FUSILAMIENTO DE DORREGO (13/12/1828)

El 13 de diciembre de 1828, el general JUAN GALO DE LAVALLE, dispone el fusilamiento del coronel  MANUEL DORREGO, tomado prisionero dos días antes por el teniente coronel ESCRIBANO y así se escribe otra oscura página de nuestra Historia. Un trágico episodio que marcó el comienzo de nuevas guerras civiles y una catástrofe que abrió las puertas a la primera dictadura que enlutó al país.

DORREGO tenía 41 años en el momento de su ejecución y una biografía en la que cabían desde la imprudencia hasta el heroísmo. Hijo de un rico comerciante portugués, se unió a la lucha por la independencia combatiendo en Salta y Tucumán. Una densa historia de vida como participante en la guerra de liberación, en las disputas internas del país y ocupando distintos cargos públicos. Herido por una bala durante una batalla en 1812, logró recuperarse pero quedó marcado de por vida con una inclinación de la cabeza. Audaz, valiente e indisciplinado, su espíritu burlón le valió ser confinado dos veces, una por orden de MANUEL BELGRANO y otra por orden de SAN MARTÍN.

En 1816 se opuso a las ideas monárquicas del Director Supremo JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN y fue  deportado a Estados Unidos por disposición de éste, que ordenó su destierro por “insubordinación y altanería”. Permaneció en Baltimore (EE.UU.) durante tres años y a su regreso, en 1820, fue Gobernador interino de Buenos Aires, Más tarde se enfrentó sin suerte con los caudillos federales López y Ramírez y se convirtió en el líder de los “federales ilustrados”, aceptado por su carisma y habilidad para las negociaciones públicas. En agosto de 1827 fue electo Gobernador de la provincia de Buenos Aires en medio de una crítica situación e inició una política de acercamiento con las provincias. Durante su efímero gobierno, firmó un controvertido Tratado de Paz que concluyó la guerra con Brasil y tomó decisiones para encaminar la economía del país, hasta que fue derrocado por la sublevación unitaria iniciada el 1° de diciembre de 1828. Y fue la oposición unitaria encabezada por el general JUAN LAVALLE la que gestó este golpe para derribarlo.

Antecedentes
Desde tiempo atrás, los unitarios dirigidos por JULIÁN SEGUNDO AGÜERO (ex Ministro de RIVADAVIA y jefe del partido unitario), tramaban una revolución para restaurarse en el gobierno. A tal fin decidieron comprometer en tal acción a las tropas que regresaban de la Guerra con el Brasil y lograron que su jefe, el general JUAN GALO DE LAVALLE, aceptara el mando militar del movimiento, contando con que la oficialidad del ejército republicano, había abrazado la causa de los conspiradores y se mostraba partidaria de adherir a la revolución. Aunque eran públicas las intenciones de los unitarios, Dorrego no creyó nunca en un golpe armado y ordenó brindar un caluroso recibimiento a las tropas que habían vencido a los imperiales del Brasil y que a fines de noviembre de 1828, comenzaron a llegar a Buenos Aires.

Al amanecer del 1º de diciembre de 1828 el ejército nacional avanza silenciosamente hacia el centro de la ciudad. Antes de alcanzar las barrancas del Retiro, los fusileros del coronel ROLÓN abandonan su cuartel y se dirigen, prestamente, rumbo al Fuerte a fin de defenderlo. ROLÓN sabe que las tropas de Lavalle van en camino de destituir a Dorrego. Sin embargo, ya todo esfuerzo será vano. El general LAVALLE y el coronel JOSÉ OLAVARRÍA al frente de la primera división del ejército, entran a la ciudad sin encontrar resistencia y estaciona sus tropas frente al Fuerte, en las Plazas de la Victoria y 25 de Mayo y en medio de la aclamación de enardecidos unitarios, conminaron a DORREGO la entrega del gobierno. DORREGO, sin tropas con las que pudiera oponerse, abandonó la Fortaleza, por la puerta que daba a la hoy calle Balcarce y se dirigió al interior de la provincia a fin de organizar la reconquista. No intuye, siquiera, que no sólo no volverá a ser gobernador sino que le quedan apenas 12 días de vida. Dueño de la ciudad, LAVALLE, habiendo convocado a una centena de ciudadanos adictos unitarios, acaudillados por el propio doctor AGÜERO, procedió a realizar un simulacro de elección y luego de que los asistentes levantaran su sombrero en señal de acuerdo para que se lo nombrara Gobernador de Buenos Aires, asumió como tal en calidad de provisorio.

