INMIGRACIÓN Y COLONIZACIÓN

Desde el siglo XVII hasta el siglo XIX, la población del territorio del Río de la Plata, se caracterizó por tener, sin contar la aborigen, una escasa cantidad de pobladores españoles y un reducido ingreso de extranjeros (debido a las restricciones a la inmigración impuesta por las autoridades), por lo que tuvo que recurrir a la introducción de negros (esclavos), dada la escasez de mano de obra indígena.

Así fue que el ingreso de extranjeros se constituyó en una variable permanente y fundamental de la  dinámica y el crecimiento poblacional argentino, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XX. Entre 1830 y 1930, más de cincuenta millones de europeos, emigraron hacia América, aunque concentró su mayor volumen en los 50 años comprendidos entre 1880 y 1930.

“Los movimientos migratorios y el contacto entre culturas, dan cuenta de la historia de la humanidad. A veces, como movimientos forzados por cuestiones climáticas o para la obtención de recursos naturales. Otras, como medio de obtener mano de obra esclava. Y otros como movimientos relativamente libres, cuando tienen que ver con decisiones personales impulsadas por la búsqueda de una mejor calidad de vida”.

Los primeros gobiernos patrios levantaron las restricciones al ingreso de extranjeros y un ejemplo de ello es el Decreto de “Promoción de la Inmigración del 4 de setiembre de 1812, que no obtuvo el resultado que se buscaba. No llegaron inmigrantes en forma masiva, pero si algunos ingleses, franceses, irlandeses, italianos y alemanes se establecieron en Buenos Aires y en su campaña.

En el siglo XIX, la solución a los problemas económicos, demográficos, políticos y religiosos de Europa, derivó en una emigración que se vio favorecida por los adelantos producidos en el ámbito del transporte marítimo y por la aparición de nuevos países en América, África y Oceanía. La emigración europea, fue muy importante desde principios del siglo XIX hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (setiembre de 1939) y su destino principal fue América.  Estados Unidos fue el país que recibió mayor cantidad de inmigrantes, siguiéndole en importancia la Argentina, una de las naciones del mundo que más corriente inmigratoria recibió en la época moderna;

A principios del período nacional, BENARDINO RIVADAVIA, en 1821, en su carácter de ministro de la provincia de Buenos Aires, fomentó la inmigración con el fin de acercar a la cultura rural, ganadera y comercial de Argentina personas con nuevas aptitudes agrícolas y urbanas con el objeto de enriquecer el desarrollo económico argentino, así como también a intelectuales, científicos y artistas para su desarrollo cultural (ver más adelante “Un proyecto de colonización fallido”). El 19 de enero de 1826 se estableció una “Comisión de Inmigraciones”, con el fin de promoverla, y se encararon varios proyectos de colonización que tuvieron poco éxito; Rosas clausuró dicha comisión en 1830, por considerarla inútil y costosa, destinando la tierra para el pastoreo. Durante su gobierno, no se llevó a cabo ninguna política inmigratoria, aunque muchos extranjeros arribaron por razones personales, políticas o económicas, siendo bien recibidos pero no brindándoseles incentivo especial alguno. Después de la caída del gobierno de Rosas (1852), la necesidad de inmigrantes europeos para habitar las despobladas tierras de Argentina, y especialmente para estimular la agricultura, era tan grande, que el Artículo 25 de la Constitución de 1853 estableció específicamente: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”.

Consignemos que además de este interés oficial, integrantes de la Confederación como URQUIZA y AARÓN CASTELLANOS, estaban personalmente interesados en atraer corrientes inmigratorias, ofreciendo asistencia económica y práctica a grupos e individuos. En la provincia de Buenos Aires, entonces separada de la Confederación (década de 1850), la promoción de la inmigración disminuyó aunque en leve medida, ya que a pesar de sto, las corrientes europeas comenzaron a arribar a Buenos Aires y a las provincias de la Confederación. Para prever y solucionar los problemas que comenzaron a surgir debido a la falta de una política inmigratoria oficial adecuada, un grupo de ciudadanos (muchos de ellos estancieros), en 1857,  formaron la  “Asociación Filantrópica de Inmigración” para asegurarse que los recién llegados fueran atendidos a su arribo, asesorados y posteriormente asignárseles una ocupación.

El período comprendido entre 1856 y 1889 se inició con la instalación de la primera colonia agrícola (“Colonia Esperanza” en la provincia de Santa Fe) y hasta 1880, puede observarse un aumento gradual de la cantidad de inmigrantes, que se tornó vertiginoso desde esa fecha, alcanzando su pico máximo en ese año, cuando llegaron 220.000 inmigrantes al país. Este movimiento estuvo vinculado con una política  de fomento de la colonización, instrumentada a través de una Administración Pública progresista y de la gestión de particulares, lo que desemboca en la sanción de la “Ley Avellaneda” de Inmigración y Colonización, promulgada el 19 de octubre de 1876 ).

