GARIBALDI EN LA ARGENTINA

GARIBALDI EN LA ARGENTINA. Giuseppe Garibaldi, el revolucionario de dos continentes, “ciudadano del mundo”, arribó al puerto de Río de Janeiro en enero de 1835. Venía huyendo de la condena a prisión que le fuera impuesta en su propia patria, como consecuencia de su participación en las revueltas promovidas por la Joven Italia, movimiento fundado por Mazzini v del que era miembro. “Mi vida ha sido tempestuosa: compuesta de bien y de mal… Odio la tiranía y la mentira con el profundo convencimiento de que ellas son el origen principal de los males y de la corrupción del género humano. Soy republicano, porque éste es el sistema de go­bierno de las gentes justas”. De esta manera comienza el italiano Giuseppe Garibaldi el prefacio a sus “Memorias”, fechado el 3 de julio de 1872, diez años antes de su muerte. El joven de 29 años, pronto encontró en estas tierras, otra revolución contra la tiranía y en “pro de los republicanos” en que podía tomar parte. Era la promovida por el general Bento Gonçalvez da Silva y que conmocionaba al territorio de Río Grande do Sul. En mayo de 1837, se embarcó en el buque mercante “Mazzini”, provisto de patente de corso y comenzó así su carrera de marino, corsario y a veces, pirata, en las costas de América del Sur. Por tres años alternó entre las riberas sureñas del Brasil y los puertos de la Banda Oriental y al frente de republicanos del Río Grande, llegaron a instalar la “república de Piratim” y a dominar el estado de Santa Catalina. Y a tal renombre llegaron sus hazañas, que en 1839, hasta el mismo Juan Bautista Alberdi—en ese momento radicado en Montevideo— dedicó su crónica dramática “La Revolución de Mayo a los “republicanos de Río Grande”. El proceso anti monárquico por el que bregaba Garibaldi tenía su filiación —según Alberdi— en el movimiento de Mayo, y era “un paso más en la revolución americana, la última conquista del principio regene­rador del Nuevo Mundo, la conse­cuencia más moderna de los trabajos comenzados por Moreno y completados por Bolívar”. Durante estas luchas, Garibaldi, herido de bala en el cuello y perseguido él y su tripulación por los orientales, debió remontar el Paraná con destino a Gualeguay. Allí fueron detenidos por las autoridades de la provincia entre rriana y luego llevados a prisión. A los dos meses, y por intervención del gobernador Pascual Echagüe, fue puesto en libertad. Era febrero de 1838 y había pasado ya casi medio año en territorio argentino. Al servicio de Rivera. Tres años después, en 1842, se encontraba en Montevideo. Había llegado desde Brasil por tierra, convertido en tropero. Su nueva empresa resultó un fracaso, porque de las novecientas vacas con que partió de la estancia “Corral de Pedras”, llegaron a destino solamente trescientos cueros. Ade­más “tenía familia y los medios de vivir agotados” —dice en sus “Memorias”— “y la cuestión riograndense, caminaba hacia un arreglo”. Para procurarles bienestar a su esposa Anita y a su hijo Menotti, trabajó por algún tiempo como profesor de matemáticas a la vez que como agente de comercio. Pero una vez más las luchas internas sudamericanas le proporcionaron un nuevo motivo para intervenir en ellas. “La República Oriental me brindó muy pronto ocupación. Me fue ofrecido y acepté —escribe Garibaldi—, el mando de la corbeta “Constitución”, de dieciocho cañones. “La Escuadra Oriental estaba mandada por el coronel Coe, americano, y la de Buenos Aires por el general Brown, inglés”. En realidad, lo que le encomendaba al presidente Fructuoso Rivera, era navegar con un trasporte de armas hasta Corrientes, provincia aliada con la causa antirosista, y así afianzar la influencia oriental en el territorio del litoral y para cumplir esa misión Garibaldi debía sortear el ejército del caudillo Oribe —ahora aliado a Rosas—, que se encontraba en Paraná, Entre Ríos. La flotilla comandada por Garibaldi estaba compuesta por la mencionada corbeta “Constitución”, el bergantín “Pereira” con dos cañones giratorios, y el trasporte goleta “Prócida”. Las primeras escaramuzas se produjeron frente a la isla Martín García el 29 de junio de 1842. Este paso obligado para las naves de mayor calado, y punto donde confluyen los ríos Uruguay y Paraná, estaba defendido por una batería que ocasionó a la flotilla garibaldina numerosas bajas. Pero a tres millas de la isla, encalló la “Constitución”. Mientras la tripulación trasbordaba los cañones y cargamento a la “Prócida”, apareció la escuadra enemiga, compuesta por siete naves. Una de ellas, la “Belgrano”, embarrancó también junto a la isla, lo que dio tiempo a los riveristas para poner a flote a su propia embarcación, y con la ayuda de una sorpresiva niebla, desaparecer en el río Paraná. La marcha río arriba durante los días siguientes no fue fácil. Garibaldi debió obligar —sable por medio— a un práctico para que le indicase la ruta a seguir. En San Nicolás —primer pueblo argentino en la margen derecha del río— tomaron algunos barcos mercantes e hicieron subir a bordo, a otro práctico, un