EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS (27/02/1767)

Mediante una Cédula Real del 27 de febrero de 1767 (1), el rey CARLOS III ordena la expulsión de los Jesuitas de la Compañía de Jesús de España y de todos los territorios del dominio español en América y la confiscación de sus propiedades y en el mayor secreto se la envía al Río de la Plata, para que desde aquí fuese difundido en sobres  “cerrados y de urgencia” a todas las ciudades coloniales. En ella, se acusaba a los jesuitas de proteger a los indios en una rebelión contra la corona (Guerra guaranítica 1750-1756), de socavar la autoridad del soberano español y de intentar formar un reino indio independiente.

Desde los primeros años del siglo XVII los jesuitas fundaron en las colonias americanas numerosas “misiones” o “reducciones”. Se trataba de poblados indígenas gobernados por los religiosos donde sus moradores estaban libres de la “encomienda” o trabajo obligatorio que debían realizar para los conquistadores, casi a nivel de esclavos. Durante el siglo y medio que duró su existencia, las “misiones” llegaron a concentrar 100.000 indígenas, especialmente guaraníes. Tenían como todo pueblo, una plaza central rodeada por la iglesia, el cementerio, la escuela, los talleres y más alejadas, las casas de los pobladores. Existía un sistema de trabajo y producción comunitario, pero cada morador poseía además su propia parcela.

En las “misiones” se desarrolló la arquitectura, la pintura, la escultura y la música a un nivel desconocido en otras partes de la colonia. En las imprentas jesuíticas se hicieron los libros mejor editados de América, muchos publicados en lengua guaraní. Los gobernantes civiles y los “encomenderos”, que veían afectados sus intereses, comenzaron a mirar con envidia, rencor y avaricia a esos pueblos donde los indígenas eran considerados como seres humanos y no como bestias para su explotación.

Espulsión de los jesuitas de Buenos Aires (02/07/1767).
Decidida la expulsión, CARLOS III nombró a FRANCISCO DE PAULA BUCARELLI para que asuma como Gobernador de Buenos Aires en reemplazo de PEDRO DE CEVALLOS por las dudas que éste le ofrecía para dar cumplimiento a esta orden, ya que era conocida la buena relación que éste tenía con la “Compañía de Jesús”. BUCARELLI, en cambio, enemigo declarado de los Jesuitas, no tuvo empacho en cumplir de inmediato con lo dispuesto por el rey de España y a los pocos días de recibida la orden, ya había iniciado las acciones pertinentes.

El gobernador BUCARELLI recibió la orden en los primeros días del mes de junio y dispuso sigilosamente la ejecución para el día 21 de junio. Pero antes, llegaron a Montevideo dos barcos procedentes de España y sus tripulantes contaron lo ocurrido allí cuando se enteraron de la expulsión de la Compañía de Jesús, diciendo que los jesuitas fueron ardorosamente defendidos por sus seguidores, “causando gran revuelo y desorden” en toda España. BUCARELLI, temiendo entonces que los habitantes de Buenos Aires adoptaran la misma actitud,  mediante un levantamiento popular contra su autoridad, decidió anticipar la detención antes de que las noticias llegaran a la gente y ordenó la detención inmediata de los jesuítas establecidos en la ciudad. Era la madrugada del 2 de julio de 1767, un día lluvioso y frío, Las tropas del gobernador  ocuparon por sorpresa las dos casas que la Compañía todavía tenía en Buenos Aires: el Colegio Grande y el Colegio de Belén. Detuvieron a 42 religiosos que encontraron en esos lugares y los encerraron, con fuerte custodia, en la Casa de Ejercicios. Enseguida, llevando a cabo una verdadera “caza de brujas”, fueron detenidos todos los sacerdotes de esa orden que vivían en la ciudad. Reunidos en el Fuerte los doscientos ochenta y nueve jesuitas que actuaban aquí, fueron llevados como delincuentes al puerto y desde allí embarcados con destinos a Cadiz, en España, desde donde luego serían enviados a Roma, Italia. Algunos vecinos intentaron evitar el destierro de los sacerdotes y sufrieron el mismo castigo que sus defendidos. Todos sus bienes y propiedades fueron incautadas  y su administración confiada a la autoridad civil y sus posesiones religiosas a las órdenes de los domínicos, franciscanos y al clero secular. En los días posteriores, la orden de expulsión se fue cumpliendo en todo el país y más de 2.000 jesuitas debieron aba donar las misiones, estancias, escuelas, fábricas, cultivos y demás emprendimientos que había puesto en marcha.

En setiembre de 1767, habiendo sido convocados por BUCARELLI, ciento veinte “caciques” y “corregidores” de las 33 misiones que en  esos momentos existían en el Río de la Plata,  fueron notificados personalmente por el Gobernador, quien, desde un balcón los arengó, diciéndoles “muy suelto de cuerpo”,  que “acababa de sacarlos de la esclavitud” y que “a partir de ahora serán hombres libres”.