Entre 1857 y 1941, más de seis millones y medio de extranjeros arribaron al país, aunque aproximadamente la mitad de ellos finalmente regresó a su lugar de origen; algunos llegaron por sí mismos, otros fueron traídos por empresarios individuales o bien agrupaciones organizadas; otros llegaron en razón de proyectos patrocinados por el gobierno nacional o por los provinciales; muchos se dedicaron a la agricultura comercial, y otros permanecieron en las ciudades; al principio, se hallaban concentrados en las pampas o en las ciudades costeras, pero finalmente se dispersaron en todas las provincias: como habilidosos artesanos, granjeros, mineros, comerciantes, trabajadores industriales, maestros y científicos, contribuyeron a constituir una gran clase media que finalmente provocó cambios políticos, económicos y sociales de carácter democrático. El gobierno vio la necesidad de designar jueces para que atendieran a algunos de sus problemas (especialmente en relación con deudas incurridas en el transporte) y finalmente estableció su propia oficina para que se hiciera cargo de las funciones de la Asociación Filantrópica. Después de que Buenos Aires, se incorporara al resto de la provincias (11/11/1859), para conformar la “Confederación Argentina”, tanto MITRE como SARMIENTO alentaron la inmigración

En 1868 se creó una Comisión Central de Inmigración y desde 1869 (año del primer censo) a 1970, la población de la República Argentina se incrementó de 1.800.000 a 23.400.000 habitantes, la mayoría de los cuales provienen de la inmigración (en 1914 el 30% era extranjero), modificando completamente el contenido étnico de su sociedad, junto con su economía, pero su identidad cultural y nacional ha salido finalmente fortalecida, en gran medida continuando sus propios lineamientos tradicionales.

En 1876 se sancionó la Ley Nº 817 de “Inmigración y Colonización” en un intento de reunir en un solo texto legal toda la anterior legislación sobre inmigración y colonización, categorizando como inmigrantes  a los “extranjeros jornaleros, artesanos, industriales, cultivadores o profesores que con menos de 60 años de edad, buena moralidad y aptitudes suficientes, que lleguen en tercera ó segunda clase (en barco) al territorio de la República para establecerse en ella”. Establece un régimen para ellos y crea el  Departamento General de Inmigración para que determinara y dirigiera los procedimientos necesarios.

Hacia 1880 se abrieron las puertas a la inmigración, arribando cientos de miles de europeos durante las siguientes cuatro décadas. A principios del siglo XX,  algunos argentinos se hallaban preocupados por los agitadores laborales de origen extranjero y aprobaron las leyes de Residencia y Defensa Social, pero los inmigrantes continuaron siendo bienvenidos; la libertad personal y de culto y las oportunidades económicas cons­tituyeron los mayores incentivos, atrayendo el catolicismo romano y los antecedentes culturales mediterráneos de la Argentina a muchos italianos y españoles (los dos grupos étnicos predominantes).

El período 1905/1914 es cuando se registra la mayor afluencia de inmigrantes, Según el Censo de 1914, el 30% del total de los habitantes del país, eran extranjeros y en la ciudad de Buenos Aires, este porcentaje se elevó al 51% de su población total. En 1912 la inmigración llega a su máximo histórico de 323.000 ingresos anuales por lo que se inaugura un nuevo Hotel de Inmigrantes de enormes dimensiones como señal de que esperaba seguir recibiendo a grandes contingentes

En el tercer período de alza, que comenzó en 1918, la inmigración europea fue consecuencia de la guerra que estallara en 1914. Además de la tradicional corriente de españoles e italianos, ingresaron polacos, rusos, ucranianos, yugoeslavos y nacionales provenientes de otros países de Europa Central. Ellos se asentaron en el Chaco, Misiones y el Alto Valle del Río Negro,-dado que las tierras de la llanura pampeana estaban saturadas de población, mientras que otros se dedicaron a otras actividades.