austríaco llamado Antonio. Después de varias incursiones a tierra para aprovisionarse de carne fresca, la florilla debió pasar frente a Bajada de Paraná, donde estaba instalado el cuartel general de Oribe, pero logró salir airosa del violento cañoneo a que la sometió el comanfante Seguí con sus baterías. La batalla de Costa Brava El 14 de agosto de 1842, las naves de Garibaldi tuvieron que detenerse frente a la localidad de Costa Brava, impedido su avance, por un banco de arena que encontraron frente a la costa correntina. Allí recibieron la ayuda del gobernador Ferré y varias naves al mando del comandante Villegas, se incorporaron a las fuerzas de Garibaldi, pero este refuerzo resultaba aún insuficiente para enfrentar con posibilidades de éxito a la escuadra de Brown que había salido en su persecución. Así lo comprendió Garibaldi y se decidió a preparar de la mejor manera posible sus barcos, para enfrentar a Brown. Ordenó colocar sus naves en una línea perpendi­cular a la dirección del río, con la “Pereira” en el centro, y la “Constitución” —la mejor armada— en el ala derecha. No se habían terminado aún los preparativos cuando apareció la escuadra argentina, compuesta de siete buques. El 15 de agosto de 1842 comenzó el combate. Aunque superior en medios, armamento y tropas, la escuadra de Brown que también debía sortear el banco de arena que había detenido a Garibaldi, y que hacía impracticable el avance por la margen derecha del río, tuvo que hacerse remolcar siguiendo la orilla izquierda del río, justamente el sector donde estaban los tres barcos de Garibaldi. El combate comenzó por librarse en tierra: “Los nuestros se batieron valerosamente, y retardaron no poco la marcha del contrario, pero éste desembarcó sobre la orilla misma a quinientos hombres de infantería y la superioridad del número obligó a los nuestros a replegarse bajo la protección de la flotilla”, dirá luego Garibaldi en sus “Memorias”. En la madrugada del día 16 comenzó el cañoneo. “El astuto almirante inglés conocía muy bien el alcance de nuestra artillería —los cañones de Garibaldi eran en su mayoría piezas cortas—, y sacrificando el espectáculo brillante de un combate a metralla cuerpo a cuerpo, se atuvo a lo más seguro, y permaneció a gran distancia, en posición para nosotros menos conveniente”. El relato del italiano manifiesta a las claras la admiración por Brown, al que llamaba “la primera celebridad marítima de la América meridional, con justos títulos, porque había mandado la escuadra de Buenos Aires en tiempo de la guerra de la independencia contra la dominación española”, El fuego entre ambas escuadras, se prolongó hasta la noche y los dos contendientes, sufrieron importantes daños. La goleta “Constitución” parecía un esqueleto que hacía agua por las numerosas bocas producidas por las proyectiles que habían impactado en ella. El comandante del “Pereira” había muerto y lo que todavía quedaba en pie de la tripulación, estaba en estado de total agotamiento. “No obstante —dice Garibaldi— teníamos a bordo pólvora y proyectiles, y era necesario combatir, no para vencer, no por salvarnos, sino por el honor”. Fue así que en la noche del 16 al 17 de agosto de 1842 y por orden del italiano, se prepararon nuevas cargas de cartuchos, ya que habían sido consumidas, todas sus existencias y el catalán Manuel Rodríguez, un oficial que venía acompañando a Garibaldi desde las costas de Santa Catalina, se encargó de hacer atar entre si, a varios de los barcos mercantes que tomaran a la altura de San Nicolás. Una vez ajustados en una suerte de “jangada” y cargados con la mayor cantidad de materia combustible, que pudieron acercar, fueron remolcados hasta la línea enemiga, tratando de llevar el fuego y una posterior explosión hacia ellos. Pero este arbitrio, sólo alcanzó a dilatar el desastroso final que se preveía. Una retirada forzosa. Mientras esto ocurría, aguas arriba, el comandante Villegas había desertado con sus tropas y naves, dejando solo a Garibaldi, con sus muy menguadas fuerzas. En la madrugada del 17, Garibaldi luego de arengar a lo que quedaba de su tripulación, viendo que la batalla estaba perdida, que las municiones eran escasas y que el fuego de su artillería —por su corto alcance— no hacía mella en las naves de Brown, que ya estaban dispuestas en línea de batalla decidió la retirada y ordenó la quema de sus propias naves. “Era necesario pensar en la retirada —dice—, pero no la de los barcos, que no se podían mover de aquel punto por su estado ruinoso, por la falta de agua en el río y porque su cordaje se había hecho pedazos . . . Solamente la “Prócida” podía salvarse con parte de los heridos y algún material”. Pero incluso la retirada de la maltrecha flotilla garibaldina fue llevada a cabo en medio de azarosas circunstancias. Una vez embarcados los heridos y los víveres, Garibaldi dispuso que se rociara aguardiente sobre los objetos combustibles de sus naves. Desgraciadamente, su tripulación, compuesta de extranjeros y de americanos —entre estos últimos, “la generalidad