GALLOS Y VELETAS EN BUENOS AIRES

GALLOS Y VELETAS EN BUENOS AIRES. En qué barrio de Buenos Aires no cantaba un gallo? Referencia cotidiana, ese canto era inequívoca y segura señal para el oído de los porteños desvelados o madrugadores. Surgía uno, aislado en la alta noche, rompiendo bruscamente el silencio. Era el primer anuncio. Luego seguía, rítmico y multiplicado, un juego de voces cercanas y lejanas, hasta que el tupido coro unificado, se alzaba con fuerza de ráfaga en vibrante destello tonal. Multitud de gallos cantaban entonces desgarrando calma y oscuridad claudicantes. Entre ecos y réplicas se tejía una dilatada red sonora que se extinguía en las lejanías de nuestros sentidos. Protagonista de este repetido ceremonial, con atisbos de sumo sacerdote de tan inquietante rito, era el gallo. O mejor dicho, los gallos que abundaban en las casas porteñas. El humilde gallo hogareño al que la claridad del día, despierta al alba. La rara e inexplicable comunión que su canto esta­blece con la noche acogedora y cómplice, lo transfigura milagrosamente. Extrañas fuerzas lo exaltan en la fugacidad de ese instante y parecen otorgarle un poder que lo enajena, y siendo el mismo es otro. Nada de ese misterioso proceso escapa al hombre que lo escucha con curioso respeto (al margen de que al día siguiente lo degüelle y se lo coma). Hoy Buenos Aires no tiene gallos que le canten. Ausentes o casi de nuestra ciudad, al recordarlo, para consuelo de nostálgicas añoranzas, no queda más opción que ir a buscarlo en lo que fue su último reducto urbano: el mundo casi intemporal de las veletas y los ornamentos que reproducen su silueta. Las secretas formas de la decoración arquitectónica redimen y rescatan para nosotros su palidecida imagen. De allí salieron las escasas piezas que el azar y algún desvelo pueden depararnos: La primera: El barrio de Núñez es una estrecha franja ciudadana metida como cuña entre dos verdaderos barrios porteños de definida personalidad: Belgrano y Saavedra. De casas bajas, aún no humilladas por altísimas torres, su configuración es amistosa y familiar. Cada uno es dueño de su predio. Lo que permite libertades y caprichos, como los que vemos en la esquina de Iberá y Conesa. Allí, en una modesta y baja casa esquinera, vemos un gallo hecho con material moldeado. Era de una simpatía irresistible. Se lo había instalado sobre el no muy alto muro exterior, en el grueso travesaño que hacía de dintel y amparaba la pequeña puerta de hierro. Parecía el sitio ideal para su secular misión. Este gallito -“el gallito de Ibera”, lo bautizaron los vecinos, no tiene, sin duda, la estampa briosa, casi de riña, de otros que se han visto. Pero la ingenuidad que campea en él despierta ternura y compro­mete el recuerdo. La segunda: En la placita Gúemes, que aún conserva en la impronta de su redondo perfil, la vaga memoria de la laguna que alguna vez fue, confluyen hoy, como otros tantos riachos, hasta siete bocacalles -Medrano, Salguero, Charcas, Mansilla y tres que no recuerdo. Allí se alza, dominando el entorno, la basílica que, por el nombre de la parroquia, es conocida como la “Guadalupe”. Por detrás de las dos aguzadas torres frontales de la iglesia, cada una con su reloj, el observador curioso podrá ver que, sobre el tejado de la nave central, se alza una bovedilla circular labrada en gajos y sustentada por ocho columnas. Sobre ella se eleva una fina pirámide en cuyo extremo, en función de veleta, se empina un oscuro gallo de metal recortado. La cabeza arrogante, el desplegado penacho de plumas de la cola, parecen ignorar con soberbia, las iracundas palabras con que el rey Lear conjura “diluvios y huracanes” que habrán de “inundar las torres y ahogar los gallos en los campanarios”. Su estupendo emplazamiento, la rara perfección de su traza, hacen de esta pieza el mejor ejemplar de la colección. Tercera: Desdibujado y fantasmal, montado sobre un torcido barral, este gallito de triste figura es el más entrañable de la muestra. Su hechura es pobre y el recorte del perfil tan defi­ciente que parece salido de las manos de un niño. En la punta del fino hierro, hoy, piadosamente enderezado, que sale del muro lateral de San Francisco, más que exhibido, parece ensartado como para arrimarlo al asador. “Pobre gallo bataraz…”, cantó alguna vez Carlos Gardel. Como si lo hubiera conocido. Qué raros vientos lo trajeron a este macizo y oscuro paredón de cerrados ventanucos es cosa por averiguar. Como un guardia de quien ya nadie se acuerda, se está en su sitio con su corazoncito de latón y su oxidado orgullo de espantajo aspirante a veleta. Su vista inspira afecto y un dejo de piedad. Está en la vereda sur de la calle AIsina, desde Balcarce hacia Defensa y si al pasar, alguien lo roza con sus dedos, quizás estalle su gratitud en inesperado y loco canto. Para nuestra sorpresa. Porque ¿en qué barrio de Buenos Aires canta hoy un gallo?. Si usted sabe de alguno, mándenos los datos para sumarlos a esta nota. (texto recuperado de un artículo firmado por León Tenenbaum).

2 Comentarios

  1. beatriz

    Yo vivo en Saavedra, y alrededor de las 5 am, canta un gallo un poco lejos. Siempre pienso si será la alarma del despertador de alguien, pero la verdad que es gratificante escucharlo.

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    1. Horacio

      Si, la suya debe ser una sensación de carácter atávico. Durante muchos años el despertar de los hombres, cuando todo era campo y no había automóviles, ni radios, ni multitudes desplazándose por las calles, cuando el gallo cantaba, nos invadía una agradable sensación: como que lo oscuro quedaba atrás, que la luz volvía, que la vida renacía. Era como si el gallo hubiera estado cuidándonos durante la noche y que nos despertaba para poder ir él a dormir para descansar. Era un sonido, que lejos de alarmar, nos era muy agradable y contenedor. Espero que su gallo siga velando su sueño y lo despierte cada mañana con su canto renovador.

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