INDIOS Y GAUCHOS EN LA BANDA ORIENTAL (1809)

Indios y gauchos y sus costumbres, son aquí los protagonistas de este relato que remitiera desde la Banda Oriental, un  periodista enviado por la Gazeta de Buenos Aires.  “La palabra campaña, del francés “campagne” con la que se designa al campo en la Banda Oriental, puede despertar en el viajero, la idea alarmante de batalla o encuentro militar y quizá no sea errado, confundir ambos términos en esta brava campiña, donde estrechan el entrevero, el gaucho de raíz hispánica, mestizado con el indio, el aborigen v el negro liberto.Nada tan necesario en estas regiones como un buen caballo. Nadie va a pie en un país donde no se desmonta ni para reunirse a conversar y donde un jinete en el suelo, parece un marinero en tierra. Ser dueño de un animal bien amansado y darle lujosos arreos, importa sobremanera al criollo, convencido como está, de que es por naturaleza y raza, mejor jinete que cualquier europeo o chapetón.

Domar un potro salvaje, arrojar las boleadoras, enlazar un toro, son las tareas habituales y recorrer el país, negociar en la frontera, cazar, tratar con hombres violentos,  es aquí el pan de cada día. He visto errar tribus indígenas sin asiento fijo, que cuando lo juzgan conveniente, acampan por un tiempo en algún paradero o toldería, sin que nadie les diga nada. Los charrúas y minuanes construyen sus viviendas con cueros de vaca o de caballo, dispuestos sobre armazones hechos con troncos de  árbol y en el interior de ellas, por todo mobiliario un cuero como cama y uno o dos esqueletos de la  cabeza o los talones de una vaca, que usan como silla. Por su parte, las casas de los españoles — ranchos de paja y adobe- aparecen aquí y allá, diseminadas por las cuchillas o reunidas formando “lugares” en torno a una iglesia.

La gente, en general  goza de buena salud, excepto los aborígenes adultos que suelen padecer algunos males por su descontrolada afición al aguardiente o a la “chicha”, males que curan acudiendo a un “curandero”, cuya principal especialidad aquí se llama “tirar el cuerito”, técnica especialmente aplicada para curar el empacho. Es ésta una operación que consiste en estirar la piel de la “panza” (como aquí llaman al estómago) con cierto ritmo y extensión para así “despegar el mal” y lograr  la cura del enfermo Son también exitosas las yerbas medicinales que recetan mujeres iniciadas  en el arte de curar.

La base de la alimentación es la carne asada sin sal. No comen verduras, “del mismo modo que no comerían pasto” dicen. Cuando alguien tiene hambre, se apodera de un asador y  se cocina lo suyo, pues aquí, lo que sobra es carne. El mate y el aguardiente sirven para rociar el asado. Los charrúas carecen de todo tipo de diversión; ni siquiera se comiden a hacer un poco de música. En cambio los criollos se reúnen en las pulperías para beber, tocar la guitarra y jugar a la baraja. Los aborígenes  andan desnudos o envueltos en un poncho; usan el peine de cinco dedos y sólo se bañan en verano. Los criollos llevan chiripá, sombrero, calzoncillo blanco, botas de potro y un enorme cuchillo cruzado a la espalda, porque nadie  sale sin cuchillo,  porque podría serle fatal. Las mujeres usan una especie de túnica ajustada con una cuerda y andan descalzas. La suciedad cunde, pues nadie tiene otra muda y si lavan la ropa tienen que esperar desnudos a que se seque.

Desde el punto de vista religioso —y aparte de ciertos ritos rudimentarios cuyo sentido desconocen ellos mismos— los charrúas y minuanes carecen de las más elementales nociones. El resto del campesinado, criollos y españoles, son católicos v supersticiosos. Frente a la muerte, los salvajes se someten a toda serie de tormentos como si quisieran justificar ante el difunto la culpa de estar  vivos. Las gentes de raza blanca llevan el cadáver a la Iglesia, montado a caballo, como si todavía estuviera vivo. Ya dije que en la campaña oriental, no desmontan jamás, ¡ni siquiera cuando están muertos !.Si tienen que llevarlo muy lejos para enterrarlo, descarnan al difunto y entierran el esqueleto.

Después de un arreo, de una doma o de una mateada, no queda mucho por hacer en este pago, aparte de divertirse con el cuchillo. Los agricultores se aplican especialmente al trigo y al maíz; también a las legumbres, verduras y frutas. La ganadería provee de carne, cueros, grasa, astas v crin. Como lo que se obtiene se obtiene con facilidad, la haraganería conduce a, la violencia.

Un cristiano vale menos que una res. No sólo se mata mucho por aquí, sino que se mata con crueldad. No escribo “refinada crueldad” porque sería atribuirles algún refinamiento. Por momentos pienso que esta gira debió ser encomendada a otro periodista menos impresionable .Los charrúas son naturalmente amantes de la sangre. De resultas de su agresividad constante, estas tribus son continuamente diezmadas. Bandas numerosas de blancos y mestizos recorren la región matando, incendiando y robando con absoluta impunidad y protección portuguesa. Añadamos el broche de oro: los contrabandistas que exportan ganado y cueros al Brasil sin pagar derechos al fisco. Estos audaces desafían a la autoridad con su ingenio y su conocimiento del desierto.

Mientras hacía con riesgo mi recorrida por la zona, oí hablar con admiración de un tal José Gervasio Artigas. Dicen que es un criollo de dos generaciones que pertenece por familia, a los más antigüos pobladores de Montevideo y que se ha comportado heroica y eficazmente contra los ingleses y portugueses. Me contaron que era un capitán que goza de mucho predicamento en el Cuerpo Veterano de Blandengues y que hoy trabaja en contra de los malhechores y a favor del Gobierno, realizando una obra extraordinaria de saneamiento de la región. Del éxito obtenido por el férreo blandengue,  es prueba suficiente la nota que hace algunos años enviara al Virrey Sobre Monte la Comisión representativa de los hacendados de la campaña oriental: “Éste —dicen por Artigas— se ha portado con tal celo y eficacia, que, en breve tiempo, ex­perimentamos los buenos efectos a que aspirábamos, viendo substituido el temor y sobresalto por la tranquilidad de espíritu y seguridad de nuestras haciendas”. Tal es el entusiasmo de estos señores, que abonan de su propio bolsillo los sueldos de Artigas y su gente.

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