INDIOS Y CRISTIANOS MONTARACES (1729)

Esta es una pequeña historia de indios y cristianos montaraces, personajes de nuestra campaña que elijen vivir un vida ajena a toda regla. Sucede muy frecuentemente que, en treinta y tantas numerosísimas reducciones de cristianos, fundadas en estas Misiones del Uruguay y el Paraná, se encuentran algunos disolutos o desarreglados, que, viendo por una parte que si no viven con la piedad y edificación de los otros, son acusados v castigados, y, no queriendo por otra parte volver al buen camino, huyen y se refugian entre los infieles para vivir a su capricho. Lo mismo se ha de decir de algunos españoles, que, o por sustraerse a la justicia, o por vivir con todo género de libertad, se refugian entre ellos, como se refugian en Italia los bandidos entre los asesinos, y figuraos qué idea harán concebir a los infieles, de la Religión Cristiana.

Un día, dando vuelta la punta de un bosque, después del cual se abría un buen trecho de playa rasa, la encontramos cubierta casi toda de indios a caballo, armados de arco y lanza, y dispuestos en forma de media luna, que nos esperaban en aquel paso para darnos carne y recibir de nosotros algunas cosas. Todos sus jefes tenían nombres de cristianos. El cacique principal se llamaba “don Simón” y por cierto que era una caricatura bien ridícula. Llevaba una especie de manto de la figura de una capa pluvial, compuesto y remendado con varias piezas entre las que se veían algunas pieles viejas pintadas como cueros que habrá encontrado en alguna ciudad española, en casa de algún ropavejero. Llevaba en la mano un pequeño bastón negro con puño de latón, redondo, encima, y lo manejaba como un cetro, con la gravedad correspondiente a aquel manto y a su cabellera no menos desgreñada que la de los otros. En cuanto a los demás jefes, uno se llamaba “Francisco” y hablaba español admirablemente; el otro tenía por nombre “Juan”. Uno de ellos era hijo de un excelente viejo, el mejor cristiano de la reducción de San Francisco de Borja. ¡Ved qué bien lo imitaba! “Don Simón”, por hacer una fineza a un padre que le regaló varias chucherías, le presentó un medio ternero, sobre el cual se sentaba en su caballo y le servía como de silla. En el decurso del viaje encontramos varias tropas de estos infieles, o montaraces, más o menos numerosas.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.