JUICIO AL GENERAL JOHN WHITELOCKE (28/01/1808)

Una multitud se agolpa a las puertas del Hospital de Chelsea, en Londres. Allí se celebrará el juicio contra un hombre que ha desmerecido el prestigio militar de Gran Bretaña: el hombre cuya derrota en el Plata ha causado a Su Majestad “el más doloroso pesar”. A las 10 de la mañana se abren las puertas al público. Preside el Consejo de Guerra el muy honorable general WILLIAM OF MEADOWS. Poco después aparece el general JOHN WHITELOCKE, de uniforme, pero sin banda ni espada.

Todos los altos oficiales que participaron en la invasión, fueron llamados a declarar, con excepción de algunos cuerpos que desde Montevideo fueran enviados directamente a la India, otro enclave de la política imperialista de británica en aquella época y durante el trascurso del juicio, aparecieron los trapitos al sol del ejército británico, en especial las graves rivalidades que dividían a sus jefes.

Abre la causa el fiscal RICHARD RYDER. Está ansioso de que todos se formen una idea cabal de la magnitud del desastre militar… y económico causado por el acusado: “La expedición al mando de Whitelocke fracasó completamente… lo que ha desvanecido todas las esperanzas que se abrigaban de abrir nuevos mercados a nuestras manufacturas”. Alude al “salvajismo” de los pueblos sudamericanos al referirse a “rudas necesidades de países que salían de la barbarie”. Califica al contraste de “calamidad nacional” y achaca toda la responsabilidad a Whitelocke. Su misma actuación lo condena, afirma tajante y presenta su primer testigo.

El general Gower, segundo de Whitelocke en la expedición, describe en esta oportunidad y en sesiones posteriores, con minucia, los pormenores de la expedición. Procura mantenerse en un plano de absoluta prescindencia. Pero deja filtrar algunas alusiones poco favorables al acusado. FISCAL: ¿Le informaba a usted el general Whitelocke cada tanto del plan general da operaciones? GOWER: No tengo conocimiento de que jamás se haya formado plan alguno; ni me consta que lo haya habido.

Cuarto día de sesiones (febrero de 1808): Pregunta el Teniente general John Moore: ¿Cree usted que se habría podido conseguir alguna ventaja material si todo el ejército hubiese pasado el río y atacado al enemigo el día 27. GOWER: Creo que habrían tomado Buenos Aires. Comparecen más testigos. Entre ellos el general Crawfurd. En su declaración censura a Whitelocke por no haber llevado las calderas de campaña en las que se hubiera podido hervir trigo para suplir la falta de galletas. FISCAL: ¿Hicieron objeción al plan de ataque el día 4 algunos de los jefes principales?. GOWER: No, por cierto, pues todos contaban con el triunfo.

A su vez, el 12 de febrero, el testigo TORRENS declara: —No se tomó ninguna medida para la retirada; creo que la opinión general era que nuestras operaciones serían coronadas por un completo triunfo. A una pregunta sobre cuál era la disposición de los habitantes de la colonia, GOWER responde: —Jamás hubiera creído que fueran tan implacablemente hostiles como por cierto lo fueron… No creo que haya habido un solo hombre realmente adicto a la causa británica en la América española. Teniente coronel DUFF: .”Con menos de cien hombres estaba en medio de una ciudad donde todos eran enemigos, todos armados, desde el hijo de la vieja España hasta el negro esclavo”. WHITELOCKE se defiende y dice: —Esperaba encontrar una gran porción de habitantes preparados a secundar nuestras miras. Pero resultó ser un país completamente hostil. Continúa censurándose la actuación del comandante.

El 24 de febrero le toca el turno de declarar a SAMUEL AUCHMUTY: P: ¿Después de la orden general para el ataque, sus tropas siguieron con las armas sin cargar? R: Sí. La tropa estaba completamente desanimada; hasta el punto de expresarse muchos de los soldados en términos inconvenientes… Quiero decir que la tropa no tenía ninguna confianza en su general. P.: ¿Cree usted que si la Fuerza que salió de Montevideo para expedicionar contra Buenos Aires hubiera sido dirigida de modo diferente, habría triunfado?. R.: No tengo duda de que la fuerza era más que suficiente para tomar Buenos Aires.

Durante todas estas sesiones se escucharon reiterados elogios al valor de la población civil de Buenos Aires y críticas a la conducción de la fuerza expedicionaria inglesa. Nadie pudo explicar, por ejemplo, cómo fue que, después de la derrota de Liniers en Miserere, los ingleses no entraron de inmediato en la ciudad. Se calificó de ridículo el plan de hacer marchar a las tropas por la capital en columnas dispersas y con órdenes de no disparar un solo tiro hasta alcanzar sus objetivos, lo que fue quizás, una de las principales causas de la derrota. También se hizo evidente la falta de planos adecuados de la región que llevó a los invasores a equivocarse feamente, pues creían estar en el Retiro cuando se encontraban en los corrales de Miserere.

El 14 de marzo WHITELOCKE inicia su defensa pero su suerte parece estar ya echada. Alega que había considerado estéril entrar a fuego en la ciudad y había preferido una confrontación directa con los soldados españoles. Y reconoce: —Puedo haber errado en adoptar un plan que ha dado malos resultados. Por confiar en él, puedo haber dejado de tomar toda la precaución necesaria, y que habría tomado de prever la resistencia que se nos opuso. Como testigo de la defensa declara el general WHITE. Al referirse a la campaña en la isla de Santo Domingo elogia a Whitelocke: “… Encabezó una de las principales columnas contra dicha fortaleza (Puerto Príncipe), lo que cumplió con la mayor bravura”. Pero en su alegato final, el fiscal resume: —El valiente ejército, tan altamente digno de mejor suerte, se vio así obligado a comprar su salvación con el deplorable sacrificio de su honor.

El juicio concluye el 18 de marzo. Se formulan contra Whitelocke los siguientes cargos: 1) haber exasperado los ánimos de la población porteña al exigir la entrega de empleados civiles en calidad de prisioneros de guerra; 2) haber mandado dividir las fuerzas y hacerlas entrar en la ciudad con las armas sin cargar; 3) no haber socorrido a las divisiones que se hallaban acorraladas en Buenos Aires; 4) haber capitulado de manera de perder las posiciones conquistadas en la ciudad y aun la plaza de Montevideo, “que se hallaba suficientemente guarnecida y provista contra un ataque”. La sentencia del tribunal militar declara que es culpable de todos dichos cargos, con excepción de la parte del segundo que se refiere a la orden de llevar las armas sin cargar y no hacer fuego bajo ningún pretexto.

Se esperaba el veredicto del jurado condenando a muerte al general vencido, pero se supo que Whitelocke sólo sería expulsado del ejército. Los rumores aseguraban que el acusado salvó la cabeza gracias a su condición de bastardo real, lo que explicaría la presencia de personas de la Corte en las sesiones y el interés manifiesto del Príncipe de Gales en el asunto.

Es quizás por eso que el alto Tribunal dispone “que dicho teniente general Whitelocke sea dado de baja y declarado totalmente inepto e indigno de servir a S. M. en ninguna clase militar”. Agrega el fallo que el Rey ha ordenado que la sentencia sea leída a la cabeza de todos los Regimientos a su servicio e insertada en todos los libros de órdenes de regimientos “para que sirva de eterno recuerdo de las fatales consecuencias a que se exponen los oficiales revestidos de alto mando que, en el desempeño de los importantes deberes que se les confían, carecen del celo, tino y esfuerzo personal que su soberano y su patria tienen derecho a esperar de ellos”.

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