Mientras tanto, DORREGO decidido a enfrentar a LAVALLE, se dirigió a Cañuelas donde se reunió con JUAN MANUEL DE ROSAS, quien, enterado de los sucesos había comenzado a reclutar paisanos e indios para ponerlos a disposición de la autoridad legal, y le aconsejó no librar combate hasta completar la reunión de efectivos suficientes. DORREGO desoyó este consejo y decidió dirigirse a Navarro para enfrentar a LAVALLE, considerando que le serían suficientes las escasas fuerzas que ROSAS ya le había reunido. LAVALLE, por su parte, dejó a cargo del gobierno de Buenos Aires al almirante GUILLERMO BROWN y se dirigió también hacia Navarro.

El 9 de diciembre ambos contendientes se encontraron en esa localidad de la provincia de Buenos Aires y el disciplinado y bien entrenado ejército de LAVALLE, barre sin dificultades al improvisado contingente de indios y paisanos reclutados por ROSAS. Las tropas de DORREGO fueron rápidamente vencidas, siendo dispersadas con su jefe a la cabeza. Producido el desbanda de las fuerzas de DORREGO, éste se aleja de Navarro acompañado por ROSAS, quien  lo insta a que lo acompañe para dirigirse a la provincia de Santa Fe, en procura del auxilio que pudiera prestarles su gobernador ESTANISLAO LÓPEZ, pero DORREGO, nuevamente se negó a ello, prefiriendo marchar hacia Antonio de Areco para buscar refugio en la estancia de su hermano Luis. ROSAS lo deja entonces, “cansado de sufrir disparates”, como explicará años después.

DORREGO llega al puesto “El Clavo”, de la estancia  “Las Saladas”, propiedad de su hermano LUIS, donde se halla el cuartel volante de la división de PACHECO y éste se preocupa por esta presencia, ya que sabe que sus fuerzas son hostiles a Dorrego y ha procurado en vano detenerlo en su marcha, pero el chasqui que le enviara para alertarlo del peligro que corría, se había extraviado.

Cae la noche del 10 de diciembre. DORREGO y PACHECO toman mate y conversan en un rancho cuando se presentan los comandantes BERNARDINO ESCRIBANO y MARIANO ACHA, declarando que DORREGO queda prisionero con su hermano y que serán puestos a disposición del general LAVALLE, en su campamento de Navarro. DORREGO, estupefacto,  exclama dirigiéndose a ACHA: Compadre, ¿se ha vuelto loco?.  Pues no esperaba de usted semejante acción “. La orden recibida de Buenos Aires se ha cumplido.

En la mañana del 11 de diciembre de 1828 y se Inicia la marcha de los prisioneros hacia la Capital. A la tarde, desde la Cañada de Giles,  ESCRIBANO informa a LAVALLE y al gobierno la captura de DORREGO y permite a éste que envíe cartas a BROWN, gobernador sustituto y al ministro DÍAZ VÉLEZ, antiguos amigos suyos y  DORREGO pide se le permita marchar a los Estados. Unidos.

La noticia de la prisión de DORREGO llega a Buenos Aires en la mañana del 12 de diciembre. Parientes y amigos se inquietan y movilizan a los representantes diplomáticos. PARISH y FORBES entrevistan a DÍAZ VÉLEZ que les asegura categóricamente que no hay intenciones de ejecutar al preso, pero que quizás sea desterrado a los Estados Unidos. Pero los unitarios no descansan. No quieren a DORREGO en Buenos Aires, donde tiene mayores posibilidades de lograr un trato ecuánime. Lo quieren en el campamento de LAVALLE para que se concrete lo ya estaba decidido: el fusilamiento del ex gobernador.

Sin voluntad ni autoridad suficientes, BROWN y DÍAZ VÉLEZ admiten el cambio de destino del prisionero. La vida del infortunado coronel está, ahora, en manos de los implacables ministros unitarios y comienza entonces la presión final sobre LAVALLE. El “al parecer no tan sensible poeta” JUAN CRUZ VARELA lo insta a que termine con la vida de DORREGO y a tal efecto, el 12 a las 10 de la noche le escribe: “…Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr está formado; ésta es la opinión de todos sus amigos de usted. Piense que 200 y más muertos y 500 heridos deben hacer entender a usted, cuál es su deber. Este pueblo espera todo de usted y usted debe darle todo. Cartas como ésta se rompen y en circunstancias como las presentes, se dispensan estas confianzas a los que usted sabe que no lo engañan…”.

