FORTÍN TAPALQUÉ (1/1831)

FORTÍN TAPALQUÉ. Entre las ruinas de un fortín que se levantó en 1831 cerca de Tapalqué, en la provincia de Buenos Aires, todavía hay rastros de contactos (algunos amables, otros no tanto) entre criollos e indígenas. Y hay, además, algunas huellas del estilo de gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS. De hecho, las ruinas del fortín revelan que parece ser que su construcción no respondió exclusivamente a la necesidad de “detener” el avance de los malones. También había intereses personales en juego. Tras una ardua investigación, un grupo de arqueólogos y antropólogos de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, ha concluido que el fortín go­zaba de los favores de JUAN MANUEL DE ROSAS, que lo mantenía más que bien abastecido. Los investigadores hallaron suficientes huesos de vacas y caballos, restos de botellas españolas, losas inglesas y porcelanas belgas en las ruinas del Cantón Tapalqué Viejo, que muestran que el gobierno de Rosas, al cual en 1827 le habían encargado un plan de extensión del territorio contra los indígenas, lo te-nía bien en cuenta. MIGUEL MUGUETA, uno de los Directores del estudio, explica la idea: “El Cantón Tapalqué fue el fortín preferido de Rosas, quien lo mandó a construir para defender el ganado de su amigo MARCOS BALCARCE, quien ocupaba el cargo de ministro de Guerra y Marina, y no por cuestiones de estrategia militar”. Antes de que se levantara el fortín, la hacienda de Balcarce había sufrido el paso de los indígenas, que le robaron gran parte de sus animales. Y el entonces ministro pidió ayuda. La “mano” de Rosas fue efectiva: según señalan algunos historiadores, mil doscientos soldados vencieron al malón y recuperaron las diez mil cabezas que los indios le habían robado a Balcarce. Luego, a pesar de la proximidad de la hacienda de Balcarce a un fortín desocupado, llamado “Blanca Grande”, Rosas ordenó la construcción de otro en las tierras de su amigo. Dispuesto en una explanada, rodeado de una zanja y a la vera de un arroyo, el fortín ocupó 7.200 metros cuadrados. Al principio, cuando su guarnición sumaba 27 soldados, las instalaciones se limitaban a un grupo de tres ranchos de barro -de los que sólo se conservan las fosas- en los que funcionaban la comandancia, los dormitorios y la pulpería/depósito. Según el arqueólogo Mugueta, por entonces los ranchos se construían empleando una técnica llamada “chorizo” (las paredes se levantaban utilizando una mezcla de paja, barro y cañas), que dominó durante décadas en la zona. Según el investigador, hasta 1855 el Fortín fue un puesto de frontera que, según los momentos, sufrió la tensión o cultivó las buenas relaciones con los indios. En las excavaciones, los arqueólogos hallaron objetos que confirman los contactos entre soldados e indígenas. “Encontramos pedazos de botellas de vidrio importadas (que supuestamente pertenecieron a los soldados), talladas con dibujos indígenas”, precisó el arqueólogo. Y agregó que también hallaron dentro del fortín una gran cantidad de “chaquiras”, un tipo de cuentas de collar fabricadas por los. indígenas. “Todo confirma que el intercambio entre los soldados y los indios de los caciques CACHUL y CATRIEL era regular y continuo.”. Claro que también hubo algunos momentos de conflicto: “Las balas de fusiles que hallamos dispersas en zonas aledañas al Fortín, revelan que hubo combates”, dijo el arqueólogo. Además, existen documentos históricos que afirman que en 1836 y en 1839 ocurrieron dos enfrentamientos con grupos indígenas -uno de ellos con los hombres del cacique CALFUCURÁ- que, según consta, resultaron vencidos. Además de estas conclusiones, la investigación confirma que el Fortín recibía vacas, caballos, chanchos y ovejas, enviados por Rosas. Y que, cada tanto, los soldados salían a cazar algunas vizcachas. La continua asistencia del go­bierno marca las diferencias entre las costumbres de los pobladores de Tapalqué y los de otros destacamentos, como Tandil o Bahía Blanca, en los que, según Mugueta, los soldados estaban forzados a cazar para mejorar su alimentación. Según el relevamiento, una vez consolidada la posición, se diseñó un sistema de canales fuera del fortín, que cumplía una extraña función. Los buzos que colaboraron con los arqueólogos se sumergieron en el arroyo vecino al fortín y hallaron evidencias de un dique, construido en madera de ñandubay. “El dique les permitía subir el nivel del agua del arroyo, que también era derivada por una red de canales hasta unos potreros -cuenta Mugueta- y así se creaba uñ microclima ideal para cultivar árboles frutales, como naranjos y durazneros.” Luego, alrededor del fortín se levantó un grupo de ranchos de adobe. En 1855, la población se trasladó hasta el lugar donde hoy está Tapalqué, a 17 kilómetros del fortín original (por Valeria Román).

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