Durante la depresión de la década de 1930, el flujo de inmigrantes disminuyó sensiblemente y Argentina dificultó levemente el otorgamiento de la ciudadanía para no agravar el desempleo y ante la inseguridad política internacional, algunos países europeos limitaron la salida de sus ciudadanos, por lo que aquel año fue el inicio, del último período de baja, en la corriente migratoria europea. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, arribó al país una nueva corriente inmigratoria, en gran parte con vocación  urbana, muchos de ellos procedentes de Europa oriental y algunos de Asia; sólo los japoneses, los europeos orientales y los alemanes han buscado como destino las zonas agrícolas del Chaco, Misiones y Río Negro

Hacia 1940 se reanudó el movimiento migratorio, que fue completamente interrumpido por la Segunda Guerra Mundial. Desde 1947 hasta 1955 se extiende el cuarto y último período de alza. Como consecuencia de la Segunda Guerra, Europa dispuso de una nueva masa de población, dispuesta a emigrar ya sea por problemas económicos o políticos. A su vez, Argentina requería mano de obra para su desarrollo industrial generándose una fuerte y fugaz corriente inmigratoria entre 1947 y 1952 que dejó un saldo de más de 600.000 europeos. Posteriormente se revirtió el fenómeno y Europa se transformó en receptora de mano de obra de los países meridionales del continente. Actualmente, a pesar de la recesión europea, no parece probable una nueva corriente inmigratoria hacia América.

Finalizaremos diciendo que desde sus orígenes, nuestro país ha sido receptor de inmigración, la que ha ido variando en su composición y características, por lo tanto, si evaluamos la influencia de los movimientos migratorios (europeo, limítrofe o interno) en nuestro país, diremos que este proceso significó una verdadera revolución demográfica que transformó radicalmente las características étnicas, sociales, económicas y políticas de la Argentina (Fuente consultada Dirección Nacional de Migraciones, Ministerio del Interior)

Fomento de la inmigración y colonización de la tierra pública. El 4 de septiembre de 1812 el Triunvirato firmó un notable decreto sobre inmigración y colonización. “El gobierno ofrece su inmediata protección, dice en los considerandos, a los individuos de todas las naciones y a sus familias que quieran fijar su domicilio en el territorio del Estado, asegurándoles el pleno goce de los derechos del hombre en sociedad. A los extranjeros que se dedicaran al cultivo de los campos, el decreto ordenaba que se les diera terreno suficiente, se les auxiliara para sus primeros establecimientos rurales y en el comercio de sus producciones gozando de los mismos privilegios que los naturales del país. Por último, a los que se aplicaran al beneficio de las minas, se les repartiría gratuitamente los terrenos baldíos, y se les permitiría la libre introducción de los instrumentos necesarios para la explotación de minas.

Este decreto lleva las firmas de CHICLANA, PUEYRREDÓN y RIVADAVIA. Más tarde, la Asamblea del año 1813, dictó algunas medidas de carácter económico para combatir el latifundio. A este efecto suprimió los mayorazgos y facultó al Poder Ejecutivo para que distribuyera la tierra pública “por el modo que crea más conveniente al incremento del Estado”. En el año 18l8 el director PUEYRREDÓN reglamentó minuciosamente el repartimiento de tierras. Dentro de la línea de fronteras se donaban terrenos baldíos, con la condición de que se debían poblarlos a los cuatro meses de entrado en posesión del terreno. La extensión (1), de las tierras concedidas debía guardar relación con la capacidad del poblador para colonizarlas, pero el gobierno no se obligaba a proteger a los nuevos propietarios contra la invasión de indios.

El Congreso de 1819 dictó una ley por la que se dispuso la repartición de terrenos baldíos en las provincias de Salta, Cuyo, Jujuy, Santiago, Catamarca y Córdoba. Ä muchos abusos dieron lugar estas donaciones. Se denunciaron extensas superficies, aún dentro de la frontera asegurada. En la mayoría, no se cumplieron las condiciones de población impuestas por el gobierno…En la primera época de la independencia, el gobierno no podía emplear otro método que las donaciones para poblar su territorio y especialmente la frontera. Eran pocas las fuerzas que disponía para detener al salvaje en tres frentes dilatados, la policía y la organización judicial resultaban deficientes para hacer respetar el derecho a crearse (1) ver “De Nuestra Historia”, Revista mensual de Historia Americana, N° 1.