SALVADOR MARÍA DEL CARRIL, en carta que no firma, dice a LAVALLE: “….considere usted la suerte de DORREGO. En tal caso, la ley es, que una revolución es un juego de azar, en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted, habré escrito inútilmente y, lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará las restantes”.

Entre quienes se cuidaron de no dejar evidencia escrita, pero que decidieron también el destino del ex gobernador, figuran RIVADAVIA, que  es citado por varios autores así como VALENTÍN GÓMEZ y MARTÍN RODRÍGUEZ.

Pero LAVALLE ya ha mandado a RAUCH para que traiga a DO-RREGO a Navarro. Al ver al prusiano, que sabe que le guarda rencor, DORREGO se estremece y dice a su hermano: “Luis, estoy perdido”. LUIS DORREGO es liberado y el ex gobernador trasladado al cuartel de LAVALLE.  Cuando DORREGO llegó al campamento de LAVALLE, ese mismo día, 13 de diciembre de 1828, se enteró de que por decisión exclusiva de LAVALLE, sin ser sometido a juicio previo y sin ajustarse a las más elementales normas de legalidad, sería fusilado en el término de una hora. No hubo proceso ni defensa, ni lectura de sentencia y el prisionero sólo contó con una hora para prepararse a morir.

El mayor JUAN ESTANISLAO ELIAS, que con ARÁOZ DE LAMADRID eran los únicos testigos presenciales que dejaron documentos de los sucesos, dice que al comunicar la llegada del prisionero, LAVALLE dijo muy agitado y meditabundo: “Vaya usted e intímele que dentro de una hora será fusilado”. LAMADRID cuenta que le pidió a LAVALLE que accediera a hablar con DORREGO, porque éste se lo había pedido y era “gobernador legitimo de la provincia y mi compadre, además”,  recibiendo una negativa absoluta. Después de verse una vez más con el prisionero, LAMADRID insistió ante LAVALLE: “por qué no lo oye un momento, aunque lo fusile después?”. “No quiero”, fue la respuesta final de LAVALLE.

Los últimos momentos
Con la certeza de que su trágico destino era fatal, señalando que se le daban menos derechos que a un desertor o a un bandido, DORREGO  se preparó, a morir. Escribió varias cartas de despedida a sus amigos diciéndoles que perdonaba a sus enemigos y les suplicaba “que no den paso alguno en desagravio”. A ESTANISLAO LÓPEZ y a MIGUEL DE AZCUÉNAGA, les escribe reiterándoles  su deseo de no ser causa de más derramamientos de sangre y a su esposa le dice: “Mi querida Angelita: en este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué, más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado M. Dorrego”

 Entregó luego a LAMADRID su chaqueta bordada con trencillas y muletillas de seda, con encargo de entregársela a su esposa, y vistió luego la chaqueta de LAMADRID, para morir con ella puesta. “Fue entonces que me pidió —dice LAMADRID— que le hiciera el gusto de acompañarlo cuando lo sacaran al patíbulo”. LAMADRID vacila y se niega y ante una observación de DORRSGO, agrega: “No compadre —le dije con voz ahogada por el sentimiento—. De ninguna manera  tendría yo a menos salir con usted,  pero el valor me falta y no tengo corazón para verle en ese trance”. Abracémonos aquí/ y Dios le dé resignación”. Nos abrazamos, cuenta a continuación LAMADRID, “y bajé corriendo, con mis ojos anegados por las lágrimas”.

Después, con las primera luces del 13 de diciembre de 1828, el coronel MANUEL DORREGO abandona su tienda y del brazo del padre CASTAÑER, marcha rumbo al corral de vacas que oficiará de patíbulo. Se sienta y espera, sin venda en los ojos, los disparos de los 12 tiradores del 5° pelotón que comanda el capitán PÁEZ. Un estruendo sacude la tibia madrugada y ocho impactos de bala en su cuerpo, terminan con su vida.

 “Marché derecho a mi alojamiento (continuó diciendo LAMADRID), dejando el cuadro ya formado. Nada vi de lo que pasó después, ni podía aún creer lo que había visto. La descarga  me estremeció y maldije la hora en que me había prestado a salir de Buenos Aires”.

ELIAS, que era el edecán de LAVALLE, por su parte, afir­ma que DORREGO “marchó lentamente al suplicio, apoyado en el brazo del canónigo CASTAÑAR que lo había auxiliado en sus últimos instantes. Un momento después oí la descarga que arrebató la vida a ese Infeliz. Yo no quise presenciar ese acto cuyas tristes consecuencias  preveía. Yo me hallaba mudo al lado del general LAVALLE, que profundamente conmovido me dijo: “Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable”. Enseguida escribió su célebre parte al gobierno delegado, participándole la ejecución del coronel Dorrego…”.

