EL SORTEO DE MATUCANA (22/03/1824)

Tras el severo desastre de Vilcapugio (1º  de octubre 1813), “la batalla más trágica de los anales argentinos”, se produce, para desgracia de las armas patriotas, Ayohuma, el 14 de noviembre del mismo año. Gran parte de ese ejército, cubiertos de gloria en Tucumán y Salta, y que en forma tan auspiciosa había iniciado el año 1813, termina, como consecuencia de esos dos contrastes, prisionero de los realistas en las tenebrosas casamatas de los castillos de El Callao.

Largos años de padecimientos sin par sufrieron estoicamente esos bravos patriotas, en los lóbregos subterráneos de los castillos, esperando ansiosamente el día de su liberación, que les llega por fin, el 1º de setiembre de 1821. Ese día, el mariscal LA MAR, abandonado a su suerte por el general español JOSÉ CANTERAC, acepta los términos de la capitulación ofrecida por SAN MARTÍN y rinde la fortaleza del Callao. Tropas patriotas ocupan esa plaza y ponen en libertad a los prisioneros, los vencidos en Vilcapugio y Ayohuma, que pueden ver la luz, luego de ocho espantosos años de cautiverio.

Las tropas criollas que habían tomado el Fuerte, estaban mal alimentadas y peor vestidas, y la disciplina se había relajado después de muchos años de combates. Fue entonces cuando, en la noche del 4 al 5 de febrero de 1824, un grupo de soldados del Ejército Libertador, a instancias del coronel español JOSÉ MARÍA CASARIEGO, se sublevan contra sus jefes, sin haber conseguido que los jefes y oficiales liberados, se plegaran a la insurrección, por lo que éstos, son nuevamente encerrados en los calabozos del Castillo. Fue así que los realistas consiguieron recuperar el Fuerte y tomaron prisioneros a los hombres que lo ocupaban, entre ellos, MILLÁN y PRUDÁN.

Cuando el general CANTERAC, tomó conocimiento de este favorable suceso, dispone que el general JUAN ANTONIO MONET, destacado en el valle de Jauja, tome el mando del Fuerte. Así lo hace MONET y ante el temor de que los presos, terminen por sumarse a la sublevación, decide sacarlos de las casamatas y trasladarlos a la terrible prisión de la isla Chueuito, en el lago Titicaca.

Eran los tiempos de la guerra de la independencia, cuando la vida tenía muy bajo precio para los soldados argentinos. Entre estos prisioneros iban DOMINGO MILLÁN y MANUEL PRUDÁN, dos oficiales argentinos a los que el destino reunió en una triste historia. Millán entró al Ejército a los 15 años y había peleado en Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Después cayó prisionero de los españoles, que lo encerraron en los lúgubres calabozos del fuerte del Callao. Allí permaneció cinco años hasta que fue canjeado por prisioneros españoles. Se unió al Ejército libertador que tomó Lima y participó en la ocupación de la misma fortaleza. Prudán sólo había combatido en Vilcapugio donde también fue tomado prisionero y terminó en el Callao. En 1821, el siniestro fuerte se rindió a las tropas de San Martín y Millán y Prudán, uno porque había llegado con San Martín y otro porque ya estaba preso allí, cuando se produjeron los hechos que relataremos, se encontraban en esa fortaleza.

Dice BARTOLOMÉ MITRE en “Páginas de Historia”: …. “Después de más de cuarenta días de riguroso carcelaje y miseria, nuevamente fueron sacados de sus calabozos los jefes y oficiales independientes presos en las casamatas. La transición violenta de la oscuridad a la luz del día deslumbró a los más, habiendo algunos, que por largo rato creyeran haber enceguecido”.

El 8 de marzo de 1824, los presos, que eran en total 160, entre jefes y oficiales, conducidos por el general MONET, inician una de las marchas más épicas y también más trágicas que registra nuestra historia, por la inmolación que hacen de sus vidas, dos héroes que marchaban en esa columna, así como por la nobleza de sus compañeros de infortunio, salvo la de un cobarde, que no supo estar a la altura de sus amaradas.