Una empresa colonizadora fallida (22/08/1821). BERNARDINO RIVADAVIA era un ferviente partidario de la colonización mediante la concesión de tierras a colonos extranjeros. Una de sus preocupaciones fundamentales durante su primera estadía en Europa había sido la de traer labradores, comerciantes y demás hombres útiles del Norte, según escribía a PUEYRREDÓN el 9 de setiembre de 1818. Ya ministro de MARTÍN RODRÍGUEZ, varias iniciativas de RIVADAVIA, fueron orientadas hacia rumbos más prácticos y le dio impulso a sus ideas sobre la colonización, logrando que la Legislatura, a propuesta del Poder Ejecutivo, aprobara el 22 de agosto de 1821 una ley por la cual “el gobierno quedaba facultado para negociar el transporte de familias industriosas, que aumenten la población de la provincia”. En setiembre del mismo año, el gobierno recibió una nota de John Thomas Barber Beaumont, fechada en Londres, en la cual le propone traer familias inglesas. Rivadavia le contestó de inmediato –el 24 de setiem­bre de 1821–, pidiéndole que se pusiera en contacto con Hullet Hermanos y Compañía, agentes comerciales del gobierno de Buenos Aires en Londres, y el mismo día escribía dos notas a estos agentes, encargándoles de las gestiones para el envío de inmigrantes. A partir de entonces se inició una larga tramitación entre el gobierno, Beaumont y Hullet. En cierto momento, Beaumont propuso destinar parte del capital de la sociedad para adquirir tierras en propiedad, ya que el gobierno no estaba dispuesto a entregárselas en donación. Rivadavia envió en­tonces nuevas instrucciones a Hullet –el 24 de noviembre de 1823– en las que afirmaba: “El Ministro juzga innecesario que este señor tome el medio que propone de comprar una hacienda, mucho más cuando no sería tan útil, ni para él, ni para la población, pues.., es a todos respectos preferible el que los recursos… sean destinados al más pronto envío de un mayor número de matrimonios que se establecieran ventajosamente en el país”. En la misma fecha el gobierno encomendó a dos hombres de negocios de Buenos Aires –Sebastián Lezica y José Agustín Lizaur– las gestiones en el continente europeo para traer inmigrantes de Escocia, Holanda, Alemania y “todo el Norte de aquel Continente”. Las condiciones serían las mismas: entrega de tierras en enfiteusis y pago de los gastos de viaje al llegar a Buenos Aires. Muy poco después –el 13 de abril de 1824–el Gobernador de Buenos Aires, JUAN GREGORIO DE LAS HERAS, dispuso la creación de una comisión especial para organizar un sistema que permita “proporcionar de Europa, a los propietarios y artistas del país, los trabajadores y artesanos que éstos soliciten bajo contrato”, siendo ésta Comisión, el  primer organismo especializado en la materia de inmigración, que existió en el país. Lezica llegó a Londres en junio y se puso en contacto por intermedio de Hullet, con Barber Beaumont. Encontró allí a John Parish Robertson y a Félix Castro, comisionados de Buenos Aires para contratar el empréstito con la Casa Baring, sumamente entusiasmados con la perspectiva de brillantes negocios de colonización. Castro, que había ganado una fortuna con la comisión del empréstito, entró en sociedad con Beaumont y Lezica en Londres, mientras Robertson marchó a su Escocia natal para invertir su gran fortuna, también producto del empréstito y sus actividades mercantiles trashumantes, en una vasta empresa colonizadora que se presentaba con brillantes posibilidades. La Rio de la Plata Agricultural Association. En setiembre de 1824, llegó Rivadavia a Londres. Aunque su objetivo princi­pal era fundar una empresa minera, también se interesó en formar una sociedad colonizadora. En noviembre, entre Beaumont, Lezica, Castro y Hullet constituyeron la “Rio de la Plata Agricultural Association”, con 1.000.000 de libras esterlinas de capital para el negocio de comprar propiedades o concesiones de enfiteusis y poblarlas con agricultores ingleses. Los empleados de la Casa Hullet escribieron folletos sobre “las fértiles praderas de las pampas”, y el Secretario de Rivadavia, Ignacio Núñez, redactó un libro publicado en 5 idiomas donde ofrecía a los extranjeros “un territorio in­menso, virgen y fértil, con abundantes producciones y un temperamento benigno… que reclama lo que sobra en otros países: brazos y capitales”.

Se formó el Directorio de la nueva empresa y se repartieron las acciones. Beaumont era el Presidente con 500 acciones liberadas. Lezica y Castro –con 800 acciones liberadas a su nombre– figuraban como Directores “juntamente con 4 barones ingleses de la más alta respetabilidad”. La empresa se presentaba con el mejor auspicio y Hullet, encargado del lanzamiento de las acciones, las colocó en la bolsa, arriba de la par. Corrían los tiempos del boom bursátil londinense. Lezica y Castro vendieron sus acciones cuando todavía estaban en alza, obteniendo una “ganancia de 80.000 libras sin arriesgar un solo penique”, diría el hijo de Barber Beaumont en su libro “Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental (1826-1827)”. Por el contrario, su padre no vendió sus títulos y se empeñó en llevar adelante la empresa. Rivadavia le había asegurado formalmente a Barben Beaumont “que las tierras del convento suprimido de San Pedro le serían cedidas a perpetuidad mediante el pago al Estado de un arrendamiento usual, en lo que mi padre estuvo de acuerdo y aceptó”, cuenta el hijo de Beaumont. Rápidamente comenzaron a reclutarse agricultores. Era un momento propicio para ello, porque la crisis industrial había paralizado muchos brazos y abundaban la desocupación y el hambre. Agentes de la sociedad anotaban en los suburbios de los centros fabriles a quienes querían ir con viaje pago y un pequeño adelanto al embarcarse. La primera tanda de 50 agricultores de los suburbios de Glasgow se embarcó en febrero de 1825. A fin de año lo hizo la segunda, desde Liverpool, que alcanzaba a 200, y en marzo de 1826 la tercera, también de 200 colonos. Encabezaba esta última el hijo de Barben Beaumont, mientras debía ocuparse de los primeros Sebastián Lezica, quien regresaba al país con ellos. Llegan los agricultores.