habían sido expulsados de los ejércitos de tierra por varios delitos, muchos por homicidas”, aclara en sus “Memorias”—, al ver tal cantidad de bebida, se embriagó a tal punto que quedó imposibilitada de moverse. “Hice cuanto pude, obligando a los compañeros más sere­nos a no abandonarles, yo mismo recogí cuantos me fue posible hasta el último instante, cargándolos sobre mis espaldas para ponerlos a salvo. Desgraciadamente algunos volaron entre los pedazos de las naves”, dice la lacónica reseña de Garibaldi. Al desembarcar, fueron perseguidos por las tropas de la infantería de Brown, hasta que la imponente explosión de la santabárbara de la flotilla de Garibaldi detuvo la per­secución, por lo que éste y el resto de sus hombres pudieron vadear el río Espinilla —confluente del Paranᗠy de allí seguir a pie hasta Esquina, en la provincia de Corrientes, desde donde, meses más tarde, atravesando la provincia y luego de ser vencidos en un breve combate librado en Arroyo Grande, llegarán a Montevideo. Se dice que Brown, luego de vencerlo en frente a la costa correntina, tuvo la oportunidad de apresarlo y de hacer cumplir la orden de Rosas de ejecutarlo, pero la admiración entre los dos adversarios era mutua, y el almirante evadió la orden superior diciendo: “Déjenlo que se escape, Garibaldi es un valiente”. A órdenes del general Paz. A fines de 1842, habiendo llegado ya a Montevideo, Garibaldi, se encontró con que esta plaza, por orden de Juan Manuel de Rosas, estaba siendo sitiada por las tropas de Oribe. Ya como coronel, y al mando de la Legión Italiana, compuesta por 600 hombres de esa nacionalidad, pasa a formar parte de las fuerzas que bajo las órdenes del general José María Paz, defenderán la ciudad. A principios de 1843, tuvo a su cargo la escuadrilla que se organizó para controlar la bahía de Montevideo, mantenerla libre de enemigos y asegurar las comunicaciones entre la ciudad sitiada y la guarnición del Cerrito. El 30 de abril de 1843, con su escuadrilla rechazó dos veces los ataques de la escuadra de Buenos Aires que a las a órdenes de Brown se lanzó contra la isla de Las Ratas, que después de esas acciones, pasó a llamarse Libertad. Meses después, el 17 de noviembre —otra vez al mando de la Legión Italiana—, en una acción heroica rescató el cuerpo de su camarada el coronel José Neira, caído muerto en las afueras de la plaza sitiada. En la salida general que realizaron los sitiados el 24 de abril de 1844, Garibaldi mandaba una de las tres columnas en las que el general Paz, jefe de las fuerzas sitiadas, había dividido sus fuerzas y en todas estas acciones, Garibaldi se caracterizó por su valor. Un veterano del sitio, el general uruguayo Ventura Rodríguez, lo recuerda así en sus memorias: “Garibaldi llevaba a sus soldados al combate habiéndoles lo mismo que si estuviese en el cuartel, con dulzura, no con gritos espantosos, ni con ninguna de esas paradas que he visto a tantos jefes. En la pelea era el primero en desenvainar el sable, dirigiéndose enseguida a la tropa, a la cual proclamaba, sin aludir a los oficiales. Hablaba el castellano perfectamente, como he dicho, y también el francés, pero con los soldados lo hacía en italiano, en un italiano puro, sin sombra de genovés, ni de nin­gún dialecto” ” El 20 de agosto de 1844, sorprendió y apresó en el Buceo a dos buques llegados de Buenos Aires con víveres para las fuerzas sitiadoras y en julio del año siguiente, junto con el uruguayo Lorenzo Battle, desembarcó en Colonia y apresó a las fuerzas rosistas que ocupaban esa localidad. Reforzada la escuadrilla de Garibaldi por las fuerzas extranjeras que bloqueaban Buenos Aires, el 5 de septiembre de 1845 ocupó la isla Martín García y el 20 del mismo mes sorprendió a la guarnición de Gualeguaychú, y se adueñó del lugar. Diez días después estaba frente a Paysandú y a la semana llegaba a Salto, ciudad que ocupó por haber abandonado la posición el coronel Manuel Lavalleja. El 23 de diciembre de 1845, Urquiza —que volvía a Entre Ríos con su ejército vencedor en India Muerta— intentó tomar la ciudad que ocupaba Garibaldi pero fue rechazado. En febrero del año siguiente, los 300 hombres que mandaba Ga­ribaldi enfrentaron a fuerzas de Oribe: 1.200 hombres al mando del general oriental Servando Gómez y sólo después de que todos sus oficiales y gran parte de la tropa, resultaron heridos o muerto, inició la retirada hacia Montevideo. Por estas acciones, el Congreso de la Banda Oriental lo ascendió a general, pero, Garibaldi en una nota, sin dejar de agradecer el ascenso, terminó por rechazarlo. Durante el resto del año 1846 se encontró en numerosas acciones militares y el 25 de junio de 1847 fue designado jefe de todas las fuerzas de defensa de la plaza de Montevideo, funciones que cumplió durante muy poco tiempo, puesto que en agosto del mismo año se embarcó hacia Italia, para iniciar su heroica trayectoria en pos de la unidad italiana. (texto basado en material extraído de una nota de Carolina Barros, investigadora del Centro de Estudios para la Nueva Mayoría).

