FE RELIGIOSA Y FANATISMO (1822)

FE RELIGIOSA Y FANATISMO. Por espacio de muchos años, las diversiones eran muy limitadas en Buenos Aires. A todas horas del día se oía el grave y acompasado tañido de las campanas de las iglesias y eran evidentes los hábitos clericales de la población. Poco a poco, sin embargo, fueron aumentando aquéllas y desapareciendo éstos. No se crea que queremos decir que hoy el pueblo sea menos dado a las prácticas religiosas, pero en aquellos tiempos había ciertamente más dedicación a los actos religiosos y en algunos casos, un tanto teñidos de fanatismo. Para corroborar lo que acabamos de decir, citaremos un hecho de la crónica diaria. “Por el año 22 ó 23, un soldado de los que acompañaban a la imagen de Jesucristo, Su Majestad Sagrada, hirió con la bayoneta a un joven inglés recién llegado al país, porque no se hincó rápidamente (aunque estaba ya en actitud de hacerlo), agregándose que el soldado ejecutó este acto por mandato del sacerdote que portaba la imagen. No podemos creer que semejante proceder partiese de un ministro de una religión de paz, llevando en sus manos la imagen del Dios de la caridad. Pero el fanatismo existía indudablemente en alguna parte, si no residía en el sacerdote, estaba ciertamente en el soldado, que creía sin duda, que era obra santa herir a un hereje. Los repiques llamando a distintos oficios se oían todos los días por horas enteras, tan violentos eran que aturdían, obligando a los que andaban por la calle o vivían inmediato a una iglesia, a elevar la voz hasta el grito a fin de hacerse oír de aquellos con quienes hablaban. Tan era así, que la autoridad tuvo que intervenir, como se verá por las siguientes palabras, de un periódico del tiempo, que dirigía el señor Rivadavia. “Será también agradable que publiquemos que el señor Provisor Gobernador del obispado. “Ha dictado un reglamento sobre el uso que debe hacerse de los campanarios, tanto en los Conventos como en los Curatos, reduciendo a mucho menos tiempo el entretenimiento que facilitaba a la juventud ociosa y, en fin, otras varias providencias de tanta importancia como trascendencia.”. La concurrencia a las iglesias era casi constante. La verdad es que para cumplir y asistir debidamente a todas las fiestas y funciones organizadas por el clero, era preciso pasarse en los templos gran parte del día y aun, algunas horas de la noche. Las procesiones se repetían con admirable frecuencia y la concurrencia era inmensa. Una y aun dos horas antes de salir, las campanas atronaban el aire, lo mismo que durante la procesión. A propósito, recordamos un acontecimiento que pudo haber terminado de un modo muy serio. Salió de la iglesia de la Merced, la procesión del Sepulcro: iba en andas la Dolorosa, San Juan y la Verónica. Habría llegado a la mitad de la cuadra por la calle Reconquista (entonces de la Paz) entre Cangallo y Piedad, cuando repentinamente tuercen a escape, de la calle Piedad a la de la Paz, dos bueyes, perseguidos sin duda por su propietario. Los bueyes o no pudieron o no quisieron retroceder y prefirieron abrirse paso a través de la masa de seres humanos que estaban próximos a embestir. Más fácil será formarse una idea que describir la escena que entonces tuvo lugar: la gente quería alejarse del peligro y en estos intentos se atropellaba, cayendo muchas personas al suelo. Hubo sombreros pisoteados, vestidos despretinados y mantones desgarrados, golpes y contusiones. Una señora buscaba a su criada, una madre a su hijo extraviado. Cayeron santos, andas, hachones y faroles. En fin, si no fuera una profanación, tratándose de una ceremonia religiosa, diríamos que era aquello un verdadero infierno. Y esta concurrencia ininterrumpida a templos y actos religiosos que entonces se notaba, ¿no podría atribuirse a la carencia casi completa de entretenimientos y de centros recreativos y ser, para muchos, la iglesia un punto de reunión?”.

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