El primer contingente de la “Agricultural”, debía ir a San Pedro, pero nadie sabía nada acerca de la concesión prometida por Rivadavia y se suponía que la sociedad había comprado un campo. Nadie se hizo cargo de los viajeros en la rada, y Lezica dejó el cometido a un tal Mr. Jones, “empleado con buen sueldo de la Compañía”, que tampoco mostró mayor diligencia. Abandonados a su suerte, los inmigrantes se enrolaron en los cuerpos de línea y en la marina, necesitada de voluntarios para la guerra con el Brasil y algunos se quedaron en Buenos Aires ganando los buenos salarios que por ese entonces obtenían los artesanos. Sólo unos pocos consiguieron ser llevados a San Pedro por su insistencia ante Lezica y Janes, para encontrarse allí que tampoco nadie estaba enterado de la concesión, mientras el Juez de Paz les recomendaba que “se volviesen no más a Buenos Aires”. Cuatro se quedaron porque les gustó la vida nómade de los gauchos. Ante las quejas de Londres, Lezica adquirió para la “Agri­cultural” un campo en Entre Ríos, donde mandaron al se­gundo contingente proveniente de Liverpool. Lo hizo di­rectamente desde Ensenada para impedir que los nuevos inmigrantes se dejaran seducir por los primeros, que habían sido captados por Buenos Aires, y se negaran a trabajar en el campo. Sin embargo, la empresa también fracasó. Aunque el campo de Entre Ríos por lo menos existía, Lezica no envió los enseres y útiles de labranza remitidos por la “Agricultural” desde Londres, porque prefirió embargarlos provisionalmente para resarcirse de los gastos ocasionados por la compra del campo.

La vida se hizo sumamente dificultosa para los ingleses en Entre Ríos y acabaron por abandonar la colonia y regresar a Buenos Aires a ganar buenos salarios como peones de saladeros o artesanos. Finalmente llegó Beaumont (hijo) a Buenos Aires con el último lote. Cuando éste se dirigió a San Pedro en 1826 para averiguar la suerte de los primeros inmigrantes de la compañía, encontró que casi todos se habían ido a Buenos Aires, pero algunos, cuenta en sus “Memorias”:…. “habían adoptado la vida de los gauchos y parecían muy satisfechos con el cambio de situación, me hablaron muy bien del país, y su apariencia robusta y sus rostros alegres demostraban mejor que todas las frases que llevaban una vida feliz”. Se opusieron a trabajar en la empresa colonizadora, negándose a seguirlo en nuevas andanzas. No había sido feliz su viaje, pues la mayor parte de los colonos del segundo contingente prefirieron volverse a Inglaterra al saber que había guerra entre la Argentina y Brasil. Sólo llegó a la Argentina con 50 inmigrantes para encontrarse que las dos tandas anteriores habían fracasado: los “agricultores” no querían salir de Buenos Aires; Lezica se había quedado con el dinero para gastos y había embargado los enseres porque se consideraba perjudicado. Oyó decir que, a cambio de la concesión de San Pedro, se daría a los inmigrantes una isla en el río Negro –posiblemente Choele-Choel– pero también se enteró que el río Negro estaba todavía en poder de los indios. Después de recurrir, sin éxito, a Rivadavia para que éste –que a la sazón ocupaba ya el cargo de Presidente de la República– le prestase su apoyo, Beaumont, “ligero de corazón y de bolsillo”, emprendió el regreso a Londres y así concluyó el desafortunado negocio.

La Ley de Colonización e Inmigración. El 19 de octubre de 1876, el Presidente NICOLÁS AVELLANEDA, firmó el cúmplase de una Ley de Inmigración y Colonización que iba a ser la base de la política inmigratoria durante más de 30 años en la Argentina. La ley fue redactada durante el primer año de su gobierno, por el propio Avellaneda que había escrito su tesis de abogado sobre el tema de la tierra pública. En los papales todo era perfecto.