Cumplida la primera jornada, la extensa caravana de prisioneros acampa a 36 kilómetros de Lima, en proximidades de Vicentelo, a lo largo de la quebrada de San Mateo, por donde corre un turbulento río, que se desprende de la cordillera y que frente a la localidad de San Juan, se denomina río de Matucana. Durante la noche, a pesar del natural cansancio por el esfuerzo del día, dos hombres echados en el suelo, uno al lado del otro, antes de entregarse al reparador descanso deciden fugarse en la primera oportunidad favorable que se les presente. Ellos son el comandante JUAN RAMÓN ESTOMBA y el capitán PEDRO JOSÉ LUNA (ambos posteriormente serán coroneles) y hacen conocer su proyecto al mayor PEDRO JOSÉ DÍAZ (también después coronel) y a los jóvenes oficiales, capitán DOMINGO ALEJO MILLÁN y teniente MANUEL SILVESTRE PRUDÁN, que eran sus compañeros más cercanos y que en consecuencia, debían velar su fuga.

Al día siguiente, 21 de marzo de 1824, reiniciada la marcha por una senda extremadamente escabrosa, se les presentó la oportunidad de poner en ejecución su plan de fuga. Al llegar al angosto cañón de Tambo Viejo, la estrechez del lugar obligó a los prisioneros a marchar uno en fondo, circunstancia que aprovecharon los oficiales LUNA y ESTOMBA para fugarse. Ambos se deslizan subrepticiamente al fondo de una acequia que corre a lo largo del camino de marcha, logrando perderse en los montes circundantes. De inmediato, MILLÁN y PRUDÁN, cierran el claro que produjo la repentina desaparición de los dos fugitivos, evitando así que se descubra la evasión, cosa que sucede recién al día siguiente 22 de marzo, cuando la columna hizo alto en “San Juan de Matucana.

El general MONET intima a los prisioneros que declarasen dónde estaban los escapados o que, en su defecto, se fusilarían dos de entre ellos, que serían elegidos por suerte. Al no tener respuesta, reacciona violentamente y le ordena a su jefe de Estado Mayor, general GARCÍA CAMBA, que procediese a realizar un sorteo para fusilar a dos prisioneros, como castigo por las dos fugas descubiertas.

El doctor LÓPEZ ALDAMA, Auditor del ejército patriota, protestó en nombre de todos los cautivos pero el general GARCÍA CAMBA interrumpió su reclamo, diciendo: -“Basta de palabras, se va a proceder al sorteo. -¿Con qué derecho se hace esto?” –preguntó el coronel JOSÉ VIDELA CASTILLO. –“¡Con el derecho del que lo puede!” –contestó altivo García Camba. -Muy bien –repuso Castillo- pero, piense en las represalias, señor Camba. Volvió el jefe realista a ordenar que se hiciera el sorteo, pero Castillo le dijo que no había necesidad de ello. -Somos dos coroneles aquí, elija al que deba pagar por todos o mátenos a los dos y punto concluido. -¡No, no! A la suerte, gritaron todos los prisioneros. En medio de un silencio mortal, el general español escribió las cédulas de la muerte que iba colocando en el morrión de un sargento del regimiento de Cantabria, mientras los prisioneros esperaban impasibles el fallo del destino.

Dos hechos se produjeron a continuación, que revelan cuál era el temple moral de esos hombres de armas. El coronel argentino JOSÉ VIDEL CASTILLO, quien con tranquila entereza dijo dirigiéndose al jefe español “Es inútil echar a las suertes. Aquí estamos dos coroneles (el otro era un coronel colombiano de nombre ORTEGA). Elija usted cuál de los dos de ser fusilado, o los dos juntos si así lo quiere y hemos concluido”.

