ISIDORO EL GUANACO

A fines del siglo pasado, hacia 1870, el médico y escritor PABLO MANTEGAZZA comprobó en Salta un curioso caso de regresión biológica, que documenta así: “Un pobre muchacho de ocho años, llamado Isidoro, huérfano y nacido en los valles de Salta, conducía todos los días al pastoreo un rebaño de ovejas y se quedaba por los cerros hasta la tarde, hora en que regresaba a la casa de sus patrones. Un día la majada volvió sin su pastor, y a pesar de todas las diligencias que se hicieron, no se tuvo más noticia de su paradero. Veinte años después, unos pastores aseguraban que habían visto al diablo corriendo por los cerros, en medio de una tropa de guanacos. Esta noticia, repetida por varias personas dignas de fe, indujo a uno de los más arrojados vallistas, sin miedo al diablo, a ponerse en acecho en el lugar donde los guanacos acostumbraban pacer, y con las boleadoras, se apoderó de un extraordinario bípedo, completamente desnudo, cubierto de pelos y con los cabellos sueltos. Ni ruegos ni amenazas bastaron para que hablase, y sólo sabía pronunciar el nombre de Isidoro. Aborrecía la carne y la sociedad de los hombres y vivía sólo de leche, hierbas y frutas. Después de una breve y forzada permanencia entre sus antiguos paisanos, huyó por segunda vez, y por segunda vez fue aprehendido. Se le enseñó a hablar y a ser hombre, y confesó que habiéndose perdido en los bosques, se había familiarizado con los guanacos, los que acostumbrados a verlo en sus desiertos, se volvieron sus buenos amigos; chupaba la leche de las hembras y pacía con ellas. En los últimos años de su vejez “Isidoro el Guanaco” (como se le llamaba en Salta), era muy tímido, veloz en la carrera como el caballo, y en todos sus movimientos representaba al animal que durante muchos años había sido su compañero” (ver Cuentos y leyendas).

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