Por primera vez se definía qué era un inmigrante desde el punto de vista jurídico y así se consideraba a todo extranjero menor de sesenta años que llegase al país por sus medios o por los del Estado, con la intención de radicarse en el país y trabajar. Se creaba también el “Departamento de Inmigración”, que aseguraba el ingreso y la estadía de los recién llegados al país. Ese departamento debía ocuparse de realizar la necesaria propaganda en el exterior y de recibir a los que llegaran, alojarlos durante cinco días posteriores al desemarco y protegerlos en caso de enfermedad.

En la Ley se contemplaba además la exploración y subdivisión de tierras aptas para la colonización y se preveía la fundación de pueblos. El gobierno debía adelantar a las familias de los inmigrantes, todo lo necesario para poner en marcha la explotación de los 100 primeros lotes de cada población, que se distribuirían gratuitamente. Algunas empresas colonizadoras particulares, fueron autorizadas a elegir y subdividir las tierras por su propia cuenta.

Y allí fue donde la Ley comenzó a ser traicionada. De las 225 compañías colonizadoras, sólo 14 cumplieron con las obligaciones de colonización y subdivisión que les imponía la Ley. El resto sólo hizo un manejo especulativo de la distribución de las tierras. Entre 1875 y 1880 la Nación invirtió 1.935.000 pesos fuertes para fomento de la inmigración, gastos de internación, formación de Colonias, etc. Logrando que llegaran al país 249.110 inmigrantes, la mayoría españoles e italianos, pero en ese mismo tiempo se fueron 98.806 que desilusionados, regresaron a su país. Lo más frecuente era que los colonizadores se encontraran con muy poco de lo prometido y optaban por buscar trabajo en las ciudades o por explorar otras posibilidades, fuera del país, mientras los latifundistas y especuladores hacían su negocio.

La dificultad de incorporar una inmigración masiva. La inmigración estimulada por la Ley de Avellaneda, produjo inesperados e injustos rechazos en algunos sectores y así lo expresó JOSÉ MARÍA RAMOS MEJÍA: “Una primera generación de inmigrantes, es a menudo, deforme y poco bella. (…) En la segunda, ya se ven las correcciones que empieza a imprimir la vida civilizada y (…) de generación en generación se va modificando el tipo del inmigrante hecho gente (…) Del inmigrante así imperfectamente modificado, surgen, como por epigénesis social, todos esos productos de evolución con que nos codeamos diariamente y que forman una estructura peculiar completa (…). Ese cerebro anheloso, pero todavía estrecho (…) ha recibido las bendiciones de la instrucción en la forma habitual de inyecciones universitarias, pero es un mendicante de la cultura (…) Aún cuando le veáis médico, abogado, ingeniero o periodista, le sentiréis a la legua ese olorcillo picante al establo y al asilo del guarango cuadrado de los pies a la cabeza (…). Cuando menos lo esperéis, saltará inesperadamente la recalcitrante estructura que necesita un par de generaciones para dejar la larva qur va adherida a la primera (…)”.

Durante el quinquenio que precede al gobierno de CARLOS PELLEGRINI, la inmigración no dejó el sedimento que se esperaba de acuerdo con la magnitud de la masa movilizada. Tal hecho debe atribuirse, entre otras causas, al alto precio alcanzado por la tierra en un período de especulación, lo que cerró el paso al suelo colonizable. El mismo factor influyó en el menguado arraigo de los inmigrantes, al favorecer la fuga que comenzada en 1889, se acentuó durante los años 1890 y 1891. Las cifras son claras e indican la dimensión de esa evolución negativa. En el año 1889, entre los que entraron y los que emigraron, quedó un saldo positivo de 220.250 personas. En 1890, este saldo se redujo a 30.000 personas. En el año 1891, emigraron 82.000 personas y sólo llegaron 52.000 y finalmente, en el año1892, el saldo positivo fue de solamente 29.000 personas que se sumaron a nuestra población.

Otra de las deficiencias de la política inmigratoria de la época fue la de fomentarla artificialmente. Una Ley de 1888 autorizó al Poder Ejecutivo a garantir subsidiariamente ante el Banco Nacional los anticipos del importe de pasajes de los inmigrantes. Los pasajes subsidiados fomentaron la inmigración artificial, de tal suerte que la “Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores” de 1891 califica de experiencia dolorosa a dicha política. El servicio de los pasajes subsidiados tuvo vigencia hasta el 31 de mayo de 1891 y durante el período en que se experimentó, se introdujeron en el país 134.081 inmigrantes subsidiados, cuyo transporte costó 5.600.161 pesos. De toda esa masa, solamente 64.519 eran varones mayores de 12 años. La medida mencionada tendió la favorecer la emigración de franceses y de ciudadanos del norte europeo. Si bien aumentó, el boom” que precedió al 90, sus resultados no fueron duraderos. El óptimo mercado de trabajo que se le pintaba al inmigrante no era tal y el desaliento de los recién llegados produjo un incremento de la fuga. Se agrega a ello la crisis del 90, que influye, entre otras cosas, en la supresión de los anticipos de pasajes, en adelante sólo reservados a parientes de personas ya radicadas en el país.

