonia” en virtud del Tratado de Límites de 1881, como se ha sostenido siempre desde el  otro lado de Cordillera. Chile no ha perdido ni un milímetro de su soberanía territorial a raíz de las disputas que tiene con la República Argentina desde 1843. Toda la Patagonia atlántica y la pacífica, eran argentinas como consecuencia  indiscutible de la legítima herencia del virreinato del Río de la Plata. Si después de 1910, voluntariamente  se le cedió a Chile la región sur que se extiende desde el río Bío Bío hasta el Cabo de Hornos, jamás se le reconoció como de su pertenencia, punto alguno que fuera bañado por el océano Atlántico, ni al norte, ni al sur del Estrecho de Magallanes.

Este principio continúa inamovible, aunque la Corte Arbitral haya opinado en el considerando número 29 de su laudo emitido en 1893, que el Artículo II del Tratado de Límites de 1881, nos atribuyó la Patagonia, haciendo mérito de que en el citado artículo se dice  que “los territorios que quedan al norte de dicha línea que va desde Punta Dungeness hacia el Oeste) pertenecerán a la República Argentina”, como dando tender que si hubieran sido argentinos en el Tratado diría “pertenecen”. El recurso semántico le ha permitido a la corte arbitral, en cuyo juicio y sabiduría depositamos nuestra confianza (parece que indebidamente), extraer curiosas conclusiones y sorprendentes conceptos, como el que acabamos de citar; eso sí, siempre favorables a las tesis y peticiones chilenas, nunca a las nuestras.

Lo cierto es que por el Tratado de 1881, Chile ganó el borde Sur de la Patagonia —que también era argentino— con excepción del tramo costero que corre entre Punta Dungeness y Cabo Vírgenes, que es el extremo Noreste del Estrecho de Magallanes. Por lo tanto, salvo  el pequeño triángulo determinado por Punta Dungeness y Cabo Vírgenes al Norte, en el continente, y el Cabo Espíritu Santo, al Sur, en la Isla Grande, el resto del Estrecho quedó para Chile.

Fue un gravísimo error de la diplomacia argentina, puesto que por lo menos la mitad de dicho Estrecho,  debería haber permanecido bajo nuestra soberanía. La consecuencia de esta más que generosa concepción, es que, además de haber perdido el control de uno de los pasajes interoceánicos, se ha permitido que Chile se aproximara  peligrosamente al Atlántico, en ese sector. Tanto es así, que si en posteriores conversaciones, Argentina reconoce, como parece pretenderlo Chile,  que el límite oriental del Estrecho, es la línea Punta Dungeness-Cabo Espíritu Santo, nuestro vecino ya dispondrá de otro punto de apoyo en el Océano Atlántico, al norte de la Isla Grande, que es lo que necesita para reclamar jurisdicción marítima sobre una extensión de 200 millas hacia el este en este océano. Esperemos entonces, que la boca oriental del Estrecho de Magallanes, siga siendo argentina, ya que en la región fueguina, Chile, ya ganó la mayor parte de la Isla Grande, perfeccionando de este modo, su completo dominio del Estrecho.

El Protocolo Adicional y Aclaratorio de 1893, que la corte  arbitral ha ignorado en la parte que nos es favorable, si bien es cierto que ha afirmado inequívocamente, el principio de la separación oceánica, ignorado por la referida corte, nos ha perjudicado, privándonos de una salida al Pacífico. El profesor RICARDO R. CAILLET-BOIS, ex Presidente de la Academia Nacional de Historia, en su libro “Cuestiones Internacionales (1852-1966)”, al referirse al artículo 2º del mencionado Protocolo dice: “La Argentina cedía aquello que el ministro Irigoyen había afirmado que nos pertenecía: Puerto Natales. En consecuencia, el Protocolo constituyó otro triunfo de Chile. La Argentina abandonó en ese sector el límite de las altas cumbres, compensación bien pobre frente a los ochocientos kilómetros cuadrados que obtuvo en Tierra del Fuego.

Bien pobre decimos y  lo subrayamos, porque renunciamos a tener un puerto en el seno de la Ultima Esperanza y el Puerto Natales, situado a poco más de quince kilómetros de la frontera argentina y de la cuenca carbonífera del Rio Turbio. Es decir, que una vez más cedimos.¿A cambio de qué? De una revisión del hito de San Francisco. Y habría que agregar, de una rectificación de la longitud del meridiano divisorio de la Isla Grande el que, de todas maneras,  pasando por el punto denominado Cabo Espíritu Santo, no cortaba las aguas de la Bahía San Sebastián y por lo tanto, no otorgaba salida a Chile en el Atlántico. Y en el artículo 3° del Tratado de 1881 se expresa que “En la tierra del Fuego se trazará una línea que, partiendo del punto denominado Cabo del Espíritu Santo. . .”.

En virtud de ese Tratado,  Chile no obtuvo la Patagonia, su aspiración máxima, hasta ese momento. Pero nos desalojó del Pacífico, se quedó con el Estrecho de Magallanes, con la mayor extensión del archipiélago fueguino y dio un paso largo hacia el Atlántico.

La capciosa interpretación de los límites correctos del Canal Beagle, basada en un error del capitán King, comandante de la primera expedición hidrográfica británica a la región austral de Sudamérica, de 1826 a 1830, ha dado lugar a que Chile sostenga que las islas Picton, Lennox y Nueva, así como el islote Snipe, le pertenezcan, porque, según su tesis, están al sur de aquel canal, lo que no es cierto como lo demostrarán algunos de los señores expositores. Y haciendo caso omiso del principio establecido y reconocido de “separación oceánica” —Chile en el Pacífico y la Argentina en el Atlántico— ha avanzado sobre este océano usurpando, desde fines del siglo pasado, las tres islas antes citadas que ni están al Sur del Canal Beagle, ni están en el Pacífico, ni están al occidente de la Tierra del Fuego, otro de los principios contenidos en el Tratado de 1881, que nuestro vecino sigue violando.

Debemos reconocer que nuestra tolerancia y negligencia han sido grandes. La fundación del “Fuerte Bulnes” en 1843 —en Puerto Hambre un poco al Sur de donde ahora se levanta Punta Arenas—, debería laber sido contestada con el desalojo de los intrusos. Eso no se pudo hacer y hubo que aceptarlo como “hecho consumado”. La ocupación de las islas Picton, Lennox y Nueva a partir de 1892, también debería haber sido resistida. Tampoco se hizo y se toleró la invasión que contraría la fe jurada al firmarse los Tratados de 1881, 1893 y 1902 (Resumen del Prefacio del libro “La Argentina en el Beagle y Atlántico Sur”, firmado por el almirante Isaac F. Rojas).

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