HOSPITAL GENERAL DE HOMBRES (1709)

Desde los primeros años de la fundación de Buenos Aires por JUAN DE GARAY en 1580, sus pobladores enfermos (especialmente los pobres), no tenían un lugar específicamente construido para atenderlos. Primero según consta en documentos de la época, concurrían en busca de asistencia médica, a una casa propiedad de un tal FRANCISCO ÁLVAREZ, que hacía las veces de centro asistencial y luego lo hicieron en una precaria “enfermería” que pomposamente se llamaba “Hospital San Martín”. No es que hubiera pocos enfermos, sino que la medicina se encontraba en un momento de estancamiento y además la pobreza de Buenos Aires lindaba con la miseria.

Así pasaron algunos años y a pesar de los reclamos de la población, las autoridades no hacían nada al respecto. Solamente trámites prolongados y esa burocracia, que  no es un atributo exclusivo de estos tiempos, dilataban la decisión de construír un verdadero hospital, hasta que recién el 4 de febrero de 1610, el Cabildo de Buenos Aires dispuso la construcción del primer Hospital de la ciudad, “por ser una prioridad absoluta”.

Para levantar el hospital y mantenerlo, el Cabildo ordenó que se reunieran fondos a través de impuestos y limosnas. Los primeros problemas para la edificación surgieron ya en 1611 con la elección del lugar, pues los vecinos objetaron el sitio destinado. En un principio, porque se encontraba alejado de los comercios donde se debían recoger las limosnas y, además, no quedaba próximo al camino que venía del Riachuelo. Esta razón era muy importante, porque la mayoría de los enfermos, venían de una larga navegación y entraban a la ciudad por el Riachuelo. Los miembros del Cabildo que tampoco estaban conformes con la ubicación que le habían dado al Hospital, resolvieron expropiar, por considerarla más a propósito, la cuadra que tenía adjudicada a los vecinos ANTONIO FERNÁNDEZ BARRIOS, FRANCISCO RIVERO, ANTONIO HIGUERAS y PEDRO ISARRA, dándoseles en pago su valor en efectivo o cambiándoselos por otros solares iguales, lo que fue aceptado por todos menos por ANTONIO FERNÁNDEZ BARRIOS, quien se presentó en el Cabildo, diciendo que dejaba el importe de su solar a beneficio del hospital.

Habiéndose definido finalmente, que el Hospital se construyera en una manzana ubicada en la otra cuadra del monasterio de la Merced, en terrenos que pasaban junto al camino que llevaba al Riachuelo, el 11 de noviembre de 1614 se ordenó comenzar la obra, pero, igual que ocurrió con el edificio del Cabildo, esta obra se prolongó durante muchos años: en 1643,  recién estaban cambiando de arquitecto y de materiales.

A comienzos del siglo XVIII las cosas comenzaron a mejorar y en 1709 se fundó un Hospital para hombres y se lo colocó bajo la advocación de San Martín de Tours. El Cabildo, que tenía el patronato del establecimiento, una vez por año, nombraba a los diputados que se harían cargo de su administración. Al principio fue utilizado como hospicio para militares del presidio por lo que se lo conocía como “Hospital Militar” y estaba muy mal atendido, hasta que en enero de 1712 se hizo cargo de él, la comunidad de San Juan de Dios, siempre bajo el patronato del Cabildo, pero ahora, nuevamente, con el nombre de “Hospital San Martín”.

En 1726, el alférez real propuso al Cabildo ofreciese a los religiosos bethelmitas la dirección y administración del Hospital, convirtiéndose a partir de entonces en “Hospital General de Hombres”. Los recursos con que contaba para atender a los pobres y menesterosos de la ciudad, eran tres mil doscientos pesos anuales, provenientes de la renta de la iglesia, sitios y edificios y del gravamen de un peso que se le había impuesto a cada botija de aguardiente importada de las provincias de Cuyo. Para la asistencia médica, se habían traído desde Potosí, a cuatro o cinco religiosos de Nuestra Señora de Bethleem, entendidos en el arte de curar enfermos.

En el año 1748, la propiedad de este establecimiento, todavía de caridad, fue entregado a los padres Bethlemitas, por orden de una real cédula del 23 de septiembre de 1745, para lo cual, el gobernador JOSÉ ANDONAEGUI comisionó al encargado oficial, hasta entonces del establecimiento, NICOLÁS ELORDY, procediese a inventariar las existencias del Hospital, a fin de verificar la entrega en forma, nombrando para esta operación, en calidad de arquitectos a JUAN DE NARBONA y a ANTONIO MAZELA; como agrimensor a JUAN ANTONIO GUERRERO y en representación del Cabildo a FRANCISCO RODRÍGUEZ DE VIDA, alcalde de primer voto.

Los bienes del Hospital, según el inventario practicado, incluían un terreno de 150 varas de frente por 88 de fondo, el edificio de la iglesia, de 34 ¾  varas de largo por 8 de ancho y 5 ½  de altura, techo entablado, todo construido de tierra pisada, en muy mal estado. La enfermería, de 36 varas de largo por 7 de ancho, habitaciones para los religiosos, etc.. Cinco esclavos, oficinas, etc., existencias éstas que fueron recibidas por los Padres Fray AGUSTÍN DE SAN JOSÉ y fray JOAQUÍN DE LA SOLEDAD

Encontrando más tarde los Padres Bethlemitas algo estrecho y ruinoso el edificio y teniendo que atender a muchos enfermos pobres, el procurador general de esta congregación religiosa solicitó del rey el permiso para trasladar el hospital a la “Residencia”, ocupada anteriormente por la Compañía de Jesús y llamado “Colegio de Belén” o de “San Pedro Telmo”, El Hospital de la Residencia u Hospital de Belén como se lo conoció, disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que caben hacinadas unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados. Pero hasta marzo de 1795, debido a las instancias y recomendaciones de D. DOMINGO DE BASAVILBASO, no se concedió el permiso solicitado, Como no existían otros institutos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia.

Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y la atención de los internados, estaba a cargo de una piadosa hermandad de religiosas. La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males. Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (pudo leerse en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos). .

En el año 1799 se fundó el Hospital llamado de “Santa Catalina”, para convalecientes, incurables, locos y contagiosos, como una dependencia del que administraban los padres Bethlemitas. Duró hasta el 1º de julio de 1821, fecha en que por decreto fue suprimido y los enfermos fueron llevados al de la Residencia, quitándose la administración de esos establecimientos de caridad a los religiosos, que con tanto celo y contracción los habían atendido. En reemplazo de los padres Bethlemitas, se puso un administrador con un sueldo de 1.500 pesos anuales y habitación en el mismo establecimiento. Los bienes de los dos hospitales quedaron a disposición del ministerio de Hacienda, representado por una comisión nom­brada por el Poder Ejecutivo, hasta que fueron directamente administrados a partir del 17 de septiembre de 1857, por la Municipalidad de Buenos Aires y hasta 1882, funcionó en San Juan y Balcarce, próximo a la iglesia de San Telmo.

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