EXEQUIAS DEL GENERAL SAN MARTÍN (28/05/1880)

El 5 de abril de 1877 el presidente Avellaneda dirigió al pueblo de la República un manifiesto destinado a promover un gran movimiento nacional para repatriar los restos del general José de San Martín, fallecido en Francia hacía veintisiete años. El presidente cerró su mensaje con la siguiente frase: “Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos, y los que se apoyan en tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir”. La Comisión que se había constituido para celebrar el centenario del nacimiento del prócer continuó sus trabajos para repatriar sus restos. Consecuente con las palabras de su mensaje, Avellaneda alentó todos los homenajes programados. A principios de 1880 se decidió trasladar hacia Buenos Aires los restos de San Martín a bordo del trasporte de guerra “Villarino”, haciendo escala en el puerto de Montevideo.

El 17 de mayo de 1880, el transporte “Villarino” llegó al Río de la Plata y el general MÁXIMO SANTOS, entonces presidente de la República Oriental del Uruguay, dictó un Decreto autorizando el desembarco en ese país, de los restos del general San Martín, satisfaciendo así un pedido de los argentinos allí residentes. El 22 de mayo de 1880, el féretro con los restos mortales del general SAN MARTÍN fue bajado a tierra en la ciudad de Montevideo, República Oriental del Uruguay y con toda la pompa militar que desplegó el gobierno uruguayo, asociado a la marina y a las tropas argentinas que habían sido enviadas a la Capital oriental para rendir homenaje al Héroe Máximo de los argentinos, se le hicieron los honores fúnebres en la Catedral de Montevideo. Numeroso público y altas autoridades uruguayas se unieron a este homenaje, que contó también con la participación del Cuerpo Diplomático acreditado en ese País, uno de cuyos miembros, el representante de la República de Chile, fue quien se hizo cargo de los uno de los cordones del féretro en su paso hacia la Catedral. En ese ocasión, el doctor FLORENCIO ESCARDÓ ofreció una corona metálica que había recibido como premio de un drama que había escrito para aumentar los fondos destinados a la repatriación de los restos del general San Martín y también los argentinos de raza negra residentes en Montevideo, entregaron una corona de hierro en homenaje al Libertador.

Luego, los restos del general fueron reembarcados en la cañonera, que reemprendió la marcha y  cruzó el río de la Plata entre pendones y salvas, hasta arribar al puerto de Buenos Aires al mediodía del 28 de mayo. Ese día, declarado feriado nacional, la población, la escuadra y los barcos surtos en el puerto izaron las banderas y se aprestaron a rendir su último homenaje al Padre de la Patria. Al bajar el féretro a tierra, los recibió el más tenaz gestor de tan ansiada repatriación, el general BARTOLOMÉ MITRE, quien finalizó su oración fúnebre diciendo: “… pero aún nos queda algo más que hacer para pagar nuestra deuda histórica con tan grande hombre. Todavía le debemos los sietes pies de la tierra, de la tumba que lo guardará. A continuación, el féretro fue colocado en una  angarilla y luego de ser cubierto con la Bandera de los Andes, fue alzado en hombros por los veteranos previamente elegidos en cada cuerpo y colocado en un severo catafalco. Luego el cortejo, desde el muelle de Catalinas, recorriendo la calle Florida, se dirigió hacia la Plaza de la Victoria, adonde llegó a las cuatro de la tarde, envuelto en un fuerte aguacero. Allí lo esperaba el Presidente y sus ministros y al pie del monumento hablaron NICOLÁS AVELLANMEDA y el ministro del Perú, EVARISTO GÓMEZ SÁNCHEZ.

Finalizados los discursos, fueron alzados nuevamente los restos y colocados en un majestuoso carro enlutado que los trasladó a la Catedral. Seguían detrás de la carroza fúnebre, miembros destacados del Gobierno Nacional, el Congreso, el Poder Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires, los representantes del Poder Judicial, la Universidad, altos empleados y un numeroso pueblo, que formaba una inmensa columna, a cuya cabeza marchaban, hondamente conmovidos, los pocos guerreros sobrevivientes de la Independencia. Llegados a la Catedral Metropolitana, los restos fueron recibidos por el arzobispo ANEIROS y depositados en un mausoleo que coronan las estatuas que representan a las tres repúblicas liberadas por nuestro máximo prócer: Argentina, Chile y Perú.

Durante lo que restó de ese día y la noche subsiguiente, los restos fueron velados por una Comisión integrada por los generales JOSÉ MARÍA BUSTILLO, JUAN ESTEBAN PEDERNERA Y JOSÉ MARÍA FRANCIA y durante toda la noche desfilaron severos y tristes bajo el pálido resplandor de los cirios, los guerreros y los descendientes de los fundadores de la Patria, para rendir el postrer homenaje a su antiguo jefe. Al día siguiente, 29 de mayo de 1880, el túmulo erigido en la Iglesia Catedral Metropolitana de Buenos Aires para albergar los restos mortales del general José de San Martín, y donde se habían depositado el día anterior, amaneció totalmente cubierto de flores, destacándose en primer término la bandera del Ejército de los Andes y la del regimiento Río de la Plata que se habían colocado encima. Los oficios religiosos comenzaron a las catorce, estando nuevamente presente el presidente de la República, doctor NICOLÁS AVELLANEDA, el cuerpo diplomático y miembros del Congreso Nacional y de la magistratura. Monseñor ANEIROS, el arzobispo de Buenos Aires, subió al púlpito y en una sentida oración enalteció los méritos del Libertador. Concluidos los funerales, las altas autoridades y demás miembros de las comitivas presentes abandonaron el Templo, y las salvas hechas por los cañones del Ejército y de la Marina dieron término a este especial y merecido  homenaje. Después se procedió a colocar los restos en el sarcófago, erigido bajo las bóvedas de la Catedral, en presencia de las autoridades municipales y los miembros de la Comisión encargada de la repatriación de las sagradas reliquias. En la capilla que encierra la sepultura de San Martín, han sido depositados, después, los restos de sus grandes colaboradores en sus empresas libertadoras de Chile y el Perú, los generales GUIDO Y LAS HERAS.

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