Expulsión de los jesuitas de Córdoba (12/07/1767)
En la ciudad de Córdoba tuvo lugar la expulsión de los padres jesuitas que se hallaban allí y la confiscación de sus bienes por orden del rey de España. El Teniente FABRO, enviado por el Gobernador DE PAULA BUCARELLI, puso sello sobre la caja, la biblioteca y otros lugares y confiscó todos los bienes

Expulsión de los jesuitas en Santa Fe (13/07/1767)
En cumplimiento de la real orden del rey de España CARLOS III disponiendo la expulsión de los padres jesuitas de todos los dominios de España, los religiosos de la Compañía de Jesús expulsados abandonaron el Colegio y demás dependencias que tenían en la ciudad de Santa Fe, en la que estaban radicados desde los primeros años de su traslado al sitio que entonces ocupaban.

Expulsion de los jesuitas de Salta (03/08/1767)
Los jesuitas de Salta  son expulsados en cumplimiento de la real Cédula de Carlos III

Fin de las “misiones jesuíticas”
En junio de 1768, BUCARELLI se trasladó al Paraguay para terminar con el operativo y así terminó a historia de los jesuitas y las misiones jesuíticas en América. En total, fueron expulsados 345 Jesuitas, entre ellos, los padres PERAMÁS, FALKNER, CARDIEL y otros de igual renombre, quedando  así abandonada una obra de 150 años y multitud de aborígenes que huyeron hacia la selva, vueltos a un estado de incivilidad, que ahora, por haber conocido otra forma de vida, les fue muy difícil superar, por lo que cayeron en una triste situación. .

La confiscada obra de los jesuitas  pasó a manos del tesoro real. De los Treinta Pueblos de las misiones guaraníes, situados en territorios actualmente de Argentina, Paraguay y Brasil, los dominicos se hicieron cargo de diez de ellos: Yapeyú, San Borja, San Miguel, San Nicolás, Mártires, San Carlos, San Ignacio Miní, Trinidad, San Cosme y Nuestra Señora de Fe. Igual número de pueblos guaraníes fue encomendado a franciscanos y mercedarios. Y así comenzó el derrumbe de una estructura productiva y educativa descomunal. Las prósperas misiones, densamente pobladas, rápidamente quedaron deshabitadas y mientras la maleza iba cubriendo inexorablemente esas estructuras que habían albergado vida y laboriosidad, los aborígenes se dispersaron tratando de no olvidar lo aprendido.

Culminaba de esta forma, un largo proceso que enfrentó a la corona española con los jesuítas, sospechados, como ya hemos dicho, de ser una amenaza para el poder real  y de intentar crear en América un reino indio independiente. Se les acusaba —como pretexto especialmente aportado por los encomenderos— de haber sido la causa de la resistencia de los indígenas a la autoridad del soberano español (guerra guaranítica).

Lo cierto es que, tanto en las misiones como en las ciudades, la congregación de los jesuitas, tenía a su cargo casi toda la actividad educativa y científica del nuevo mundo. En sus “misiones” y establecimientos educacionales, se habían logrado extraordinarios resultados alfabetizando a los indígenas, atendiendo a su salud, capacitándolos para el trabajo e inculcándoles principios cristianos, estimulando sus valores personales. El nivel de  calidad, cantidad y variedad de los productos que salían de sus granjas y fábricas artesanales, ponía en serio peligro los intereses, primero de la corona, cuyos negocios de ultramar estaba siendo muy afectados y en segundo lugar, el de los nombrados encomenderos, cuyo sistema de explotación de los indígenas se veía peligrosamente perjudicado, con la merma de mano de obra disponible y por la competencia de las misiones que les hacía perder muchos mercados.

Las reducciones más afectadas fueron las Misiones y la Universidad de Córdoba. En el Plata se designó una Junta de Temporalidades para la administración de los bienes que quedaban. En Córdoba y Tucumán las órdenes reales se cumplieron con igual rudeza. Fingiendo temer que los directores de las Misiones se resistieran, Bucarelli marchó en persona al frente de un ejército para prenderlos. Anoticiados los expulsados se presentaron ellos mismos al ejecutor de las órdenes reales, y salieron del país en medio de la consternación de los indígenas que “lloraban a sus padres”. Cuando el pontífice CLEMENTE XIV suprimió la Compañía de Jesús en 1773, ya no quedaban jesuitas en nuestro territorio

Las misiones desaparecieron entonces, totalmente,  en solo  dos años.  Lo que aún no ha podido ser determinado con certeza, fueron las razones que impulsaron a Carlos III a tomar esta medida. Sólo dos hipótesis han perdurado de las muchas que se tejieron alrededor de esta determinación: una, la ya expuesta referida a las sospechas de que anidaban un germen de rebeldía hacia la autoridad del Rey de España. La otra, la que subsiste hoy con mayores fundamentos, le atribuye a la necesidad de frustrar de raíz esta nueva forma de gobierno y de administración de los bienes y los intereses del pueblo, que los jesuitas estaban instalando con verdadero éxito en estas nuevas tierras (ver “Los Jesuitas”)

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