EL PRIMER ROBO QUE SE PRODUJO EN BUENOS AIRES (16/09/1631)

En el antiguo Fuerte de Buenos Aires, esa maltrecha, a punto de derrumbarse construcción, descansaba la insegura tranquilidad de España con respecto a sus ricas colonias del Río de la Plata. Muy preocupados por el peligro que corrían, los cabildantes solicitaron con carácter de urgente la correspondiente licencia para proveerse de los fondos necesarios para la restauración de la fortaleza, pero la urgencia del pedido durmió en la lentitud con que se ventilaban los asuntos en palacio y sólo muchos meses después de haberlo solicitado, se obtuvo el permiso para que del Tucumán se enviasen “hasta doce mil pesos, por una sola vez y en varias remesas”, con destino a las reparaciones que se solicitaban.

El robo
Por fin la burocracia palaciega había sacudido su modorra y se decidió ir en ayuda  de la vacilante ciudad. Los dineros llegaron y se dispusieron las cosas para dar comienzo de inmediato a las obras más urgentes. Corría entonces el mes de setiembre de 1631 y en la tibia mañana de ese mes —precisamente el 16—, el pueblo de Buenos Aires fue sorprendido por un cañonazo que se disparó en el fuerte. Como en aquellos días se vivía con la obsesión de un ataque de los piratas que desde hacía tiempo merodeaban por estas costas,  nadie dudó de que el tan temido asalto se había producido.

Pero tal alarma era infundada: los corsarios continuaban siendo una amenaza sin concretarse. La verdad era muy otra, aunque no menos extraordinaria y asombrosa. La real  caja donde se guardaban los caudales del Fuerte había sido violentada por manos desconocidas, durante la noche y faltaban nueve mil cuatrocientos pesos de a ocho reales. Es de presumir la sorpresa que tal noticia causó en el ánimo de aquellos sencillos moradores de la pequeña aldea. ¿Quién iba a pensar que alguien pudiera haber penetrado en la Fortaleza y apoderarse de los dineros del rey?. En estas y otras conjeturas estaban los asombrados habitantes, cuando se dieron a conocer los detalles del robo. El documento, para conocimiento del pueblo, terminaba diciendo que los ladrones habían hecho “’un boquete en la Contaduría y Tribunal de los Jueces Oficiales de Vuestra Majestad, donde está su real caja y quemando la tapa y robados nueve mil quatrocientos y tantos pesos de a ocho realeo”. El informe, dado entonces por el gobernador FRANCISCO DE CÉSPEDES, de no muy buenas recomendaciones morales, pues había sido contrabandista y estaba excomulgado por avasallar la autoridad del obispo, hablaba del atrevimiento de los cacos, “cuya osadía los había llevado a violar el arca regia y a apoderarse de un dinero destinado a la restauración del fuerte”. Pero nadie, dudaba de que bien pronto iba a ser descubierto el ladrón; cada uno Je los vecinos sería un policía y ya sabemos a lo que llega el pueblo puesto en trance de investigar, sobre todo en este caso que el dinero robado significaba la tranquilidad de todos.

Falta un vecino
Y así fue no más. Pocos días después de aquel cañonazo, ya se comentaba la extraña ausencia de un vecino: un hijodalgo nacido en Santiago de Chile llamado PEDRO CAJAL, cuyo rancho dé adobe y paja se levantaba a unos cincuenta metros del convento de Santo Domingo. Fueron avisadas la autoridades de tan injustificada ausencia, y el esclavo de Cajal, un indio llamado JUAN PUMA, fue llamado a declarar ante la justicia y aunque usó de todos los recursos para eludir el interrogatorio, diciendo que ignoraba todo y que su amo había salido de viaje sin haberle dicho a dónde y sin saber cuándo regresaría, fue dispuesto su encierro en la cárcel pública. Al día siguiente, cuando fue requerida nuevamente la presencia del prisionero, los centinelas encontraron su celda vacía. El astuto indio había logrado huir, abriendo un boquete en la pared de adobe de la cárcel. La huida confirmó las sospechas y entonces se firmó la sentencia de muerte JUAN PUMA. No cabía duda de su culpabilidad v por consiguiente, de la de su amo.

T.a captura del indio ofrecía dificultades, pues era reconocida su baquía para transitar por los lugares alejados, tan peligrosos en aquella época. Pero, sea que el indio se asustó o considero inútil todo esfuerzo que hiciera para huir, fue a caer en manos de sus tenaces perseguidores y conducido otra vez a la cárcel. Pero no iba a correr mejor suerte PEDRO CAJAL, porque no pasaron muchos dias después de que su cómplice cayera en manos de la justicia, cuando una partida que mandaba el general Orduña, dio la voz de alto a una tropa de carretas que se disponía a atravesar por el vado el río Arrecifes. Procediéndose a su registro, en el fondo de una de las carretas, oculto entre petacas y fardos, encontraron la temblorosa figura de Cajal.

Convenientemente maniatado sobre un caballo, PEDRO CAJAL fue llevado a Buenos Aires a responder ante los jueces. Había realizado el robo sin ayuda de nadie y enterrado el dinero, con la ayuda de su esclavo, en la quinta de su casa. Poco tenían que discutir ios jueces encargados dictar sentencia. Allí tenían a los delincuentes convictos y confesos y allí estaban los dineros desenterrados como “cuerpo del delito”. La sentencia fue unánime: condenados a morir en la horca, y sus cabezas expuestas en la plaza pública, para escarmiento de los demás.

Era el 30 de setiembre de 1631, cuando el pueblo de Buenos Aires asistió a la Plaza Mayor para presenciar el paso de los prisioneros con el sambenito de la infamia, entre el redoblar de tambores y el repiques de campanas, rumbo a las horcas que los esperaban.

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