4 Comentarios

  1. Anónimo

    Jaja

    Responder
  2. elio penci

    Respetuosamente, a la autora del artículo: José Garibaldi fué un aventurero, masón vasallo de las logias masónicas inglesas y enviado por ellas para organizar el chiquero masón en estas tierras, pirata, antimonárquico, republicano en contra de la tiranía,segun cita este artículo: ciudadano del mundo, los ciudadanos no huyen de la justicia, (no juzgo su capacidad militar), los ciudadanos no capitanean buques corsarios, (la patente de corso dada por quién?). Este artículo lo pinta un idealista “algo alocado” e impetuoso propio de su juventud.No hubo heroica trayectoria en pos de la unidad de Italia (soy siciliano de nacimiento), lo que hubo fué saqueo, asesinatos de civiles organizó celulas mafiosas en Sicilia, la ‘ndraguetta en calabria y la camorra en Nápoles, sus sodados los mil, no eran muchachos idealistas, eran veteranos de varias nacionalidades (mercenarios).
    Robó,el banco de Palermo para corromper a los oficiales borbones ( Reino de las Dos Sicilias), se fué porque las logias inglesas requerían de sus servicios para socavar dicho reino, entregó sicilia con un abrazo al rey de Italia Victor Manuel II tirano y genocida de miles de meridionales, luego se fué a festejar a Londres con sus patrones.Mejor hubiera sido que el Alm Brown cumpliera la orden de ejecución dada por Rosas. Elio Penci.

    Responder
    1. Anónimo

      que visión clara de los acontecimientos.Gracias

      Responder
    2. Anónimo

      y si andaba con Mazzini que junto con el Gral Albert Pike planearon las guerras mundiales seguro vino a Argentina a Hacer daño realmente Rosas un adelantado por eso tan repudiado por la historia oficialista

      Responder

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.