Los tiempos dorados de la gran inmigración. Pero en 1910 todo empezó a cambiar. Los inmigrantes llegaban en segunda y tercera clase. De Italia, España, Rusia, Francia, Portugal, Escandinavia. En 1910, cuando se celebraron en la Argentina los fastos del Centenario, 289.640 inmigrantes desembarcaron en el puerto porteño. Un 45 por ciento de españoles, un 35% de italianos; un 5% de turcos; un 4% de rusos. Después, en orden decreciente, franceses y austríacos, alemanes y griegos.

Hasta 1908, la mayoría de los que llegaban eran italianos; a partir de ese año, los españoles pasaron a ocupar el “primer puesto” de esta estadística. En 1901, el ingreso “per cápita” en la Argentina era de 780 dólares; en España, apenas rozaba los 500. En 1910, mientras España llegaba a poco más de 600 dólares, en este remotísimo rincón del mundo ya se superaban los 1.030. En el nuevo Hotel de Inmigrantes, en Retiro, inaugurado el 26 de enero de 1911, decenas de empleados atendían a los recién llegados. Basta echar una mirada a las viejas fotos: hombres, mujeres y niños junto a sus baúles y valijas, desconcertados, con miedo algunos, con sonrisas esperanzadas otros, esperan en fila para entrar en los amplios y cómodos doce dormitorios con capacidad para doscientas personas cada uno. “Los inmigrantes tendrán derecho a ser alojados y mantenidos convenientemente a expensas de la Nación durante los cinco días siguientes a su desembarco”, establecía una ley nacional dictada en 1876. “Como nunca antes, ni después aumentaba rápidamente la población con la llegada de inmigrantes europeos. Se multiplicaban las inversiones extranjeras en tierras y servicios públicos; aumentaban el comercio nacional e internacional, las explotaciones agropecuarias y la industria”.

Aquellas fueron épocas doradas, aunque muchos quedaron en el camino, como ese melancólico italiano del tango “Canzonetta”, que en un mísero cafetín solloza: “Soñé talento, con mil regresos, pero sigo aquí, en la Boca aferrado a la tibieza del alcohol”. El nostálgico que llora por su “paesse” lejano no estaba solo: el 73 por ciento de los inmigrantes fueron hombres y más de la mitad tenían entre 15 y 30 años. Entre 1951 y1952, hubo una nueva oleada de inmigración europea. Pero fue pequeña y fugaz. Después, desde la década del setenta, empezaron a llegar vecinos de los países limítrofes. En los noventa, la sobrevaluación del peso hizo que esta inmigración se incrementara. Pero esto ya pertenece a la crónica diaria. En la memoria de la historia queda, imperturbable, la sonrisa de un muchacho con una valija a cuestas, rumbo a una Buenos Aires que entonces estaba entre las ocho mayores capitales del mundo. El “conventillo”. Llegaban “para estar mejor” a un sitio que les ofrecía paz y trabajo. Algunos aspiraban conseguir una fracción de tierra para instalarse en el campo, pero los más permanecieron en las ciudades. De esta manera se produjo un inesperado fenómeno de crecimiento y expansión urbana. La ciudad de Buenos Aies recibió un caudal de habitantes que no estaba en condiciones de albergar y así nació el “conventillo”.