La muerte de DORREGO, el símbolo de las ideas que LAVALLE combatía, no fue, como luego mostró la Historia, la solución que el país necesitaba. La tragedia de Navarro, como se llamó al fusilamiento de DORREGO, produjo de nuevo la dislocación nacional y fue el primer paso para el encumbramiento de JUAN MANUEL DE ROSAS al poder. La muerte de DORREGO privó al partido federal y al país entero de una de sus figuras más destacadas y desató nuevamente la guerra civil. Todas las provincias, excepto Tucumán y Salta, con gobiernos unitarios, protestaron ante el doloroso episodio.  La Convención reunida en Santa Fe condenó el fusilamiento del legítimo Gobernador y designó a ESTANISLAO LÓPEZ, jefe de las fuerzas que debían oponerse al pronunciamiento de LAVALLE.

El Profesor HÉCTOR G. RAMOS MEJÍA, refiriéndose al coronel MANUEL DORREGO, dijo que por sus acciones públicas y privadas, por sus propósitos y aspiraciones, por sus ideas notorias, su preparación humanística revelada en sus “Cartas apologéticas”, escritas desde Baltimore, durante su destierro en 1817, al general ANTONIO GONZÁLEZ BALCARCE, el coronel DORREGO “era la expresión más típica del criollo de la antigüa comuna porteña, especie desvanecida ya en medio del aluvión inmigratorio que ha transformado la fisonomía social del pueblo argentino y su muerte fue un acto de violencia absurda, patentizado en las profundas dudas que tuvo el autor de su muerte, instigado en esos días por los ministros unitarios”

Sigue diciendo el profesor RAMOS MEJÍA: “Dorrego había sido elegido gobernador por amplia mayoría de votos. Pero la estabilidad de su gobierno era transitoria porque muchos de los apoyos recibidos obedecían a causas circunstanciales. Personalidades de la época como BRAULIO COSTA, M. AGUIRRE, M.J. HAEDO, LADISLAO MARTÍNEZ y FÉLIX ALZAGA se inclinaron por el Partido Popular (Federal) solo para contraponerse al centralista RIVADAVIA. Con Dorrego llegaría —suponían— una etapa de tranquilidad en la cual podrían multiplicar sus fortunas. Sin embargo, los aliados circunstanciales del federalismo desconfiaban del sesgo popular y del doctrinarismo del apasionado caudillo porteño”. El gobierno de Dorrego avanzaba en  ese clima de intereses contrapuestos, alianzas provisorias y conspiración permanente y salvaje de los unitarios. Es el caudillo identificado con los movimientos populares que enfrentaron al Directorio de PUEYRREDÓN. Aquel que en el destierro, en Norteamérica, conoce el sistema federal de gobierno y adhiere a sus bases programáticas. El mismo que de regreso en Buenos Aires, lidera la oposición al régimen ministerial de los unitarios”.

“Pero los días del coronel, estaban contados. La grave situación provocada por la guerra con el Brasil, que RIVADAVIA deja irresuelta, favorece la conspiración unitaria. La guerra sume a las clases populares en la pobreza/ Los grandes negociantes del comercio exterior elevan cada vez más su voz y los hacendados comienzan a perder la paciencia. Desde las sombras, conspicuos unitarios como AGÜERO, DEL CARRIL y CRUZ VARELA, convencen a LAVALLE de la necesidad de desalojar al caudillo federal del poder. DORREGO lo sabe, porque ROSAS se lo ha advertido, pero cree que los conspiradores son solo “un montón de charlatanes”.

LAVALLE, quebrado, como ante la más mutilante de las derrotas, escribe, con el cadáver caliente aún ante sus ojos: “La historia dirá si el coronel DORREGO ha debido morir o no. Su muerte es el sacrificio mayor que puedo hacer en obsequio del pueblo de Buenos Aires enlutado por él” (Jorge Zicolillo)

2 Comentarios

  1. Quito

    Excelente y atrapante reseña de un hecho histórico tan oscuro como relevante. No solo por su proyección en los acontecimientos futuros, si no también por el realismo e imparcialidad con los que se transmite las vivencias, pensamientos y filosofias políticas que sustentaron la moral de muchos personajes no tan preclaros de nuestra historia y su proyección en la actualidad. Felicitaciones!

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    1. Horacio (Publicaciones Autor)

      Gracias mi buen amigo. Tu comentario supera al nuestro, en profundidad y comprensión de la Historia. Un abrazo

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