Otro ejemplo similar lo dió el general español PASCUAL VIVERO, un anciano soldado de cerca de setenta años, que adelantándose expresó: “Soy un viejo soldado que ha sido traidor a Fernando VII, que ha entregado la   plaza de Guayaquil y he devuelto todos mis honores al rey. He perdido dos hijos en el campo de batalla que han muerto defendiendo su patria, que es también la mía,  porque era mía la sangre que derramaron. De consiguiente, poco útil puedo ser ya a la patria. Esos jóvenes todavía pueden darle días de gloria, por lo que le pido y suplico que se sacrifique a este pobre viejo y que se salven tan preciosas vidas”.

Desoyendo ambas solicitudes, el general CAMBA ordenó iniciar el sorteo. El primero en sacar su cédula, fue el coronel VIDELA CASTILLO, quien no demostró ninguna alegría, al comprobar que la suya era “blanca”. Continuó este trágico sorteo hasta el momento en que llegado el turno a un mayor peruano, de nombre TENORIO, éste se niega a tomar su cédula, e invadido de profundo terror, acusa al capitán RAMÓN LISTA (más tarde coronel), conocido como “el caballero sin miedo y sin tacha”, de estar en antecedentes de la fuga y saber quiénes eran los que la protegieron directamente. El capitán LISTA reaccionó violentamente, y tratándolo de canalla e infame, dice “Yo nada sé de lo que dice este canalla, si yo hubiese sabido algo, en confianza, lo hubiera dicho a un caballero, no a un vil” y alargando la mano hacia el morrión que sostenía un sargento, hizo ademán de sacar una de las cédulas depositadas allí para el sorteo. No tuvo tiempo de hacerlo pues el oficial JUAN ANTONIO PRUDAN, saliendo de filas, dijo, serenamente: -“Yo soy uno de los que protegieron la fuga”. –“¡Y yo, el otro!” –manifestó el capitán ALEJO MILLÁN. Los demás prisioneros protestaron para que no se los escuchara pero todo fue inútil porque Monet ya había encontrado los culpables que buscaba

Ante esta confesión, el general GARCÍA CAMBA, decidió que no era necesario seguir el sorteo, puesto que se habían presentado los dos culpables y con extrema frialdad, ordenó suspender el sorteo y disponer el fusilamiento inmediato de los dos valientes oficiales.

MILLÁN tenía 27 años y era nacido en Tucumán. PRUDÁN, que contaba solamente con 24 años, había nacido en Buenos Aires y ambos tenían cumplidas, a pesar de su juventud, casi todas las campañas de la Independencia, siendo tomados prisioneros, en Ayohuma, el primero y el segundo en Vilcapugio.

Tan solo dos horas les fueron permitidas para prepararse y cumplido el término, ambos marcharon decididamente al lugar de la ejecución, sobre la ribera del río Matucana. MILLÁN, que había prendido en su pecho las medallas de Tucumán y Salta, expresó a sus acongojados compañeros: “He combatido por la Independencia desde mi juventud; me he hallado en ocho batallas; he caído prisionero en Ayohuma; he estado siete años encerrado en las casamatas y habría estado setenta años más, antes de transigir con la tiranía española que ahora, va a dar una nueva prueba de su ferocidad. Mis compañeros de armas, testigos de este asesinato, algún día me vengarán y si ellos no lo pueden hacer, lo hará la posteridad”.

En el momento de la descarga, gritó con todas sus fuerzas: ¡Compañeros, la venganza les encargo! Y abriendo con furia su casaca, exclamó: ¡Al pecho! ¡Al pecho! ¡Viva la Patria!. Por su parte, PRUDÁN, guardaba silencio; posiblemente pensando en los seres queridos que dejaba y murió con espartana resignación, exclamando, al igual que su compañero: ¡Viva la Patria!

Los jefes realistas, que con su dureza escribieron aquella página negra de la Historia Argentina, generales Monet y Camba, hicieron desfilar a todos los prisioneros por delante de los cadáveres de las dos nobles víctimas y el coronel ESTOMBA, de tan destacada actuación a lo largo de toda nuestra historia, tuvo permanentemente presentes a sus dos abnegados camaradas inmolados por su fuga y la trágica escena de sus fusilamientos, agobió su vida, hasta el momento de su muerte, totalmente privado de la razón, ocurrida en Buenos Aires en 1829.

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