Desde fines del siglo XIX, a medida que las familias tradicionales de Buenos Aires se iban mudando al Barrio Norte y al “centro” de la ciudad, los antigüos caserones de los barrios periféricos, eran adquiridos por inversionistas para ser ser subalquilados por cuartos a los recién llegados. La mayoría de ellos no tenía dinero ni ahorros suficientes para alquilar una casa propia, menos en una época en la que el precio de las viviendas había subido escandalosamente, debido a la escasez de la oferta, y el conventillo fue su solución. Algunos comentarios de aquella época, dan cuenta exacta de las características de estas viviendas: “Yo llegué a la Argentina y fui a un conventillo con mis hermanos. Mi hermano mayor había alquilado unas piezas con cocina allí en la calle Juan B. Justo. En esa casa no había tantas habitaciones. Sólo habitaba allí una familia italiana, gente muy buena que se encariñó muchísimo con nosotros.”. “Muchas casonas se alquilaban y quien asumía esa responsabilidad, se titulaba como el encargado que subalquilaba las 10,15 o 20 piezas que tuviera el caserón. Se pagaba según el tamaño de la pieza y la ubicación del lugar. Ahí se apiñaba toda una familia aunque las condiciones de la vivienda eran precarias y había escaso equipamiento interno y sanitario”. Casas con baño, escritorio, gran comedor, cocina, pieza de costura, dormitorios: casi un “petit hotel”, fueron transformadas y en ellas se albergaban varias familias. “En mi conventillo había portugueses, españoles, judíos, checoslovacos y hasta había prostitutas que alquilaban piezas y allí “trabajaban”. En el conventillo primitivo no había cocina porque no había gas. Se usaba el brasero. Se lo sacaba al patio y ahí se cocinaba a carbón. Cuando en casa no había mucho para comer, los pibes nos sentábamos alrededor del brasero y nos sentábamos como perritos, esperando y como diciendo “poné más porotos para nosotros”. Y ahí si, un cucharón para vos, otro para vos y otro para mi. Había mucha solidaridad entre los habitantes del conventillo. En Navidad y Año Nuevo, usábamos como heladera la bañadera que había en el único baño que teníamos para todos. La poníamos una barra de hielo, encima las botellas y tapábamos todo con bolsas de arpillera. El conventillo perduró en el tiempo. Conservó su esencia de piezas de alquiler, pero fue variando sus características originales. Dejó de ser habitado por inmigrantes europeos y paulatinamente fue ocupado como vivienda por gente que llegaba de las provincias. “En el conventillo estábamos cuatro familias de gallegos, una familia de chaqueños, una de entrerrianos (a los que les decían “cabecitas negras”) y al fondo una de Tres Arroyos. Nos llevábamos muy bien”.

El conventillo resistió todos los intentos que se hacen para erradicarlos. Hacia los años 20 se comenzó a construír viviendas en terrenos fiscales y desde entonces muchas han sido las casas que se construyeron tratando de solucionar el problema de la vivienda en una ciudad, que no está preparada para albergar la gran cantidad de gente que llega en busca de un mejor destino para su familia (algunos de estos textos han sido tomados de un artículo firmado por Alberto González Toro).

Nuestros inmigrantes. A partir de 1821, no sólo siguen llegando provenientes de varias partes del mundo, aventureros y esperanzados nuevos pobladores para progresar en estas tierras, sino que la “inmigración”, como fenómeno social, adquiere dimensiones notables. A la Argentina han llegado dos clases de inmigraciones: la flotante y espontánea, que busca trabajo en las ciudades, que consume, pero que no produce y la otra, la que coloniza y que parece ser la que más conviene al país. Ésta viene directamente a labrar la tierra, llegando muchas veces a ser propietarios de ella como fruto de su trabajo y a identificarse con el país, a consumir y a producir, arraigándose con su familia. Los italianos han sobrepasado en número a todas las demás naciones siendo ésta una inmigración utilísima a los intereses del pais y son innumerables las instituciones importantes creadas por esta colectividad que en todas partes han establecido también sociedades de socorros mutuos.

Un italiano arrienda por cierto número de años, una o dos o cuatro o más suertes de chacra; si no tiene población, levanta un rancho de quincho, con techo de paja y un galpón de los mismos materiales para guardar su cosecha –no planta un solo árbol ni frutal ni de sombra­. Al vencimiento de su contrato, si los ranchos están en pie, se encuentran en tal estado, que no tardan en desplomarse; se van, no dejando una sola mejora en el terreno, ni una sola planta, muchos de éstos, sin dejar absolutamente nada tras sí y vuelven a su país con el monto neto de sus economías. Los ingleses, escoceses e irlandeses, desde aquellos años, han dejado de venir al país como colonos, no obstante lo cual, no han dejado de llegar en forma individual, constituyendo una población sumamente importante. Representan inmensos capitales en giro, en propiedades en la ciudad y campaña, particularmente en magníficas estancias. Los hijos de ingleses nacidos en el país, eran considerados como súbditos británicos, pero desde 1845, según opinión del mismo ROBERTO PEEL, se declaró que los hijos de extranjeros eran reputados como hijos del país en que nacían, sujetos por consiguiente, a todos los cargos.

Desde entonces. Los anglo-porteños solían servir en la Guardia Nacional y sólo eran considerados como ingleses y bajo la protección de la bandera inglesa, cuando se encontraban fuera del país de su nacimiento. Así, en Montevideo, por ejemplo, el hijo de inglés nacido en Buenos Aires, era inglés, si quiere serlo. Es decir, podía optar por cualquiera de las dos nacionalidades, inglesa o argentina.

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.